Instantáneas vivas

Algunas preguntas sobre nuestras revistas culturales

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Larga es la tradición de revistas culturales cubanas. Algunas han sido efímeras y poco dignas de recuerdo. Otras, por el contrario, rebasaron con creces el sentido primario que se concede a este tipo de publicaciones para convertirse en referencia ineludible de lo que somos, de la formación de ciertas claves de nuestra identidad y nuestra memoria, y aún asombran al lector con muchos de sus artículos, ilustraciones y atrevimientos. El estado vulnerable de nuestro patrimonio, la dificultad de acceder a muchas de esas revistas con frecuencia para comprobar por qué algunas de ellas son tan socorridas por estudiosos y lectores interesados, nos da una imagen demasiado vaga de lo que representan, por solo mencionar algunas, Revista de Avance, Orígenes, Nueva Revista Cubana, Ciclón, Prometeo. Y aun otras que, como Show, se encargaban del mundo nocturno en La Habana, salvaguardando entre sus pliegos rostros y figuras de un ámbito casi siempre insólito. Sin revistas como Carteles, Social, El Fígaro, La Habana Elegante… el álbum de lo cubano sería muy distinto. Y todas ellas, en cierto modo, se enfrentan como espejos al panorama actual de las publicaciones que entre nosotros continúan esa senda.

Sin revistas como CartelesSocialEl FígaroLa Habana Elegante… el álbum de lo cubano sería muy distinto. Y todas ellas, en cierto modo, se enfrentan como espejos al panorama actual de las publicaciones que entre nosotros continúan esa senda.

En mi memoria de adolescente, revistas como El Caimán Barbudo, La Gaceta de Cuba y Revolución y Cultura, amén de la ineludible Bohemia, ocupan un sitio definitivo. En el fervor de los 80, esas publicaciones tenían una dinámica propia, un carácter, que se dosificaba o encendía de acuerdo al tono de cada una de sus entregas. Eso echo de menos en las revistas culturales de hoy, o al menos en su mayoría: un carácter y una apuesta a favor de un modo particular de leer y mostrar lo que somos en este archipiélago, conectando tal cosa a otras imágenes del mundo. La beligerancia del Caimán, la ansiedad con la que La Gaceta cuestionaba y procuraba otros estados de ánimo en nuestra cultura, el afán por demostrar que los artistas del país podían dialogar con su memoria y la actualidad del resto del planeta que evidenciaba Revolución y Cultura, me hacían en aquel entonces ahorrar los pocos centavos que costaba cada ejemplar y salir a buscarlos. El cierre editorial de los 90, el abrupto silencio que cayó sobre El Caimán Barbudo (que perdió además su sede y su archivo fotográfico), y el giro que los tiempos y los cambios de dirección impusieron a esas y otras publicaciones alteraron también lo que esperaba de cada una de ellas. Pero soy un lector agradecido, y vuelvo a esas páginas de vez en vez.

Imagen: La Jiribilla

Una revista no es solo un conjunto de párrafos y fotos, un índice consecutivo de ideas y palabras. No basta acumular una entrevista, ponerla junto a un pliego gráfico, añadir unos poemas para rellenar un espacio en blanco, y colgar al final las pocas críticas que puedan conseguirse en este país donde la crítica representa el oficio del apestado. Debiera ser un mapa sobre el mapa, una instantánea viva de esa realidad que podrá ser consultada para saber cómo éramos, cómo fuimos, cómo somos, en un contexto determinado, en el espacio veloz de un momento preciso. Si el periódico tiene 24 horas de vida, la de una revista se extiende, en términos pragmáticos, durante los meses que median entre un número y el otro. Pero si hablamos de una verdadera revista cultural, ese álbum será aún más útil, y podrá preservarse como memoria atrapada desde un diálogo entre sus redactores, su lector, y ese fragmento al que refleja en nuestra historia. Todo ello es bien difícil, y debe ser sostenido por el diseño, por la calidad de la impresión, por una portada atractiva, por una mano hábil que conjugue todos esos elementos y nos haga decidirnos entre esa revista y un libro, o cualquier otra cosa a la venta. Una revista de este orden es cultura que se entiende también como mercancía. Y por ello debe saberse promocionar, máxime en un país como el nuestro, donde hay tantas que parecen sobrar algunas, y donde no siempre la inteligencia está del lado de las maniobras que debieran distribuir, promover y vender mejor lo que ellas representan.

Si hablamos de una verdadera revista cultural, ese álbum será aún más útil, y podrá preservarse como memoria atrapada desde un diálogo entre sus redactores, su lector, y ese fragmento al que refleja en nuestra historia.

A fines de los 90, cuando empezó a recuperarse nuestra industria editorial, surgieron de golpe revistas culturales en todo el país. No desconfío de la bondad de la idea original, pero sucedió con ello lo mismo que ocurriría con la aparición de editoriales Risograph en toda nuestra geografía. Tras el primer momento de frenesí, varias de esas publicaciones demostraron su inconsistencia, y no pocas de ellas murieron a la vera del provincianismo con el que se les concibió. Un provincianismo mental, quiero dejar claro, y no cifrado exclusivamente en el punto de la nación desde el cual se les imprimiera. Porque también es cierto que una revista debe nacer de una necesidad concreta, de la urgencia por dar voz a un fenómeno o a un conjunto de nombres y hechos que reclame el tener ese espacio siempre privilegiado de la palabra impresa. De aquellos días, sobreviven algunas que, como SIC, o la Revista de Matanzas, Umbral y Cauce han ido ganando una conciencia crítica a partir de sus distintas etapas, y mediante contactos con escritores e intelectuales no solo de sus localidades, sino de todo el país y aún más allá, han rebasado el marco estrecho que acabó anulando a otras, y demostrando que con el entusiasmo inicial no basta. Esas publicaciones, junto a otras tan consagradas como La Gaceta de Cuba, sin duda alguna la más respetada y procurada, son buenos espejos, más allá de la calidad variable de sus números y entregas, de la Cuba de hoy que se entiende como cultura abierta a ciertos diálogos. Añado a ellas, además, otras que han sido experiencias efímeras, pero que también, a su modo, dejaron una vibración que algunas de esas mismas revistas han recogido o multiplicado en nuevas dimensiones, como Lo que venga, La Revista del Vigía y Diásporas, impresas de modo artesanal en el hervor de aquella década, al inicio de la cual revisábamos los ejemplares de Naranja Dulce: ese fenómeno que bien merecería contar con su propia historia.

Una revista cultural debería ser un ojo menos pasivo con respecto a lo que le rodea, y replicar con menos ahínco del que nos acosa los mismos nombres, autores, fechas, celebraciones y homenajes que nos abruman de vez en vez. 

Una revista cultural no debe ser un adorno, o una pieza existente por simple mandato o para ubicarla en el estante como simple relleno. Deben, en muchos de sus casos, saberse a tiempo, ya que lo que sus páginas comentan puede no existir más tres o cuatro meses después de su entrega a imprenta. Un filme puede no estar ya en la cartelera, una obra de teatro puede haber ya desaparecido de la temporada, una exposición ya pudo haber sido desmontada, y se pierde la posibilidad de que el criterio vertido en esos párrafos sobre tales sucesos deje de ser interesante y válido si sale a la luz cuando ya nada de eso está a la vista. Una revista cultural debería poder tener mayor dominio acerca de cómo se le distribuye, tratando de ir allí donde hay un público potencial que, de acuerdo a sus intereses, pueda localizarla y tenerla como referente más o menos inmediato. Cuántas veces he escuchado a un teatrista reclamar nuevas obras, o información acerca de directores y compañías, sobre las cuales se habla en números recientes de alguna de esas publicaciones que ese mismo creador debería leer o buscar, si esa demanda lo movilizara a acciones más provechosas. La distribución de nuestros libros y revistas es un misterio, del cual poco saben autores y editores. Y ante quejas de ese talante, poco se puede responder, mientras los ejemplares mueren de aburrimiento en algún almacén o en un punto de venta ubicado a años luz del teatro más cercano. Una revista cultural debería ser un ojo menos pasivo con respecto a lo que le rodea, y replicar con menos ahínco del que nos acosa los mismos nombres, autores, fechas, celebraciones y homenajes que nos abruman de vez en vez. Repentinamente todas las revistas hablan de la Feria del Libro, o hablan de la Avellaneda, o hablan del Cine Latinoamericano. Basta que se escurran los días y eventos mencionados para que tales presencias, por interesantes que sean, no retornen a la letra impresa hasta que por inercia o cumplimiento mecánico de un calendario se les vuelva a mencionar. Una mano inteligente trataría de advertir otras pulsaciones de la vida cultural en su entorno, llevándolas a esas páginas, para darles perfil propio y encontrar una atmósfera, un tono y un discurso que nos permita elegir, según nuestro gusto y necesidad, esta revista sobre aquella otra. Una revista cultural, también, debe estar abierta a la polémica y al análisis no pasivo de nuestra circunstancia. Pero ya ese tema es mucho más complejo, abarca al periodismo en términos más dilatados. Y llega mucho más allá. Que extrañemos tal cosa en nuestras publicaciones es solo el síntoma de algo que nos falta, y mucho.

Imagen: La Jiribilla

En mi caso, llevo ligado a revistas culturales desde hace mucho. Creo en ellas, las colecciono, acudo a sus archivos para rescatar una foto, un dato, una manera de hablar de un artista al que admiro. Junto a un equipo muy reducido, formo parte de la redacción de Extramuros, la revista del Centro Provincial del Libro y la Literatura de la capital. Estar en ese emplazamiento nos ha permitido hacer, sin alharaca, sin la estridencia de otros que hacen ruido y no tanta cultura, números dedicados a sitios de la ciudad y a sus mitos en los que se conectan, desde ese eje, autores de aquí y de allá. La revista Orígenes, Lydia Cabrera, Wichy Nogueras, Alamar, Leonardo Padura, Virgilio Piñera, el homoerotismo en las artes cubanas, han sido pretextos para mirar a La Habana desde muchos ángulos. La hacemos en un pedazo de oficina, incómoda y calurosa, tal vez en contra de quienes no crean que sea necesaria una revista así, y quieran reducirla a un simple boletín. Pero no darle a La Habana, que tanto posee, un reflejo vivo de sus contrastes, sería un crimen, y por ello insistimos en hacerla, hasta que se nos acaben las fuerzas. Aprendí, con este proyecto, con sus gentes, y con las otras publicaciones en las que he colaborado (El Caimán, Tablas, etc.), que una revista no termina en su página de cierre, ni cuando sale de imprenta, ni cuando la convertimos en el centro de esa maniobra tan cubana que es “el lanzamiento”. Una revista, si el número ha integrado bien sus partes, si logra armar una estructura donde se interconecten de manera fluida preguntas y debates y memorias, perdura en la mente del lector. Se hace útil como un gesto leído en perspectiva. Refracta la memoria de ese día y esa hora en una dirección mucho más provechosa. Y ello contiene discusiones, enfrentamientos, discursos no siempre unilaterales, contraluces que desde esos pliegos también reinventan la ciudad. Estoy convencido de que Extramuros puede ser mucho mejor. Pero también de que La Habana que preservamos en sus páginas se siente mejor protegida porque la recordamos ahí, porque la salvaguardamos de ese modo antes de que desaparezca un mediopunto, se desplome un balcón o nos falte la voz de un maestro para saber el color y la textura de una de sus esquinas o de sus grandes anécdotas.

El lector de hoy, sobre todo el más joven, apela con mayor frecuencia al acceso a revistas que circulan en memorias flash y otros soportes por el estilo, en las que encuentran textos y artículos en los que otros patrones dan su versión de la realidad. 

Añádase a ello que estamos en un tiempo en el que lo digital se impone, aunque nuestro ámbito editorial no parezca listo para tal reto. El lector de hoy, sobre todo el más joven, apela con mayor frecuencia al acceso a revistas que circulan en memorias flash y otros soportes por el estilo, en las que encuentran textos y artículos en los que otros patrones dan su versión de la realidad. Las revistas digitales, pese al acceso aún limitado a la red de redes, ya están en el “paquete”, donde se confunden ante esa mirada que quiere saber sobre la moda del momento, los artistas de la farándula, salud, autoayuda, y otros modelos de literatura y arte ante los que mantenemos posturas reticentes. Esa diversidad también erige otro modelo de lector, otras apetencias, otra densidad o ligereza, según el caso. Y no para combatir vanamente todo ello, sino para complementarlo con proyecciones más inteligentes, las revistas culturales del país deberían despertar, hacerse otras preguntas, seguir el pulso de quien las procura desde el sano derecho de quien elige lo que quiere llevarse a casa. No hay que salir de la Isla para encontrar esas otras publicaciones: varias de ellas se generan aquí, se diseñan aquí mismo desde una visualidad provocadora y atractiva, y guste o no, están en el mismo paisaje que La Gaceta de Cuba, La letra del escriba, o tantas otras. Y a ratos, aprovechando el vacío y los silencios de nuestra prensa tan pacata, se adueñan de comentarios y debates sobre aspectos y conflictos que ya debieran haberse adelantado, hace mucho, en algunas de esas revistas más antiguas.

Llegó el tiempo de las multimedias, y algunas revistas que he querido y manoseado, ya han pasado a formato digital. Y en unos pocos centímetros, dentro de la caja que contiene el disco que atesora los PDFs de toda una colección, está todo lo que ha pasado por mis ojos, o aquello que nunca logré encontrar pues parecía haberse perdido irremediablemente. Me alegra la multimedia de Orígenes, la de Tablas y de Conjunto, y espero que algún día salga la de Lunes de Revolución, o la de Casa, por mencionar solo dos entre muchas. Y sin embargo no me deshago de los números en papel de esas mismas publicaciones. Soy así: necesito el contacto con la página cromada o de simple gaceta. Porque tener en las manos ese objeto que es una revista me recuerda lo que ella me enseñó y lo que fui cuando lo leí en ella por primera vez. Para eso también sirven las revistas culturales: son el espejo del lector que se adentra en ellas. Son la memoria y el retrato infinito en el que aprendimos a contemplar el mundo.

Comentarios

Muy bueno, Norge! Eliana Rivero

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