Este Lecuona nuestro

Guille Vilar • La Habana, Cuba

Para homenajear a un músico existen tantas aristas por donde abordarlo como críticos empeñados en semejante proyecto. Por tal razón, en esta oportunidad quisiera rendirle tributo a nuestro Ernesto Lecuona, no desde el recuento de su obra ni tampoco desde el reconocimiento de sus condiciones excepcionales como pianista o de las ilustres personalidades del arte de aquella época que se movieron en torno a él, sino desde el impacto entre nosotros de una obra suya.

Confieso que resulta imposible enumerar a los conciertos que hemos asistido del pianista Frank Fernández a través del tiempo. Muchos han sido, pero en todos somos dominados por la grandeza de obras inmortales de Beethoven, Mozart o de Chopin entre tantos otros titanes de la música universal. Sin embargo, cuando el maestro Fernández incluye en el programa piezas de Ernesto Lecuona, percibo que se nos traslada a otra dimensión del sentimiento.

Escuchar a Lecuona interpretado por Frank es la sublimación de semejante encuentro al provocar una música que nos funciona como el solemne llamado de atiendan todos. Nadie puede permanecer ajeno. Pero escucharlo específicamente en La Comparsa, constituye una confirmación de elevada sensibilidad de nuestra identidad.

A estas alturas, todavía no he podido despejar la incógnita de cuándo asumo el misterio del clásico de Lecuona, pues me sigue pasando lo mismo: dejarme emocionado por categorías éticas que conmueven profundamente. De repente, la inolvidable melodía nos evoca la presencia de paisajes con palmas reales a los que se añaden ciudades desbordadas de compatriotas, muchos anónimos y otros que llevamos encima de nuestros pechos, pero unidos todos en la eternidad de una epopeya de apenas tres minutos, los que dura el encanto de dicha pieza. Representa como el resplandor sonoro de un compromiso moral con la nación que nos ha convertido en mujeres y hombres orgullosos de haber nacido en esta tierra.

Por suerte, tratar de encontrar alguna explicación de por qué nos pasan estas cosas, es como pedírsela al Sol por la belleza de una puesta o intentar descifrar la maravilla del amor cuando se es correspondido. En todo caso, valga la reflexión que nos permite distinguir a Ernesto Lecuona entre tantos memorables compositores como hemos tenido en la historia de nuestra música. Pero si además, de entre todas sus piezas, es La Comparsa la que reclama que no podemos cansarnos de amar a Cuba, permítaseme entonces en gesto de gratitud y de admiración imaginarlo entre la pureza de nuestra estrella solitaria, el lugar donde residen los elegidos de la Patria.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato