Selección de poemas

Arístides Valdés Guillermo

Funerales del júbilo

 

Descalza la estatura,
con la emoción inmensamente abierta
frente al lobo sediento de los sueñosque amansa,
el hombre que uno ha sido,
sentado en una piedra, se interroga. 

 

¿Cuánto habrá de costarnos esta historia,
la antítesis del llanto,
su retorno?
¿Cuánto habrá de costarnos una parte,
una porción minúscula
de aquel júbilo ecuestre que los hijos
le obsequiaban al viento cuando la vozdel padre,
la voz limpia
que nunca presumiera tanto invierno,
plegábase a la forma de un beso en sus mejillas
de inquietas criaturas? 

 

Como un árbol que acepta mansamente
la sed que lo calcina,
he asistido a la mesa
de aquellos que alejando su añosa desconfianza
me tatuaron un nombre,
una especie de signo para identificarme,
y hubo tanta tristeza,
fue tan escasa la ración de dicha
sobre la gravedad de los cubiertos,
sobre la lumbre ciega de sus ojos ancianos,
que yo apagué una lágrima en los míos. 

 

¿Qué habrá de ser del hombre que despierta y escucha,          
como un balido atroz, el manotazo,
los alfileres turbios de la desesperanza
lastimando su estirpe?
¿Quién lo aguarda detrásde lo improbable,
del umbral solemnísimo
cuya combinación no se revela?
¿Del vientre de qué nubedescenderá la lluvia,                              
la gota que humedezca limpiamente                              
su hechizada costumbre,
su austeridad herida,
su apariencia                    
de animal en acecho que ha extraviado,
después de una batalla,
la ruta del estanque donde abreva

 

Víctima de la sombra, recluido
bajo esa noche que distiende
su hambrienta mordedura,
uno se duele de la imagen propia,
de la imagen que exhibe, pese a todo,
en los sitios
donde la incertidumbre se comercia,
porque para saber este dolor,
esta pena que avanza,
desde los cuatro nortes dela brújula
no es necesario que te llames César,
no es necesario el jueves,
no es necesario, no, no es necesario
París con aguacero.

 

También la noche sin su fiesta es larga

 

Vecina de esta voz, parapetada
en la mudez absurda deuna lengua finísima,
cae otra noche más sobre los pájaros
cuyo trino le incrusta su diamante a la sombra. 

 

Es una noche para no morirse,
una noche ataviada con luciérnagas,
con el llanto infalible de sus pestañas rotas. 

 

Yo la escucho caer, pesadamente,
junto a la indiferencia de aquel hombre
que alguna vez perdiera su astrolabio en la bruma.
Yo la escucho caer, lenta campana
repicando a deshora,
y en la ciudad, muy lejos,
un niño se da vueltas
cuando descubre que la luz del padre,
la luz que ahora precisa su tamaño,
es una estrella mutilada,
un grito
sepultado en su asombro. 

 

¿Cuándo podremos comprender, distantes
de la emoción nombrada,
que más que la penumbra,
más que la noche y su campana escrita,
importa el sobresalto,
la inocencia del niño que se vuelve
porque le falta un punto luminosoa su sueño?

 

Nadie osará decir, como el poeta, 
lanocheesunafiestalargaysola,
sin que le crezca elmiedo en la palabra. 

 

Yo la escucho caer,
os lo repito,
yo la escucho caerpesadamente                                
junto al hombre    

que se ha perdido en el reloj buscando
la quietud de una casa,una manera 
de confesarle a todos que la noche, 
su animal de tinieblas, 
huye al lugar que ocupan, 
después de la memoria, los desastres.                          

 

Bastaría un madero,
una pequeña tabla, su evidencia
bajo la piel del náufrago.
Pero también la noche sin su fiesta eslarga,
taimadamente larga,
y aquella luzque al niño le ha faltado,
la luz que alguien ha dicho,
nos demora,
nadie sabe hasta cuándo, la tristeza.

 

 

Vida y pasión del caminante

 

Bajo ese sol mentido
que la penumbra enfática lastima con sus cárceles,
parece harto difícil
desembozar las trampas que al caminante asedian. 

 

Los senderos que otrora conducían a un sitio,
a un lugar con bandera y nombre propio,
hoy se revelan dédalos al hombre
y en la mano que sueña falta el hilo de Ariadna. 

 

Duele, como una herida insoslayable
sangrando en el invierno,
saber que uno descarga sus golpes en looscuro,
que atrapado en sus sístoles y diástoles
el corazón no acierta,
y que a pesar de lapasión y el grito,
el niño que uno lleva tendido en la memoria,
ese niño evidente,
hermanado quizás con lo increíble,
todavía pregunta por los ángeles
cuya apariencia celestial un día
naufragara en sus ojos.

 

Yo nunca estuve ajeno.
Si a mi palabra le faltó un oído
no fue por arrogancia,
no fue tampoco por maledicencia,
sino porque en la bruma
que a sorbos meditados inunda las ciudades,
la música del verbo
‐ ese sonido humano  
que uno precisa en ocasiones ‐
como cierto lugar que ahora descubro,
inobjetablemente se extravía. 

 

Hay hombres que poseen una casa,
un sitio acogedor donde morirse acompañados.
Otros son propietarios de algún reloj de arena;
pero yo sólo tengo un hijo,
un diablillo que apenas conoce los juguetes,
que podría inventar la travesura
de suponer que el padre
le destierra los juegos al rostro de su infancia. 

 

A favor de una historia
que aprenderán mañana los felices de entonces,
la probidad invicta del oráculo resuelve
los crucigramas del ingenuo
que alguna vez creyó en el espejismo.
Hecha de noble averno yairosas dentelladas,
la oscuridad presume
frente a los pasos del andante.
Y al triste que pecara de aplaudidacerteza
porque allá lejos divisó una luz,
sólo le es dable permitirse un lujo:
seguir pecando a ciegas para irritar a sus murciélagos. 

 

No ha sido culpa mía, señores magistrados.
Ante la niebla el caminante duda,
duda de los semáforos incluso,
y coléricoy hombre, sin embargo,
se acoge a la costumbre:
caminar, 

                caminar... 

                                  aunque las piernas

y su heredada vocación de rutas
una mañana, sin llegar, se estrellen,
porque así lo quisieron,
contra el muro. 

 

Tomado de Arte Poética

 

FICHA
Arístides Valdés Guillermo. Nació en Corralillo, Villa Clara, en 1960. Médico y poeta. Ha obtenido, entre otros, los siguientes reconocimientos: premio “Encuentro Debate Nacional de Talleres Literarios” (1985), premio “Cucalambé” (1992), premio FayadJamís (1993), premio Ala Décima (2003), premio Fundación de la ciudad de Santa Clara (2006), Mención IV Certamen Internacional de Poesía  Sant Jordi (2008) y Finalista XI Certamen Poético Internacional Blas de Otero (2008). Poemas de su autoría aparecen en las antologías Nuevos poetas cubanos y Nuevos juegos prohibidos, publicadas por la editorial Letras Cubanas en 1994 y 1997, respectivamente. Tiene publicados los libros Las puertas de cristal (Editorial Capiro, 1992), El príncipe de bruces (Ediciones Luminaria, 1997), Esbozos con figura de muchacha (Sed de Belleza Ediciones, 1999) y Meditaciones del náufrago (Editorial Capiro, 2007). 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato