Del sueño a Ítaca, o las aventuras del poeta cubano

Luis Alejandro Rivera • La Habana, Cuba

Cuando emprendas el viaje de regreso a Ítaca

ruega que el viaje sea largo,

lleno de aventuras, lleno de enseñanzas.

No temas a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,

ni al irritado Poseidón.

C.P. Cavafy

 

Odiseo pasó 20 años fuera de Ítaca: los diez que duró la guerra de Troya, y otros diez que transcurrieron hasta su regreso. Tras partir de Troya, e iniciar el viaje, aquel mítico guerrero tuvo que sobrevivir a las contiendas en el país de los Cicones, de los Lotófagos y de los Lestrigones; atravesó con suerte la isla de los Cíclopes, la isla de Eolo, y la de Circe. Finalmente, tras perder a todos sus compañeros y ser prisionero de la ninfa Calipso, Odiseo tuvo a su disposición la nave que lo condujo al destino deseado.

Imagen: La Jiribilla

Más allá de tiempos y distancias, la epopeya vive en nosotros; de cierta manera todos somos Odiseo. Los escritores de poesía en Cuba, particularmente, evocan ese regreso constante a la génesis. Como volviendo siempre a Ítaca, hacen del proceso creativo su propia leyenda. Como en Troya, se las ingenian para invadir a la inspiración y hacer suya la recompensa de la lírica. Una obra plena, de admirable sobreabundancia conceptual y formal, avala ese quehacer. Como en aquel viaje de Odiseo, muchos poetas cubanos se lanzan en busca de una fortuna que descansará tras las vidrieras, en espera del lector. Sus libros han incorporado soluciones formales a nuestro panorama literario, a tono con esta época de cambios y aperturas.

¿cuándo un poeta es tenido como tal?, ¿cuándo cobra validez su propuesta? Sin lugar a dudas, la comercialización del libro marca el encuentro más fértil y anhelado entre la subjetividad del autor y la de su público

Ahora bien: ¿cuándo un poeta es tenido como tal?, ¿cuándo cobra validez su propuesta? Sin lugar a dudas, la comercialización del libro marca el encuentro más fértil y anhelado entre la subjetividad del autor y la de su público. Motivado por esta polémica, un grupo de autores y estudiosos de la literatura en nuestro país se suma al debate sobre la presencia y los rumbos de la poesía en nuestro panorama literario.

La balanza… ¿se inclina?

Un estudio reciente del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello sobre sobre los hábitos de consumo de los públicos habaneros asistentes a la Feria Internacional del Libro no hizo más que descorrer las cortinas para dejarnos ver el fenómeno. En cuanto a géneros y temáticas preferidas, un 67,8% de la muestra prefirió la novela, género que supera casi en un 30% al cuento, el segundo más gustado (38%). Sin embargo, la poesía y la literatura científico-técnica ocuparon los últimos lugares de preferencia, solo con un 25%.

Por otra parte, el Observatorio Cubano del Libro y la Lectura, adscrito al Instituto Cubano del Libro, publicó en 2013 los resultados de su investigación sobre el consumo de libros y los hábitos de lectura en las universidades cubanas. La poesía sólo figuró en la preferencia del 7,87% de los estudiantes, con niveles porcentuales que la acercan más a los cancioneros (3,86%) que a la novela (16,86%).

Mientras un verdadero torrente de autores engrosa la herencia lírica nacional, una hornada de jóvenes poetas se empeña en hacer poesía desde la contemporaneidad. Lamentablemente, ni unos ni otros encabezan el gusto de la mayoría de los lectores. Para algunos, sin embargo, la presencia de la poesía en comparación con otros géneros es abrumadora.

“Hay muchos libros de poesía en las librerías, tal vez en demasía —asegura el escritor Alex Pausides—. Creo que, en términos comparativos, es uno de los géneros más publicados por nuestras editoriales, y especialmente en los proyectos territoriales. Esta nueva situación, revolucionaria en todos los ámbitos, generó después la lectura como un hábito y una conquista, y la escritura misma como una posibilidad de realización individual. Una noción que durante décadas legitimaba una forma de participación de las personas en el diseño de su destino, a partir de un nuevo posicionamiento del individuo ante la vida”.

La escritora Isaily Pérez agrega que la única mediación al publicar es un elemental criterio de calidad, el balance de géneros al que aspiran las editoriales, y la imprescindible relación entre las tiradas y la demanda del público lector. “Hace algún tiempo, el Instituto Cubano del Libro se propuso —y lo ha cumplido con calidad y rigor—, evaluar la calidad de los libros (y esto incluye a la poesía) que publican las editoriales del país. También propuso un ajuste racional de las tiradas de este género, de modo que se correspondieran con la demanda del público. Las dos medidas, imprescindibles a mi juicio, pueden haber creado la percepción de que existía un veto contra la poesía; aunque no descarto que en algún territorio estas buenas intenciones se hayan distorsionado”.

“Ahora miles de ciudadanos escriben poemas —añade Alex Pausides—. Aunque eso ha ocurrido en toda época, en Cuba es algo común y también la noción de que cualquiera con mínimo talento e imaginación puede llegar a ser un escritor. Y los editores no discriminan muchas veces entre afición y oficio literario como profesión. Y así se explica la abundancia de mala literatura al lado de la buena, pero sin una jerarquización que ponga las cosas en su lugar”.

Las interrogantes de Isaily buscan más reflexiones que respuestas: “¿Publicaremos obras sin calidad? ¿Tiene sentido que obras sin la elemental calidad consuman los recursos de los obras necesarias? ¿Necesitamos cientos y cientos de ejemplares echándose a perder en las librerías o necesitamos los que llegarán al lector, los que cumplirán su destino?”

Sin restar mérito a investigaciones como las antes comentadas, algunos prefieren desconfiar. Tal es el caso de la propia Isaily Pérez, quien no se fía mucho de nuestros mecanismos para evaluar el consumo de poesía en los lectores. “Quizá nos estamos limitando a entregar una encuesta al público que entra por las puertas de La Cabaña para saber si lee poesía. Claro que la mayoría te va a decir que no, de la misma manera que responderán que no prefieren el cine de autor, ni van a un concierto de latin jazz.

“Existen diversos públicos y diversas preferencias. La encuesta que se reparte a la multitud de La Cabaña a mí no me es útil. Habría qué hacerla a los lectores de poesía, a su público. Preguntarles: ¿Te parece bueno lo que se está publicando, te enteras de las novedades, puedes pagar los libros, están bien editados, qué más te gustaría leer? Esa, más o menos, sería mi encuesta”.

Imagen: La Jiribilla

¿Cuestión de promoción?

“Los mecanismos son los mismos para cualquier otro género, —asegura el joven poeta Yanier H. Palao—. Si obtienes un premio, una entrevista, sales en la televisión, te invitan a alguna feria… La verdad, no hay una real campaña de promoción. No solo sucede con la poesía, o con otros géneros literarios; el arte en general, las ciencias, e incluso el deporte aunque no lo parezca corren la misma suerte”.

Al respecto, Pausides considera que cualquier acto promocional funciona cuando el interés por el objeto en cuestión está garantizado. “En nuestro país el libro ha sido un objeto de primera necesidad. Se subsidia como a los alimentos y las medicinas. Pero en el imaginario del ciudadano la prioridad por la cultura no es ya lo prioritario que fue en otras épocas. Otras dinámicas sociales se establecen y otros paradigmas de esparcimiento, en que el libro está en desventaja frente a los avances tecnológicos que exhibe la industria del entretenimiento”.

“Desarrollamos múltiples acciones promocionales a lo largo de la Isla, pero en muchos casos estas son rutinarias, están vacías de sentido, suceden en el lugar o ante el público incorrecto. Yo no pensaría la promoción en términos de cantidad sino de efectividad, —opina Isaily—. La promoción debe respetar algunas reglas, muy básicas por cierto. La primera: hay que saber qué es lo que se promueve, o sea, de qué va el libro. Segunda regla: hay que saber a qué público está dirigido el libro. Tercera: hay que jerarquizar. Determinados libros deben estar amplificados por la televisión, por la radio, por la prensa. Debemos discernir qué libro no merece un spot pero sí un cartel.”

“Hay una buena tentativa promocional en las acciones del Instituto Cubano del Libro”, explica Alex Pausides. Y los ejemplos están a la vista en las ferias que cubren casi todo el país, en las jornadas dedicadas al libro en las universidades, en las comunidades de las serranías. “La distribución no cuenta con la misma fortuna. Los problemas económicos y organizativos que padece esa gestión junto a la desprofesionalización de la figura del librero, son los factores más visibles de la situación precaria del libro y su contacto con los lectores”, agrega Pausides.

La promoción debe respetar algunas reglas, muy básicas por cierto. La primera: hay que saber qué es lo que se promueve, o sea, de qué va el libro. Segunda regla: hay que saber a qué público está dirigido el libro. Tercera: hay que jerarquizar. Determinados libros deben estar amplificados por la televisión, por la radio, por la prensa. Debemos discernir qué libro no merece un spot pero sí un cartel.”

“La distribución es compleja y está signada por otras cuestiones. La tirada define en gran medida la distribución. Si la tirada es muy pequeña el libro probablemente no saldrá de los límites de su provincia. Si es más grande estará en las cabeceras provinciales. Lo que hay que defender es que el título que merece dos mil ejemplares no tenga 500. Y luego, ocuparse de que esos dos mil ejemplares estén en las mejores librerías de la Isla, en las librerías que el buen lector reconoce y visita”, propone Isaily Pérez.

Conjugar un verbo: llegar

Más allá de preferencias, y limitaciones económicas a las que la distribución de poesía se enfrenta en nuestra Isla, son posibles acciones tangibles, objetivas, que estrechen las distancias entre el autor, la obra y el público.

Si de gestiones o iniciativas se trata, la poetisa Nara Mansur tiene mucho que decir. “He visto y sentido a la gente muy convocada y conmovida por la poesía en las lecturas del café Emiliana y los susurros —acciones poéticas convocadas por la poeta Soleida Ríos—, no como esa limosna del poeta que le da acceso al ciudadano de a pie de entrar a un territorio elevado, superior, a compartir. Siempre he sentido que es la poesía la que más posibilidades tiene de llegar en situaciones de encuentro con el público, la que más se puede oír por la radio. Me parece muy potente y me encanta todo lo que no me hipnotice como lector”.

Por su parte, Alex Pausides considera que lo que hay que hacer se está haciendo. “Lo deseable sería intensificar la labor que despliegan en el país el Instituto Cubano del Libro y los Centros Provinciales del Libro y la Literatura. Que la UNEAC, la AHS y el Ministerio de Cultura piensen estrategias atractivas para que los escritores, y en especial, los poetas —como en otras épocas y en otras manifestaciones culturales—, vayan a buscar a sus lectores de siempre. Recuerdo los mejores momentos de nuestra política cultural socialista, cuando los poetas iban a pueblos y ciudades, centros productivos y de estudio, a los más importantes proyectos económicos del país como una regla, no como una excepción, que es lo que sucede ahora”.

“Que la radio y la televisión den mayor espacio a los escritores y a los poetas en particular, para que hablen de su trabajo, de su vida. Que los medios dignifiquen a los autores y a sus obras. Que aprovechen la posibilidad de influir en el gusto y en el diseño de la felicidad que puede prefigurar la literatura, pero no como una dádiva sino como la satisfacción pública de un imperioso reclamo de la sociedad que se mejora a sí misma constantemente. Hay que hacer visibles a nuestros mejores poetas. Darle una trascendencia a sus mejores obras. Un buen libro y un buen autor tendrán siempre un buen lector”.

El consumo de poesía es algo personal, según Yanier H. Palao. “Se llega poco a poco. No son solo necesarios los libros, aun cuando se regalen; se debe despertar esa necesidad, hacen falta especialistas que sepan escoger el poema, el libro que va a iniciar al lector en esa práctica. Se han hecho postales con poemas memorables, con autores vivos, casi todos premios nacionales de literatura. Pero, ¿se ha estudiado si son esos poemas los que perduran en la conciencia colectiva, si son esos los poemas que le gustaría leer al ciudadano común en la parada de una guagua? Faltan estudios en ese campo, valoraciones que nos lleven a sacar conclusiones y estrategias”.

Una convicción y muchas alternativas acompañan a la poeta y dramaturga Nara Mansur: “cualquiera puede abrir la puerta de su casa y organizar veladas, cafés literarios, la libre reunión y circulación de ideas, el amoroso encuentro, café, ron, croquetas, lo que haya para compartir... Fotocopiar páginas de poesía; afinar el sentido editorial al hacer un libro, especialmente antologías; tomar la palabra y argumentar con más frecuencia y en ámbitos de mayor circulación sobre sus procedimientos y técnicas; gestionar fondos para producir nuevos tipos de libros, iniciativas de edición que no sólo tengan que ver con lo generacional sino con temas y procedimientos que han aglutinado a muchos poetas cubanos.

“Hay que salir del mundito literario de jerarquías y verticalismos; poesía no es sinónimo de prestigio ni de alcurnia. Que las instituciones se posicionen democráticamente a partir de lo innovador, de lo revolucionario entendido como lo revulsivo y transformador. Poemas y no nombres de poetas. Poesía en los círculos infantiles, en la escuela primaria, talleres accesibles donde los poetas cobren por su trabajo, etc.”.

Imagen: La Jiribilla

¿Un mercado?, ¿un freno?

Lo primero a cuestionar debiera ser, siguiendo la opinión de Alex Pausides, que pueda hablarse o no de un mercado del libro en Cuba. Luego, cuestionar si realmente ese “mercado” afecta el proceso poético, creativo y espiritual, dará las pistas a seguir —o a ignorar— para que el público cubano reciba una poesía sin etiquetas de precio, sin compromisos que no sean los de la subjetividad.

Si hay un espacio que no puede regirse por las leyes del mercado es este espacio, asevera Isaily Pérez. “La poesía es la voz auténtica, desgarrada y despotabilizada, del espíritu humano. En un mundo ideal las personas hablarían en verso una buena parte del día, porque hay una zona demasiado grande de nuestra experiencia que no puede expresar el lenguaje directo. Creo que nuestro país ha sabido mantenerse alejado de un mercado que sólo juega con sus propias y absurdas leyes, y que cosifica lo que toca. La esencia del lenguaje poético es la desautomatización.

“Cuando el lenguaje poético se automatiza, o sea, se naturaliza, pierde su vigor. Y el mercado solo puede mover lo que está naturalizado, lo que está empaquetado y listo para ser vendido. De vez en cuando una estética prevalece sobre otra y puede dictar, al menos por un tiempo, sus propias leyes. Pero vivimos en un mundo cada vez más caótico, más fragmentado, y eso impide (por fortuna) la entronización de una sola estética. La terrible fragmentación logra parir, alguna que otra vez, un fruto”. 

“Hay que salir del mundito literario de jerarquías y verticalismos; poesía no es sinónimo de prestigio ni de alcurnia. Que las instituciones se posicionen democráticamente a partir de lo innovador, de lo revolucionario entendido como lo revulsivo y transformador. Poemas y no nombres de poetas. Poesía en los círculos infantiles, en la escuela primaria, talleres accesibles donde los poetas cobren por su trabajo, etc.”.

Según el criterio de Pausides, tal vez la palabra “mercado” necesite contextualizaciones necesarias para entenderla y aplicarla. Pudiera imaginar que tener idea de lo que quieren o necesitan leer los que comparan nuestros libros, signifique algo para uno a la hora de escribir. Tal vez en un novelista eso funcione. La gente quiere escuchar historias. Es una antigua predilección de la especie.

“Pero no creo que esté en la mente de ningún poeta; la poesía opera con otras maneras. Aunque dejo abierta la puerta para una zona de la poesía que viene de la oralidad, ya sea rural o urbana, que puede modelar en su mismo acto de nacimiento una complicidad con los oyentes, que puede dar pistas a sus creadores, en la búsqueda de una eficacia comunicacional con su público. Si un trabajo es bueno y gusta, pues ya es un buen indicador de éxito y eficacia. Tal vez a esos terrenos se allegue con su tarjeta de presentación el camarada mercado.

“No creo que en Cuba, o para los escritores que publicamos en Cuba, el mercado sea un referente o tentación —asegura Nara Mansur—. Es inmensa la libertad de escribir sin pensar si tu libro va a venderse o no. Siento que los libros de poesía se agotan, no encuentro libros publicados de hace algunos años, son tiradas de mil ejemplares aproximadamente, bastante económicos.

“El mercado se relaciona más con la narrativa, con la novela sobre todo, y con otro tipo de libros como los de auto-ayuda, que son los que más se venden en el mundo. Siento que la poesía no existe en el mercado del libro, en esa fase industrial en la que es un objeto más en la vidriera. Pero a la vez me digo: no es cierto, es un objeto y sí se vende, está en la vidriera... pero ¿por qué lo sentimos de manera distinta?”

Comentarios

Los felicito a todos, al autor y a los poetas entrevistados, han hecho reflexiones muy agudas y necesarias... hace falta sistematizar más este movimiento de las ideas, remover el piso...

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