Libiamo

  
 
                                                                                                                                  Para Lucy.                                                                                                                     
                                                            “Libiamo, libiamo nei lieti calici
                                                                                                        che la belleza infiora…”                                             
                                                                            Francesco María Piave
                                                                     Giuseppe Verdi, La Traviata
 
                                                                                                                                                               
Violeta escogió con cuidado su ropa, sexy pero no descarada, y se subió a un par de tacones que la hicieron crecer como si hubiera ascendido al podio luego de una merecida victoria. Se miró al espejo y le sonrió a la otra Violeta, la del vestido azul y el pelo acabado de lavar. No habría maquillaje en su rostro. No hacía falta, ella no era una jinetera. Era una joven bonita e inteligente que había decidido jugarse sus cartas en el mejor sitio de la ciudad. Uno al que nadie iría, donde no habría competencia por acaparar los yumas.  La ópera. 
Atravesó el comedor en puntas de pie. Su madre estaba en la sala, absorta frente a la película como cada domingo, y no la sintió. 
Hurgó en su cartera, gastada por el uso. Buscó entre los papelitos doblados, las migajas de pan, las cuentas de la luz y el teléfono, la libreta de abastecimiento y los espejuelos para ver de cerca, y encontró el monedero viejísimo con el cierre medio roto. Lo abrió y se entretuvo unos minutos mirando las fotografías de cuando ella era niña, su madre insistía en conservarlas ahí, amarillas y fundidas con el plástico que las protegía. Tomó los 2 cuc y los metió en su bolsito de mano. Los necesitaba para coger un almendrón, era la única forma de soportar los tacones y no llegar sudada al teatro. Luego se sentaría a tomar algo, no iba a hacer el papel de la muerta de hambre que está esperando a que le paguen un refresco. Era una inversión mínima y le parecía justa. 
–Mamita, si todo sale bien, te voy a comprar un plasma de doscientas pulgadas-le prometió en silencio mientras salía con los zapatos en la mano para no hacer ruido.
 
Estaba muy bien vestida para un domingo a las cuatro de la tarde, soleada y cálida. Violeta caminaba erguida y cimbreante, escoltada por la banda sonora de piropos que se sucedían ininterrumpidos y la hacían sonreír, permanecer indiferente o hacer muecas enfadadas, según el tono. Pero, muy dentro de ella, agradecía estas frases que la evaluaban y cuyos dueños, sin saberlo, le daban ánimos.
Bajó del almendrón frente al teatro, le gustaba esta parte de la ciudad donde las calles estaban llenas de carros, los edificios eran grandes  y las anchas aceras, un hormiguero de gente de todas partes.
En la cola para comprar las entradas, leyó el cartel que anunciaba los precios:  10 pesos para los cubanos y 25 cuc para los extranjeros. Se preguntó si sería muy caro para un extranjero y rezó porque no fuera así. Delante de ella había solo dos cubanos.
Pagó  y se informó sobre los asientos, le explicaron que no había luneta asignada así que podía sentarse donde quisiera. La entrada decía que no era válida para turistas, que se prohibía el uso de cámaras fotográficas y de video durante la función y que se requería vestuario apropiado. Se alegró de haber escogido su ropa con cuidado y no entendió qué sentido tendría hacer fotos a una función de teatro.  
Violeta hizo su entrada por la amplia puerta del Gran Teatro. Subió los escalones de mármol, entregó su billete y recibió el programa de La Traviata.
Un poco menos valiente, atravesó los cortinajes rojos que daban acceso a la sala y sintió el murmullo de los asistentes, mezclado con el de los instrumentos  de la orquesta que ensayaba los últimos acordes antes de la función.  Todo era rojo y aterciopelado allí adentro, iluminado en un modo que le recordaba palacios de reyes antiguos vistos en las películas. Era otro mundo, separado solo por unos  metros del bullicio, el calor y la luz de afuera.
Había pocas personas, pero le llamó la atención que fueran casi todos jóvenes. –Serán familiares  y amigos de los músicos o de los cantantes-pensó mientras, aún de pie, escudriñaba el pasillo y miraba los angelitos descoloridos del techo.
-Permiso -sintió a sus espaldas en mal español. Se hizo a un lado para dar paso a una pareja de mediana edad y rasgos asiáticos. Le sonrieron con gratitud y luego continuaron su charla en francés.
 
Violeta comenzó a sentirse mejor, era una espectadora como ellos, con un billete que le permitía, como a ellos, sentarse y disfrutar la obra. Estaba bien vestida, como ellos, y como ellos, estaba buscando un asiento. Tuvo una sensación agradable, aquí en este sitio oscuro y fresco, con gente distinta que hablaba otros idiomas, alejada del sol y la bulla de los cubanos del otro lado de la puerta.
Se acomodó en  la platea central, en la butaca que daba al pasillo. Le pareció un emplazamiento estratégico porque le permitía ver a todos los que entraban y que forzosamente pasaban por su lado. Y  la colocaba en una posición muy visible para los que iban llegando.
Muchos de los presentes se conocían e intercambiaban saludos, seguro venían a menudo. Viendo que los nuevos arribos eran nacionales, Violeta se concentró en el programa. No tenía la más mínima idea de qué había venido a ver.
Basada en “La dama de las camelias” de A. Dumas hijo- comenzó a leer Violeta-“En el París del siglo diecinueve, Violeta Valéry, es una cortesana que intenta redimirse por amor.”
Sonó un timbre, que seguramente anunciaba el inicio del espectáculo y Violeta vio pasar por su lado un grupo de extranjeros ataviados con shorts, sandalias y sombreros de playa. Se preguntó si la entrada “válida para turistas” tendría las mismas recomendaciones acerca del vestuario apropiado.
Los recién llegados caminaron hacia las primeras hileras, buscando asientos  y se dividieron en grupos que se dispersaban cuando no encontraban sitio para todos en la misma fila.
La acomodadora se dirigió hacia ella, escoltada por tres hombres y una mujer casi elegantes, y le pidió “si no le importaba cambiarse a  la butaca delante o de atrás, de todas formas estaría en la misma posición” Todo para que “estos señores italianos puedan sentarse juntos”
Los italianos que querían sentarse juntos eran tres señores cuarentones, altos, vigorosos y una dama pequeña, delgada y de rostro afilado, que parecía ser solo una buena amiga. Ninguno usaba gafas y todos tenían los ojos oscuros. Los cuatro la miraban severamente, como si les asistiera el derecho de ocupar esos asientos y la petición de la acomodadora fuera un mero trámite fastidioso.
Violeta  tuvo ganas de decir simplemente que no. Que estaba en su país, en su ciudad, en su teatro y en su butaca. 
No lo dijo. Asintió con desgana y la cara del grupo cambió radicalmente. Sonrieron como si sentarse juntos en el teatro fuera lo mejor que les había sucedido en sus vidas. Le dieron las gracias, juntos y separados, varias veces, en español con acento. Sonrieron de nuevo, inmensamente felices y de nuevo se mostraron agradecidos, esta vez en su lengua. Grazie mille.
Una vez en la nueva luneta, justo delante de la anterior, Violeta pensó que estas gentes eran muy extrañas. Pedían favores como si dieran órdenes y luego eran exageradamente ceremoniosos. Nada grave, concluyó sonriendo y se viró para asegurarles con un gesto que todo estaba bien y ella se sentía a gusto en su actual puesto.
Uno de ellos, que parecía ser el portavoz del grupo, le pidió en un español aceptable, si podía prestarle el programa. Violeta se lo dio con la advertencia de que se lo devolviera enseguida porque no lo había leído. El hombre sonrió y respondió que era solo para ver el elenco. Conocía de memoria la obra. –es muy bella-le dijo-casi como usted-añadió respetuoso.
A Violeta se le paralizó la lengua, no supo qué cara poner. Le habían comentado que ellos eran así, rápidos, que pensaban que aquí todas estaban dispuestas a lo mismo. Se alegró de no haber sonreído con coquetería. No estaba buscando un yuma para un ratico, quería un príncipe que la hiciera sentir cómoda y amada. 
Cuando el hombre le devolvió el programa, Violeta se sintió atraída por sus maneras corteses. En vez de tocarla por el hombro para que se girara hacia él, se levantó de su asiento para acercarse y casi arrodillado ante ella en el pasillo, le extendió el programa humildemente. 
-Vittorio-susurró, presentándose.
-Violeta-correspondió ella, iluminada.
-Come la protagonista- le dijo mientras retenía su mano con delicadeza.
Se apagaron las luces y comenzó la música. El primer acto se desarrollaba en una lujosa fiesta parisina. Las mujeres vestían trajes largos, los hombres levitas con relojes colgantes y todos usaban complicadas pelucas.
Empezaron a cantar. El coro, luego los solistas, uno que respondía al otro y de nuevo el coro. Era aburridísimo. Violeta no entendía ni una palabra, era todo en italiano. Se identificó con la protagonista, que llevaba su mismo nombre, y trató de encariñarse con ella. Si al menos fuera hablado en vez de cantado. La tipa parecía una gallina en sus últimos estertores.
El coro del brindis le gustó, había oído esa canción alguna que otra vez en la televisión, en alguna película, debía ser la más famosa. 
 
Se acabó la fiesta y Violeta Valery quedó a solas en un salón, cantando sus angustias estridentes por un rato. Por suerte el primer acto fue corto. Se encendieron las luces y la gente comenzó a levantarse para estirar las piernas. 
Violeta decidió aprovechar el receso para leer toda la historia en vez de salir al jardín. La trama, basada en un libro,  le pareció muy bonita, tristísima y romántica. Qué pena que no fuera una película, eso sí que le habría gustado.
Vittorio interrumpió sus reflexiones sacando del bolsillo de su chaqueta una coca cola y ofreciéndosela. Ella hizo ademán de negarse pero él insistió, advirtiéndole que la bebiera con las luces apagadas porque estaba prohibido. Sonrieron los dos por la travesura y el último timbre anunció que se iniciaba el segundo acto.
Era largo como una reunión, una cola o la espera de una guagua. Era trágico como una reunión para dar malas noticias, una cola en la que se acaban los productos anhelados y una espera de guaguas sin esperanza de guaguas en el horizonte. Además, en los dúos entre Violeta y Alberto, y entre ella y el viejo padre de él, todos gritaban enfadados, apesadumbrados, desesperados. Los alaridos parecían no tener fin. Violeta miró  tantas veces su reloj, que le pareció que se había parado. El tiempo no pasaba. Mientras, ella bebía su coca cola y rumiaba muchas cosas. 
Calculaba si debía levantarse al final de este acto e ir al jardín a beber para que él no creyera que se quedaba sentada en el intermedio porque no podía pagar siquiera un refresco. 
Se preguntaba si Vittorio se daría cuenta de que la ópera le importaba un pito. Si en algún momento le pediría su número de teléfono y  cómo haría ella para que su madre no cogiera la llamada. 
La preocupaba que su casa estuviera despintada y amueblada pobremente, le daba pena  invitarlo allí. Luego pensaba, soñadora, que le gustaría regalarle a su mamá ropa, zapatos y una cartera nueva, llevarla a comer y comprarle café bueno.
Al terminar este acto, Violeta dudaba honestamente si resistiría el tercero. Pensó levantarse y salir hacia la puerta y una vez allí, hacer lo que le dictaran sus piernas en ese momento, pero Vittorio se acercó y le preguntó si  podía sentarse a su lado. 
 
La butaca vecina estaba vacía, solo que ahora Violeta no podía irse. Vittorio le impedía marcharse del teatro pero a la misma vez le ofrecía una buena razón para quedarse.
 
-Francesca, Fausto y Lele-le presentó a sus amigos, que sonrieron aún más contentos que cuando ella les cedió su puesto. Los tres dijeron adiós  a Vittorio como si en lugar de cambiarse de asiento, se embarcara en una larga travesía. Una vez que él se acomodó en su nueva luneta, se apagaron las luces por última vez.
El tercero fue corto. Violeta se emocionó con la heroína reducida a un fantasma de la desdicha, pobre, enferma y abandonada por todos. Cuando Alfredo Germont llegó al lecho de muerte de su amada, Violeta tenía ganas de llorar. Los protagonistas gritaban, ella con voz de pito y él roncamente, ambos tristísimos junto al médico y la criada que los miraban con lástima. Finalmente, la Valery se levantó haciendo un último esfuerzo, dio dos pasos cantando más chillonamente que nunca y se murió en la esquina izquierda del escenario, en medio de una lluvia de aplausos que duraron todo el tiempo en que bajaron las cortinas y los personajes salieron a escena a saludar. La ovación se acentuó cuando los amantes, tomados de la mano, se inclinaron ante el público y permanecieron así un buen rato. Una muchacha subió y entregó un ramo de flores a la cantante. Cesó la música, los actores desaparecieron tras los cortinajes y la gente comenzó a salir.
Violeta se levantó y se unió a la cola que desfilaba lentamente por el pasillo hacia las puertas de salida de la sala. Vittorio iba detrás o a su lado, según se lo permitía el flujo de espectadores que se iban incorporando a la fila. 
-¿Tu quiere beber qualcosa con me?- le dijo ya en la acera. 
Antes de responderle, Violeta recorrió con la vista el portal del Gran Teatro, lleno de gente bien vestida y de yumas felices que comentaban el espectáculo y decidían  dónde cenar, beber, divertirse y qué hacer los próximos días de vacaciones. Para, al término de estas, regresar a sus países cómodos y cultos, con cuatro estaciones, mansiones y carros, teléfonos inalámbricos y celulares. Con grandes ciudades y anchas avenidas flanqueadas por tiendas de diez pisos repletos de  ropa, zapatos, cosméticos, champús, cremas, joyas, bolsos, perfumes. Con supermercados laberínticos, rebosantes de carnes, quesos, frutas, helados, dulces, bombones, champán y caviar.
Decidió dar el primer paso, para salvar los muchos kilómetros y obstáculos que se interponían entre ella y la dulce vida que había visto pasar ante sus ojos en unos segundos enfebrecidos.
-Ok, vamos-y sonrió, ni coqueta ni desabrida. Una sonrisa perfecta, seguramente la misma con la que Violeta Valery había conquistado todos los caballeros de París.   
 
Se despidieron de Fausto, Francesca y Lele, que hojeaban una guía de bolsillo, y salieron al paseo del Prado. Un taxista les hizo señas. Vittorio dijo que no. Prefería caminar, si a Violeta no le importaba. 
A Violeta le importaba, y mucho. Los tacones no eran precisamente cómodos para emprender largas caminatas, había pensado siempre en un turitaxi bendecido por  aire acondicionado, música romántica y asientos mullidos, en los que dejarse caer perezosa, mientras la ciudad desfilaba ante ella, cómodamente reclinada y protegida del exterior por los cristales ahumados. 
En su lugar, dijo que sí, que le gustaba mucho caminar y se ajustó discretamente los zapatos para la travesía que consistía en recorrer el boulevard de Obispo rumbo a La Habana Vieja.
Mientras caminaban, Vittorio comenzó a contarle una historia que Violeta entendió a medias. Se sorprendía de encontrar una muchacha joven y bonita interesada en la ópera. En Europa,  a esa edad están siempre en las discotecas. 
-Yo creo que hay que ir a todo-dijo Violeta que no quería perderse una buena noche de música y baile, declarándose una joven tan especial. 
-¿Y te gustó?
-Sí, mucho, es una historia muy bonita, es una pena que el final sea tan triste. 
Cuando llegaron a la Plaza de Armas, él le dijo muy amablemente en pésimo español, que si no le importaba, preferiría continuar hasta la Plaza Vieja, era la que más le gustaba.
Violeta había estado en la Plaza Vieja, siempre de paso y formando parte del paisaje que los turistas admiraban, sentados bajo las sombrillas del Escorial con sus cafés o agrupados alrededor de las columnas multicolores de cerveza en La Factoría.  Muchas veces pensó que le gustaría estar allí, sin hacer nada como todos esos que repasaban itinerarios turísticos o leían libros traídos de sus destinos de origen, bebían y hablaban sin prisas, dejaban propinas, y luego regresaban a sus habitaciones perfectas.
La plaza estaba iluminada con luces mortecinas que dejaban ver los tonos azul oscuro del cielo. Vittorio indicó a Violeta el Escorial, y le preguntó con la vista si le parecía bien. Cuando ella asintió, la dejó pasar delante. Violeta escogió una de las mesitas frente a la plaza, alejada de  un dúo que tocaba Bésame mucho para un matrimonio anciano en bermudas. 
 
Él la siguió obedientemente y una vez en la mesa, desplazó hacia atrás la silla, y la invitó a sentarse. 
Violeta disfrutó esta galantería que parecía sacada de un acto de La Traviata, se acomodó, sonrió agradecida y con disimulo, se quitó los zapatos. La sensación de alivio fue tan evidente que su acompañante quiso saber.
-Es que estoy un poco cansada.
Vittorio le  sonrió de manera muy tierna. Llamó al camarero y pidió la carta.
Violeta solo quiso agua, había visto que los extranjeros bebían mucha y que cargaban con las botellas en sus mochilas cuando paseaban por la ciudad. Su madre siempre insistía en que ella no tomaba la suficiente. Además, no quería parecer una de esas que se aprovecha del primer ofrecimiento atiborrándose de cosas. Ya él le había comprado una coca cola aunque la verdad era que ella no se la había pedido. 
-¿Solo agua? Eres una muchacha muy rara. Yo te estoy invitando.
-Es que ahora tengo sed, debe ser porque caminamos mucho. A lo mejor después pido otra cosa-dijo ella, ya relajada y pensando en los dulces y los cafés de todos tipos que engalanaban las mesas cercanas. 
-Como quieras. Cuéntame algo de ti -le dijo entre interesado y divertido.
Violeta estaba preparada para esta parte, la había ensayado muchas veces cuando estaba sola. Nada de grandes mentiras, de esas que se descubren enseguida y forman enredos de los que uno no puede salir. Así que acudió a una especie de verdad maquillada, alargando, encogiendo, decolorando y tiñendo fragmentos sin alejarse mucho de los elementos reales que podrían ser comprobados enseguida. 
Sin embargo, mintió cuanto quiso a la hora de describirse, se inventó un montón de predilecciones que no poseía, emitió juicios que pertenecían a otras personas y se declaró amante de la sinfónica, el teatro y el ballet. 
Los músicos se acercaron a ellos para preguntarles qué querían escuchar. Cuando hacían el inventario de su repertorio, Violeta los interrumpió con autoridad. 
-Por favor, ¿no pueden dejarnos en paz? ¿No ven que el señor y yo estamos conversando?
Los músicos se miraron sorprendidos por su falta de solidaridad, como reprochándole ponerse del lado de los otros, de los caras pálidas. 
-Que tenga una feliz noche señorita. Anche a lei, signore, le auguriamo una bella serata in compagnia di questa carinissima ragazza. -y se despidieron con exagerada cortesía. 
Vittorio asintió risueño y les dijo adiós con la mano, la frase de los músicos le hizo mucha gracia. Violeta se sintió fuera del juego, no sabía italiano, y acababa de descubrir que no era tan fácil como juraban sus amigas, que pasaban la vida diciendo que  se parecía muchísimo al español y que si lo pronunciaban despacio, podía entenderse todo. 
Cuando los músicos se fueron con sus canciones a otra mesa, Vittorio anunció que ahora, hablaría de él de su vida, de todo lo que había pensado mientras la escuchaba y de este encuentro tan lindo que podía tener un futuro, si ella así lo deseaba. 
Empezó una historia que se remontaba a muchos años atrás en un pueblito de nombre raro y largo. Poco a poco se le fueron acabando las palabras en español, como si la narración le perteneciera a su idioma y solo pudiera ser contada en este. Violeta aguzó su oído, trató de pescar algo, un verbo o un gesto que iluminaran esta maraña de frases cantarinas y llenas de dobles consonantes.
Violeta estaba desesperada, sabía que lo que estaba escuchando era algo muy importante y no lograba entenderlo. ¿Qué habría hecho Violeta Valery en una situación como esta? 
Mademoiselle Valery habría encontrado un traductor. 
Miró a su alrededor buscando los músicos y los vio, en la mesa de la esquina, cantando el chan chan a un grupo donde todos batían palmas fuera de ritmo, divertidos.
Violeta hizo  a Vittorio un ademán de esperarla un momento y se dirigió al grupo.
-Por favor, discúlpenme por lo de ahorita, es que necesito que me hagan un favor-les dijo un poco embarazada.
Los músicos sonrieron y la animaron a continuar.
-Es que yo no hablo mucho italiano y la persona que está conmigo me está diciendo algo muy importante, algo que necesito entender muy bien. Por favor, por favor…
Le vino a la mente que si Violeta Valery suplicara así en La Traviata, seguro que aún estaría viva, sana y casada con Alfredo Germond.
Los músicos rieron de su vehemencia, no estaban bravos, no querían venganza. Uno de ellos acompañó a Violeta mientras el otro preguntaba a los del grupo qué querían oír.
Vittorio fijó la vista en el traductor improvisado y le tomó la mano en señal de complicidad. El músico a su vez, aferró la  de Violeta para garantizarle que estaba de su parte y ella, no sabiendo qué habría hecho la Valery en este caso, posó la suya levemente en la del extranjero que, una vez cerrado el círculo, empezó a hablar.
Vittorio hablaba, el músico traducía y Violeta escuchaba. A los pocos minutos, el traductor abrió mucho los ojos y cambió  la expresión del semblante, que se tornó primero pensativa y luego muy seria, casi  colérica. Soltó la mano de Vittorio, que se expresaba despacio, con el mismo tono, volumen y ritmo, haciendo pausas para que él pudiera descifrar sus frases, y aprisionó con fuerza la de Violeta. Vittorio no pareció darse cuenta del gesto, ni de su mirada y continuó hablando sin alzar la voz ni cambiar la vista. 
Violeta miraba el rostro del músico, atenta a sus palabras, las palabras que ella entendía. Llegado un momento alzó su mano de la del extranjero y soltó la del intérprete como si el contacto con ambas le quemara los dedos. Mientras recitaba la última parte, el músico solo la miraba a ella, como si lo importante no fuera lo que Vittorio decía sino lo que Violeta escuchaba.
Los ojos de Violeta se agrandaron por el asombro, se entristecieron,  se endurecieron, se llenaron de rabia y finalmente se aguaron. El músico le tomó de nuevo la mano y se la oprimió con afecto-¿quieres que siga?-le dijo y ella sintió que había mucha  lástima en su pregunta.
-No hace falta, ya oí demasiado.
Se puso los zapatos, que no le parecieron tan molestos, y se levantó de la mesa.  Antes de marcharse, buscó en su bolsito el cuc y lo colocó muy junto a su botellita de agua,  vacía.  
 
Tomado de Cubaliteraria 
 
Ficha
Mylene Fernández Pintado. Pinar del Río, 1963. Abogada y narradora. Tiene publicado Anhedonia (Premio David 1998, Ediciones UNIÓN, 1999 y Ediciones Matanzas, 2014); Otras plegarias atendidas (Premio Italo Calvino 2002 y Premio de la Crítica Literaria 2003, UNIÓN, 2003); Altre preghiere esaudite (Marco Tropea Editore, Milano, Italia, 2004); Little woman in blue jeans (UNION, 2008); Infiel y otras historias (Editorial Campana, New York, 2009); Vivir sin papeles (Editorial Oriente, 2010); La esquina del mundo (UNIÓN, 2011); 4 Non Blondes (Oriente, 2013); A corner of the world (City Lights, San Fco, USA, 2014). Algunos de sus relatos han sido llevados a la radio y la televisión y forman parte de antologías en Cuba y el extranjero, traducidos al inglés, francés, italiano y alemán, entre otros. Ha recibido menciones en los concursos La Gaceta de Cuba (1994) Fernando González (Colombia, 1995) y Noche de relatos (España, 1999).
 

Comentarios

Hermoso relato, comence a leerlo sin mucho interés porque estoy cansado que todo en la narrativa cubana sea jineteras y homosexuales, pero la verdad es que lo disfruté mucho.
El final podría parecer una forma muy simple de cerrar la historia, pero me gustó.
Mis saludos a la autora

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