Carlos J. Finlay

Imagen y semejanza

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

En la iconografía del sabio cubano Carlos Juan Finlay predomina la imagen del académico remoto, formal y concentrado. El ilustre camagüeyano era  dueño de un estilo personalísimo, llevado en andas por su muy peculiar corte de barba, no raro en su época pero tampoco moda corriente al uso. Sin embargo, algunos relatos lo describen como un ser humano condescendiente y sosegado, cercano a la flema británica por herencia. Tal vez sea ese el perfil que mejor transmita el retrato que le hiciera el pintor cubano Antonio Herr y Grau.

Imagen: La Jiribilla

Nacido en la ciudad de Trinidad el 16 de agosto de 1848 ―en la hoy provincia de Sancti Spíritus― Herr y Grau, dentro de su pródiga producción había realizado una amplia iconografía de patriotas y eminentes cubanos para el periódico La Discusión.

Según investigaciones de especialistas de la Galería de Arte Universal de Trinidad [1], el artista había recibido propuestas de empleo como maestro de modelado, a condición de realizar retratos al óleo de personalidades cubanas, obras que serían propiedad del conocido diario.

Herr, por alguna razón, además de cumplir el compromiso, hizo copia de cada una de las pinturas de esa colección, reproducciones que llevaría consigo a su ciudad natal y que tuvieran destinos diversos y no siempre venturosos.

Una de ellas, realizadas al eminente médico e investigador, y que hoy forma parte de una colección privada, nos da la imagen tal vez más cabal de Carlos J. Finlay.

En su trabajo “Cien años de retratística en Trinidad” (1830-1930), aparecido en la revista Tornapunta [2], la especialista Edelys Zulueta Zerquera nos revela varios detalles de la vida y obra del pintor trinitario, en la que destaca el perfil realizado sobre Finlay.

Herr y Grau cargó la mano en la representación de personalidades trinitarias o vinculadas a la historia de la localidad, como Federico Fernández Cavada o Juan Bautista Sportono y cabría pensar que la de Finlay tendría que ver con su casamiento con Adelaida Shine, joven que había conocido  durante su estancia en aquella ciudad. Sin embargo, es tan alta su contribución a la humanidad, que el homenaje hecho artes plásticas es más que lógico y pertinente. Y así, a través de los ojos y pinceles de Herr y Grau, podemos observar  el cuadro y conjeturar semejanzas en Finlay.

Un hombre pasado largamente los 60, frente despejada, ojos zarcos tras espejuelos sencillos, tez rubicunda, cabellos finos, blancos y peinados hacia atrás; barba también blanca estilo bifurcado —que algunos llaman “patillas unidas por el bigote”— cuello duro, lazo y traje negro contrastantes con camisa blanca.

Es posible imaginar a Finlay caminar con paso majestuoso, con maletín de cuero también negro, o luego de bajar del estrado donde presentaría su investigación sobre un mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla ―14 de agosto de 1881―, recibir la apatía de un auditorio descreído.

Cuentan que en aquella ocasión, mientras se retiraba del foro agradecía con una pequeña inclinación de cabeza, al doctor Claudio Delgado, su fraternal compañero de trabajo y a los Padres de la Compañía de Jesús, los primeros en servir para sus ensayos clínicos.

Tal vez haya sido muy personal y trasversal la percepción que el artista tuvo de Finlay, pero convergen demasiadas opiniones a favor de la proximidad de imagen del científico y semejanza del ser humano.

 

Notas:
1.      Elvia Albert Sandoval y Odalis Ramírez Escobar: “Antonio Herr y Grau y su legado plástico”. Boletín trimestral La Abeja de Trinidad, No. 1, diciembre de 2014. 
2.      Revista Tornapunta, No. 10, Verano, 2014.

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