Casa de las Américas, la revista

Aurelio Alonso • La Habana, Cuba

Esta revista, que se define, desde su nacimiento, como “órgano” de la institución homónima, se creó para servir de expresión a una impronta cultural propia del poder revolucionario y constituye hoy, a la vuelta de 55 años, y de 279 números publicados, un signo de identidad y, a la vez, un monumento vivo y activo del quehacer cultural de nuestra América.

Imagen: La Jiribilla

Cuando Casa, como la llamamos habitualmente, arribó al número 200 en 1995, Jaime Sarusky, a cuya ausencia no nos resignamos, caracterizó de insólito que una revista cultural viviera tanto en la América Latina, y le llamó “prodigio de persistencia y durabilidad”. Es difícil saber si ha sido la más constante en el continente, pero no serlo tampoco disminuye sus virtudes.

El secreto de su pervivencia y su aliento radica en su autenticidad, la cual entraña una feliz articulación de compromiso e independencia, continuidad y discontinuidad, de audacia y de alerta impuesta por sus circunstancias. Y en la demostración de coherencia que reclama esa realidad contradictoria.

La historia de la revista, como la de la Casa, es parte indisoluble de la Cuba nacida en 1959. Parte protagónica en la formación de una cultura asentada en las nuevas coordenadas políticas y sociales que creó la Revolución victoriosa, enraizada en el legado de la Nación, y volcada a propiciar una sintonía latinoamericana. El secreto de su pervivencia y su aliento radica en su autenticidad, la cual entraña una feliz articulación de compromiso e independencia, continuidad y discontinuidad, de audacia y de alerta impuesta por sus circunstancias. Y en la demostración de coherencia que reclama esa realidad contradictoria.

Casa de las Américas nació, por vocación y contenido, como la institución misma, como una publicación latinoamericana y no solo cubana, tanto por el origen de las colaboraciones como por los temas que aborda. Fue así porque la victoria misma acontecida un año atrás proclamaba esta identidad de Cuba con su América, que medio siglo de hegemonía neocolonial había tratado en vano de invisibilizar.

Fundada como órgano de la institución, como indiqué al comienzo, lo orgánico ha sido, para la revista, un desafío creativo, sin  imposición de esquemas o dictados. Ni siquiera cuando políticas culturales erradas amenazaron con sus sombras, porque la Casa, de la cual la revista es voz, conducida por la mano excepcional de Haydee Santamaría, indómita y sagaz, tampoco dejó que el error extraviara su destino.

Le ha tocado a Casa transmitir, fuera bimestral o trimestral, con 18 mil o con tres mil ejemplares, según las estrecheces o las posibilidades de nuestra economía, el soplo espiritual de su Casa, en toda su plenitud. Aun cuando el tiempo le llevara a sumar otras publicaciones culturales especializadas en la institución —todas con calidad reconocida— que completan hoy el abanico de nuestras revistas. El carácter único de Casa de las Américas se mantiene indeleble.

Aun cuando el tiempo le llevara a sumar otras publicaciones culturales especializadas en la institución —todas con calidad reconocida— que completan hoy el abanico de nuestras revistas. El carácter único de Casa de las Américas se mantiene indeleble.

Muchas de las figuras más notables de la intelectualidad latinoamericana y caribeña, que se daban cita en la Casa, publicaban en la revista con mayor o menor sistematicidad. Algunos residieron en Cuba y sus nombres quedaron como columnas en las bases de nuestra institución; cabe recordar, entre ellos, a Federico Álvarez Arreghi, Mario Benedetti, Roque Dalton, Manuel Galich, Ezequiel Martínez Estrada, René Depestre, a los que se suman los nombres de centenares de escritores y pensadores de la región, algunos tan íntimos como Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Pablo González Casanova, Jorge Enrique Adoum, David Viñas, George Lamming y muchos, muchos más.

Me reconozco injusto con la lista que dejo de citar. Y otros pudiera yo mencionar también, a quienes los desencuentros de la vida alejaron de Cuba y de la Casa, pero respeto, con el silencio, su voluntad de distanciamiento.

Después de la primera década de existencia Casa devino tema de tesis de doctorado y numerosos estudios le han sido dedicados. El autor de uno de estos trabajos, Juan C. Quintero señala que “la revista contribuyó a diseñar la imagen de la Revolución cubana capaz de inscribirse en el marco del latinoamericanismo contemporáneo”. Creo que en justicia puede reconocerse así porque, desde su propia concepción, estrechamente vinculada a la criatura cultural que nacía, “Casa no era ni pretendía ser —al menos exclusivamente— lo que en sentido estricto llamamos una revista literaria. Se abría de modo sistemático a otras disciplinas, otros temas, ciertas zonas de la realidad, tradicionalmente reservadas a las ciencias sociales”. Así la caracterizó  Ambrosio Fornet con acierto[1]. Casa es también una revista de pensamiento y ese balance se ve, ante todo, desde las secciones que hacen, de manera casi permanente, su columna vertebral: “Hechos e ideas” y “Letras”.

Desde su propia concepción, estrechamente vinculada a la criatura cultural que nacía, “Casa no era ni pretendía ser —al menos exclusivamente— lo que en sentido estricto llamamos una revista literaria.

En la historia de Casa de las Américas se pueden distinguir momentos que la marcan de manera indeleble, e incluso admiten o requieren de periodizaciones para ser entendidos. La sintonía de una revista como esta con la sociedad y el mundo que le toca vivir nunca debiera pasar inadvertida.

A lo largo del camino recorrido podríamos recordar números verdaderamente históricos, como el 26, de 1964, con el cual Casa “no sólo tuvo el privilegio de presentar las credenciales de la nueva novelística latinoamericana, sino que contribuyó a articular el discurso teórico y crítico que le serviría de fundamento”; y vuelvo a citar aquí la opinión autorizada de Fornet[2] para destacar que, entre la pléyade de figuras que participa en aquel número, sobresale el ensayo de Ángel Rama, quien supo ponderar en sus previsiones la importancia del movimiento que se iniciaba en la narrativa.

Destacaría igualmente el no. 68 de 1971, con el ensayo de Roberto Fernández Retamar, Calibán, que daría expresión sistemática a las inspiraciones de George Lamming y Aimé Césaire, a partir de la metáfora shakesperiana de Próspero y Caliban, y que se haría paradigmático en la ensayística latinoamericana. Y el número donde, en 1986, se diera a conocer en español el famoso ensayo de Fredric Jameson “El postmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío”, que provocara un conjunto de reflexiones decisivas sobre el tema. Y otros verdaderos hitos para la cultura latinoamericana, algunos muy recientes.

La sintonía de una revista como esta con la sociedad y el mundo que le toca vivir nunca debiera pasar inadvertida.

La revista ha publicado numerosas entregas especiales, como las dedicadas a Bolívar, a Martí, al Che, al V Centenario del “Cubrimiento” de América, a la lucha por la independencia de Puerto Rico, a la victoria de la Unidad Popular en Chile y a la tragedia del pinochetazo, al bicentenario de la independencia de Haití, a la situación del intelectual latinoamericano, a la nueva poesía, a la mujer, al imperialismo y los medios masivos, a los chicanos, a la mayor parte de los países de la América Latina y Caribeña, por citar solamente algunas.

Fiel a esta percepción de lo esencial del acontecer actual, Casa dedicó una sección monográfica de su número 252, de 2008, al tema de la presencia chicana en EE.UU. y en 2010 dedicó un número doble al bicentenario del inicio de las luchas emancipadoras en Hispanoamérica, y  el 264, elaborado con motivo de la celebración del Año de los Afrodescendientes; lo titulamos ”De nuevo África en América, retomando la aventura del 36-37, que se había dedicado al tema en 1966.

Luisa Campuzano, quien ha estudiado con mucho rigor la trayectoria de nuestra revista (y de nuestra institución) distingue en ella cuatro períodos, todos vinculados a los valores que han contribuido a garantizar su pervivencia[3]. Uno inicial, formativo, hasta el número 29, en cuya conducción fue figura relevante Antón Arrufat. A partir del número 30 Roberto Fernández Retamar asumió su dirección, en la cual permanece, con solo una breve pausa, desde entonces. Este segundo período se enmarca en la segunda mitad de los años 60, y se corresponde con la polémica sobre la lucha armada y la revolución, el tercermundismo y la influencia de Frantz Fanon, y el auge y retroceso del movimiento guerrillero en la América Latina.

El número 31 de 1965, que Fernández Retamar ha reconocido en alguna entrevista como el verdadero inicio de su ejercicio en la dirección de Casa de las Américas, publicó el original de “América Latina: algunos problemas de estrategia revolucionaria”, donde el joven intelectual francés Regis Debray daba forma más acabada al ensayo que antes había publicado en la revista de Jean Paul Sartre, Les Temps Modernes, y que se ajustaba, como anillo al dedo, a un tema central del debate político de entonces en el continente.

Después de 1971, la homogeneización ideológica, “quinquenio gris”, sovietización, o como se le quiera llamar, influyó en las publicaciones y en el mundo cultural cubano, expandiendo obscuridades. El mérito de Casa, portadora del legítimo prestigio de su frescura y su originalidad, fue resistir, sin más concesiones que las que le imponía la prudencia. Recuerda  Fernández Retamar que la revista “no publicó ni uno solo de los materiales laudatorios del realismo socialista con que nos inundaban las agencias de prensa soviética radicadas en Cuba”. Quienes vivieron aquel período en la Casa recuerdan cómo la sensibilidad política y la autenticidad de Haydee se ponían a prueba para sortear escollos que pudieron tener consecuencias lesivas para la institución.

El mérito de Casa, portadora del legítimo prestigio de su frescura y su originalidad, fue resistir, sin más concesiones que las que le imponía la prudencia. 

Los períodos posteriores denotan la recuperación de vitalidad de aquella revista que nunca renunció a su identidad, y de la Casa, en su totalidad, de la academia y del pensamiento cubano desde finales de los años 80, pero que puede seguirse sin dificultad a través de sus números, en consonancia con las transformaciones en el escenario continental.

Cuando la revista arribó al número 200, Fernández Retamar afirmó, en la entrevista que le hiciera Sarusky: “Hasta hoy, hasta este número 200 que preparamos con el mismo fervor y el mismo amor del primer día, sigue tratando [Casa de las Américas] asuntos vivientes, reivindicando lo mejor de la herencia cultural, enriqueciéndose con grandes autores, estimulando a noveles, saludando editoriales, revistas, premios, empresas culturales que involucran a la América Latina y el Caribe, con amplio espíritu humanista y sin otra exigencia que la calidad". Creo que estas palabras podría repetirlas 79 números después.

Notas:

1.      Ambrosio Fornet y Luisa Campuzano, La revista Casa de las Américas, un proyecto continental, Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan Marinello”, 2001, La Habana.

2.      Ibid.

3.      Ambrosio Fornet y Luisa Campuzano,  Op. Cit.

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