Con el ángel o el duende de las revistas

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

Una parte apreciable de la cultura cubana puede estudiarse a partir de las revistas nacidas en la Isla desde los albores del romanticismo hasta la fecha. Gracias a ellas artistas y escritores han podido dar a conocer sus manifiestos grupales o poéticas particulares, difundir sus creaciones y dialogar con la sociedad desde diversas orientaciones filosóficas y políticas. Recuérdese, por ejemplo, que en 1821 el poeta José María Heredia fundó en La Habana la Biblioteca de Damas, un periódico semanal supuestamente dedicado al sexo femenino, estrategia que le permitiría por corto tiempo burlar la censura colonial, pues los encargados de vigilar las publicaciones tardaron varios números en darse cuenta de que tras los versos, los folletines y hasta las cuestiones de modas, se estaba comenzando a configurar un proyecto cultural para Cuba independiente.

Imagen: La Jiribilla

Si un investigador quisiera conocer los rasgos tan singulares del modernismo que nace en nuestras letras de la mano de José Martí, Julián del Casal, Juana Borrero, Ramón Meza, no solo tendría que estudiar los méritos de libros como Ismaelillo, Nieve o Mi tío el empleado, sería obligado detenerse en las publicaciones que acogieron esta corriente que no fue estrictamente literaria.

Si un investigador quisiera conocer los rasgos tan singulares del modernismo que nace en nuestras letras de la mano de José Martí, Julián del Casal, Juana Borrero, Ramón Meza, no solo tendría que estudiar los méritos de libros como Ismaelillo, Nieve o Mi tío el empleado, sería obligado detenerse en las publicaciones que acogieron esta corriente que no fue estrictamente literaria. Las páginas de La Habana Elegante y El Fígaro le mostrarían los principales presupuestos estéticos pero no podría obviar la Revista de Cuba, publicada en La Habana entre 1877 y 1884, donde José Antonio Cortina, Enrique José Varona, Antonio Bachiller y Morales y otros daban a conocer ensayos y artículos sobre temas de sociología, arqueología, historia, antropología, filosofía y pedagogía, que mostraban una visión más abarcadora y moderna de la realidad insular.

 

En algunos casos las publicaciones parecen animadas por todo un grupo, es el caso de la Revista de Avance que fue uno de los principales motores del arte de vanguardia en Cuba. Llama la atención el precario equilibro que permitió trabajar juntos a Jorge Mañach y a Juan Marinello, para divulgar los manifiestos del llamado “arte nuevo” europeo, desde España e Italia hasta la Unión Soviética y ofrecer los frutos tempranos de su influencia en la Isla. Más compacta resultó Orígenes (1944-1956), animada por José Lezama Lima con un notable equipo de colaboradores cubanos y extranjeros, pero que en buena medida parece centrada en la poética de su director. Este escribe en la presentación del primer número: “No nos interesan superficiales mutaciones, sino ir subrayando la toma de posesión del ser”. [1] Para precisar poco después:

Sabemos que cualquier dualismo que nos lleve a poner la vida por encima de la cultura, o los valores de la cultura privada de oxígeno vital, es ridículamente nocivo, y sólo es posible la alusión a ese dualismo en etapas de decadencia. En épocas de plenitud, la cultura, dentro de la tradición humanista, actúa con todos sus sentidos, tentando, incorporando el mundo a su propia sustancia. Cuando la vida tiene primacía sobre la cultura, dualismo sólo permitido por ingenuos o malintencionados, es que se tiene de ésta un concepto decorativo. Cuando la cultura actúa desvinculada en sus raíces es pobre cosa torcida y maloliente. [2]

Algunos discuten hoy la posibilidad de hacer revistas dinámicas y valiosas si estas poseen una filiación instituciona

Algunos discuten hoy la posibilidad de hacer revistas dinámicas y valiosas si estas poseen una filiación institucional. En este asunto no hay normas definitivas. En nuestra historia hay publicaciones pagadas por una sociedad o estructura oficial que lograron ir mucho más allá de las voluntades de sus financiadores. Es el caso de Verbum, supuesto órgano de la Asociación de Estudiantes de Derecho, a la que Lezama convirtió en divulgadora de las creaciones de jóvenes figuras de la segunda promoción de vanguardia y vehículo de reflexión cultural de largo alcance. En sus páginas aparecieron textos de Julien Benda y Juan Ramón Jiménez y dio a conocer los primeros trabajos de Guy Pérez Cisneros, antes de que los asociados decidieran poner fin a tal aventura. Algo semejante logró José María Chacón y Calvo con la Revista Cubana que logró sostener por más de 20 años (1935-1957) con presupuestos primero de la Dirección de Cultura de la Secretaría de Educación y luego del Instituto Nacional de Cultura del Ministerio de Educación. El prestigio del director permitió que los financiadores no se inmiscuyeran en la línea editorial ni en la heterogeneidad de sus colaboradores, que iban desde Fernando Ortiz y Alejo Carpentier hasta Samuel Feijóo.

Imagen: La Jiribilla

 

La clave del asunto precisamente está en el “revistero”. No todo intelectual informado y con obra valiosa tiene el interés o la gracia de dirigir una publicación y hacerlo de manera coherente y viva por un período dilatado. Hay ejemplos evidentes al alcance de la mano: Revolución y Cultura nació como una revista de pensamiento teórico y polémica de la mano de Lisandro Otero y algunos otros colaboradores, una vez que estos se dispersaron, la publicación sobrevivió y fue, a pesar de etapas más o menos grises, un vehículo para divulgar la labor de las estructuras culturales cubanas. Sin embargo, en los últimos tres lustros, dirigida por Luisa Campuzano, la revista se ha hecho más variada y profunda, ha abierto sus puertas a escritores y académicos de todas las latitudes y se ha hecho eco no solo de atractivas propuestas artísticas y literarias sino también de novedosos estudios sobre la cultura cubana. Algo semejante ha logrado Norberto Codina con La Gaceta de Cuba, a la que logró salvar de la crisis del “período especial” y abrió sus puertas a autores de las más diversas generaciones, atento siempre al equilibrio entre lo universal meritorio y lo local auténtico. Ambas publicaciones, aunque se atienen en líneas generales a la política editorial trazada oficialmente en el país, no sacrifican por ello su rigor y originalidad.

No todo intelectual informado y con obra valiosa tiene el interés o la gracia de dirigir una publicación y hacerlo de manera coherente y viva por un período dilatado.

No creo que en el momento actual haya poco espacio para las publicaciones culturales en Cuba. Más aún, mientras siguen vivas y actuantes muchas revistas impresas a las que apenas tenemos tiempo a veces de repasar, desde la hermosa propuesta de La Siempreviva dirigida por Reynaldo González hasta Upsalón, nacida a la sombra de los laureles de la colina universitaria, las posibilidades de las revistas digitales, más dinámicas y menos atadas a limitaciones materiales van configurando un modo nuevo de hacer publicaciones culturales como demuestran ya La Jiribilla, Cubaliteraria y más recientemente Cuba Contemporánea.

A mi parecer, no hay una revista —en papel o en la web— que pueda asumir la condición de panacea universal y que promueva a todos y satisfaga a todos. Cada una está animada por una persona o grupo de ellas que tiene no solo las prioridades de la institución que la financia, sino sus propios gustos y aversiones. Lo esencial es que se logre en la sociedad un ambiente creativo y de reflexión tal que la variedad de revistas en su conjunto sea sintomática de los procesos culturales de ese momento y donde convivan publicaciones de largo alcance y trayectoria con otras más pequeñas o locales en las que ciertos intelectuales digan lo suyo. Las condenadas a desaparecer serán aquellas que se editan apenas por mandato, por compromiso, por inercia y que carecen de norte —y hasta de sur— para otorgar un sentido de altura a su labor.

En un mundo donde las distancias se acortan, una revista no emula ya con dos o tres más de su entorno, sino con buena parte de las existentes en el mundo. Encontrar equilibrio entre lo autóctono y lo foráneo, entre lo tradicional que se hace clásico y lo nuevo que procura abrir su espacio, sin fórmulas exactas pero con el ángel o el duende siempre junto al oído atento, he ahí el desafío de los revisteros de hoy.

 

Notas:
[1] José Lezama Lima: “Presentación de Orígenes”. En: Imagen y posibilidad, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1992, p.191.
[2] Ibid, p.192.

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