La Gaceta de Cuba: de los silencios y los márgenes

Norberto Codina • La Habana, Cuba

En el año 1992, cuando reapareció La Gaceta de Cuba tras su temporal mutis en los inicios del llamado con benevolencia “período especial”, en la primera nota editorial establecimos que la revista se proponía ser la de antes y distinta. Creo que eso no se puede perder de perspectiva, y no lo debe perder del enfoque y perfil editorial ninguna publicación. Si La Gaceta… ha llegado a un estadio, es un desafío para el futuro inmediato.

Imagen: La Jiribilla

 

Cualquier publicación cultural —o por lo menos, esa ha sido la intención de esta revista que seguimos pensando— tiene que estar alerta con los llamados márgenes o silencios en la cultura. Existe algo que puede ser muy maleable como el canon o las jerarquías establecidas. Lo que es la heterodoxia de hoy puede ser la ortodoxia de mañana. Los vaivenes caprichosos y tendenciosos de modas y anti-modas; filias y fobias; dogmas, prejuicios, lo que hoy puede resultar demodé y se remplaza con un discurso oportunista, con el cálculo de epatar y congraciarse con un circuito generacional o de poder determinado, es algo que ha existido siempre, y avanza por las fronteras de las épocas como la niebla, a tenor de los códigos económicos o ideológicos.

Durante más de un cuarto de siglo ha sido la voluntad de nuestro perfil editorial privilegiar en sus páginas esas zonas en determinados períodos olvidadas. Hablamos de la cultura de la diáspora, de los artistas e intelectuales del interior del país, de la presencia de la mujer, del negro, de la literatura homoerótica, de generaciones más nuevas, de distintas representaciones y estéticas. Pero cuando hablaba de los silencios, me refería también a aquellos de los escritores y artistas significativos que por coyunturas a veces son olvidados por lecturas políticas prejuiciadas y arbitrariamente excluyentes que pueden ocurrir bajo cualquier signo.

Durante más de un cuarto de siglo ha sido la voluntad de nuestro perfil editorial privilegiar en sus páginas esas zonas en determinados períodos olvidadas. 

Un gran poeta como Nicolás Guillén —por cierto, nuestro fundador— en un momento determinado pasó del canon más estereotipado al olvido más ramplón, como también lo han sido, por otras lecturas y prejuicios, autores como Gastón Baquero o Eugenio Florit. Pero no estoy hablando solo de miradas tendenciosas que pudieran darse bajo una impronta determinada: por ejemplo, el año 2008 fue el centenario de Emilio Ballagas, y por fortuna se tuvo presente, con lo que se saldó una deuda indiscutible. Es uno de nuestros grandes poetas, y tal vez por una razón de carencia de espacios (dicen que la memoria en el trópico es muy ligera, porque no sabemos divulgar o salvaguardar nuestros valores culturales emblemáticos, y se le adjudica a Virgilio el comentario de que “las cosas en el trópico duran poco porque se derriten”), creo que Emilio Ballagas —como Regino Pedroso o Regino Boti o Félix Pita Rodríguez, cuyo siglo de nacimiento pasó casi imperceptiblemente— no tuvieron, o siguen sin tener, la suficiente divulgación en nuestro país. Otros ejemplos podrían encontrarse en la pintura, el teatro o la música. Y me vienen a la mente dos paradigmas de nuestra música popular, los recientes centenarios de Lilí Martínez y Chano Pozo.

En el caso de otras figuras, también nos enfrentamos al silencio, al olvido, sobre todo por la desidia y la arbitrariedad que generan las ya mencionadas modas y anti-modas. Por eso hemos tratado, desde nuestra perspectiva y posibilidades reales, de darles a algunas de ellas una mayor visibilidad. Un ejemplo es el narrador Miguel Collazo, que por su sencillez y timidez protagonizó una “vidita entre los márgenes y estancias”, y tuvo un desenlace trágico, acorde con la angustia que atravesaba su obra. Fue un escritor de una singularidad que incluso marcó con su influencia a las promociones más jóvenes. Entre otras cosas, no ganó el Premio Nacional de Literatura, ni fue jurado de moda, ni objeto de homenajes, y aunque todo el mundo coincide en su admiración, pueden pasar años sin que se publique algo sobre él.

Está claro que una revista se asocia a un grupo determinado, que muchas veces puede tener una impronta generacional. En nuestro caso se reúnen dos o tres hornadas de creadores, pero la dirección de la publicación ha sido en estos últimos 28 años —Leonardo Padura, Arturo Arango, y quien escribe— de una sola promoción, y eso también influye. Aunque por fortuna e intención los editores y los diseñadores han sido mucho más jóvenes, no podemos ni debemos ser ingenuos. Lo que sí debe cumplirse es otra regla de oro, y cito de memoria a Pedro Henríquez Ureña cuando dijo que una publicación cultural debía gestarse “en torno a un grupo afín en alta tensión intelectual”.

La Gaceta de Cuba ejerce la responsabilidad en la selección de sus temas y autores, pero está vinculada a una institución, y por ello le debe correspondencia orgánica.

La Gaceta de Cuba ejerce la responsabilidad en la selección de sus temas y autores, pero está vinculada a una institución, y por ello le debe correspondencia orgánica. Es lo que llamaba Arturo Azuela “revista institucional”. Pero en esa correspondencia institucional ha querido ser consecuente con ese develar de los márgenes y silencios. El profesor y ensayista Daniel Salas, quien hizo su tesis de licenciatura con la representación de los años 90 en la revista, lo ilustra con el siguiente testimonio: “Como he tenido oportunidad de escuchar de Leo­nardo Padura, jefe de redacción de La Gaceta… durante la primera mitad de los 90, para que la publicación fuera una verdadera caja de resonancia de dichos debates, fue fundamental la sinergia que se estableció entre todo su colectivo gestor —que incluía también, desde posiciones directivas de la UNEAC, a Abel Prieto y a la doctora Graziella Pogolotti—. Ello posibilitó que, a diferencia de otros períodos, la revista funcionase sin un dictado en política editorial, sino sobre un sustrato más o menos consensuado de inquietudes, intereses, experiencias y opiniones”. [1]

Igualmente el tema de la diversidad nos va a seguir acompañando. La intención de que tengamos una mayor diversidad será para beneficio de todos. Mantenerse viva como publicación, ser la misma e ir cambiando es fundamental. El mañana de nuestras revistas culturales está muy asociado al de nuestra cultura y sociedad. Un tiempo futuro será mejor en todo sentido y lo que hacen dichas publicaciones en general puede, como “el rasguño en la piedra” lezamiano, contribuir a ello.

No debemos ser complacientes a la hora de reivindicar ese espacio plural de la cultura. Y por otro lado, contraponerlo a las lecturas reduccionistas y tendenciosas, que tratan de reflejar el panorama cultural de la Isla como un páramo monolítico, negando su riqueza, complejidad y diversidad. Esas lecturas prejuiciadas enuncian como “una concesión” la posibilidad de reconocer muy contadas diferencias y singularidades en el espectro de las revistas culturales cubanas.

No debemos ser complacientes a la hora de reivindicar ese espacio plural de la cultura. Y por otro lado, contraponerlo a las lecturas reduccionistas y tendenciosas, que tratan de reflejar el panorama cultural de la Isla como un páramo monolítico, negando su riqueza, complejidad y diversidad. 

Para concluir, quisiera hacerlo con alguien que, como “madrina cartesiana” de la revista, ha sido parte medular de este puñado de ideas, y mi interlocutora lúcida y entrañable de más de un cuarto de siglo, Graziella Pogolotti:

 

“A través de la historia, las publicaciones culturales se han forjado en torno a un núcleo, una falange sectaria, dispuesto a vencer obstáculos para formar un público lector hecho a su imagen y semejanza. Auspiciada por la organización de los escritores y artistas cubanos, La Gaceta de Cuba ha tenido que articular un diálogo destinado a tender puentes entre intereses diversos con vistas a contribuir a la ejecución de una política cultural definida de manera general en términos conceptuales y modulada por la constante renovación impuesta por la práctica, apegada a las demandas del día que transcurre. Identificados con ella, sus destinatarios se agrupan en círculos concéntricos de profesionales de la cultura, de intelectuales en el más amplio sentido del término y de estudiantes en constante relevo generacional. Ha sembrado inquietudes y atravesado pequeños huracanes. Ha removido prejuicios y tabúes. Por eso, ha participado activamente en la modelación del presente y habrá de constituir, sin dudas, fuente documental indispensable para el investigador del porvenir”.

 

Notas:

1.   Daniel Salas. “Varias Cubas, varias Gacetas”. Revista Espacio Laical, no. 3, 2009, p. 31.

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