Literatura

Breve nota a una gran novela: El ensayo

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Lourdes González, la prolífica escritora nacida en Holguín, quien ha incursionado con acierto en diferentes géneros literarios (ha publicado entre muchos el volumen de poesía Tenaces como el fuego; en cuento, La mirada del siervo; y en novela: María toda, que compite en mi gusto personal con Las edades transparentes, ganadora esta última del Premio José Soler Puig 2005 y del Premio de la Crítica un año más tarde), nos ofrece ahora un libro que —me atrevo a asegurar— se encuentra entre los mejores escritos en Cuba durante mucho tiempo.

El ensayo (Editorial Oriente, 2014), novela engañosa, metafórica y exquisitamente cuidada, establece un juego constante con el lector, situándolo en el límite de llegar a confundir realidad con ficción, lo imposible con lo verosímil, lo auténtico con lo ficticio. Está claro que toda obra de arte cumple esas funciones juguetonas de obviar el realismo para elevarlo a un plano imaginario, pero en este caso es válida la acotación, porque estamos ante una obra literaria que siendo artística, es al mismo tiempo la representación tangible del drama cubano de la emigración, la resistencia nacional y la permanencia de los sueños. Sin que la autora haya ambicionado metas tan elevadas como la construcción de un argumento universal, El ensayo posee la intensidad que requiere un texto para ser considerado válido en cualquier escenario.

La trama de la novela se desarrolla con admirable ritmo a través de tres personajes que funcionan como el trípode de una inmensa cámara de filmación. Aunque todo cuanto ocurre tiene relación directa con el Teatro (de hecho, se ensaya una obra teatral llamada El ensayo), más que una puesta sobre tablas,  nos imaginamos la película que se rueda en los intersticios donde se sitúan La Actriz (una mujer que no ha logrado el estrellato al que aspira, con una madre demente y un novio que sufre el trauma post bélico de Angola y no entiende los cambios actuales), Mongeotti (Director y Autor de teatro, previamente sancionado) y Deribal (amigo del anterior y absolutamente esquizoide, asesino imaginario por pura diversión).

Siguiendo el curso de las miradas de este trípode humano tropezamos con otros personajes, cuyas evoluciones y desenvolvimientos oscilan entre la comedia, la tragedia, y la profunda dicotomía existencial que en Cuba es tan grave como irse quedándose o permanecer estando fuera. El asunto de  la emigración, eje central de la dramaturgia de El ensayo (en este caso de la obra teatral) recorre las 372 páginas de El ensayo- novela: “¿Cuál es el tema?  Es la encarnación del exilio pero también de la permanencia, y yo tengo que hacer las dos interpretaciones, la visión de los que no están y de los que nos quedamos aquí, porque es un monólogo”, dice La Actriz a su novio, quien no alcanza a entender nada. “Desde cualquier lugar la patria es la misma. Las orillas son idénticas”, medita Mongeotti en la página 155. ”El tema es la isla vista desde lejos y desde cerca. Es la mirada de los que se fueron y también la de los que se quedaron, ambos miran hacia la isla”, repite el Director en la página 189, al ser cuestionado. Obras de Abilio Estévez como Josefina la viajera y Santa Cecilia encuentran en El ensayo de Lourdes González el homenaje literario que ya recibiera con las extraordinarias interpretaciones de Osvaldo Doimeadiós, bajo la dirección de Carlos Díaz. Además de lo que termina por ser un ensayo (esta vez de intento de análisis) de Cuba y su circunstancia, en El ensayo- novela (que, como ya dije centra su atención en El ensayo-obra teatral) existen intencionales defensas. Se defiende el criterio de irse-quedarse; se defiende la concepción de la cultura en términos emancipatorios y viscerales: “Como si hubiera una ventana llamada arte para escapar por ella si la vida falla” [1]. “En el teatro no somos lo que representamos, pero de alguna manera representamos lo que somos, y gente sin conflicto no debe subir a un escenario” [2], y, sobre todo, cada personaje, desde el trío protagónico hasta el nombre más secundario defiende sus quimeras a capa y espada, con uñas y dientes, a ultranza. Ningún personaje se rinde, nadie hace concesiones aun a riesgo de condenarse al fracaso. Es la ruta lo que importa, el aferramiento, la pasión de aquello que pueda resultar fatuo o incluso demencial.

Sin agobiar al lector enumerando todos los caracteres que forman parte de El ensayo, no puedo, sin embargo, dejar de mencionar al administrador del teatro, encantador personaje resabioso, guardián y bastión de la sala de espectáculos, a Mercedes Servé, amiga personal de la Actriz, encargada de cuidar de la madre de aquella, postrada y orate, al testigo de Jehová, albino insistente  cuyo trágico final adquiere matices del mejor thriller cinematográfico que podamos imaginar, ni a Inés, una muchacha que esconde un secreto espantoso, un crimen que persigue y acosa su propia existencia.

De ninguna manera esta monumental novela debe ser inadvertida por nuestro público, destinatario natural de los profundos mensajes que ella transmite, y ojalá su voz cumpla el designio que anhela el dramaturgo responsable de la obra teatral: que pueda oírse por encima de los edificios y de las montañas, por encima de las torres, por encima de las nubes, por encima de los océanos.   

 

Notas:

  1. González, Lourdes. El ensayo. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2014, p.p. 342
  2. Ibídem, p.p. 339

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