Contrarios, Complementarios II, de Pedro de Oraá

Roberto Medina • La Habana, Cuba

Siguiendo la manera de razonar mediante una ejercitación abstracta del pensamiento, el siglo XX vio aparecer en la filosofía y en las artes una marcada propensión en esa dirección. Develar lo escondido fue un camino gnoseológico de una larga historia ininterrumpida que encontró feliz manifestación en las artes visuales. Resulta significativo que ambos campos de la cultura presenten esa zona fronteriza.

Imagen: La Jiribilla

La abstracción pictórica, nacida tempranamente en ese periodo, provocó el deseo de desentrañar las estructuras ocultas detrás de las formas visibles de la naturaleza y de lo producido por el hombre. La representación figurativa hasta entonces considerada saber de saberes del arte se sintió estremecida hasta sus cimientos al cuestionársele la omnímoda legitimidad, afianzada en su actitud excluyente de otros procederes, jerarquía que había disfrutado orgullosamente, al menos en el arte occidental. La idea de representación figurativa se encontró situada en una cuerda floja, obligada a defenderse o perecer con relación a la abstracción. Demostró ser valiente y arriesgada en ese enfrentamiento. Vapuleada en sus fundamentos ha resistido el embate, pero ha tenido que ceder terreno y recomponerse. Lo figurativo, antes reinante, ha dado paso abierto a la aceptación de esas pesquisas gnoseológicas y formales de la abstracción.

En esa situación, el arte abstracto daría muestra del paso de una posición inicialmente marginal y lateralizada a la escalada de la soberanía, al menos transitoria de esas nuevas concepciones. Si en las primeras décadas del pasado siglo comenzó su manifestación con osadía, alcanzó su esplendor en las décadas de los 40 y 50 de ese periodo. Luego ha quedado la reverberación, y hoy por hoy la abstracción es una práctica institucionalizada, una vertiente más dentro de las múltiples existentes, que crecen y se renuevan con una velocidad acelerada. Si no subsistió para quedarse definitivamente como camino posible de la creación artística, va dando trazas de perdurar, aceptada por los públicos más diversos y reapropiada por el diseño en cualquiera de sus formas de aplicación y tipo de soporte.

Imagen: La Jiribilla

La abstracción en el arte ha sido acusada de mero ejercicio retórico, de juego decorativo sin promover otras expectativas fuera de lo sensorial. Desaparecida toda o casi toda referencialidad del mundo natural o el creado por el hombre, conforma un mundo con leyes y formas propias. Derivada de la imaginación de los artistas hace surgir un supra-mundo o realidad paralela. Dentro de esa corriente, múltiple en ramificaciones, el arte cubano ha tocado fondo con notoria penetración en sus iniciadores nacionales, en sus continuadores y en  los perpetuadores. Algunos de estos no desean escapar de ese horizonte visual donde permanecen inmersos en su creación. Entre ellos está uno de los iniciadores del movimiento abstracto en Cuba, Pedro de Oraá, que en su más reciente exposición en la galería Villa Manuela (julio-agosto, 2015), da muestra asombrosa de un ejercicio que pese a lo prolongado de su ejercitación personal, evidencia en él un grado de lozanía notable, de incursionar en una búsqueda  realmente encomiable, al menos para mi juicio. Porque basta entrar a la exposición para recibir una grata impresión, una sensación proclive a hacer al público entregarse al disfrute pleno de esas formas abstractas, las cuales ha sabido manejar cuidadosamente en una gama de tonalidades sobrias, tal vez uno de los sellos distintivos al cual sigue prendado, reflejo de su personalidad.

El cuidado compositivo es equilibrado, mesurado y orgulloso de serlo. Desplegado frente al visitante en cada una de las obras expuestas, sea en las obras tituladas Estáticos (2010), como si se tratara en verdad de representaciones abstractas de actores quienes se muestran presentándose en poses ante el público, captados en una instantánea fotográfica y llevados luego a sistemas formales de abstracción. Cada uno es diferente de los otros indicando en sus posturas su personalidad singular. O en Expansivos (2014-2015), en un alarde donde equilibrio y armonía se dan la mano; o en Expandidos (2014-2015) que evocan figuras de armamento bélico pese a la gracia de sus trazos lineales.

Sus Módulos escultóricos (2013-2014), realizados en madera y pintados con vivos colores están impregnados de una simpatía que bordea los efectos de parecer juguetes, colocados como si se promoviese seleccionar el preferido e invitase imaginariamente al público a disponerse  a colocarlo en el suelo y sentarse o acostarse junto a él. Algunos de estos módulos desde su minúsculo tamaño son susceptibles de poder ser llevados a una escala monumental. En esa transferencia de escala, una vez emplazados sobre un césped muy cuidado, poder operar al nivel del paisaje urbano, despertando en ese emplazamiento por el sentido lúdico de sus imágenes la invitación nuevamente a una participación del público a acercárseles y recrearse visualmente con ellos, a tomarse fotos si así desean. ¿Es entonces arte abstracto de pretensiones decorativas? ¡Si lo fuera, qué! El arte ha de cumplir también ese rol, sin avergonzarse. Y no hay que pedirle más si logra cumplir bien ese cometido.

Imagen: La Jiribilla

Pedro de Oraá nos sorprende en esta muestra por desprender una alegría de vivir, una complacencia con la vida. Ofrece al público obras para ser disfrutadas visualmente con la misma complacencia de comerse un mango bien jugoso. Ese ha sido su objetivo cimero: estimular las sensaciones afirmativas. Es una proclama al viento de lo orgulloso que se siente como pintor abstracto. Los demás artistas, jóvenes y otros, pueden seguir muy disímiles caminos. Él sigue extasiado en el suyo, jugando con la abstracción como si fuese un niño con juguetes nuevos.

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