Después de la guerra

G.V. Andersen • La Habana, Cuba

Llora. Sentado frente a la tumba comprende por qué la vida siempre le supo a mierda. Justo cuando le encuentra sentido a su existencia, viene aquella lápida a echarle la realidad en cara, a decirle que respirar no define entre estar vivo o muerto.

Gime otra vez, tras el esfuerzo de aguantarse las ganas de parecer hombre. El clavel blanco en su mano tiembla con cada sollozo. ¿Quién dijo que a los muertos les gustan las flores blancas?

Pone los ojos en sus zapatos. Sus viejos zapatos: desvencijados y sucios como nunca, o como siempre; apenas un antes que no había recordado. Un antes que lo remonta a aquella tienda donde le dijeron que eran de piel de cocodrilo, y que la suela había sido pegada con lo que pegaron la luna al cielo. Pero eso sucedió hace más de treinta años.

Ahora Heinrich acaba de salir de la trastienda. En una esquina tira un par de zapatos blancos y se acomoda los de piel de cocodrilo. Su disfraz está completo. Presuroso, cruza la calle. Por momentos oculta el rostro tras el sombrero, evitando miradas curiosas que se preguntan cómo, en medio de tanto desastre, puede alguien comprar zapatos nuevos. Heinrich huye, escapa de un pasado inmediato. Un día después de la guerra. Suficiente tiempo para querer olvidar sus crímenes de alemán consagrado a la raza. En Múnich deja sus bienes, una esposa embarazada, algunos muertos. Lo que sí tiene claro es que en Múnich no puede permanecer un minuto más; por eso escapa, con la idea de regresar en cuanto el Partido vuelva a organizarse.

─Hitler la cagó ─piensa mientras le muestra un fajo de billetes a un camionero.

─Por esa cantidad puedo llevarlo hasta Bulgaria ─responde el hombre.

─Acepto, pero no crea que puede engañarme ─dice Heinrich mostrándole la empuñadura de un revólver. El camionero se sobresalta, pero se repone al instante.

─Pierda cuidado. No soy un bandido. En media hora lo recogeré en las afueras de la ciudad.

Heinrich camina deprisa. Busca las callejuelas menos concurridas para evadir las patrullas del Ejército Rojo.

 

El ruido de un jeep lo obliga a voltearse. Reconoce enseguida las insignias soviéticas. Justo a tiempo se oculta entre las ruinas de un edificio. El vehículo detiene la marcha. Puede escuchar las voces de los soldados. Mencionan su nombre y comienza a sudar. Son como sabuesos: huelen la esvástica a kilómetros. Al parecer no van a moverse de ahí en buen rato.

─¡Mierda! Voy a perder el camión…

─Señor, ¿puede darme algo de dinero? ─dice una voz temblorosa a sus espaldas.

Heinrich se vuelve, nervioso. Una vieja, cubierta con un manto sucio, le extiende la mano.

─No tengo ─responde él y continúa mirando hacia la calle.

─Esos zapatos debieron costarle una fortuna, Heinrich Schmelzer.

Se espanta. El mundo se congela tras las palabras de la vieja.

─¿Cómo me llamó?

─Heinrich Schmelzer, ¿acaso ese no es su nombre?

─No sé de qué habla… Yo no soy…

─¡Claro que es Heinrich Schmelzer!

─Por favor, no grite.

─Es usted quien debería hablar más bajo. A mí ellos no pueden escucharme ─afirma la anciana señalando a los soldados que conversan y fuman recostados al jeep.

─¿Cómo me conoce? ¿Cuánto dinero quiere?

──¿Cuánto se le puede ofrecer a los muertos?

Heinrich queda mudo. Jamás ha sentido tanto frío en su vida. La vieja sonríe y muestra unas encías renegridas, con apenas tres o cuatro dientes. Un aura enigmática flota sobre su cabeza.

─No bromee ─ahora su voz es la que tiembla─. Diga, ¿cuánto quiere…? No puedo seguir perdiendo tiempo.

─¿Recuerda el día en que mató a mi esposo?

─Señora, por favor…

─Era un viejo de más de ochenta años, ¿se acuerda? Después asesinó a mis tres hijas y  a mi nietecito que apenas sabía hablar, y usted lo montó en un tren con destino desconocido, junto a cientos de personas,  muchas de las cuales  murieron asfixiadas, hambrientas, con las labios rajados por la sed, entre sus propias heces, unas encima de otras. Mi nietito fue una de sus víctimas, ¿sabe? Y todo porque éramos judíos…

─Comete un error…

─A mí me mandó a la cámara de gas.

─Muchos se han salvado…

─¡Cínico! ¿Qué posibilidad tiene una vieja de escapar de la cámara de gas?

─¿Qué quiere de mí? ¿Venganza?

─Más que eso, Heinrich Schmelzer: quiero que sienta el dolor de estar vivo, de perder a su ser más amado. Quiero que sepa cuánto pesa respirar después de la guerra.

─Pues será hoy.

─Se equivoca. Volverá a verme ese día. Solo entonces me iré en paz.

Los soldados encienden el motor del jeep y se pierden a la vuelta de otra calle. Heinrich se asoma con cautela de prófugo. Desde la esquina el claxon del camión avisa su llegada. Todo sucede al mismo tiempo. Parece cosa del Diablo, o de muertos. A sus espaldas la vieja ha desaparecido. Sólo quedan sombras y el edificio en ruinas.

En un pueblito de Bulgaria, Heinrich asienta lo que más tarde llamaría “negocio de cadáveres”. En realidad es una oficina subordinada a la funeraria que de alguna manera complementa los servicios fúnebres. Antes, los muertos del pueblo eran despedidos entre llantos, rezos, pero nadie pronunciaba un verdadero discurso de duelo. Heinrich pone fin a tan prehistórica costumbre y, honrando sus dotes oratorias, despide a cuanto “cristiano” decide pasar a mejor vida.

Nadie conoce su nombre, solo su talento. El temor a que lo descubran perdura aún, después de muchos años. En su negocio tiene una regla de oro: jamás conoce quién es el fallecido, no verá su rostro, ni averiguará su sexo. Se ha inventado una decena de discursos tan generales, que sirven lo mismo para mujeres, hombres, o niños.

─Es un ángel ─dicen algunos que no lo conocieron, que no lo conocen.

La verdad sobre Heinrich Schmelzer sale a la luz cuando cierra la puerta de su casa. Su pasado retorna, se sienta a su lado en el sofá, aparece en noticias de la prensa, come lo que él come, y lo acurruca hasta que se duerme y estallan entonces las pesadillas. Sus víctimas brotan de la tierra húmeda y lo empujan a la cámara de gas, o lo sientan en una silla eléctrica y luego hacen jirones con su piel empleando cuchillos muy afilados, mientras otros más avezados miden sus huesos y llegan a ridículas conclusiones antropológicas. Entonces siente las risas de todos sus fantasmas, hasta que despierta sudoroso y convulso.

A menudo llega a casa y encuentra fiestas, conversaciones entre personas que no conoce. Piensan que su hogar es el santuario de los judíos muertos. Heinrich adelgaza torturado por el estrés, no tiene paz. Como buen militar entiende que la falta de paz provoca guerra; pero sus enemigos son inmisericordes y etéreos. Ya luchó contra ellos cuando vivían y fracasó, ahora que están muertos debe luchar contra la locura. Necesita cambiar de enemigo, un blanco más vulnerable, corpóreo. Decide declararse la guerra a sí mismo. Una guerra sin tregua donde la única manera de vencer será muriendo.

El aire frío de la noche no lo detiene. Camina hacia un puente que se eleva a varios metros sobre el río, a la salida del pueblo.

─El infierno no puede ser peor ─piensa colocándose el lazo de una soga al cuello.

Ata el extremo de la cuerda a la baranda y comprueba su resistencia. Ya está, ahora salto y el tirón me desnuca al instante. Nada de dolor, se dice.

Heinrich se lanza al vacío. El segundo que demora en el aire le parece eterno. Recuerda cosas buenas: a su esposa, al hijo que nunca conoció, allá en Múnich.

El lazo se cierra bruscamente alrededor de su garganta y casi le desprende la cabeza. El dolor de la espalda le comprime los pulmones. La lengua se le escapa fuera de la boca y babea. Intenta tragar, pero es demasiado firme el nudo. Convulsiona, patalea como todos los ahorcados, como lo miles de ahorcados que vio patalear en su vida. De puro milagro no se ha partido las vértebras.  Lleva más de dos horas colgado. Le duele cada hueso, cada pedazo de carne, pero Heinrich no muere. Solo se ha quedado dormido. Una voz lo despierta, una voz que ya conoce y que lo aterra más que la misma muerte. Quiero que sienta el dolor de vivir, dice.

Intenta subir de nuevo al puente trepando por la cuerda. Por momentos, los brazos se le cansan y cae. El esfuerzo le arranca lágrimas. Es una tortura cada intento, hasta que por fin lo logra.

A empellones franquea el umbral de su casa. Cierra la puerta y es motivo de burlas para decenas de fantasmas.

─Al menos yo estoy muerto ─le dice uno que se burla desde el sofá.

Heinrich se mira al espejo. Aún la lengua le cuelga fuera de la boca. Duda si podrá volver a usarla. Tiene la garganta inflamada y un aro de sangre le rodea el cuello. Se mira un segundo más y recordando a la vieja, piensa: Solo he perdido una batalla.

Esa misma semana se corta las venas, pero la sangre coagula casi enseguida. Se lanza en picada desde el techo de la casa contra el pavimento. Los huesos le crujen, se agrietan, pero vive para contarse las puntadas de la herida en la cabeza. Por último, consigue una cápsula de cianuro que le quema el estómago, los intestinos, escupe sangre día y noche, mas la vida se  aferra a su cuerpo.

En cada discurso de duelo que realiza, deja en claro la envidia que siente del fallecido. ¡Cuánto diera por ser él! Por escapar de aquel maldito caparazón de carne y sufrimiento. Por no escuchar la voz de la vieja: Quiero que sienta el dolor de vivir.

─¡Maldita puta de cien años! ─grita─. ¡Debí haber picado a tu nieto en trozos!

Los fantasmas ríen, aplauden su desesperación.

Esta noche Heinrich bebe sin mesura. Sabe que mañana debe darle un discurso a alguien que murió de lepra; pero hoy no. Hoy quiere ahogarse en brandy. Nadie va a molestarlo en la barra del bar.

─Es un ángel ─dicen algunos─. A los ángeles no se les molesta.

Bebe copa tras copa. El sonido de la campanita tras la puerta indica que alguien ha entrado al establecimiento.

─Buenas noches ─dice para todos una voz femenina.

Se escuchan comentarios. La mujer es joven y bonita, la dama es bonita. Sin embargo, Heinrich la ignora. No quiere conocer a nadie más. Quiere morirse.

─Por favor, si alguno de ustedes pudiera ayudarme… Busco a un hombre. Es mi padre. Jamás le he conocido. Su nombre es Heinrich Schmelzer.

Un vaso cae contra el piso. Es el del viejo de los discursos fúnebres.

─¿Alguien puede orientarme dónde y cómo encontrarlo? ─nsiste la muchacha, pero nadie responde─. Bien, gracias, que pasen buenas noches.

Y se pierde tras el sonido de la campanita de la puerta.

Heinrich lanza un puñado de monedas sobre la barra. Sale presuroso. Ve el cuerpo de la muchacha desaparecer al doblar de la esquina. La persigue. Se detiene a unos pasos de ella, temeroso. Hace ademán de arreglarse el cabello y comprueba que no haya cianuro en su aliento. Carraspea. La joven no lo escucha. Tres pasitos más. Carraspea de nuevo. Esta vez ella se da vuelta.

─¿Puedo ayudarlo, señor?

Heinrich se estremece. Es idéntica a su madre.

─Estaba en el bar hace un momento, cuando usted preguntó por alguien…

─Así es. Pregunté por Heinrich Schmelzer.

─Dígame, ¿cómo ha llegado hasta aquí?

─Un viejo camionero me dijo que hace muchos años lo dejó en este pueblo.

─¿Y cómo supo el camionero su nombre?

─No lo sabía. Le mostré esta foto.

La muchacha extrajo una cartulina borrosa, muy antigua.

─¡Claro! ─dice Heinrich─. Ahí estaba demasiado joven.

─¿Lo conoce usted?

─Lo conozco como a mí mismo.

─Entonces lléveme hasta él.

─No, no, no ─responde nervioso.

No quiere que la primera impresión que se lleve su hija sea la de un padre fracasado, lleno de moretones y casi ebrio. Tendrá que esperar a mañana, cuando pueda reponerse.

─El viejo Heinrich tiene malas costumbres ─dice─, duerme muy temprano y no va a perdonarme que lo moleste.

─Pero llevo tiempo buscándolo.

─Está enfermo, entienda por favor. Mañana no será mucho tiempo.

─Bien. Al menos sé que está vivo. Mañana, al medio día, estaré esperándolo en el motel donde me hospedo… ¿sabe dónde es?

─¡Por supuesto! El único motel de este pueblucho.

Una sonrisa más y se despiden. En menos de una hora la vida de Heinrich cambia. Ve colores vivos donde antes hubo grises. Ahora encuentra sentido a su existencia. Una hija. La que abandonó en Múnich cuando aún no había nacido. ¿Y su madre? Ya habrá tiempo para preguntar por ella. Ahora disfruta su ración de júbilo, la única en más de treinta años. Va directo a su casa, a burlarse de la soledad de los fantasmas, a decirles que ya no lucha contra la vida, que los perdona. Ya es feliz, ya está en paz, sin guerra…

Entra al bar. Ha cambiado de rumbo. Si antes bebió de pena, por qué no hacerlo ahora de alegría. Comparte su festejo con la gente, con cada hombre, gasta su dinero y gasta tres botellas, hasta que el alcohol le anestesia los sentidos y duerme.

El sol lo despierta en plena calle. Seguro le han robado el dinero, pero al menos conserva sus viejos zapatos de cocodrilo. Tiene los bolsillos vacíos y el reloj marca las diez. Nadie lo ha despertado. Bueno, se lo merece, no conoce a nadie en el pueblo. Eso va a cambiar, está tan feliz que todo puede cambiar, incluso su trabajo.

─Mi trabajo! ─exclama─. Debo despedir al muerto de lepra.

Corre a la funeraria. En la oficina se arregla todo lo que puede. Por increíble que le resulta, hoy no le duele nada. Sale a la capilla. Allí está el cadáver.

─Pobre ─piensa y se sorprende.

Ayer mismo hubiera querido ser él. Es extraño. Nunca vio tan concurrida la capilla. Seguro fue alguien conocido.

Las personas pasan por su lado y lo ignoran. No lo saludan. De cualquier forma le da igual, ahorita va a hablar con su hija y el mundo le es indiferente. Es tiempo. Algunos hombres cargan el ataúd. Reconoce entre ellos a dos tipos que anoche estaban en el bar. En silencio camina hasta el cementerio mientras repasa su discurso. Debe ser general, ni para hombre, ni para mujer, solo general. Está frente a la fosa. Habla, pero algo sucede. Antes de que termine ya han enterrado al muerto. ¿Qué es esto? Jamás le habían faltado al respeto de esa manera.

─¡Oigan! ¿Qué se han creído? ─grita.

Nadie lo escucha. Lo dejan solo.

─¿Quién diablos es este muerto?

La joven de anoche se acerca despacio con los ojos encarnados por las lágrimas. En su mano lleva un clavel blanco.

─¡Señorita! ─le dice.

Pero ella no lo escucha. Besa el clavel, lo pone en la lápida y se marcha.

─¡Señorita! ─grita con fuerza─. ¡Soy su padre!

La muchacha se marcha sin voltearse. Heinrich cae de rodillas. Tiembla y teme mirar la lápida. No quiere romper su regla de oro, levanta de a poco la vista…

─¿Me recuerda? ─dice la vieja con voz temblorosa.

Heinrich Schmelzer asiente tras un sollozo que le corta las palabras. La vieja le pone una mano sobre el hombro, gustosa por lo que descubre escrito en la tumba: “AL VIEJO DE LOS DISCURSOS FÚNEBRES”.

─¿Por qué hoy? ─pregunta Heinrich─. ¿Por qué vine a morirme hoy?

─Porque ayer dejó de luchar contra la vida.

Heinrich ve que a lo lejos la figura de su hija se confunde con el horizonte.

─Supongo que así pierdo a mi ser más querido, ¿no es así?

La vieja suspira con su sonrisa de tres o cuatro dientes. Se sienta junto al hombre y le echa un vistazo a los pies.

─Aún recuerdo cuando se compró esos zapatos.

Heinrich la mira a los ojos.

─Sí ─responde─. Fue un día después de la guerra.

 

Tomado de Cubaliteraria

 

FICHA
G.V. Andersen (Pinar del Río, 1983). Licenciado en Derecho. Narrador. Mereció el Premio David 2014 de la UNEAC con el libro Etzamián, al cual pertenece el texto que hoy publicamos.  Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en el 2009.

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