Tulio Raggi viñeta a viñeta

Antonio E. González • La Habana, Cuba
Imágenes: Cortesía de los herederos de Tulio Raggi y de la Vitrina de Valonia

La “erradicación” de la historieta estadounidense súperheroica y aventurera del ámbito editorial cubano a inicios de la década de 1960, a la vez que contribuyó a un fomento apreciable del noveno arte de autoría cubana —con las consecuentes rejerarquizaciones de los valores históricos y didácticos—, también provocó una sed por el suspense y la aventura, antes saciada por las avalanchas de propuestas norteñas. En estas circunstancias, surgen propuestas como el singular Hindra [1], héroe de origen árabe ideado por Tulio Raggi (1938-2013), y publicada entre 1964 y 1965 en Muñequitos de Revolución, suplemento gráfico semanal del legendario Lunes de Revolución, donde compartió espacio con obras como Gugulandia, de Hernán Henríquez (Hernán H).

Imagen: La Jiribilla

De África hacia el Universo

El posterior realizador de animación cubano, zona creativa donde sería más (re)conocido, inició así un periplo de reconcepción y consolidación gráfico-discursivo, cuya primera etapa, pletórica de cambios formales y de tono, se enmarca entre el referido personaje y Ozzim de Iürm, obra inconclusa y aun completamente inédita para Cuba, cuyos primeros capítulos aparecieron durante breve tiempo en una revista francesa (de cuyo título no guardan registro los herederos de Raggi) que fue clausurada tras los sucesos de mayo de 1968.[2]

Desde el justiciero Hindra, que comienza sus avatares en el África colonial y deviene miembro de la Legión Interplanetaria, hasta el fanático guerrero extraterrestre Ozzim, paladín del decadente imperio iürmita, en guerra con los contrincantes itzalitas por el dominio del planeta de residencia, se aprecia en Raggi una evolución de la estética y la composición. Transita velozmente desde un realismo nítidamente tributario de la historieta estadounidense, hasta una alta sofisticación de la línea, donde el autor desata un gran caudal de fantasía y creatividad en la concepción de mundos y personajes ficticios.

Esto se inicia como proceso endógeno en el propio Hindra, quien experimenta una verdadera mutación dramatúrgico-conceptual. En una primera aventura introductoria, aparece como príncipe africano perdido que resurge sorpresivamente para salvar a su nación de los colonizadores nazis en la década de 1930, y en posteriores entregas termina encontrándose con un alienígena de la especie Dak, para así iniciar su periplo cósmico, ya lejos de la Tierra y cualquiera de sus asuntos.

Transita velozmente desde un realismo nítidamente tributario de la historieta estadounidense, hasta una alta sofisticación de la línea, donde el autor desata un gran caudal de fantasía y creatividad en la concepción de mundos y personajes ficticios.

En este nuevo ciclo espacial, la visualidad gana en concreción, vivacidad y dinamismo. Librado el autor de recrear paisajes “verídicos”, se dedica entonces a concebir seres y espacios “verosímiles”, regulados solo por su imaginación. Echa mano Raggi a recursos expresionistas, con un más refinado empleo de la iluminación para conseguir sombras altamente contrastantes, que aguzan determinados estados extremos del ser en los personajes negativos, como el esclavista Zhoor. Trasciende las un tanto claustrofóbicas viñetas de entonces y desarrolla vastas composiciones, donde no deja de despuntar el característico horror-vacui del autor en fastuosos y exquisitos planos como el introductorio del capítulo “Las garras de Jason”, para siempre inconcluso, sesgado por la desaparición del periódico Revolución en octubre de 1965. Casualmente, Hindra entraba de lleno en uno de los momentos de mayor complejización de la historia, el relato, y de la historieta en general, vislumbrándose la definitiva madurez ideoestética.

Imagen: La Jiribilla

Un paseo por la tierra de los iürmitas

A este héroe de altas virtudes, donde concurrieron influjos de los clásicos Buck Rogers y Flash Gordon, y hasta algo de Sandokán, Tarzán y Jungle Jim, en su doble naturaleza de justiciero exótico y paladín interestelar, fue sucedido por Ozzim…, con guion de Juan Padrón que, según su hijo Ossain Raggi comentó en entrevista realizada el año pasado para El caimán barbudo, fue una versión de John Carter, héroe espacial creado por el novelista Edgar Rice Burroughs (también padre de Tarzán), de quien Tulio era gran admirador.

La principal excepcionalidad de Ozzim —que iba a ser publicado en la revista C Línea, dirigida por Fidel Morales, terminando en páginas francesas— es la ausencia de personajes maniqueamente “positivos”, virtuosos o didácticamente ejemplares. Este guerrero es un fanático religioso, súbdito de los iürmitas, jerarquía teocrático-militar, sentados en el trono de Iürm durante muchos años y que afrontan la decadencia de todo su imperio, ante el empuje de los itzalitas, volcados hacia la tecnología. Apropiados los itzalitas de objetos-símbolos sagrados de los iürmitas, estos envían a su guerrero sagrado en una búsqueda iniciática, sin ninguna ventaja técnica ni práctica. Este personaje, creyente absoluto en la verdad que representa, inicia la búsqueda, para encontrarse con diversos personajes amigos y enemigos a conveniencia, civilizaciones en pugna y aventuras que complejizan la trama.

Sus meticulosas páginas, armónicamente compuestas en pos de una narratividad ágil e intensa, son ejemplo de equilibrio, balance y proporción. La vigorosa expresividad se sostiene en el grueso y seguro trazo.   

 

Aunque inspirado en un personaje estadounidense, Ozzim remite a estéticas y concepciones popularizadas internacionalmente pocos años después por revistas como la europea Métal Hurlant [3],  baluarte de creadores como Moebius [4], cuya visualidad barroca de líneas siempre redondeadas, casi perturbadoramente orgánicas, además de los personajes de sencilla grafía y sino medievalista-élfico-nómada, concomitan con la obra de Raggi. Sus meticulosas páginas, armónicamente compuestas en pos de una narratividad ágil e intensa, son ejemplo de equilibrio, balance y proporción. La vigorosa expresividad se sostiene en el grueso y seguro trazo.   

Este definitivo “antihéroe” sigue siendo, hasta el presente, casi una excepción en la historieta cubana, donde no escasean personajes como la Súper Tiñosa, de Virgilio, o Los Ninjas, de José Luis, ambos de sesgo negativo, los cuales son (respectivamente) paródicos de personajes como Superman, o altamente farsescos; siempre signados por el humor. Pocos creadores cubanos de la segunda mitad del siglo XX han apostado por tal suerte de Quijote religioso y distópico, cruzado suicida inspirado en la dimensión mística del poder que representa, con la intolerancia como gran pendón.

Resulta en gran medida, parábola de la mayoría de las grandes guerras de la humanidad, de los motivos (secretos y explícitos) que las alientan, del gran absurdo que las inspira. Ozzim bebe de las esencias mitológicas de antaño, donde los dioses, titanes, gigantes, semidioses y héroes como él, guerreaban en todas las esferas de sus respectivos mundos, por motivos más egoístas y hedonistas aún, como la pura gloria personal o las riquezas. Al menos, Ozzim cree a pie juntillas en algo dizque trascendental.

Sí, Ozzim, no es didáctica ni edificante, al menos de la manera rígida y escolástica que ha predominado en la historieta y el dibujo animado cubanos institucionales. No son modelos sus héroes. Reina el egoísmo, la intransigencia, la intolerancia, como en la vida real. Acre enseñanza emana de sus páginas, sangrientas como la historia de la Humanidad…

Imagen: La Jiribilla

La manigua gótica

Unas dos décadas después, con las expresionistas Ataque a la torre óptica 82 y Rompecoco —ambas sobre guiones de Juan Padrón [5] — llega la sublimación del arte gráfico de Tulio Raggi, deslindado por igual del nítido realismo de Hindra y de la dinámica grafía más caricaturesca de Ozzim. Trasladadas sus miras al contexto de las guerras de independencia cubanas, el autor se decanta entonces por una visualidad a primeras luces realista…o mejor, a primeras sombras, pues se termina adscribiéndose definitivamente al expresionismo más impactante y claustrofóbico; equiparado sólo entonces en violencia por las obras de Orestes Suárez sobre la batalla de Mal Tiempo y la muerte de Antonio Maceo, también publicadas en el mensuario Cómicos, verdadero olimpo de la historieta cubana en los años 80.

Lejos de la más extendida imagen graciosa, infantil y burlesca de la epopeya mambisa, fomentada por Elpidio Valdés, con estas dos obras Padrón y Raggi buscan revelar en todo su horror, no sin falta de épica, las brutalidades de la guerra, o más bien, las bestialidades catalizadas por la guerra en los seres humanos.

Trasladadas sus miras al contexto de las guerras de independencia cubanas, el autor se decanta entonces por una visualidad a primeras luces realista…o mejor, a primeras sombras, pues se termina adscribiéndose definitivamente al expresionismo más impactante y claustrofóbico; equiparado sólo entonces en violencia por las obras de Orestes Suárez sobre la batalla de Mal Tiempo y la muerte de Antonio Maceo, también publicadas en el mensuario Cómicos, verdadero olimpo de la historieta cubana en los años 80.

Línea gruesa, casi xilográfica; minuciosidad en los rasgos; alternancia brusca (sin matices algunos) entre luz y sombra, entre línea gruesa y trazo leve; sencilla pero terrorífica deformación en las proporciones de los rasgos faciales y físicos de los mambises. Se revelan en las páginas hombres ajados, mortificados hasta la deformidad a lo largo del via crucis guerrero que recorren en las peores condiciones, amargados y foscos. Otro tanto para los soldados colonialistas, enclaustrados en su torre óptica, que resisten con valentía las andanadas insurrectas a precio de sangre.

Nada escatima Raggi en la recreación terriblemente épica del asalto: sangre extraída a borbotones por las balas explosivas, rostros deformados de puro horror y muerte en pleno impacto letal de la metralla, bestialidad combatiente eternizada en la mueca final. Una historia sencilla da lugar al exquisito regodeo visual en la dilatación (eterna) de una relampagueante acción con un irónico final, donde una vez más, el mal con mal se paga.

Rompecoco —que responde al apodo del cascarrabias cocinero mambí que la protagoniza— aunque se reviste de un tono menos lóbrego al concentrarse en una anécdota más cercana al humor, sigue con las contiendas expresionistas y claustrofóbicas, desarrolladas en plena y gótica manigua.

Rompecoco es un cocinero que se ve rodeado por tropas coloniales, a las cuales termina asediando él mismo a puro disparo de “tercerola” (las llama “yeguas”). Estamos ante un (¿súper?)héroe más individualmente perfilado, que viene a resumir toda la tozudez, capacidad de resistencia e inevitable originalidad de los cubanos insurrectos de entonces para sobrevivir y pelear. De nuevo Padrón escribió una breve anécdota, centrada en la acción trepidante, con nuevo golpe de efecto final, donde humor y coraje se entrelazan más optimistamente.

Notas:
1. Nombre quizá inspirado en la deidad Indra, señor del cielo y dios principal de la religión védica india. Dios de la guerra, la atmósfera, el cielo visible, la tormenta y el rayo.
2. Estas páginas iniciales no existen en Cuba, dado su envío a Europa, por lo cual los que permanecen en Cuba al cuidado de la familia, resultan de una total ineditez. Nunca enviados, nunca publicados.
3.  Revista francesa de historietas de ciencia ficción fundada en diciembre de 1974 por Moebius, Jean-Pierre Dionnet y Philippe Druillet, que luego se extendió a Italia, Alemania, Reino Unido y Estados Unidos —bajo el título Heavy Metal.
4. Fundador de Métal Hurlant y creador de grandes clásicos como El Incal, con guión de Alejandro Jodorowsky y editada entre 1980 y 1988.
5. Son las dos primeras de un incompleto proyecto de cinco, que compondría un volumen independiente de tema mambí.

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