Festival de Toronto confirma al 2015 como el año del cine latinoamericano

Joel del Río • La Habana, Cuba

Es cierto que la avalancha de películas latinoamericanas, en los eventos de primera clase, viene ocurriendo desde hace por lo menos un lustro, pero nunca como en este septiembre inundaron todas y cada una de las muy selectivas secciones del Festival de Toronto, en su significativa edición número 40, que contó con 399 filmes procedentes de 80 países, 1200 periodistas acreditados, y 475 mil espectadores que repletaron las 30 salas en que se exhibieron los filmes elegidos. Triunfar con el público y los especialistas congregados en la urbe canadiense significa, mayormente, acceder al mercado norteamericano, que sigue siendo el mayor en lo que a distribución cinematográfica se refiere.

Algunos de los principales títulos latinoamericanos llegaron luego de triunfar en Berlín, Cannes y Venecia, y aunque el Festival se concentre sobre todo en la compra y venta de películas, y esta vez entregó la mayoría de sus escasos premios (que se designan por votación popular) a películas de habla inglesa, la prensa y el público remarcó todo el tiempo la enorme calidad y atractivo, para todos los públicos, del cine latinoamericano contemporáneo. Por supuesto que estamos hablando de los mismos filmes que veremos, mayormente, dentro de un par de meses en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana, de modo que las noticias valen también como recomendación.

En la sección Masters, junto con las obras más recientes de Wim Wenders (Every Thing Will Be Fine), Alexander Sokurov (Francofonía) y Apichatpong Weerasethakul (Cementerio de esplendor), figuraron consagrados de la época del Nuevo Cine Latinoamericano como el mexicano Arturo Ripstein y el chileno Patricio Guzmán, con las respectivas La calle de la amargura y El botón de nácar. La primera, nos devuelve en plenitud de facultades al autor de El lugar sin límites (1977), El imperio de la fortuna (1986), Profundo carmesí (1996) y Así es la vida (2000) en su perpetua exaltación del espíritu trágico que signa la vida de los marginales y ninguneados. Filme rodado en blanco y negro, aproximación grotesca y sombría a personajes paradigmáticos del cine mexicano como los luchadores y las prostitutas con corazón de oro, La calle de la amargura, como toda gran película, conmueve, perturba y desconcierta casi en la misma medida.

El botón de nácar confirma a Patricio Guzmán entre los mejores documentalistas del mundo, aunque tal superlativo se acuñó desde los tiempos de La batalla de Chile (1973-1979), El caso Pinochet (2001), Salvador Allende (2004) y Nostalgia de la luz (2010). Esta vez, Guzmán les confiere voz y visibilidad a los indígenas patagones hostilizados, desde la conquista hasta el presente, pero se aleja del panfleto a través de una hermosa metáfora sobre la relación entre la humanidad y el océano, que también incluye la denuncia de la ancestral brutalidad predominante en la historia humana, todo ello expuesto en un tono metafísico y poético ampliamente elogiado en muy diversos foros.

En la nueva sección competitiva llamada Plataforma, creada especialmente para esta edición número 40 y consagrada a estimular las nuevas películas de la nueva generación de maestros, estuvo la argentina El clan y la brasileña Buey de Neón. La primera significa la revisión del pasado argentino por parte de un director como Pablo Trapero, mayormente concentrado en la contemporaneidad en cintas anteriores como Mundo grúa (1999), El bonaerense (2002) y Elefante blanco (2012). Con una extraordinaria actuación de Guillermo Francella, El Clan ha logrado notable éxito de taquilla en su país y ganó el León de Plata en Venecia con la estremecedora historia del Clam Puccio, una familia que se dedicó, en los años 80, a secuestrar, pedir rescate y asesinar a varias personas con apariencia “respetable”.

Buey de Neón es la segunda película de ficción del también escritor Gabriel Mascaró, quien se acerca al rodeo, un deporte tradicional en las regiones ganaderas de Brasil y que en aquel país llaman vaquejada. En una de sus modalidades, un vaquero trata de rendir a un toro halándolo por la cola, y el protagonista es uno de estos vaqueros que sueña con diseñar ropa para bailarines, de modo que el filme capta el contraste entre el trabajo duro del campo y otro tipo de aspiraciones, además de los hermosos paisajes rurales, contemplados con extático placer.

En la sección de Special Presentations, además del filme alemán Colonia, ambientado en el Chile convulso de 1973, y del norteamericano Sicario, que protagoniza Benicio del Toro y habla sobre el tráfico de drogas en la frontera norteamericana con México, estaba Desierto, el segundo largo del muy joven Jonás Cuarón, hijo del famoso Alfondo Cuarón (Gravity) y la extraordinaria El Club, continuación de las meditaciones sobre el pasado chileno según Pablo Larraín. Desierto se relaciona con el complicado tema de la inmigración en la frontera mexicana, y está protagonizado por Gael García Bernal. El director aludió tácitamente al discurso xenófobo de Donald Trump en conferencia de prensa cuando aseguró que se trataba de un asunto “pertinente, en tanto el tema del odio racial continúa integrándose al discurso político”. El filme ilustra la crueldad de un vigilante que, acompañado de un perro y una escopeta, caza inmigrantes en el desierto entre EE.UU. y México.

Ganadora de un Gran Premio especial del jurado en el festival de Berlín, la incisiva, cautivante y también perturbadora El Club trajo de vuelta a Toronto a Larraín, quien había estado presente en este festival con sus anteriores y extraordinarias revisiones históricas Tony Manero (2008) y No (2012). Intenso drama sicológico que expone los trapos sucios de varios ministros de la iglesia católica con un cuadro de actuaciones memorables entre las cuales sobresalen las de Alfredo Castro y Antonia Zegers.

Bajo el apartado que se nombra Discovery, el festival de Toronto incluye, cuidadosamente seleccionados, a los nuevos directores, quienes engrosarán las nóminas de los grandes y más reconocidos cineastas del futuro. Una de las máximas atracciones en este apartado la representó el filme venezolano Desde allá, debut en la ficción del documentalista Lorenzo Vigas y que sorprendentemente se alzó ganador del León de Oro, premio máximo del más reciente festival de Venecia. Desde allá también estaba protagonizada por el chileno Alfredo Castro en el papel de un médico aterrorizado por el contacto físico que se prenda, inesperadamente, de un joven prostituto.

Discovery también programó el multipremiado filme guatemalteco Ixcanul, de Jayro Bustamante y el mexicano Semana Santa, de la debutante Alejandra Márquez Abella. Ixcanul se considera una de las más brillantes óperas primas latinoamericanas de los últimos años, con su fábula de ribetes documentales que nunca abandona del todo el onirismo y la profunda subjetividad de sus personajes. También se sumerge en las opiniones y pensamientos de sus tres personajes principales (una mujer, su novio y el hijo de ella) durante unas vacaciones que apenas consiguen apartarlos de sus cotidianas preocupaciones.

Para tratar de mantenerse al ritmo de la explosión audiovisual del presente, el Festival de Toronto creó una nueva sección llamada Primetime en la cual se muestran algunos capítulos de la llamada narrativa serial, a la luz del renacimiento artístico verificado por las teleseries en fechas recientes. Junto con series tan famosas como Casual o Heroes Reborn, tuvieron su premier mundial los episodios 1, 2 y 8 de Cromo, una serie creada por Lucía Puenzo y Nicolás Puenzo, dentro del género del thriller pero basada en las historias reales de un equipo de científicos que expusieron crímenes ambientales verificados en el norte de Argentina.

El Contemporary World Cinema es una de las secciones de Toronto que cuenta frecuentemente con filmes latinoamericanos. Esta vez se incluyeron la brasileña Campo grande, de Sandra Kogut; la argentina La luz incidente, de Ariel Rotter; la uruguaya El apóstata, de Federico Veiroj; la colombiana El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra (también premiada recientemente en el festival de Cannes); la mexicana Te prometo anarquía, de Julio Hernández Cordón; y la peruana Magallanes, debut en la dirección del actor Salvador del Solar, protagonista de la muy recordada Pantaleón y las visitadoras, y que reúne elenco estelar con el mexicano Damián Alcazar, la peruana Magaly Soler y el argentino Federico Luppi en los papeles principales.

Pero es imposible abarcar en este texto ni siquiera un comentario mínimo sobre cada una de las numerosas películas latinoamericanas que pasaron por las pantallas de Toronto, de altísima calidad la mayoría de ellas. El Festival se inclinó al empuje del cine latinoamericano porque estas películas continúan defendiendo la identidad y la historia de las naciones, consiguen relatar hechos reales de manera conmovedora o apasionante, y tampoco olvidan que el cine puede ser útil para denunciar, criticar, comprometerse, crear belleza y recrearla.

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