Francisco y la revolución de la ternura

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

Han transcurrido varias jornadas desde que el Papa Francisco concluyó su visita pastoral a Cuba y no puedo dejar de pensar en él varias veces en el día. Quizá suceda lo mismo a otros muchos cubanos. Su estancia, breve y apretada, no solo fue significativa por lo que fue capaz de decir en discursos y homilías, sino por gestos de significación especial.

He podido seguir muy de cerca el pontificado de este pastor tan singular, justo desde el instante en que, recién elegido, salió al balcón que mira hacia la Plaza de San Pedro y, una vez concluida la breve proclamación, pidió a los congregados que rezaran por él, algo, si se quiere, perfectamente normal, pero que no hay memoria de que lo hicieran sus predecesores. A partir de allí, pude saber con júbilo que se resistía a habitar el apartamento que le estaba reservado en el Palacio Vaticano, que no cambiaría su sencillo calzado habitual por los zapatos rojos, hechos a la medida, que una vieja tradición obligaba a usar como signo de jerarquía y que, incluso, prefería usar el título de Obispo de Roma al de Sumo Pontífice.

Muy poco después, la prensa, bien o mal intencionada, comenzó a hacer un suceso de cada una de sus oraciones y homilías. Un día recordaba al colegio cardenalicio los peligros de la vanidad, la codicia y el egoísmo, otro condenaba públicamente y sin ambages las acciones de la mafia y otras entidades similares, sin importarle que eso enemistara a la Sede de Pedro con poderosos donantes y hasta pusiera en peligro su vida. Austero, sencillo, discreto, Jorge Mario Bergoglio trabajó desde el primer momento para sanar muchos problemas en el interior de la Iglesia pero tuvo tiempo para buscar soluciones al drama de los inmigrantes en Europa y mediar con mucha prudencia entre los gobiernos de Cuba y EE.UU., cuyo acercamiento diplomático parece todavía un milagro y quizá lo es.

Le tocó ser el tercero de los pontífices en visitar Cuba. Era inevitable que los memoriosos lo compararan con sus predecesores. Juan Pablo II fue el primero y su poderoso carisma, sus capacidades de comunicador, ejercieron fuerte impacto en aquellos que pudieron verle; Benedicto XVI era (es) más un hombre de estudio y de cátedra y suscitó devoción en los católicos y respeto en los hombres de buena voluntad, pero fue, en su brevísima estancia, una imagen algo más distante. Francisco resultó, más allá de cualquier información previa, absolutamente inesperado. Lo que conquistó no fue un escenario, ni el espacio televisivo, sino sencillamente la calle, el espacio de la gente y lo hizo de forma duradera.

Cuando pude observar que llegaba unos minutos antes de la celebración eucarística a la Plaza de la Revolución y los dedicaba a saludar, no a figuras relevantes de la política, el arte, la ciencia y el deporte, sino a enfermos, niños y gente anónima me di cuenta que su modo de asumir su alta misión pasaba por caminos distintos. Así lo pude confirmar al conocer que al detenerse, rumbo a la Catedral habanera, en la Parroquia del Sagrado Corazón, para visitar a sus hermanos jesuitas, dedicó más tiempo a los feligreses reunidos en la calle que a los miembros de la Compañía que lo esperaban en el interior y que más de una vez puso a prueba los nervios de los cuerpos de seguridad al detener sus recorridos para bendecir inválidos, niños o embarazadas. Cada persona que saludó directamente o con la que oró es a partir de ahora un colaborador más valioso para el Papa que diez periodistas o miembros de la jerarquía eclesiástica.

Varias veces me he preguntado si es Francisco un gran orador. Si me atengo a las convenciones académicas tengo que responder que no. No tiene la palabra imantada por la poesía de Juan Pablo, ni el equilibrio y la elegancia de Benedicto, sus discursos jamás ganan la altura de pieza literaria. En cambio, puedo asegurar que es un comunicador excepcional, habla en un tono llano que busca alcanzar a los auditorios más simples, sus tropos están tomados de la vida cotidiana y apuesta más por el tono conversacional que por la elevación de la tradicional oratoria sagrada. Cita lo imprescindible, casi siempre de los Evangelios y no presume de erudito. Sus refranes, anécdotas e historietas morales están muy cerca de las que emplearía un buen narrador oral. En fin, es una palabra que arrebata a muchos aunque no está destinada a los exquisitos.

Hay un detalle en el que quizá pocos se han fijado. Aunque Bergoglio posee una excelente educación teológica y humanística, como corresponde a alguien formado por los hijos de san Ignacio de Loyola, prefiere no exhibirla. Más aún, no teme hablar el lenguaje elemental de los párrocos populares. En vez de sutilezas dogmáticas emplea términos que parecerían lugares comunes a nuestro pragmático mundo actual.

Pude presenciar su mensaje a los jóvenes en la tarde lluviosa del domingo 20. Aunque cansado por un día programado hasta el exceso, rechazó el paraguas que intentaba protegerlo y pidió perdón por sentarse mientras el auditorio permanecía de pie. Nunca leyó lo que había preparado, simplemente improvisó una breve clase, directa y con escasos circunloquios: señaló a los presentes el valor de soñar para dotar a la vida de esperanza, los invitó a cultivar la “amistad social”, reconciliadora y sanadora, opuesta a la enemistad que lleva a las guerras y les pidió defender la vida y la espiritualidad frente a la cultura del descarte. A muchos nos pareció brevísimo, pero a todos les resultó elocuente. Nunca he permanecido bajo la lluvia con mayor provecho que esa tarde.

Durante días me he preguntado por qué Francisco me resultó una figura tan familiar durante su estancia. Es cierto que lo había conocido personalmente en Roma el pasado mes de febrero, en la audiencia que concluyó la plenaria del Pontificio Consejo de la Cultura. Allí, después de un discurso que él volvió informal a partir de interpolaciones humorísticas, rompió con el protocolo al descender de su estrado y dirigirse al lugar de cada uno de los asistentes para saludarlo de manera personal, que era justo lo contrario de lo que se suponía que el Pontífice hiciera. Pero no era eso lo que me lo hacía cercano.

Sólo ahora, redactando estas líneas, me he dado cuenta que el Papa me trajo a la mente al cura de la parroquia camagüeyana Nuestra Señora de la Soledad en mi ya remota infancia. Se llamaba Miguel Becerril y su figura, ataviada con una tosca sotana más que raída, unos zapatones harto reparados y un paraguas que no cambió en medio siglo, recorría la ciudad cotidianamente. Era meticuloso con la vida de la parroquia, dedicaba tiempo a misas, rosarios, confesiones, pero cada año visitaba sin falta cada casa de la zona que le estaba confiada, no importaba si eran familias católicas, de otra religión o ateas, él llamaba a su puerta y no le importaba si le daban con ella en la cara. Se internaba en barrios más bien marginales sin que temiera agresiones ni burlas. Su vida había sido tan transparente que aún en tiempos de fuerte conflicto entre la iglesia cubana y el gobierno, se detenía a saludarlo en la calle gente que tenía un carnet del Partido en el bolsillo, porque había sido uno de “sus muchachos”. Solo Dios sabe a cuantos socorrió y consoló aún a cuenta del magro estipendio que reservaba para sí.

Hace algunos lustros, otro papa, Pablo VI, dijo con extrema lucidez que esta época está más dispuesta a creer a los testigos que a los maestros. He ahí lo que une al buen cura de barrio con Francisco: dan testimonio del cristianismo antes que ser preceptores de él. Ambos quedan ligados en la invitación martiana contenida en una carta a Gonzalo de Quesada: “de la amistad impalpable es la fuerza, y contra el mundo sutil del desamor;- en la pelea invisible en que va revuelta nuestra vida, hay que ir levantando fortalezas de cariño”. Solo así puede predicarse una “revolución de la ternura”, afín a la vez a la enseñanza de Cristo y al Manifiesto de Montecristi.

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