El otro en tierra de nadie: la parábola del muro en la obra de Abel Barroso

Orlando Victores Gattorno • La Habana, Cuba

Las fronteras políticas y la geografía física no siempre concuerdan, como muchas veces la cartografía irregular que dibuja el hombre con sus desplazamientos tampoco se ajusta a los límites cartesianos geopolíticos. Así ocurre con un mapamundi de Abel Barroso (Pinar del Río, 1971). Outsourcing o el Norte y el Sur (2010) resulta, a mi juicio, una de las mejores metáforas visuales que se han concebido para describir la profunda contradicción que entraña un mundo polarizado por desigualdades entre ambos hemisferios.

Con sabia ironía Abel se da a la tarea de presentarnos cuánto de juego puede tener este problema tan serio. Las fronteras que aíslan ámbitos opuestos como primer mundo – tercer mundo, desarrollo – subdesarrollo o exterior – interior, afectan la vida de los sujetos que habitan las diferentes periferias. En ese mapa de la intolerancia y la disparidad el muro es expresión de incomunicación, erigida sobre el suelo y sobre la conciencia social. Frontera es tanto la que separa a EE.UU. de México como aquella que aún se levanta invisible, a pesar de todo, en la mente de muchos a uno y otro lado del estrecho de la Florida. El proceso globalizador del mundo contemporáneo conduce a lamentables contradicciones; al metaforizarlas en objetos el artista pone el dedo en la llaga.

Imagen: La Jiribilla

Durante el Período Especial se calibró como nunca en el dominio popular la noción del “invento”. En este contexto la estrategia de Barroso devino la de un sujeto-artista periférico cuestionador de su propio lugar en relación con los centros de poder. Desde Las donaciones llegaron ya (1995) hasta Café Internet del Tercer Mundo (2000) este artista había conformado su propia noción de la resistencia cultural a través de la construcción de sofisticados artefactos tecnológicos ensamblando tacos xilográficos. Como reconversión paradójica de lo útil a lo inútil Video-arte del Tercer Mundo (1999) denuncia el colonialismo tecnológico en un circuito artístico internacional donde prácticamente lo contemporáneo se convierte en prerrogativa de quienes emplean los llamados “nuevos medios”. En su obra actual este procedimiento técnico ya se ha convertido en una huella personal, con la que el artista ha otorgado cierta autonomía a la obra gráfica, cualidad hasta hace poco rupturista.1 En clave posmoderna, la operatoria de Abel ha contribuido a difuminar la pertinencia de una manifestación específica cuando se confunden grabado, escultura, estructura mecánica, performance e instalación.

Abel Barroso simboliza con sus inquietantes maquinarias los dolorosos e inevitables estados de desarraigo que acarrean los éxodos humanos en busca de mayores posibilidades. Se puede leer en la mayor parte de las obras expuestas en Muros reales, muros virtuales (Galería Villa Manuela, 2010), una parábola del desplazamiento a través del recurso metonímico de la casa, en evidente contraste con los rascacielos de imponente autoridad.

Es justamente la frontera ese espacio simbólico que anula toda pertenencia a algún lugar. En un mundo polarizado el muro no solo divide, es sobre todo un símbolo habitado por el inmigrante, el otro que, buscando cambiar su estatus termina ocupando la tierra de nadie. Ese limbo legal de marginalidad es sobre todo una existencia aparente, de la que huir resulta siempre inútil.

Una cualidad que a mi modo de ver define las ganancias conceptuales del artista, estriba en la refuncionalización constante de un mismo referente visual en diversas piezas. Abel emplea el mapa en variadas formas enriqueciéndolo semánticamente, al tiempo que aprovecha su concepto para activar una serie de relaciones entre principios opuestos, ya sean Norte-Sur o centro-periferia. Este recurso compositivo no solo permite sostener un diálogo coherente dentro del conjunto, sino que denota la ineludible habilidad del artista para construir nociones abstractas con los objetos.

Por otra parte, la participación activa del espectador es concebida por Barroso como parte indisoluble del proceso de creación. Si por algo puede ser calificada de humanista la obra de Abel, es precisamente por el papel tan importante que le concede al otro. Interactuar con la obra implica ante todo tomar una postura ética frente al conflicto, lo que significa ser juez y parte a la vez.

La idea de una cartografía imaginaria de lo global se reveló nuevamente en una muestra tan paradigmática como la que se presentara en el Museo Nacional de Bellas Artes dos años después de la exposición de Villa Manuela. Cuando caen los muros logró ser la delirante puesta en escena de un gran tema a una escala ciertamente heroica y en un contexto igualmente remarcable: La Oncena Bienal de La Habana. Pinball del emigrante (2012) reedita la misma idea obsesivamente lúdica que abraza a la condición azarosa de la persona que intenta insertarse en el mítico Dorado2 del mundo contemporáneo.

El pasado 17 de diciembre de 2014 las nuevas posiciones entre Washington y La Habana desencadenaron un verdadero sismo en las nociones habituales de frontera y se avizoró con mayor evidencia un paulatino cambio en las políticas migratorias. Tal vez para los recientes escenarios que este y otros puntos de giro están contribuyendo a dibujar en el mundo, no existe aún una respuesta estética concluyente. Ese, nuestro propio proceso desarticulador de viejas fronteras, requerirá sin duda nuevos mapas que ni siquiera Abel está en condiciones de presagiar.

Sin embargo, por alguna fuerza extraña que prefiero atribuir al mero hecho de vivir y crear en la Cuba de hoy, una vez más el sujeto se transfigura, se desdobla en metáfora. En Una isla en el extranjero (2015), presentada durante la Duodécima Bienal de La Habana, la isla se convierte en una imago más íntima, que traza lejanos recuerdos infantiles. Como la identidad, la isla se revela ella misma consciente de ser una construcción mental.

Con versatilidad sorprendente el creador retoma la bidimensionalidad y reactiva las fuerzas telúricas de la insularidad convirtiendo al terruño habitado en personificación autoconsciente del sujeto que emigra. Desconexión y reconexión son conceptos claves que parecen sustituir al trágico vocabulario del desarraigo. Pero la noción del límite reaparece en La mesa de las negociaciones (2015) con una sutileza evocadora y ambivalente que la contemporaneidad cubana no puede evitar aterrizar. Una puerta se abre para las posibles lecturas y, a pesar de que el muro se vislumbra menos opresivo, el contraste entre los opuestos se hace omnipresente.

Más que reservorio de certezas, el arte pretende ser siempre una fuente inagotable de preguntas; hacia dónde nos conduce su impulso creativo es una cuestión tan difícil de responder como enigmáticos son los senderos de la propia vida. Lo cierto es que Abel Barroso se aprecia hoy tan fresco y vital como lo fue en las viejas batallas que protagonizó por la reivindicación del grabado. Sin temor, su obra avanza exitosamente en la difícil empresa de ser universal y humana sin dejar de ser local, cubana.



Notas:
1. Cfr. Mateo, David. Incursión en el grabado cubano (1949-1997). La Habana, ArteCubano Ediciones, 2001.
2. Lugar imaginario que se suponía que tenía grandes reservas de oro y que durante los primeros siglos de la Conquista de América fue perseguido por exploradores españoles e ingleses. Este mito también nutre la obra Visa para el Dorado (2007) realizada bajo el mismo accionar interactivo.

 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato