Cantores...

Teresa Parodi: Gardel, Yupanqui, y Piazolla

Fidel Díaz Castro • La Habana, Cuba
Fotos de Archivo

Entre esas grandes suertes que me ha dado este oficio de escribidor andante por los caminos de la trova, una de las más sacudidoras del espíritu ha sido la de conocer personalmente a Teresa Parodi y tener con ella una de esas conversaciones en que uno apresa importantes esencias de la cultura, no solo argentina, sino nuestroamericana.

El Centro Pablo de la Torriente nos puso en contacto en diciembre de 2013 en una conferencia de prensa, y luego, en una tarde noche de lluvia torrencial le grabé esta entrevista, que sacaré por partes.

Imagen: La Jiribilla

¿Por qué tras tanto tiempo transcurrido? Pues, dejando reposar las impresiones, para que se asentara el entusiasmo, el disco duro en que había guardado la entrevista se bloqueó —al parecer sin solución. Recientemente un amigo, sabedor de los misterios de la alta tecnología, logró el milagro de devolver parte de mi memoria (ya la tecnología sustituye funciones antes casi exclusivas del cerebro), de ahí que este tesorito perdido —por el que tanto me afligí— retorne a la luz, y quién sabe si ahora con más valor. Debo aclarar que cuando conversamos, Teresa no era aún Ministra de Cultura de la República Argentina.    

En 1911 se da un suceso en un cafetín de Buenos Aires que marcaría los destinos de la música. Aunque en aquel momento, para quienes lo vivieron, sería sencillamente un primer duelo entre dos buenos payadores de ambos lados del Río La Plata. El hecho tuvo una resonancia tal que una vieja milonga de Ángel D'Agostino y Enrique Cadícamo lo recoge con cierto aire de veneración

Templaron con alegría
sus instrumentos a fondo
y el silencio era tan hondo
que ni las moscas se oían.

Y entre aplausos, vino y chopes,
y “esta vuelta yo la pago”,
iba corriendo el halago
tendido a todo galope.

"A mi madre", "La pastora",
"El moro" y otras canciones
golpeaban los corazones
con voces conmovedoras.     

Ah, café de aquel entonces
de la calle Olavarría,
donde de noche caía
allá por el año  once...

De cuando yo, en mi arrabal,
de bravo tuve cartel.
El Morocho era Gardel
y Razzano El Oriental.

“Qué hermoso, lo que pasa es que Gardel lo dejó todo, él nos dejó la canción argentina por excelencia, no te olvides que hizo mucha milonga también. La milonga está relacionadísima con el campo. Gardel nos marcó a todos, es parte absoluta de esa memoria colectiva, como Yupanqui en el folclor, en la gran canción de autor que empieza realmente con Atahualpa Yupanqui. Los grandes compositores del principio, los grandes músicos, que también eran compositores, iban a recopilar, se nutrían de esas recopilaciones y recreaban esas canciones que cantaba el pueblo.

En asuntos del cantar,
la vida nos va enseñando
que sólo se va volando
la copla que es livianita.
Siempre caza palomitas
cualquiera que anda cazando...

Pero si el canto es protesta
contra la ley del patrón,
se arrastra de peón a peón
en un profundo murmuyo,
y marcha al ras de los yuyos
como chasque en un malón.

                  Atahualpa Yupanqui

“Yupanqui no solo cantaba y compartía mano a mano con el pueblo, sino que después empezó contando todas esas cosas que pasaban en el pueblo: De ahí viene ese relato con milonga extraordinario que es «El payador perseguido» y todo lo que hará después que es también fundante de la canción argentina. Vos escuchás la guitarra de Yupanqui y la Argentina vibra en cada cuerda; esa guitarra española es más criolla y más imaginativa que nunca en la guitarra de Yupanqui; aunque toque una obra académica, el pulso, la manera de tocar es absolutamente argentina porque eso creó Yupanqui, eso inventó, y al fundar eso nos fundó a nosotros. La historia de la canción, cómo nos vamos a sentir a partir de ella quienes somos…

“Cuando mi abuela me regaló a los nueve años una guitarra, la afiné de oído; nunca había visto tocar la guitarra de cerca, nada más que a los musiqueros en los patios, en los parques, en los bailes en los campos, sin embargo, la afiné de oído. Y la primera canción que saqué en mi guitarra fue «El arriero»; porque ya Yupanqui sonaba en mi casa, me hacían escuchar a Yupanqui, tanto como a Gardel. Nosotros ya venimos con eso en los genes me parece. Todas las generaciones que vinimos después tenemos toda esa formación en la cabeza. Cierto, sin embargo, que las nuevas generaciones, que pasaron por la cultura de lo efímero en los diez años posteriores a la dictadura, que fue el Menennismo en Argentina —algo espantoso—, no tienen ese contacto que tenemos nosotros, hay como un corte; entre la dictadura y esos diez años nefastos para la historia de Argentina; y perdemos generaciones que no están vinculadas de forma tan directa como nosotros.

“Pese a las dictaduras también había una conciencia nacional muy grande que los argentinos no habíamos perdido, sin embargo, ellos lograron hacer esto, hicieron desaparecer una generación y lograron un corte en la formación. De todos modos Yupanqui atraviesa las generaciones y va a seguir siendo la gran canción que nos une a todos, que nos hermana.

“La globalización cultural interviene mucho, y la concentración de medios de difusión en la Argentina ayuda mucho a esa globalización cultural.

Canto porque tengo esperanzas que se me escapan,
pequeñitas y libres y enamoradas,
si me da sus señales de vida el pueblo.
Canto, doy señales de vida como naciendo,
doy señales de vida mientras espero,
que me dé sus señales, sus benditas señales
de vida el pueblo.

Imagen: La Jiribilla

El 11 de febrero de 1963 en el círculo de periodistas de Mendoza se lanza un documento emblemático para la canción latinoamericana: El Manifiesto del Nuevo Cancionero Argentino, que firman un grupo de músicos y cantautores encabezados por Oscar Matus, Tejada Gómez y una muy joven cantora, aindiada y delgadita, Mercedes Sosa.    

Ese manifiesto, conocido como El Nuevo Cancionero, —y que como bien dices definen desde temprano a  Mercedes Sosa con Oscar Matus y Tejada Gómez— atraviesa América, y acaba de cumplir 50 años.  Lo lees ahora y es como para volver a lanzarlo, y volver a firmarlo.

Una esperanza se abre en estos últimos diez años en Argentina, se ha dado  un giro hacia un modelo popular que se aleja del modelo neoliberal que trajo consecuencias nefastas para el país, y un enemigo que no ha dejado de picar todo el tiempo.  Diez  años en esta lucha cuerpo a cuerpo que estamos haciendo para proteger un gobierno extraordinario que ha logrado notables avances sobre todo en la educación y la cultura, como la Ley de Medios, la Ley de la Música, y entonces la cultura en general está apoyando a este gobierno: no todos, pero la gran mayoría. Los principales nombres en casi todos los espacios de las artes apoyan los gobiernos de Néstor y Cristina.

De todas maneras estas nuevas generaciones que se forman acá, ya vienen a tomar de las fuentes de Yupanqui, perdimos el tiempo de los años que te dije, pero ahora ya tenemos los nuevos jóvenes que vienen; esa generación ya volvió a las fuentes porque es natural, pudieron cortar el vínculo con las raíces durante… qué se yo, 20 años, pero no lo pueden hacer para siempre. Esa música está siempre latente en nosotros y vuelve a aparecer. Yo soy privilegiada, porque soñé eso y lo estoy viviendo. 

Sigamos por los años 60. Están en su esplendor creativo Violeta Parra, Chico Buarque, Gilberto Gil, Caetano Veloso en Brasil, en Cuba se da en 1967 el Encuentro de la Canción Protesta y luego se queda el rótulo para toda la canción de autor. Mercedes no estaba de acuerdo en llamarle “canción protesta”, Silvio y Pablo tampoco…

Mercedes Sosa decía que no porque eso de “protesta” era una cosa coyuntural, lo que hacemos es canción testimonial, canción comprometida, pero no canción protesta porque la protesta es una cuestión absolutamente efímera.

En el documental sobre Mercedes Sosa (el de Matus) aparece la primera reunión que tiene Mercedes con los cubanos, en Casa de las Américas; están jovencitos Silvio, Pablo, Sara, a los que luego conocí y con ellos canté.   

¿Cómo le llega a Teresa Parodi la Nueva Trova Cubana?

En la Universidad, cuando militábamos, nosotros conseguíamos los casetes con un señor que se llamaba Rafael Cedeño, que tenía una librería. Era del Partido Comunista Argentino y hacía ediciones clandestinas que nosotros comprábamos. Yo vivía en Corrientes, entonces las comunicaciones con Buenos Aires eran más difíciles, no había puente, estábamos como en una isla. Si llovía teníamos que quedarnos del otro lado; pero los amigos que vivían en Buenos Aires tenían entre las misiones que se les daba la de conseguirnos los materiales, lo último que hubiera en cuanto a casetes de Silvio, Pablo, Vicente… y los recopilábamos, nos sabíamos todas las canciones.

Después, cuando ellos vienen desde 1983, era como que venían a su casa, toda la generación esa está atravesada por la música de ellos. Yo ya era cantautora.

Imagen: La Jiribilla

Desde los 70 ya usted hace una gira con Astor Piazolla

Lo mío con Piazolla fue muy atípico.

Era un hombre muy difícil, según la leyenda…

Era muy difícil, pero se copó conmigo, le gustaba mi voz. Él me escuchó cantar en una gira que hice por mi región. Andaba buscando una voz para una pequeña gira, poco antes de irse a Europa; unos amigos le hablaron de mí. Yo justo estaba a punto de ir a Buenos Aires por razones políticas, el padre de mis hijos había estado preso, lo echaron del trabajo. Logramos que saliera porque mi familia era de clase media, mi madre se movió, y logró que lo liberaran. No lo detuvieron en acción, sino porque simplemente era militante comunista. Y entonces nos tuvimos que ir a vivir a Buenos Aires en 1979. Astor me escucha en el medio de ese tránsito. Me dice: “Cuando llegue a Buenos Aires vaya mi casa que quiero hablar con usted”. Y fui; estaba con su esposa, Laura Calada. Me pidió que cantara una, luego que cantara otra, me miró, hizo así… “cánteme lo que me cantó”. Yo no le canté nada de él, nada, le canté canciones mías. Y me dijo: “Muy lindo, Teresa, muy lindo, ya va a tener noticias mías”. La esposa me dio un beso. Me agarré un taxi y fui para la casa de mis tíos; cuando voy llegando sale de la casa a recibirme mi  primo: “Corré que tenés a Astor Piazolla en el teléfono. Asombrada le riposté: “¿Tú me estás cargando? Si me estoy viniendo de la casa de él.”  Mi primo sonriente me dice: “Vení ya, te digo que es él”. Y cuando cojo el teléfono me dice: “La felicito, va a cantar con Piazolla”. (Ríe) Tenía un humor muy lindo.

Después hicimos esa gira, que fue extraordinaria, muy buena. Luego él me dijo: “Yo con la música que usted hace no la puedo ayudar, porque es otra, pero usted tiene que hacerla porque  es muy lindo lo que usted hace; usted va a llegar, acuérdese bien, a usted la van a aplaudir, la van a conocer. Yo le voy a dar currículo, porque usted podrá decir: canté con Piazolla”. Y vos sabés, Fidelito, que para mí fue tan importante que jamás lo dije.  Nunca lo dije. ¿Sabés quién lo decía? Él. Yo no iba a usar nunca eso. Creo que a él le gustaba que actuara así, que no usara eso. Para mí fue un honor y una escuela.

¿Porque sabés lo que es estar parado en un escenario, y el instrumentista que está tocando, te da la entrada y te mira es Astor Piazolla? ¡Qué regalo! Eso no tiene precio. No me voy a olvidar nunca de ese momento. 

 

Con el alma en vilo

Autora: Teresa Parodi

 

Aunque parezca muy repetido
creo en la vida en todo sentido,
amo el profundo y bello destino
de la pureza que no murió.
Creo en el ángel de la poesía
y en las canciones comprometidas,
que defendemos de la osadía
de los que atontan a la razón.

Amo las flores por florecidas
y los umbrales de la alegría,
y la paciencia, bien entendida, del corazón.

No me detengo porque me apunten
con titulares que me destruyen,
y aunque parezco andar en las nubes,
piso la tierra con decisión.

Si es que me caigo de la azotea
siempre hay amigos que me remiendan
las averías que acaso quedan
con tanta cosa que uno perdió.

Creo en la fuerza de la ternura
y en las proezas de mis locuras,
no me molesto si se me ríen de la ilusión.

Ando con el alma en vilo,
pero no padezco de otro mal mayor;
claro, que me cuesta un poco
convencerme a diario
que así está mejor.

Siento que aún puedo ser inocente,
pese a la insidia de alguna gente,
con otros muchos que, por valientes,
han elegido siempre el amor.

Mientras me dure la vida creo
que habré de andar con los mismos sueños,
y aunque me quedan no pocos miedos
ni así me muevo de lo que soy.

Busco mirarme en los parecidos
y hombro con hombro con ellos sigo
amando el cielo que compartimos, créanmelo.

Ando con el alma en vilo
pero no padezco de otro mal mayor;
claro, que me cuesta un poco
convencerme a diario
que así está mejor.

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