Cuadros: una mirada a la evolución de la historieta cubana

Caridad Blanco • La Habana, Cuba
Fotos cortesía de la autora

A las transformaciones ocurridas en Cuba luego del triunfo de la Revolución en 1959 no permanecieron ajenos los medios de difusión masiva los cuales tuvieron su propio proceso de cambio. Dentro de ellos, muchas fueron las publicaciones que dieron espacio a la historieta; unas de forma parcial (la mayoría) y otras, de manera íntegra. Algunas de ellas se mantuvieron durante años, sobreviviendo unas pocas, mientras la gran mayoría ha desaparecido.

Imagen: La Jiribilla

Pucho por Virgilio Martínez. Revista Mella

En las nuevas circunstancias, la revista Mella dejó de ser clandestina y continuó publicando la serie de Pucho junto a Supertiñosa y otros trabajos sin sucesión del binomio M. Behemaras-Virgilio Martínez. Cuando la revista pasó a ser un semanario con suplemento de historietas, las historias comenzaron a tener continuidad. Guionistas como Froilán Escobar escribieron para ella, en tanto la nómina de dibujantes la integraron: Alfredo Calvo, Newton Estapé, Ubaldo Ceballos, Roberto Alfonso, Juan José López, Gaspar González, Antonio Mariño (Ñico), Juan Padrón y Manuel Lamar (Lillo). Este último creó para esa publicación, en 1964, al personaje Matojo, antes de la desaparición de la misma en 1965.

Una existencia fugaz tuvo la revista Rebelde 6 como órgano de la Policía Nacional Revolucionaria durante 1959. No obstante, en la página reservada fueron publicadas: Mario de la Policía Revolucionaria de Luis Wilson, y Capitán Barba de los carros patrulleros de Alfredo Calvo. En el periódico Revolución en ese mismo año se hicieron habituales las tiras de humor de Santiago Armada (Chago) y de René de la Nuez, con sus comentarios acerca del acontecer y de sucesos internacionales. Ocasionalmente, dentro del propio cuerpo del diario aparecieron otras historietas, pero su presencia llegó a ser realmente significativa en varios de los suplementos de dicha publicación. Primero, en ese espacio cultural y gráfico que fue Rotograbado de Revolución —convertido con posterioridad en tabloide— donde nacieron el Sabino de Rafael Fornés y Salomón de Santiago Armada (Chago) en diciembre de 1961 y,  Muñequitos de Revolución, que le siguiría más tarde, a partir de agosto de 1964 y hasta octubre de 1965. Entre diversas secciones, aparecieron allí las historietas firmadas por: Tulio Raggi (Hindra), Hernán H. (Gugulandia), H. Maza (Robin Hood, El Jorobado, Relatos de la Edad Media), J. Martínez, Lucio, Luis Castillo, Ñico y Plácido Fuentes.

En 1961 surgió la revista El Pionero [1], órgano de prensa de los pioneros cubanos. Las historias aparecidas en este soporte editorial, siguieron tres líneas fundamentales. La primera —de menor fuerza— fue la copia y readaptación de algunos de los cuentos clásicos de Walt Disney. Una segunda línea la conformaron las adaptaciones de temas literarios y la tercera, de mayor interés y repercusión, los guiones originales de diferentes autores cubanos. Con una existencia que sobrepasó los 20 años, Pionero tuvo su esplendor entre 1966 y 1972 aproximadamente, período durante el cual vieron la luz algunas de las más bellas series (también las más recordadas) de entre ellas: Los conquistadores del fuego (1968) —también conocida como Naoh—, de Roberto Alfonso, Matías Pérez (1969) de Luis Lorenzo Sosa, y las diversas aventuras en que se vio involucrado Elpidio Valdés luego de que Juan Padrón le diera vida en 1970.

Una segunda línea la conformaron las adaptaciones de temas literarios y la tercera, de mayor interés y repercusión, los guiones originales de diferentes autores cubanos

Esta publicación, que contó con el experimentado Virgilio Martínez, contribuyó a la consolidación de estilos diversos a la hora de dibujar historietas y en particular de los que encarnaban argumentos serios, aunque no se desdeñaron nunca los de carácter humorístico. Entre las líneas que sobresalieron estaban, además de esa sencillez que caracteriza a Juan Padrón, otras de singular registro, amén de lo hecho por Roberto Alfonso y Luis Lorenzo. Es el caso de las realizaciones de H. Maza, Ubaldo Ceballos, Jordi, Cecilio Avilés y Emilio Fernández.

Dirigida por la Imprenta Nacional, Ediciones Juveniles entre 1961 y 1962 tuvo a su cargo la tirada de varios folletos independientes de historietas con carácter didáctico y temática histórica. Sirven de ejemplo los títulos: La defensa de Bayamo, José Martí, Gagarin y Conquistadores del Espacio. Mientras,  también en 1961, circuló otra nueva publicación, el semanario humorístico Palante, continuador de la línea costumbrista —de gran vigor— dentro de la tradición del humor cubano. Las series de mayor permanencia en él fueron: de Francisco Blanco ¡Ay, vecino! (desde 1967),  Matojo de Lillo (desde 1969 hasta 1980) y Herlock Holmos que fue realizado por Alberto E. Rodríguez (Alben) a partir de los guiones de Évora Tamayo.

La Comisión de Orientación Revolucionaria (COR), por su parte, creó en 1963 la Empresa Ediciones en Colores, que llegó a tener en el lapso de cinco años, cuatro títulos fijos de revistas de historietas con diferentes perfiles. Dedicada a niños pequeños estuvo Din-Dón y para los lectores más entrenados ofreció: Aventuras, Muñequitos y Fantásticos, entre 1965 y 1967. Pese a sus imperfecciones, estas revistas gozaron de gran aceptación entre niños y adolescentes.

Imagen: La Jiribilla

Series didácticas de capacitación técnica. Dibujo de Francisco Blanco, guion de Juan Betancourt
 

En otra dirección, pero tomando quizá como referencia el éxito de estas publicaciones [2] también la COR encargó desde 1967 y hasta 1975 la edición de revistas dirigidas a los campesinos como vehículo de capacitación técnica y divulgación científica. Entre ellas figuraron: Matilda y sus amigos, Pol-Brix contra el ladrón invisible, Los 7 samurais del ‘70, Anapito y Cafetón, Guarapito y Don Canuto, Trucutuerca y Trescabitos y Santana y Limindoux. Realizadas por un equipo del semanario Palante, en todas el dibujo humorístico y los guiones de igual corte, sortearon con suma habilidad las limitaciones que suponía el propósito de las mismas, logrando instruir divertidamente e incluso convertirse en favoritas de muchos otros sectores poblacionales, e incluso de los niños.

En los primeros años de la década del 70 se formó el grupo P-ELE, en la Filial Cubana de la Agencia Informativa Latinoamericana Prensa Latina, bajo la dirección de Fidel Morales. Quedaron reunidas en él las voluntades de varios creadores interesados en profundizar en los aspectos teóricos y prácticos del arte de narrar historias. El trabajo del grupo se concretó a través de exposiciones, de la realización de series como Tupac Amaru, Galileo Galilei, Amilcar Cabral y Macheteros y, también en la publicación en 1973 de la revista (C) Línea. A través de esta última se dio a conocer a la historieta cubana y a sus autores en el exterior, se profundizó en aspectos formales del género como medio de difusión y se mantuvo un nivel de información aceptable en cuanto a su evolución a nivel internacional. Parte de la misma estrategia fueron los llamados Anti-Comics, revistas confeccionadas en Cuba y editadas en México entre 1974 y 1975. Tras la muerte de Fidel Morales en 1979, desapareció (C) Línea y se desarticuló el esfuerzo promotor expresado en P-ELE.

Al departamento de Divulgación de la Organización de Pioneros se debió la salida en 1976 de la pequeña revista Pásalo, que luego formó parte de las publicaciones de la Editora Abril. Devaneos aparte, ofreció ejemplos de las búsquedas expresivas en que se enfrascaron por entonces Ernesto Padrón, Jorge Oliver, Orestes Suárez y Alexis Cánova. Finalmente, quedó convertida en Bijirita, suplemento de la revista Zunzún.

Zunzún, con mayores pretensiones como publicación infantil, había aparecido en 1980 bajo el amparo de la Editora Abril. Recibió en sus primeros tiempos la influencia de Virgilio Martínez y luego se nutrió del pensamiento de algunos de los jóvenes realizadores que habían transitado por diferentes niveles del trabajo de investigación en relación con la propaganda destinada a los pioneros.

En Zunzún se alternaron, por más de diez años, las series Cucho de Virgilio Martínez (en la etapa inicial), Elpidio Valdés de Juan Padrón, El Capitán Plín de Jorge Oliver, Yeyín de Ernesto Padrón (director de la revista), Matojo de Lillo y Yarí de Roberto Alfonso. Para la revista ilustró además Orestes Suárez, mientras sus historietas fueron apareciendo en otras publicaciones. [3] Con un sentido enfático hacia lo ético, en la revista Zunzún los personajes abordaron lo histórico, lo fantástico, el ambiente cotidiano o la ciencia ficción sin abandonar, pese a ello, el tono humorístico en las narraciones, recurso que facilitaba la comunicación con sus lectores.

Imagen: La Jiribilla

En esta apretada síntesis se entretejen tres modos diferentes de incorporar  la historieta en las publicaciones después de 1959. En primer término están las dedicadas exclusivamente al género, aunque no constituyen mayoría. Una segunda variante ha estado representada por los medios que la incluían como parte del contenido general, junto a otros materiales o divertimentos, que es lo más frecuente en nuestro caso. La tercera opción ha estado en las revistas o periódicos donde las historietas constituyen una sección independiente, a veces ocasional, o incluidas en los llamados pasatiempos.

Con un sentido enfático hacia lo ético, en la revista Zunzún los personajes abordaron lo histórico, lo fantástico, el ambiente cotidiano o la ciencia ficción sin abandonar, pese a ello, el tono humorístico en las narraciones, recurso que facilitaba la comunicación con sus lectores

En esta última dirección se debe agregar la revista Mar y Pesca, con su sección fija desde 1968 Grandes Aventuras del Mar, durante varios años dibujada por Vicente Sánchez, entre otros muchos autores, la revista Enigma (de literatura policiaca), concebida en 1986 con un espacio para las historietas de línea semejante al perfil de la misma y donde con un estilo realista colaboraron Ubaldo Ceballos, Vicente Sánchez, Luis Lorenzo y Rafael Morante. No podemos, por otra parte, obviar las tiras de René de la Nuez aparecidas en distintos momentos en el periódico Granma (Mogollones, entre ellas) y la esporádica presencia de historietas en Bohemia.

Sin embargo, los ejemplos más experimentales y con un marcado interés en la renovación del lenguaje de la historieta, tuvieron como escenario las páginas de las revistas Somos Jóvenes y Prismas. En la primera, estuvo el caso de Roy dibujada por Osmani Simanca; mientras la segunda se abrió a los comentarios sobre la realidad latinoamericana desde la óptica de los collages de Manuel Hernández, no obstante fue, sobre todo el Tapok de Juan Padrón, quien llenó el espacio de casi toda la década del 80 en la misma, con su habitual ingenio y un dibujo sencillo que recreaba a un mordaz e irónico hombre de la edad de piedra, capaz de seducirnos desde los más variados matices del humor negro.

Al crearse en 1985 la Editorial Pablo de la Torriente, de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) se pensó en la posible consolidación de la historieta. La Editorial, además de publicar libros sobre teoría de la comunicación, tenía entre sus objetivos fundamentales incentivar el desarrollo del género. Articuladas con ese empeño estuvieron las revistas Cómicos y Pablo, y el tabloide El Muñe. En 1987 fueron vistas numerosas compilaciones de autores cubanos, identificadas con los títulos Historietas y Mini-historietas según el formato utilizado. Fueron salvados para los lectores algunos clásicos de esta historia cuyo rastro se perdía en el proceso fragmentario de su consumo [4]. A ese esfuerzo se sumaron creadores experimentados y también los más jóvenes.

Bajo la conducción de Francisco Blanco y Manolo Pérez, ambos de muy activa participación en la Editorial, sesionó paralelamente el “Taller de Historietistas” como propuesta de escuela para los noveles realizadores con un énfasis especial en la formación de guionistas. Algunos resultados de ese proceso se pudieron apreciar en el tabloide Nueva Generación (1989) y tal vez no sea aventurado decir que ésta fue la postura más fuerte y vital de todo un gran esfuerzo editorial.

Imagen: La Jiribilla

En 1990 La Habana fue escenario del Primer Encuentro Iberoamericano de Historietistas que contó con la participación de autores de Argentina, México, Brasil, Perú y Cuba y la presencia del Director de la Editorial Española IKUSAGER, Ernesto Santolaya. Auspiciado por la Editorial Pablo de la Torriente, este evento ha continuado realizándose, pero la historieta tradicional cubana prácticamente se ha extinguido. La escasez de papel que impuso el recrudecimiento del Período Especial, a partir de 1990, dio un jaque mate forzado a incontables publicaciones, incluyendo a las de la propia editorial. Los Encuentros, sin mucho éxito, han querido preservar el espíritu de un género que precisa de un soporte para la comunicación, no obstante, ha logrado poner en marcha y materializar algunos proyectos con diversos países: exposiciones, intercambios y otras colaboraciones.

La historieta tradicional cubana prácticamente se ha extinguido. La escasez de papel que impuso el recrudecimiento del Período Especial, a partir de 1990, dio un jaque mate forzado a incontables publicaciones

Dos veces durante el último decenio del siglo XX muestras de historietas cubanas fueron exhibidas en el prestigioso Festival de Lucca en Italia (la primera en 1992). Este logro, en tan difíciles circunstancias, se debió a las gestiones de personalidades italianas que se han acercado a través de estas citas y, en especial, a la cooperación del publicista Darío Mogno. Otro de los resultados evidentes de este nuevo fenómeno es el contrato del dibujante Orestes Suárez con la Editorial Bonelli, posibilidad de trabajo que ha mellado el nivel del dibujo de este creador.

Para el movimiento historietístico del país pudo haber sido de mayor utilidad la existencia de la Editora Pablo de la Torriente, si se hubiera contado con  disponibilidades suficientes de papel, pero para eso, además del soporte, se precisaba de un desentumecimiento de sus proyecciones. Tal vez la hubiera salvado recuperar en lo posible el encanto que tuvieron los títulos de Ediciones en Colores dada la coherencia del perfil de cada una  de sus revistas —aún con sus inocultables defectos—; entender el porqué de la eficacia de las series de capacitación técnica o desentrañar las razones que estaban tras aquella fascinación semanal que provocaba la llegada de Pionero, allá por el final de la década del 60 y entrados los 70, mientras el Dedeté comenzaba a dar incontables señales de un proceso que lo llevaría a su madurez.

En sentido general a la historieta cubana le asiste el mérito de haber creado todo un sistema de nuevos contenidos y sus propios héroes, ajustados a las necesidades contextuales; pero, en su intento de alejarse de los estereotipos impuestos por los comics norteamericanos fue irremediablemente hacia la formulación de otros. Sin negarle aciertos a esta historia, es justo decir que, salvo personajes indiscutibles, muchas han sido las series de tránsito nada seductoras vistas en estos años.

A un proceso caracterizado por su irregular ascendencia y asentado en el predominio de convencionalismos formales en la ejecución de las obras, se sumó un sistema poligráfico deficiente que perturbó notablemente el lustre de las impresiones, y ofreció a los artistas escasas posibilidades técnicas. La historieta cubana, al privilegiar a los niños como principal destinatario, marginó sin proponérselo al lector adolescente y olvidó el interés que despierta en el adulto. Fue así como perdió la posibilidad de adentrarse en temáticas de mayor riesgo, las cuales hubieran estado más a tono con algunas de las preferencias de los grupos señalados, ofreciéndole, sin dudas, mejores horizontes al género cubano.

A un proceso caracterizado por su irregular ascendencia y asentado en el predominio de convencionalismos formales en la ejecución de las obras, se sumó un sistema poligráfico deficiente que perturbó notablemente el lustre de las impresiones, y ofreció a los artistas escasas posibilidades técnicas

Resentida por su didactismo, en su demasiado afán educativo y afectada por la carencia de imaginativos y profesionales guionistas, tuvo además que soportar la inadecuada proyección de una política editorial que no la estructuró como fenómeno de carácter específico, con líneas propias a desarrollar, incluidas las de orden temático. Se mantuvo, durante mucho tiempo, como un elemento aislado  dentro de las publicaciones en que logró sobresalir hasta conseguir su indiscutible independencia. A estos factores se suman desaciertos de cualificación y pobreza del diseño en la materialización de las publicaciones, la insubstancialidad de los guiones y el débil dominio de la técnica del dibujo en ciertas historias toleradas por los editores.

De modo cardinal existen en su desarrollo dos momentos que pueden distinguirse con claridad, un antes y un después de 1959. En este último, merecen distinción un grupo de autores que hoy resultan paradigmáticos, y también lo producido entre 1966 y 1970, lapso memorable hoy casi desconocido. Sobre esta historia habría que volver, precisar y también aquilatar los aportes de  toda la historieta realizada en la Isla, y descubrir su real valía. Esa que ha sido velada por su propio curso, muchas veces marcado por el convencionalismo.

 

Notas:
1. Pocos años después, la revista fue convertida en el semanario Pionero.
2. Pasando por alto los prejuicios no siempre superados en torno a la utilidad y uso de la manifestación.
3. Las aventuras de Inés, Aldo y Beto (con guiones de Ernesto Padrón) y la adaptación de la obra literaria Timur y su pandilla, todas ellas publicadas en el semanario Pionero
4. Similar empeño tuvo por entonces la Casa Editora Abril.

 

Fragmentos tomados por el editor de La Jiribilla del texto original Cuadros publicado en  la Revista Latinoamericana de Estudios sobre la Historieta. Editorial Pablo de la Torriente. La Habana, Cuba. Año.1. No.1, 2001. pp. 31- 45. Ha sido actualizado a propósito de este dossier dedicado a la historieta.

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