Mensaje personal al Papa Francisco

Graziella Pogolotti • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla
Reunión entre Raúl Castro y el Papa Francisco en la Ciudad del Vaticano, mayo de 2015.
Foto: Estudio Revolución

 

La iglesia católica ha atravesado una historia de dos milenios. Los símbolos y las imágenes que la acompañan han contribuido a configurar una cultura que incluye, en distinto grado, a creyentes y no creyentes, a fariseos y a gentes de buena voluntad. Tiene un legado múltiple. El poverello de Asís asoció su conducta a los desposeídos. Ignacio de Loyola, general fundador de la Compañía de Jesús, organizó las huestes sobre la base de una estricta disciplina y del más riguroso estudio de las ciencias y de las humanidades en un momento crucial para el porvenir de la catolicidad. Lutero se había alzado contra las exacciones a los desamparados destinados a sostener el boato de la corte Vaticana. Reiterado en el arte de los mensajes del arte jesuita, el memento mori recordaba a todos la igualdad que nos une en el momento final, lo efímero de la vida y de los bienes terrenales. La Iglesia trajo a América la cruz y la espada, pero también la palabra combativa de Fray Bartolomé de las Casas.

A mediados del siglo XX, Monseñor Ángel Gaztelu, párroco de Bauta por aquel entonces, amigo de poetas y artistas, edificó una pequeña iglesia en la cercana playa de Baracoa, habitada por humildes pescadores. El contexto le sugirió un regreso al cristianismo primitivo. Ante una mesa sencilla, oficiaba misa frente a los feligreses. El Crucificado, obra del escultor Alfredo Lozano, pendía del techo, sostenido por un hilo metálico. El rostro no se volvía hacia lo alto. Inclinado hacia adelante, el cuerpo ofrecía amparo a los creyentes. También poeta, Gaztelu pertenecía a un grupo conocido con el nombre de Orígenes.

Vuelvo a las circunstancias de su visita. Durante medio siglo, los cubanos hemos luchado en favor de una existencia más justa para todos. Hemos tenido tropiezos. Hemos cometido errores. Pero nuestro horizonte siempre ha sido el de la confianza en el mejoramiento humano. Hemos afrontado enormes sacrificios movidos, como José Martí, por la confianza en el mejoramiento humano. Sin cejar en los irrenunciables propósitos que llenaron de sentido nuestra existencia, estamos entrando en otra etapa, en virtud del restablecimiento de las relaciones con los Estados Unidos, fruto de una prolongada negociación en la que su Santidad desempeñó un papel reconocido.

No es mi intención enumerar las agresiones mediante las cuales se ha querido doblegar nuestra voluntad de construir un país diferente. Ahora mismo, el bloqueo no ha cesado. En este planeta convulso, donde la tragedia se ha convertido en información cotidiana, los efectos enajenantes de las tecnologías aplicadas a los medios de comunicación nos incluyen y trascienden. A la depredación suicida de la naturaleza se añaden los inconmensurables recursos destinados a producir una creciente enajenación del ser humano, cada vez más distanciado de su realidad concreta. Las imágenes seductoras que circulan crean adicción, interfieren las relaciones personales, cercenan la capacidad de pensar. Hipnotizados, nos sometemos a las leyes y los paradigmas de un mundo virtual. Los videojuegos forjan necesidades y actitudes desde la primerísima infancia. En muchos casos se incita a la violencia más irracional, se modelan superhéroes, y el éxito se compensa con retribuciones en oro.

Su Santidad ha manifestado una vocación ecuménica. Paso a paso, la ciencia ficción ha invadido nuestra cotidianidad. La seducción de los medios exacerba el individualismo de la persona aislada. La libertad de pensar se anula desde el instante en que nace. Un poder enmascarado emite mensajes que paralizan el desarrollo de la conciencia y la capacidad de discernir aquello que, vulnerable y frágil como el junquillo de Pascal, nos va haciendo a imagen y semejanza del Creador. La predestinación fatalista se impone sobre el libre arbitrio. Las diferencias doctrinarias ocupan un segundo plano cuando el poder anónimo del gran capital induce a la robotización de la criatura. La Iglesia Católica acrecienta su presencia convocante, solidaria, con los desposeídos del Mediterráneo y se afirma en el llamado al diálogo entre civilizaciones, al cese de la filosofía del despojo. Dispone también de recursos humanos y financieros para proponer formas renovadas de empleo de las tecnologías en favor de la plenitud humana, del estímulo a la creatividad, del disfrute de todo lo hermoso que nos ha regalado el planeta.

 

Fuente: Juventud Rebelde 

Comentarios

Fascinante la compañera Graciela , una mente prodigiosa.Orgullo de Cuba y sus mujeres, una mambisa del siglo XXI. Gracias a la vida y a Dios por permitirnos el orgullo de tener en nuestro pueblo virtuosas revolucionarias como la Dra. Graciela Pogoloti.

Vínculos entre la familia y la comunidad cristiana

Papa Francisco

Mensaje del Sumo Pontífice durante la Audiencia General del pasado miércoles 9 de septiembre de 2015

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Quiero centrar hoy nuestra atención en el vínculo entre la familia y la comunidad cristiana. Es un vínculo, por decirlo así, natural, porque la Iglesia es una familia espiritual y la familia es una pequeña Iglesia (cf. Lumen gentium, 9).

La comunidad cristiana es la casa de quienes creen en Jesús como fuente de la fraternidad entre todos los hombres. La Iglesia camina en medio de los pueblos, en la historia de los hombres y las mujeres, de los padres y las madres, de los hijos y las hijas: esta es la historia que cuenta para el Señor. Los grandes acontecimientos de las potencias mundanas se escriben en los libros de historia, y ahí quedan. Pero la historia de los afectos humanos se escribe directamente en el corazón de Dios; y es la historia que permanece para la eternidad. Es este el lugar de la vida y de la fe. La familia es el ámbito de nuestra iniciación —insustituible, indeleble— en esta historia. Una historia de vida plena, que terminará en la contemplación de Dios por toda la eternidad en el cielo, pero comienza en la familia. Este es el motivo por el cual es tan importante la familia. El Hijo de Dios aprendió la historia humana por esta vía, y la recorrió hasta el final (cf. Hb 2, 18; 5, 8). Es hermoso volver a contemplar a Jesús y los signos de este vínculo. Él nació en una familia y allí conoció el mundo: un taller, cuatro casas, un pueblito de nada. De este modo, viviendo durante treinta años esta experiencia, Jesús asimiló la condición humana, acogiéndola en su comunión con el Padre y en su misma misión apostólica. Luego, cuando dejó Nazaret y comenzó la vida pública, Jesús formó en torno a sí una comunidad, una asamblea, es decir una con-vocación de personas.

Este es el significado de la palabra Iglesia.

En los Evangelios, la asamblea de Jesús tiene la forma de una familia y de una familia acogedora, no de una secta exclusiva, cerrada: en ella encontramos a Pedro y a Juan, pero también a quien tiene hambre y sed, al extranjero y al perseguido, la pecadora y el publicano, los fariseos y las multitudes.

Y Jesús no deja de acoger y hablar con todos, también con quien ya no espera encontrar a Dios en su vida. Es una lección fuerte para la Iglesia. Los discípulos mismos fueron elegidos para hacerse cargo de esta asamblea, de esta familia de los huéspedes de Dios.

Para que esta realidad de la asamblea de Jesús esté viva en el hoy, es indispensable reavivar la alianza entre la familia y la comunidad cristiana. Podríamos decir que la familia y la parroquia son los dos lugares en los que se realiza esa comunión de amor que encuentra su fuente última en Dios mismo. Una Iglesia de verdad, según el Evangelio, no puede más que tener la forma de una casa acogedora, con las puertas abiertas, siempre. Las iglesias, las parroquias, las instituciones con las puertas cerradas no se deben llamar iglesias, se deben llamar museos.

Y hoy, esta es una alianza crucial. Contra los “centros de poder” ideológicos, financieros y políticos, pongamos nuestras esperanzas en estos centros del amor evangelizadores, ricos de calor humano, basados en la solidaridad y la participación (Consejo pontificio para la familia, Gli insegnamenti di J.M. Bergoglio – papa Francesco sulla famiglia e sulla vita 1999-2014, LEV 2014, 189), y también en el perdón entre nosotros.

Reforzar el vínculo entre familia y comunidad cristiana es hoy indispensable y urgente. Cierto, se necesita una fe generosa para volver a encontrar la inteligencia y la valentía para renovar esta alianza. Las familias a veces dan un paso hacia atrás, diciendo que no están a la altura: “Padre, somos una pobre familia e incluso un poco desquiciada”, “No somos capaces de hacerlo”, “Ya tenemos tantos problemas en casa”, “No tenemos las fuerzas”. Esto es verdad. Pero nadie es digno, nadie está a la altura, nadie tiene las fuerzas. Sin la gracia de Dios, no podremos hacer nada. Todo nos viene dado, gratuitamente dado. Y el Señor nunca llega a una nueva familia sin hacer algún milagro. Recordemos lo que hizo en las bodas de Caná. Sí, el Señor, si nos ponemos en sus manos, nos hace hacer milagros —¡pero esos milagros de todos los días!— cuando está el Señor, allí, en esa familia.

Naturalmente, también la comunidad cristiana debe hacer su parte. Por ejemplo, tratar de superar actitudes demasiado directivas y demasiado funcionales, favorecer el diálogo interpersonal y el conocimiento y la estima recíprocos. Las familias tomen la iniciativa y sientan la responsabilidad de aportar sus dones preciosos para la comunidad.

Todos tenemos que ser conscientes de que la fe cristiana se juega en el campo abierto de la vida compartida con todos, la familia y la parroquia tienen que hacer el milagro de una vida más comunitaria para toda la sociedad.

En Caná, estaba la Madre de Jesús, la madre del buen consejo. Escuchemos sus palabras: Haced lo que Él os diga (cf. Jn 2, 5).

Queridas familias, queridas comunidades parroquiales, dejémonos inspirar por esta Madre, hagamos todo lo que Jesús nos diga y nos encontraremos ante el milagro, el milagro de cada día. Gracias.— Ciudad del Vaticano

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