Artes Escénicas: cultura y economía, ¿veracidad o simulacro?

Noel Bonilla-Chongo • La Habana, Cuba

Para muchos la cultura es pensamiento, conocimiento, modo de vida y costumbres que se vuelven valores en una época. También, suele decirse que es una abstracción, o mejor, una suerte de construcción teórica a partir del comportamiento de los individuos, de los grupos, de la sociedad. Ahora, no deja de ser cierto que la economía aplicada a ella, está muy lejos de ser una abstracción, un embeleso de la gestión personal o institucional ante las demandas y obsesiones poéticas que lanza la creación artística. Producción como ejercicio imaginal, creativo, sensible, que se expresa en el rigor de la investigación y la escritura del artificio contenido en el teatro, la danza, etc., convirtiéndose de esta manera en bienes y servicios.

Imagen: La Jiribilla

Cuando en 1966 el binomio Baumol y Bowen publicaron “PerformingArts: TheEconomicDilemma”, texto fundacional sobre el tema; partían de la observación del atasco económico (que luego se conocería dentro del gremio de los economistas como “enfermedad de los costos”), que en las artes escénicas (teatro, ópera, danza) promovía múltiples relaciones. Salarios, características técnicas-productivas, obsolescencia tecnológica, demandas creativas, precio-taquilla, programaciones, gastos-ganancias, comunicación, distribución, compra-venta etc., condujo a una disposición estratégica de política: “el Estado debe subsidiar esas actividades”.

De 1966 a2015 ha pasado mucho tiempo y esos lapsos contextuales cambiantes vienen indicando derroteros otros para solventar las complicadas relaciones que se avienen en el universo de las artes escénicas. Cuando se sigue homologando, a priori, comercialización con economía, cuando muchos creadores siguen aferrados al patrocinio institucional aun siendo evidente el des-vínculo entre las conquistas y aportes de sus elaboraciones poéticas y los requerimientos de la institución (en tanto productora-empleadora); cuando la institución ralentiza la puesta en acción de mecanismos viables para proteger a quienes ciertamente producen, movilizan atenciones y construyen sentidos propositivos, se necesitaría una nueva visión de la realidad, un nuevo paradigma, una transformación fundamental en el modo de pensar, en la manera de percibir y en las cualidades para valorar la eficiencia y valía del arte que hacemos y nos ocupa desde la encomienda institucional.

Hoy, cuando se ha convertido en lugar común el justificarnos a partir de las “nuevas transformaciones que vive el país” sin lograr equivaler ese reto con la generación de alternativas plausibles que sinceramente accionen sobre la capacidad dinamizadora del arte escénico, valdría la pena analizar la configuración y delimitación de la economía del arte y la cultura, siempre atendiendo a nuestras verídicas posibilidades. Si bien las sujeciones entre economía y cultura parecieran lejanas (no olvidar nuestra larga tradición de subvenciones y socorros estatales, incluso siendo estos precarios y limitados), se pueden integrar en un contorno común. Lo señaló en 2001 Throsby en la versión española de Economía y Cultura, al subrayar que la naturaleza del valor cultural es seminal en la relación entre economía y cultura, en el plano financiero y también en el socio-cultural. Aunque la visión económica del arte y la cultura no sustituya a la estética, a la crítica o a la historiografía del arte, más bien las complementaría a razón de las actuales articulaciones de saberes, estimable sería no dejar de ver la economía a manera de aliada sofocante.

Ya la economía de la cultura como especie de sub-disciplina de las ciencias económicas ha entrado a escena. A partir de la “enfermedad de los costos”, que marcó el énfasis de la entonces naciente literatura económica sobre las artes escénicas durante las décadas del 60 y 70 del pasado siglo, se esgrimió la necesidad de expandir la búsqueda de subvención y apoyo público o privado para mantener el papel que desempeña el teatro y la danza en la vida cultural de cualquier país; en especial, si se quiere que dilaten sus credenciales y progresen a tenor del desarrollo tecnológico creciente.

Aunque la visión económica del arte y la cultura no sustituya a la estética, a la crítica o a la historiografía del arte, más bien las complementaría a razón de las actuales articulaciones de saberes, estimable sería no dejar de ver la economía a manera de aliada sofocante

Aun cuando desde nuestras instituciones culturales no hemos logrado establecer relacionamientos dialógicos y colaborativos con la AssociationforCultural Economics, no podemos ignorar la impronta que fuera su creación en 1973 en EE.UU.Los estatutos de dicha asociación fueron modificados en 1993 y adopta su nombre actual de Associationfor Cultural Economics International, identificada por las siglas ACEI. La primera conferencia internacional de la Asociación se realizó en 1979 y hasta la fecha se han cumplido más de 20 encuentros internacionales sobre economía de la cultura. Discusiones, fórum teóricos, de análisis y estudios de casos, han sido ejes de su funcionamiento. Igualmente, la publicación de investigaciones y materiales especializados ha tributado al establecimiento de un marco teórico operativo en el cortejo de las reflexiones que demanda este novel campo de estudio en la actualidad.

Desde el primer ejemplar del Journal of Cultural Economics que se publicara hace ya algunos años, los ejes temáticos siguen rondando dos aspectos críticos principales: la naturaleza, características de los bienes y servicios culturales, y los mecanismos de financiación para las artes escénicas. Obvio, hay distancias perfectamente distinguibles entre los referentes que manejamos en nuestro país y aquellos que les sirviera a los expertos estadounidenses e ingleses atraídos por los análisis económicos de la producción artística y cultural. A pesar de ello, concordaríamos en que la nueva sub-disciplina se estructura a partir de un conjunto difuso, con fronteras poco definidas y que avanzaría en su interacción con otras instancias de las ciencias económicas y con otros saberes más específicos del arte y los estudios socioculturales.

Autores como Towse, Throsby, Netzer, Wither y textos como el Manual de economía de la cultura, traducido y publicado en Madrid en 2005 por la Fundación Autor, continúan desacostumbrados en las consultas de nuestros interesados en el par “economía-cultura”.

Imagen: La Jiribilla

Hoy en día, ¿cómo urdir la gestión económica (jerarquización del patrocinio, asignación de subsidios y representación productiva) de la institución Consejo Nacional de las Artes Escénicas (CNAE) ante las contracciones presupuestales y el diverso panorama cualitativo de las artes escénicas cubanas? ¿Cómo promover mecanismos transformadores desde una concepción sistémica, ante los retos, emergencias, contingencias y progresivas demandas de la creación artística? Partamos que la programación escénica en Cuba, es expresión de la política cultural del país. Líneas directrices como pueden ser los Programas de Desarrollo de todas las especialidades de la manifestación y sus correspondientes proyecciones estratégicas de trabajo, son las que singularizan la misión estatal del CNAE. Por supuesto, es el diagnóstico discutido y consensuado entre el cometido del sistema de instituciones culturales, las agencias productivas y los creadores escénicos profesionales en todo el país, quien guía las estrategias de acción.

Recordemos que los bienes y servicios culturales conciertan uno de los segmentos más dinámicos de la economía mundial y nuestro país no deja de ser una excepción. Un promedio a estimar del PIB cubano está en los aportes de la producción artística y cultural. Cierto es que en las artes escénicas, este valor económico consustancialmente está basado en la tasación cultural, en esos estamentos de la política cultural: que nuestro pueblo tenga una oferta artística de calidad, rigor creativo y humanista. Realidad ésta que se torna compleja en términos de “política económica”, por ello, nuestros artistas y la institución como colaboradora de sus iniciativas poéticas, procuran ser testimonios de los riesgos, dificultades, proezas, en virtud de un eficaz arte escénico.

Los bienes y servicios culturales conciertan uno de los segmentos más dinámicos de la economía mundial y nuestro país no deja de ser una excepción

Precisiones como la en ocasiones malinterpretada “eficiencia” (escénica, si se quiere), es resolución en el actual reordenamiento de las ocupaciones y responsabilidades del CNAE y de su sistema de instituciones para con sus catálogos artísticos. Existen a lo largo y ancho de nuestra Isla, más de 200 agrupaciones (gran, medio y pequeño formato) de teatro para niños y adultos, danza folclórica y contemporánea, ballet, ópera, pantomima, circo, magia y oralidad escénica con subvención estatal. Entonces, cuando el CNAE tiene claro que la cultura se promueve y no se administra y, que la gestión económica de la institución está sujeta a esas ensanchadas necesidades que se derivan de la naturaleza del arte escénico, estructurar un pensamiento económico legítimo es infalible. Legítimo en tanto, la institución reconoce que la dinámica de la práctica artística es más veloz que cualquier instrumentalización, modulación y normalización del trabajo. Corresponde analizar la adecuada distribución de los limitados recursos para compensar los ilimitados reclamos productivos de la creación, a partir de la jerarquización de los propios proyectos de creación.

Obviamente, mucho sufre la entidad productiva-empleadora cuando no todos los creadores son capaces de reconocer el alcance de sus proposiciones. No obstante, a pesar de ser la escena hábitat para esas raras alquimias de retornar al pasado desde el tiempo y espacio presentes, desafiando las trampas del embuste y el simulacro que pudiera pensarse detrás de la mascarada y el rito casi ditirámbico a que nos conmina el arte escénico hoy; las pericias de jerarquización que acomete la institución abrazan la pluralidad de comportamientos poéticos y tendencias del teatro y la danza cubanas.

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El análisis de los impactos económicos en los diversos modos de asumir la praxis creativa del arte escénico hoy, es en sí mismo, herramienta estratégica y muy útil para evaluar los resultados de las apuestas inversionistas de la institución en determinado proyecto de creación, investigación, promoción o desarrollo. Todavía la mayor parte de la producción escénica en el país sigue atada (por la vía de los presupuestos asignados) al apoyo estatal, hecho que exhorta al CNAE y a sus artistas, pensar en procesos de revitalización económica.

El análisis de los impactos económicos en los diversos modos de asumir la praxis creativa del arte escénico hoy, es en sí mismo, herramienta estratégica y muy útil para evaluar los resultados de las apuestas inversionistas de la institución en determinado proyecto de creación, investigación, promoción o desarrollo

Solo que, asumir con certeza dicho proceso implica el fortalecimiento del sistema de instituciones de las artes escénicas subordinadas a la gestión del Consejo Nacional. La revisión cualitativa de nuestros catálogos artísticos desde la difícil y desprejuiciada observación del funcionamiento de sus unidades artísticas, posibilitaría un claro y preciso sistema de relaciones económicas. Entonces, el reacomodo, el reconocimiento y la legitimación de nuevas formas de gestar la producción de bienes y servicios culturales (existentes ya en el mundo) y su empoderamiento desde el trabajo en proyectos comunitarios o la promoción del arte escénico por otras vías, pudieran ser formas de gestar la economía de la cultura hoy.

La escena cubana de este justo momento asiste a una especie de transacción cambiante y escurridiza, espontánea pero programable atendiendo a la visibilidad de sus producciones simbólicas. Hay una pérdida real de referentes ancestrales, muchas de sus voces maestras no están produciendo desde el hecho vivaz y también perfectible que es el teatro o la danza. Ante la desestabilización (léase transformación, estudio, examen, etc.) de la convencionalidad subsidiaria que asegura muchas de las relaciones económicas entre la institución y sus artistas, urge la puesta en circulación de otras modalidades en el diálogo.

Cuando sigue siendo responsabilidad estatal indelegable el proteger, garantizar y desarrollar la emergencia de otras grafías al crear, de acompañar la enseñanza artística o la preservación del patrimonio y la memoria histórica de la nación cubana, las obsesiones poéticas de nuestros fabuladores de la escena tienen que apostar por ser artificio soñado, especulativo, sin dejar de ser propósito leal, amplificador verosímil de nuestras ocupaciones.

La escena cubana de este justo momento asiste a una especie de transacción cambiante y escurridiza, espontánea pero programable atendiendo a la visibilidad de sus producciones simbólicas

De idéntica manera, nuestro arte de hoy se abre a la pluralidad de sus modos de hacer y de ser. Es así como el teatro, la danza y demás expresiones escénicas se reafirman como espacio de emancipación, conquista y, también, de permanencias. Teatralidades en todos sus vocabularios, alternancias y modulaciones. Es así como el arte y la cultura aportan al pensamiento económico desde ese estado de bienestar que es también la producción de bienes y servicios culturales.

Con el correr de los tiempos, tras los nuevos desafíos que implica el urdir astucias vinculantes entre el rol social de la cultura, de la producción artística y las capacidades limitadas de recursos y subsidios; es alentador constatar que la esfera de la economía de la cultura se ha ido ampliando. De la disparidad de modales productivos en las artes escénicas a las industrias culturales, la creatividad se ha tornado eje central del análisis vinculado a la innovación y el crecimiento económico.

No nos engañemos, estamos solo en el pórtico de un perspectivo diálogo fecundo que pudiera ensanchar nuestras arcas. Mientras, costos, ganancias, eficiencia, mercado, rentabilidad, solvencia, etc. adquieren doble direccionalidad y devienen plataforma activa en la gestión de las coordenadas y comportamientos discursivos que asume la economía y la práctica escénica cubana en la actualidad. Importante es “pensar”, también, el teatro, lo teatral, lo escénico, como un modo de actividad que establece un camino circular entre su “eficiencia económica” y su “práctica escritural” inquietante, insatisfecha; porque las relaciones económicas redundarán en las maneras y modos de obrar, pero es a la vez una reflexión que se elabora a partir de ellos.

No nos engañemos, más allá de la realidad de presupuestos contraídos, de esos supuestos merecidos por la “trayectoria de toda una vida”, de la voluntad de acompañar procesos juveniles e innovadores y por algunas certeras permanencias; la misión de la institución, aun cuando sus estrategias sean aproximaciones incompletas y limitadas, forman parte de una caja de herramientas cuya utilidad depende de los propósitos demandados por aquellos proyectos de creación sustentados en la veracidad del simulacro.

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