¡Aleluya! De cuatro, cuatro, en un solo finde

Yudd Favier • La Habana, Cuba

Dicen que la práctica hace al maestro y aunque estoy lejísimo de llenar una palabra tan grande, al fin y al cabo hacer maratones teatrales no es un ejercicio que me sea ajeno. No voy a aburrirlos hablando de las ventajas y las desventajas de ver tanto teatro en poco tiempo, porque casi todos hemos practicado ese ejercicio, ya sea a golpe de festivales o en nuestros deberes cotidianos. Sin embargo, el maratón al que asistí hace 15 días fue en la hermosa Habana y no en otra provincia como me suele ocurrir. Entre los días 21 y 23 del pasado agosto confluyeron en nuestra capital dos agrupaciones orientales: Teatro Tuyo (TT), de Las Tunas y Teatro Andante, de  Granma, ambos grupos con sus últimos estrenos y hubo muchos colegas que no se lo quisieron  perder, la evidencia la muestra el hecho de que una y otra vez nos íbamos reencontrando en los teatros.

Teatro Tuyo hizo una temporada en el Teatro Nacional de Guiñol durante dos fines de semana con los espectáculos Caminantes y Caras Blancas, y Teatro Andante nos ofreció también su más reciente obra Cuba, de sol a mí en el Teatro Raquel Revuelta.

Caminantes y Caras  Blancas establecen una distancia notable en forma y también en contenido con producciones últimas de TT como Gris y Narices, hay primero una reducción de formato, que las hacen menos complejas, pero ojo: existe una introducción de nuevos recursos expuestos —y por qué no llamarle así a los actores mismos— en un evidente camino de exploración y amplificación del colectivo. Conformados ambos espectáculos por dos duetos: una artista de circo más un actor por un lado y un actor más un niño por el otro. A nuevos intérpretes, nuevas soluciones; a nuevas soluciones, nuevos resultados.

Imagen: La Jiribilla
Obra Caras blancas de Teatro Tuyo
 

El viernes asistimos a  Caminantes, un espectáculo que comenté antes en estas mismas páginas, y que posee una fuerte dosis de ejercicio acrobático,  que si bien trata de “aprovechar” los recursos de Aixa Prowl, no los expone en toda su amplitud para lograr el equilibrio con el actor Adrián Bello —también cuidando no poner un exceso de acciones físicas sin sentido—, de la misma forma se equiparan las interpretaciones de sus respectivos personajes, para seguir logrando esta compensación. 

Dos gitanos llegan exhaustos con su carreta a cuestas a un lugar “habitado” por los espectadores, les gusta lo que ven y deciden acampar allí  aunque claramente está prohibido, hay  un omnipresente cartel que es eliminado. Se asientan en el lugar y comienza a pasar el día de esta pareja de nómadas entre actividades cotidianas como limpiar, lavar, cocinar y dormir y otras más juglares como hacer malabares, leer el futuro, bailar o montar breves representaciones en sombras. Pero quitar el cartel no elimina el problema y son desalojados por la autoridad. Habiendo descubierto un sitio que les resulta hospitalario por lo que representa, deciden quedarse.

El sábado en la mañana estuve en  Cuba, de sol a mí una historia con conjunto musical en vivo que parecía devolver añoradas producciones de Teatro Andante con ambientes rurales legítimos (no bucólicos ni ideales), con títeres y actores compartiendo indistintamente la escena, con un gran elenco repartiéndose roles diversos (músicos, bailarines, titiriteros y actores-partenaires) y la entrega de una historia genuina en su narración y sucesos, un tipo de teatro donde incluso el exceso forma parte de la característica que lo hace distintivo. Hacía menos de una semana había estado sentada frente a Los hijos de Teatro Primero en Ciego de Ávila, en una disyuntiva entre campo y ciudad que me parecía rebasada y hacía un par de meses releía La vitrina… y esta vuelta al tema, menor en muchos aspectos en esta obra, en verdad me parecía un total anacronismo. Sin embargo, al ver a los granmenses plantear la misma oposición: campo vs. ciudad, noté que sigue siendo un tema vigente en muchas zonas del país.

Imagen: La Jiribilla
Obra Cuba, de sol a mí de Teatro Andante

Juan Ramón un changüicero de Yateras, Guantánamo, es convencido por un amigo a ir con su música hacia la capital, por lo que deja su cosecha de café,  a su mujer e hija por el sueño de “triunfar” con su talento. La travesía por tierra es propicia para peripecias, timos, desventuras y el sentimiento de derrota aflora en varias ocasiones; es entonces cuando se recurre a mandatos místicos y como tampoco resulta aparecen cual deux ex machina las figuras angelicales de Polo Montañez, Compay Segundo, Benny Moré y El Guayabero para animarlo a seguir con su empeño. Una tardía exposición del problema base se evidenció en la estructura dramatúrgica, se enfatizó demasiado en el prólogo, se distendieron  también recreando algunas regiones (Santiago, Bayamo) convertidas, no obstante, en excelentes postales de las ciudades, pero que al sumarse condujeron a hacer precipitadamente una segunda parte —por cierto con una muy creativa decisión entre títeres planos y un  potpurrí  de canciones que anunciaban las diferentes estancias transitadas—. El desenlace también produce una confusión de significados cuando uno no termina de entender si de veras “todo ha sido un sueño”; cuestiones reparables en medio de soluciones muy auténticas y  un virtuoso desempeño musical de todos los actores del grupo, de una acertada selección de las propias canciones, de una dinámica escenográfica ágil y diversa; y de la animación de figuras en general, pero particularmente de los veteranos Eudys Espinosa, quien tiene un dominio minucioso de los tiempos y las cadenas de acciones de Juan Ramón, acompañado en su desempeño por Celso Portales como co-protagonista. Existen en Cuba, de sol a mí muchas referencias importantes que los niños no entendían y que sí son apreciadas por un público joven y adulto,  por tanto también me parecería conveniente que Andante se replanteará los límites etarios del receptor de este espectáculo para un mayor éxito.

El propio sábado en la tarde nos dirigimos a la Villa de Guanabacoa para asistir a  Hansel y Gretel un texto que conserva en su base gran parte de la fábula de los hermanos Grimm, en función de dos niños que son abandonados por sus padres en el bosque y se encuentran con una casa de dulces,  donde vive una bruja que quiere devorarlos. Considero que la composición escénica, la dinámica propia de la puesta, la búsqueda de soluciones por su directora, la movilidad y multiplicidad de los espacios por ella explorados,  se constituyen en verdaderos valores ya presentes en la producción  de Teatro de la Villa, asimismo los diseños de Nilsa Reyos, sobre todo en las figuras del bosque, los pájaros y los niños protagonistas, lograban crear un ambiente de ficción en torno al cuento teatralizado.

La introducción de un duende y un hada dentro de la historia como facilitadores  de las peripecias de los niños, como dadores de objetos mágicos, debilitaba la trama al modificar “ablandando”  los roles de los infantes como héroes de acción, pero la toma de las resoluciones más importantes en torno a la fábula hizo de esta situación un problema resuelto en la puesta. Entrenamiento vocal y mayor compromiso en función de las interpretaciones de los personajes faltan en la mayor parte del elenco, esto debilita el resultado total de una puesta, cuya concepción considero un trabajo meritorio de la veterana compañía.

El domingo de vuelta al TNG, volvimos a Caras Blancas y este es un ejercicio bien particular, porque introduce la actuación de un niño de diez años: Jean Paul Cardona, ahora Papotí,  en las técnicas de clown junto a Ernesto Parra, Papote, como homólogo en la escena. El dramaturgo y director establece un juego verdad-ficción en la que un padre quiere pasarle sus saberes a su vástago. Por eso la obra comienza con  el clown maquillándose mientras su hijo aún no está, pero él lo invita al escenario y cuando sube ya se sabe descubridor de un espacio extraordinario en el que nunca va a dejar de ser un niño aunque tenga la nariz de payaso. La relación poder-saber paterno es transmitida de las maneras  conocidas: en imperativo, pero en cada una de las situaciones transita hacia la aceptación, el propio descubrimiento, el orgullo y muchas veces  hacia el ridículo cuando el aprendiz termina superando, por mucho, al maestro. Es una obra que si bien concibe tareas escénicas para el desarrollo lógico de una fábula, permite la improvisación, el accidente y condiciona las bases para que Jean Paul se sienta cómodo en su rol y no atado a una rígida estructura dramática. En los dos estrenos de TT intuyo que un proceso de contracción beneficiaría la dinámica de ambos montajes.

Fue un buen fin de semana. De esos que te hacen empezar el lunes con optimismo. Todos los  espectáculos a los que asistí tenían menos de 15 funciones, están párvulos en su desarrollo. Todos son, en este punto, susceptibles de cambios.  Pero en todos ellos se puede percibir un trabajo profesional intenso, un deseo evidente de buscar la superación y una muestra de la calidad alcanzada  por los respectivos grupos. Todos en mi percepción personal son espectáculos sobre todo disfrutables como propuestas totales.  De cuatro, cuatro en un solo finde, un hecho que merece ser celebrado y comentado.

 

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