Revista Cine Cubano:

Para perpetuar la herejía

Miryorly García Prieto • La Habana, Cuba
Imágenes de Archivo

La revista Cine Cubano cumplió en 2015 su aniversario 55. Fundada en junio de 1960 por Alfredo Guevara, constituye, junto a la revista Casa de las Américas, una de las prístinas publicaciones surgidas luego del triunfo de la Revolución cubana, amparada en nuestro caso por la primera institución cultural concebida para los nuevos tiempos, el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). También es la publicación de cine más antigua de las que hoy se publican en Latinoamérica.

Esta permanencia por más de medio siglo representa, sin duda, una fortaleza, pero también un reto para sus editores, pues es una condición vital para una publicación la constante revitalización de sus discursos y la vocación por abrir caminos que renueven el pensamiento desde perspectivas siempre contemporáneas.

Imagen: La Jiribilla

Para renovar no se puede desconocer el camino andado. Por suerte, la revista incluso ha sido punto de mira de estudiosos. La joven Claudia González se licenció de la carrera de Historia del Arte con un trabajo de diploma que justamente se propuso cartografiar la crítica y el discurso fílmico en Cine Cubano en el período 1960-2010. De su investigación emergió el libro El riesgo de la herejía, publicado por Ediciones ICAIC, el cual realiza un análisis que huye de la condescendencia y el espíritu laudatorio, para ser profundo, aportador y sobre todo muy honesto. La autora apunta datos históricos que nos ayudan a dilucidar cuáles han sido las estrategias de comunicación y cómo ha funcionado la inserción en la vida cultural —fundamentalmente en el entorno cinematográfico— de Cine Cubano por 50 años.

Por supuesto que no voy a ahondar en ese pasado, sino solo tomarlo como punto de referencia para evaluar algunos cambios significativos —principalmente en ese entorno cinematográfico— que marcan el presente de esta publicación.

Desde el año 1960 a 2005 Cine Cubano no mantuvo regularidad alguna en su periodicidad. Fue nombrada incluso por el viejo chiste de “revista religiosa, que sale cuando Dios quiere”. De hecho, hubo un periodo en el que no se publicó un solo número por año. A partir de 2006, Cine Cubano alcanza una regularidad ininterrumpida hasta hoy, hecho que está vinculado a un cambio de dirección en la revista, que a partir de esa fecha y hasta 2014, es asumida por el Premio Nacional de Edición y vicepresidente del ICAIC, Pablo Pacheco López, alguien de quien se pudiera decir que en cada institución donde laboró, multiplicó como los panes y peces de Cristo, los libros y revistas.

Aunque no siempre cumplió sus fechas de entrega, sí se caracterizó invariablemente Cine Cubano, y cimentó en ello su creciente prestigio, por su estrecha y vanguardista relación con el entorno cinematográfico. En los años 60, propició el fluir de ideas y nuevas concepciones respecto al cine cubano y mundial. Era un momento complejo y de definiciones; más rico, menos homogéneo y monolítico en cuanto a pensamiento que las décadas por venir. Nuestro cine estaba en la búsqueda de su propia estética y la revista sirvió como espacio para compartir un cuerpo teórico que acompañara ese proceso. En ella, Guevara publicó varios textos que resultaron cruciales y programáticos para entender el ICAIC y su cine.

Nuestro cine estaba en la búsqueda de su propia estética y la revista sirvió como espacio para compartir un cuerpo teórico que acompañara ese proceso.

Durante las primeras tres décadas, dos aspectos primaron en la revista: la formación de un público para una nueva concepción del cine como arte y no como producto comercial y de entretenimiento, y la formación de nuevos cineastas que encontraron en Cine Cubano un importante medio de expresión. Entre los principales colaboradores durante sus primeros años se encuentran prácticamente todos y los más destacados directores de cine de la época, como Tomás Gutiérrez Alea, Julio García-Espinosa, Fausto Canel, Manuel Pérez, Fernando Villaverde, Manuel Herrera, Enrique Pineda Barnet, José Massip, Humberto Solás… un poco después Daniel Díaz Torres, Fernando Pérez…, y muchos otros. La nómina es inmensa y delata que el ejercicio crítico y de pensamiento formaba parte indisoluble del quehacer cinematográfico. De hecho muchos comenzaron a entrenarse como cineastas, a aguzar su mirada desde el ejercicio escritural, antes de debutar como directores de cine. Un tercer pero no menos importante aspecto caracterizador se sumó en los años 70, cuando a partir de 1979, con la fundación del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, se define y declara su función como principal promotora de los presupuestos del naciente movimiento cinematográfico del continente.

Por supuesto que la revista también tuvo sus momentos grises: algunos como espejo del conocido quinquenio, que más que cinco años abrazó la década del 70, provocando intervalos en los que apenas se publicó; otros en los que quedó ahogada por las carencias materiales del eufemístico período especial de los 90, dejando al silencio el no menos deprimido acontecer fílmico de esos años.

En este sentido, creo que lo más importante es pensar entonces el reto que significa en la actualidad para la revista del ICAIC, tener plena conciencia del momento que vivimos, abarcar el cine cubano todo, en su conjunto, el realizado por el ICAIC y también el que se produce de modo independiente. Haciendo honor a su nombre y su prestigio como la más especializada publicación sobre cine que circula por nuestros días en el país, la revista debe continuar esa tradición de relación estrecha y vanguardista con el entorno que ya no llamaremos cinematográfico, sino audiovisual, y que es, en estos precisos momentos, un espacio de tensiones que apunta a un inevitable rediseño.

Imagen: La Jiribilla

Es vital reconocer que el cine cubano es hoy un universo expandido fuera de las fronteras del ICAIC. Rescatar espacios dentro de la revista para dar voz a nuestros cineastas, fundamentalmente a los más jóvenes, rasgo que siempre definió a Cine Cubano. Hoy son más los críticos e investigadores que en ella publican, muchos de ellos autores jóvenes —y qué bien, eso muestra que se ha logrado gestar y fomentar la crítica joven desde sus páginas— pero se ha debilitado la intervención de los realizadores, incluso los directores de cine, aunque existen valiosas excepciones. Me debato sin certezas en las posibles causas de estas ausencias. Si acaso hay fracturas entre cineastas e institución que se refractan de esta manera, o si acaso los directores más jóvenes no están preparados o interesados en participar y crecer desde el debate teórico alrededor del cine contemporáneo.

Como dijera Norge Espinosa en un Encuentro Nacional de Revistas Culturales convocado por el Instituto Cubano del Libro hace algunos meses, “cada revista debe ser una provocación”. Cine Cubano debe ser cada vez más propositiva, correr riesgos, tomar partido en los debates que por estos tiempos están teniendo lugar en torno al audiovisual en Cuba y que otras publicaciones del país recogen. También incentivar una crítica cuyo aparato epistemológico no quede por detrás del acontecer y los cambios que se suscitan en el entorno cinematográfico.

Cine Cubano debe ser cada vez más propositiva, correr riesgos, tomar partido en los debates que por estos tiempos están teniendo lugar en torno al audiovisual en Cuba y que otras publicaciones del país recogen. 

Estas son, más que estrategias, intencionalidades que actualmente toma en consideración la revista, unas más logradas y materializadas que otras, algunas ya desarrolladas a través del rediseño que en los últimos años (fundamentalmente desde 2009, no. 171) ha propuesto para sus secciones. Me refiero, por ejemplo, a la pertinencia de la sección “Ensayo y pensamiento” para incentivar el rigor ensayístico y la búsqueda, actualización y fortalecimiento del aparato gnoseológico con que nos enfrentamos al audiovisual contemporáneo, difuminado en las más diversas pantallas, desde la sala cinematográfica o el consumo doméstico de televisión, hasta la circulación vía memoria flash o el visionaje en la pequeña pantalla de un teléfono celular en cualquier espacio privado o público. Este panorama expandido también es crucial para entender la importancia de la sección “Otra cinefilia”, coordinada por Víctor Fowler, que rompe fronteras en cuanto a contenidos y da espacio a un cine que desborda los caminos trillados del mainstream; o los cambios que constantemente se operan en “De Película” —dedicada a la crítica cinematográfica— sección que propuso y dirigió Rufo Caballero, continuada hoy por Jacqueline Venet. Nació apegada a la programación de nuestras salas cinematográficas, pero el consumo audiovisual informal cada vez más la reta, la obliga a desbordar el circuito de distribución institucional, sobre todo si se quiere no desconocer la tradición de la crítica en Cine Cubano y su importancia para la orientación del público, no desde objetivos didácticos sino como brújula que le permita llegar, entre tanto océano, a puertos seguros. Esta sección es la que más ha acogido en los últimos tiempos las voces de jóvenes críticos de cine y, junto a “Otra cinefilia”, la actualización de las herramientas para deconstruir las nuevas propuestas audiovisuales. Asimismo se suman “A través del tiempo” como sección que privilegia los enfoques historicistas, y “Libros”, para fomentar la reseña crítica de lo que en materia de cine se publica en el país.

Imagen: La Jiribilla

El nombramiento del cineasta Arturo Sotto como director de la revista en 2015, condujo a reforzar, incluso materializar, en una sección llamada “Este cine nuestro”, ese necesario acercamiento a la realidad fílmica cubana de nuestros días, puesta intencionalmente en las primeras páginas como toma de partido por rescatar, en un lugar privilegiado, los acercamientos al cine cubano, desde la voz de sus gestores, el ejercicio del criterio hacia sus filmes y principales problemáticas, así como las crónicas y promociones de todo aquello que está en producción y se avizora como futuro inmediato de la cinematografía nacional. Igualmente se inaugurará en el próximo número que presentaremos “Un cuento de cine”, apartado que desde la alianza literatura y cine puede propiciar una savia que nutra a posibles y futuros guiones cinematográficos.

Estas secciones —aún perfectibles, sobre todo si se trata de afinar cada vez más el perfil, la organicidad y la dramaturgia de cada una de ellas— creo que han permitido ofrecer rigor y diversidad en cuanto a los géneros periodísticos y literarios, a temas y enfoques.

Es contradictorio que la revista siempre se propuso, y así lo definió su fundador Alfredo Guevara, formar un nuevo público (hoy ese papel orientador se hace imprescindible por la proliferación del audiovisual y la diversificación de su consumo, sobre todo por los más jóvenes, como se ha explicado antes), pero tiene una tirada insuficiente para tan nobles propósitos (2 mil ejemplares) y una circulación bien limitada entre especialistas del séptimo arte. Como muchas publicaciones similares termina siendo excesivamente autofágica. Sin llegar a idealismos ni abandonar el nivel de especialización de la revista, no se debe subestimar la importancia de influir un poco más en públicos como el estudiantado universitario, por ejemplo, para insistir en la necesidad de dialogar con estas nuevas generaciones rodeadas de pantallas, las que deben tener acceso a mayor información que las oriente y a menos cuestionamientos sobre la libertad de elegir su consumo audiovisual. Por supuesto que no se trata solo de incrementar la tirada, sino de realizar una distribución más efectiva, que no deje dormir ejemplares en estantes mientras en la universidad de alguna provincia a un joven estudiante le parece una quimera conseguir un ejemplar.

Justamente para materializar ese objetivo de llegar a las nuevas generaciones, Cine Cubano aprovechó su aniversario 55 para revolucionar su diseño y atemperarlo a una visualidad más contemporánea. Y aún queda más por hacer, pues cada vez el diseño, lo visual, se implica más en las estrategias de comunicación. Seducir es hoy una palabra clave que no está reñida con la intención de orientar la mirada del lector o enriquecer conceptualmente los textos desde las imágenes que los acompañan, sin facilismos ni redundancias.

Igual de vital que el diseño para el lector contemporáneo, es el uso de la web por las publicaciones. Vista esta como una herramienta indispensable, pues como dicen la mayoría de los nativos digitales, lo que hoy no está en Internet, no existe. Por otro lado, la versión digital de la revista es un modo de romper las limitaciones de la tirada, las flaquezas de la distribución de los ejemplares impresos, y de democratizar su consumo, lograr mayor visibilidad, incluso fuera de Cuba. Con algunos números en Cubacine, el sitio del ICAIC, y empeñada actualmente en la digitalización de todos los números publicados durante estos 55 años, este es un camino en el que la añeja Cine Cubano ha encontrado tropiezos, y en el que demandará con prontitud todo el apoyo institucional requerido para recuperar el tiempo perdido.

Quisiera concluir estas líneas con una cita de Víctor Fowler que se recoge en El riesgo de la herejía, pues es una buena “provocación” —volviendo a Norge Espinosa—, como colofón para quedarnos pensando en lo que Cine Cubano ha sido y debe seguir siendo: “Una revista es más grande que sus páginas porque remeda aquella imagen de la piedra que golpea la serenidad de un lago y, luego de levantar salpicaduras, extiende su energía en ondas que se alejan; dicho de otro modo, su vida completa el ciclo en las vidas de quienes la leen y discuten, descubren mundos y argumentos nuevos o se preparan, gracias a tales textos, a la ruptura”.

 

 

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