La lenta agonía

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

Fidelio Ponce de León (Camagüey, 25 de enero de 1895 – La Habana, 19 de febrero de 1949), se destaca en el arte cubano por su manera personalísima de expresarse. No se parece a nadie —quizá tangencialmente podría asociarse con El Greco o si acaso, como ha observado la escritora Gina Picart, con el Blöckin de La isla de los muertos— y casi nadie, después, se ha parecido a él.

Su vida, plagada de limitaciones y miserias, está en correspondencia con su obra. Con un mundo familiar en su infancia como parte de un núcleo muy tradicional y católico. Quedó huérfano de madre a los ocho años de edad, fue educado por unas tías muy religiosas y concentradas en una vida casi monástica.
En su formación tuvo que ver su paso por la Academia San Alejandro de La Habana, donde matriculó en 1916, a la edad de 20 años y a la que asistió de manera poco sistemática, además de frecuentar los estudios de algunos pintores de la época. Pero al cabo abandona el claustro académico y comienza lo que será su vida nómada, trasladándose de uno a otro sitio, ocupándose apenas por sobrevivir. Da clases a niños pobres, hace algunos carteles publicitarios a cambio de alimento.

Producto de su vida bohemia, su afición al alcohol se hizo crónica, lo que unido a las limitaciones económicas que padecía, fue deteriorando su físico. Entre otras penurias, contrajo tuberculosis. Todo esto acabó con su vida cuando apenas contaba 50 años de edad. Pero dejó un rico legado con su obra. Desde su aparición en el xxii Salón Bellas Artes en el año 1934, con el cuadro Paisaje, impactó favorablemente por su originalidad y dimensión espiritual.

Su creación transmite la precariedad de su existencia plagada de limitaciones económicas, enfermedades y acontecimientos; tristes son las escenas que presenta convertidas en arte. Ello se aprecia en dos de sus más famosas obras Tuberculosis y Beatas. En ambas se destaca el uso de los tonos ocre, muy difuminados en blanco. Las figuras apenas insinuadas en la pintura configuran un ambiente lóbrego.

Fue en el plazo comprendido de 1935 a 1940 cuando se produce en su arte la confirmación expresiva de ese estilo que lo identificará y hará uno de los más destacados creadores de su generación. Entre esas obras sobresalen: Mi prima Anita y Rostros de Cristo.

Fuera de Cuba dejó también su impronta en exposiciones efectuadas en EE.UU., México y Argentina. Particularmente la crítica distinguió sus piezas exhibidas en el Palacio de Bellas Artes de México, en la Segunda Exposición de Pintores Cubanos en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, y en la Exposición Cuban Modern Paintings in Washington Collections. El célebre cineasta inglés que triunfó en Hollywood, Alfred Hitchcock, adquirió en Nueva York para su colección el óleo ponciano Cinco mujeres.

En la Isla participó en 300 Años de Arte de Cuba, en 1940, a la cual llevó sus óleos Niños, Monja del Mar y San Ignacio de Loyola. El Museo Nacional, Palacio de Bellas Artes, de La Habana, presentó una exposición antológica con motivo del centenario de su nacimiento en el año 1995.

Como un gesto de entrañable simbolismo ha quedado el retrato que el pintor le hiciera a la poetisa Fina García Marruz cuando esta contaba tan solo 15 años de edad. La propia Fina ha evocado ese testimonio plástico en versos ejemplares que demuestran, según ha dicho el poeta camagüeyano Roberto Méndez, “una particular capacidad de observación al aproximarse a la tela, descubre en ella los colores típicos de la paleta de Fidelio”:

Envuelta en una luz verdosa
de fantasmal  marina, aparecía en el lienzo,
con solo un toque grana en los labios fruncidos,
sin que se vieran los ojos
y sí la sombría mirada,
una mirada como la que debían tener
los muertos que hemos olvidado demasiado pronto.
¡Qué estanque tan quieto y tan lleno de limo era
yo allí algunas tardes!
Tras la albura aparente de la edad
la corrupción devoraba los blancos
.

Sin lugar a duda, Fidelio Ponce de León (su verdadero nombre fue Alfredo Ramón Jesús de la Paz Fuentes Pons) resulta un pintor inquietante sin antecedentes en las artes plásticas cubanas. En él, la cubanía aflora melancólica, contenida, con ese aire de nostalgia que niega el folclorismo. Como si se tratara de una lenta agonía. Las tristezas humanas forman parte de su universo de creación con temas como la muerte, las enfermedades y como una constante la religión. Todo a base de figuras alargadas… distantes… pero laceradas por una realidad angustiante.

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