Grandes revistas del romanticismo cubano

Cira Romero • La Habana, Cuba

El romanticismo, surgido en Europa a finales del siglo XVIII, más que un movimiento cultural —literario, musical, plástico, danzario…— fue un modo cuasi burgués de vida y, por si fuera poco, algunos afirman que abrió la llamada Edad Moderna, pues también se puede vincular con el liberalismo político del que disfrutó el Viejo Continente. Vivir al estilo romántico en sus múltiples variantes, incluyendo la muerte a lo Margarita Gautier, pañuelo ensangrentado por la hemoptisis incluido, paisajes brumosos, castillos maldecidos y recurrencias a motivos de la Edad Media se convirtieron en una cualidad sine qua non para emprender nuevos caminos en la literatura. Byron, Chateaubriand, Musset, Walter Scott, Shelley, Espronceda, Lamartine, Puchkin, Leopardi fueron, entre otros muchos escritores, los abanderados de la corriente literaria surgida en Alemania.

Imagen: La Jiribilla

Navegó el romanticismo hacia aguas más cálidas, pero como ha afirmado el estudioso de la literatura cubana Raimundo Lazo “en Hispanoamérica, todo, aunque parezca simplemente importado, tiene que nacer de nuevo; y este punto de vista en la comparación con lo europeo tiene consecuentemente que eliminar como un espejismo, la idea de coetanidad”. El propio Lazo, en un ensayo poco citado y ciertamente original, “El romanticismo. Fijación sicológico-social de su concepto. Lo romántico en la lírica hispano” formula y aplica una tesis rectificadora del tradicional concepto de romanticismo, según sus palabras introductorias, y toma como propuesta no el hecho estrictamente literario sino el punto de vista sicológico-social. Sostiene la tesis de que es necesario diferenciar entre “lo romántico y la escuela romántica que el siglo XVIII lega al XIX y este desarrolla hasta que se precipita su decadencia”, pues lo romántico “es un aspecto permanente de la sicología humana en el que la historia interviene como influencia modificadora del cambiante ambiente social”. A su entender “lo temperamental, como marcada y determinante adhesión al impulso vital, en literatura es lo que merece el nombre de lo romántico, permeable a lo socialmente ambiental, pero fundamental, primariamente extrahistórico, por ser un modo de ser, una inclinación posible, potencialmente propia de todos los tiempos, por lo que una historia del romanticismo viene, en realidad, a ser una frase más o menos tan paradójica como una historia de la respiración o de la voluntad”. La escuela romántica pasó, concluye, “mientras que lo romántico esencial perdura y se manifiesta en toda obra en la que nada exógeno ni endógeno, una retórica, un prejuicio, se interpone entre el creador y su obra literaria alterando notablemente esta última”.    

En Cuba, la todavía incipiente literatura insular, hasta entonces literariamente en manos de neoclásicos cultistas al estilo de Manuel de Zequeira, le abrió sus brazos al barco que, con diferentes banderas, traía a nuestras costas un nuevo sabor, un nuevo gusto artístico que transportaba la ola romántica y asimiló la herencia europea en pocas décadas,

En Cuba, la todavía incipiente literatura insular, hasta entonces literariamente en manos de neoclásicos cultistas al estilo de Manuel de Zequeira, le abrió sus brazos al barco que, con diferentes banderas, traía a nuestras costas un nuevo sabor, un nuevo gusto artístico que transportaba la ola romántica y asimiló la herencia europea en pocas décadas, “para ganarle terreno hasta a su propia metrópoli”, como afirma un generoso crítico.

Ningún chovinismo media en la afirmación de que fue nuestro José María Heredia el primer poeta romántico en lengua española, aunque en el resto de los países del continente prendió también la chispa novedosa con figuras tan relevantes como los argentinos Esteban Echeverría y Domingo Faustino Sarmiento, el colombiano José Eugenio Caro y los chilenos Guillermo y Alberto Blest Gana y Benjamín Vicuña Mackenna, entre muchos nombres ilustres. Por su parte, el casi siempre desterrado Heredia, cuyos ideales románticos estuvieron preñados de un fuerte sentimiento libertario en relación con la metrópoli —prueba de ello es su inmortal “Himno del desterrado”— se hizo acompañar por otras figuras nativas como José Jacinto Milanés, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Plácido, Anselmo Suárez y Romero y un largo etcétera que llega hasta figuras como Juan Clemente Zenea y Luisa Pérez de Zambrana, adscritos a lo que se ha dado en llamar, quizá sin mucho fundamento, “reacción del buen gusto” dentro de la ola romántica, que tuvo, tanto en Cuba como en el resto de la América continental, un listado enorme de epígonos.

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Nuestra Isla tuvo el privilegio de contar con una figura esencial para la cultura decimonónica, y en particular para el conocimiento de los postulados románticos: Domingo del Monte, calificado por Martí, quizá con palabras más precisas, como el cubano más útil de su tiempo. En 1829 regresó a Cuba luego de un viaje por Europa y EE.UU. Rico por su matrimonio con Rosa de Aldama, parienta cercana del dueño de uno de los capitales más sólidos de la época, del cual destilaba la sangre de los negros esclavos sometidos a la mayor explotación, no fue, sin embargo, un hombre egoísta. Venía del lejano continente con proyectos, había contactado con importantes personalidades, publicaciones y, sobre todo, ambientes culturales que ampliaron sus horizontes. Hasta su precipitada salida de Cuba en el año 1842, pues su amistad con el cónsul inglés David Turnbull, abanderado del abolicionismo, causó recelo en las autoridades españolas, su figura, entre éxitos y fracasos, dominó la vida cultural, tanto en Matanzas como en la capital. Leer las cientos de cartas que recibió de sus amigos literatos cubanos y de algunos extranjeros, reunidas por él cuidadosamente en varios tomos, primorosamente mandados a encuadernar en París, y publicadas con el título de Centón epistolario de Domingo del Monte, aparecido en varios tomos entre 1923 y 1957, representa para el lector de hoy la posibilidad, sin cortapisas, de acercarnos a momentos capitales de la literatura cubana y más allá de ella también, pues las cartas, bien se sabe, constituyen un patrimonio invaluable de la verdad, del testimonio directo.

Del Monte traía sus baúles cargados de libros de autores franceses, ingleses, españoles, todos románticos, y los puso a disposición de sus amigos asistentes a la tertulia literaria organizada en su casa, a la cual asistían Cirilo Villaverde, Ramón de Palma, José Antonio Echeverría, el colombiano radicado en Cuba Félix Tanco, Suárez y Romero, a veces el esclavo Juan Francisco Manzano, cuya libertad propició este grupo de intelectuales mediante colecta. Del Monte perseguía crear una poesía autóctona, elemento caro a los románticos, pero sus “Romances cubanos”, firmados con el seudónimo Bachiller Toribio Sánchez de Almodóvar, apenas han trascendido. Aunque no pocas veces, para mal, cortó las alas artísticas de sus discípulos (buen ejemplo en contra suya es José Jacinto Milanés, quien se negó a acatar los postulados teóricos del mecenas), pues persistía en él cierto neoclasicismo embozado con la novedad romántica, se entregó con entusiasmo y apasionamiento a la fundación de revistas, que contribuyeron a difundir ideas renovadoras y a propugnar el cultivo de un romanticismo calificado por algunos como “cada vez más ecléctico”. Pero lo cierto es que ahí están, joyas indiscutibles de la cultura cubana, fundadas por él, La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo (1829) y El Puntero Literario (1830), antecedidas por otras que pudiéramos llamar prerrománticas, como La Lira de Apolo (1820), escrita totalmente en verso.

Pero el gran momento de auge de las publicaciones periódicas ocurre a partir de 1831, cuando se funda la Revista y Repertorio Bimestre de la Isla de Cuba, no precisamente romántica, pues atendía, sobre todo, a intereses científicos y económicos, y que a partir de su segundo número pasó a llamarse Revista Bimestre Cubana.

Pero el gran momento de auge de las publicaciones periódicas ocurre a partir de 1831, cuando se funda la Revista y Repertorio Bimestre de la Isla de Cuba, no precisamente romántica, pues atendía, sobre todo, a intereses científicos y económicos, y que a partir de su segundo número pasó a llamarse Revista Bimestre Cubana. Poco después, en 1834, la llegada a Cuba del omnipotente Capitán General Miguel Tacón significó la censura férrea a las publicaciones, que se vieron obligadas a abandonar temas políticos, filosóficos, religiosos y sociales. Sin embargo, dejó abierta una brecha para obtener licencia de publicación a libros y revistas de “amena literatura”, resquicio aprovechado por los jóvenes para publicar, por entregas, muchas revistas literarias donde el romanticismo encontró el espacio necesario. Así surgieron en 1837 Miscelánea de Útil y Agradable Recreo y Recreo Literario y en 1838 El Álbum, La Cartera Cubana, La Mariposa, El Plantel y La Siempreviva. Todas fueron de corta vida y hacia 1841 no existía ninguna. Cirilo Villaverde evaluó esta etapa como “era de oro para la juventud que comenzaba a saludar la literatura, y que acabó a fines del año 1839”. Los periódicos también habían alcanzado cierta estabilidad y en sus páginas, además de publicar ordenanzas, edictos, noticias mercantiles y otros temas alejados de lo literario, cedían espacio a los poetas, como se puede apreciar en el Diario de La Habana, el Noticioso y Lucero de La Habana y La Aurora de Matanzas, entre otros. Pero el propio autor de Cecilia Valdés o La Loma del Ángel dio una visión poco reconfortante del resultado alcanzado en esos años al manifestar en 1846, en el último periódico citado:

Todo el mundo se creía llamado a la carrera escritoril; todos querían escribir, y sobre todo publicar; nadie quería estudiar, ni era posible, en medio del afán del ansia vivísima de estampar su nombre en las columnas de algún periódico, y tal vez subir a la gloria. Declamose en alguno que otro periódico, contra esta irrupción no menos bárbara y terrible que la de los pueblos del Norte, que atropellando el idioma, el buen gusto, la sana crítica y la filosofía, se había lanzado sobre los periódicos, y amenazaba inundarlos en insulsos versos y en germanada prosa; pero el mal era grande, fatal; el remedio que se oponía escaso, insuficiente, equivocado y los médicos indoctos, sin autoridad ni influencia [...] Todo pasó, todo se hundió en el eterno olvido, junto con los periódicos y obras periódicas que le dieron nacimiento. El mismo que esto escribe, creyó haber hecho algo en el género novelesco; pero ¡ay!, se ha convencido últimamente, que tampoco ha hecho nada.

De su desaliento Villaverde trató de salvar, aunque muy comedidamente y quizá por compromiso, a algunas de estas publicaciones, pues muchos de los revisteros eran sus amigos más cercanos, contertulios todos de Del Monte. Así, de El Álbum expresa que “era redactada por mi amigo el armonioso y apasionado poeta Ramón de Palma”, «que había llenado noble, aunque pobremente su carrera»; de El Plantel que «en su primera aparición, prometía sazonados y óptimos frutos, en todo género literario; pero pronto pasó a manos torpes e indoctas, y fue efímera y mala su existencia»; de La Siempreviva que «no tuvo tampoco tiempo de obrar el bien, que se esperaba» y  La Cartera Cubana, «de insondable bolsa, muerta en la miseria y olvido más lastimoso».

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Cirilo Villaverde exageraba, no hay dudas. Su diario coexistir vital con estas publicaciones era lógico que obnubilara en aquel momento la importancia de todas. Muchos logros se advierten hoy al volver sobre sus páginas, por suerte conservadas gracias a la calidad del papel de la época. Así en El Álbum palpamos los amagos narrativos de nuestra literatura; La Siempreviva acogió la primitiva Cecilia Valdés, entonces no más allá de una esquemática narración; y en La Cartera Cubana podemos leer la novela Antonelli, de José Antonio Echeverría, fundador, al igual que Villaverde, de nuestra narrativa. Lo más notable de la intelectualidad del momento tuvo espacio en estas páginas, desde el esclavo Manzano y el mestizo Plácido hasta el aristocrático Del Monte, escoltados por José Jacinto Milanés, Antonio Bachiller y Morales, Anselmo Suárez y Romero, Leopoldo Turla  y los aplatanados José María de Andueza (español), Francisco Gabito (mexicano) y el puertorriqueño Narciso Foxá. Todos eran jóvenes y la fiebre “escritoril”, como dijo Villaverde, se apoderó de ellos. El romanticismo había adquirido carta de ciudadanía en Cuba y en los intelectuales, que ya podían ser llamados cubanos, cuando cada vez se hacía más profunda la división entre los del patio—ya reformistas, ya independentistas, ya anexionistas— y los peninsulares. La opresión impuesta en virtud de las facultades omnímodas otorgadas a Tacón tenía que tener, necesariamente, una vía de escape. Para alcanzarla estuvieron las revistas y los periódicos, dispuestos a acoger mucho de lo bueno y no poco de lo malo entonces cultivándose, pero todo, bueno o malo, envuelto en la novedad del romanticismo, suscrito en su variedad de matices a dos aspectos esenciales: la oposición, a veces sutil, a veces desembozada, a la férrea dependencia colonial dictada por España y el doloroso fenómeno de la esclavitud, siempre contemplado por nuestros románticos desde el dolor y la condena. Nuestro romanticismo se distanció de la exaltación del héroe individual, de los misterios de la noche, del Medioevo y de los corsarios y piratas. Fue en la Isla un eslabón más del ansia independentista, que con el devenir del tiempo iría cuajando hasta estallar en La Demajagua el 10 de octubre de 1868. 

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