Jóvenes, mixturas y preguntas acerca de la profesión titiritera

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del autor

Hace poco, con motivo del XXI aniversario de Teatro de Las Estaciones,  recibí en la sede del colectivo  a un exiguo grupo de muchachos interesados en la profesión de los retablos. Todos declararon sentirse atraídos por el encanto misterioso de los títeres. Me preguntaron sobre el camino qué podían seguir, cuáles libros consultar, adonde acudir para aprender, entre otras ansiedades para las que yo mismo no tengo todavía respuestas, sino preguntas como ellos. Lo primero que me vino a la boca fue decirles, porque así lo siento, que quienes quieran ser titiriteros deberán ser personas con una alta capacidad de fabulación e imaginería, que un titiritero no concibe ni se conforma con un mundo quieto, inamovible. Se necesita un don especial, mágico, que tenga la capacidad de hacer creer a todos que algo muerto esté vivo. La realidad otra que se produce entre titiritero, títere y espectador no tiene definición alguna, es algo inatrapable e inclasificable que solo se da o no se da.  Demás está decir que la conversación se complicó, pues sobrevino entre ellos y yo un montón de análisis y criterios sobre la manifestación, que muchas veces no ocurre en los foros de intercambio a los que asisten titiriteros profesionales.

Algunos preguntaron sobre si era necesario cierto estado de enajenación para hacer títeres. Otros dijeron que percibían en los titiriteros a la hora de enfrentarse a la animación o “vivificación”, como gusta decir el maestro René Fernández, una especie de éxtasis, y hasta hubo quien preguntó si había oscuros secretos en esa lidia por dominar el oficio. Respondí que no existen demasiadas explicaciones teóricas para traducir ese arrobamiento que produce en las personas el universo de los muñecos,  es algo que está unido intrínsecamente al hombre desde las primeras edades, en ese tiempo  en que se animan juguetes y otros elementos, todos compuestos de materia inerte a los cuales el infante vivifica con la verdad de la inocencia, sin censuras ni prejuicios que vamos cargando como un fardo los adultos.

Varios trucos técnicos, soluciones escénicas de movimiento y actuación efectivas, han sido transmitidos de generación a generación entre los titiriteros populares, sin que haya mediado escuela alguna,  recursos valederos que han llegado incluso a aquellos que han cursado academias y experimentado en los muchísimos caminos del arte de las figuras. Saber, estudiar, conocer, nunca está de más, creo que es útil y necesario. Lo que de ningún modo se puede desconocer es la autenticidad, por ejemplo, que hay el gesto primigenio de una madre agitando un muñeco de peluche para entretener a su bebé, o en el del niño o niña, reiteré, que habla por sus muñecos y los acciona  lleno de fe y sentido de la verdad (como exige el conocido método de actuación de Stanislavski) a la hora de jugar. Un coro de risas siguió a mi apreciación, no sé por qué, yo solo fui sincero con lo que pienso y práctico, lo cual no me hace pecar de absoluto en ninguno de mis criterios sobre el arte titiritero.

Acerca de los títeres y el desarrollo científico actual fueron las siguientes preguntas. Un joven aprendiz sostenía una tabla digital de última generación con imágenes perturbadoras de sombras corporales combinadas con proyecciones, ventrílocuos con muñecos de un mecanismo perfecto, casi robótico, caballos y animales elaborados por artífices de compañías extranjeras con sistemas increíbles. Y sí, reconocí que el  teatro de figuras se ha transformado con el paso del tiempo. En los intercambios con las nuevas tecnologías y las demás artes ha ido variando esa esencialidad inequívoca y resuelta que sigue funcionando en los espectáculos más tradicionales. Esa mutabilidad es algo normal, lo anormal  es desconocerlo o aferrarse a cualquier fórmula de creación o tendencia rígida, venga del teatro tradicional o experimental, que anule el sentido vital y de recambio de un arte que ha pervivido desde tiempos lejanos.

La más avispada del grupo, una muchacha de unos 18 años,  preguntó sobre títeres versus pureza, en medio de un mundo cada vez más globalizado. Los títeres no son ajenos a esos peligros. Ejemplifiqué con mi experiencia de haber visto montajes que han utilizado a los títeres por moda o esnobismo, solo para mostrar un resultado estético, vacío de vida. Esto no tiene nada que ver con las producciones donde la convivencia de los títeres con los actores, cantantes, bailarines, artefactos o imágenes proyectadas, ha sido de una efectividad máxima, refrescando las propuestas escénicas con la gracia intrínseca de estos seres inanimados cuando se muestran en todo su poderío mágico. En mi personalísima opinión no se trata de enfrentar recursos tradicionales y soluciones establecidas con nuevos modos teatrales existentes, sino de ponerlos a dialogar desde el compromiso y el conocimiento.

La palabra compromiso, sinónimo de deber o responsabilidad, aumentó el interesante debate y yo me alegré. No le tengo ningún miedo a su significado, asumo mis compromisos morales y artísticos sin degradarlos hasta volverme ciego, devoto o hiperbólico. Para mí, asumir un compromiso tiene que ver con defender ideales que lo mismo se hallan en nuestra propia historia, que en la de personalidades con una trayectoria artística tan consistente como atrevida, tan consagrada como llena de libertades y riesgos creativos. Mencioné un montón de nombres que han honrado la profesión titiritera aquí o acullá. Jóvenes, adultos, ancianos o personas desaparecidas con un legado artístico perdurable y atrayente. Desconocer esa contribución es hundirse en un pozo de soberbia e ingenuidad.

Algunas indagaciones de este grupo de muchachos, de entre 18 y 24 años, me parecieron fuera de lugar, pero respondí. Les dije que no se puede abogar por un teatro espontáneo, sencillo o de rabiosa “modernidad”, sin haber explorado antes, o al menos conocido, las formas clásicas, las complicadas, para desentrañarlas exhaustivamente. Son esos senderos enmarañados y complejos los que nos permiten quedarnos al final (si es que hay un final en lo que a aprendizaje se refiere) con lo esencial.

En varias oportunidades asomó la porfía entre mi curioso y expectante público. Los que estaban a favor de un teatro contaminado y los que preferían un retablo limpio de influencias. Yo digo que el arte del presente es la mixtura, una promiscuidad que será efectiva en tanto que en la mezcolanza de valores  no se pierdan las esencias de cada profesión, sino que se complementen. Arremetieron con una última pregunta en el estilo de esos cuestionarios televisivos que los locutores exigen contestar rápidamente, sin muchos análisis ¿Qué cosa es el arte de los títeres? Tamaño reto, pero contesté: El arte de los títeres será siempre el oficio de un dador de vidas.  

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