Capricis for all your love

Pedro Ángel • La Habana, Cuba

Intensa, viva y enérgica como las piezas que pasaron por las tablas del Mella, fue la última temporada que Danza Contemporánea de Cuba (DCC) brindó al público habanero como continuación de las celebraciones por su aniversario 57.

Un trío de estrenos para Cuba; el debut del afamado bailarín norteamericano Rasta Thomas, estrella invitada de Danza Contemporánea para esta ocasión y su próximo viaje a México con el súper espectáculo Carmina Burana, coreografía de Georges Céspedes, basada en la cantata homónima del alemán Carl Orff; y la reposición elaborada de tres inquietantes piezas de las últimas cosechas del repertorio de la compañía, constituyeron los fundamentos de la temporada.

El estreno de Otros caprichos, versión de la obra Capricis, de la coreógrafa catalana Angels Margarit, marcó el inicio de la jornada, entregándose toda enérgica, libre,  vivificante, virtuosa y alegre, como el género musical que le sirve de apoyatura y le da nombre.

Otros Caprichos es faena que Margarit acomete sobre una selección de los famosos caprichos de Niccolo Paganini junto a 22 bailarines de Danza Contemporánea de Cuba, empleando un método de trabajo colaborativo y siguiendo la estructura modular de la versión original, concebido para una docena de bailarines de Mudances, y que se adjudicara, tras su estreno mundial en el Festival Grec de Barcelona, en 2013, el Premio Butaca a la mejor obra, elegida por encuesta popular.

Con 48 minutos de duración, Otros Caprichos se deja desmontar en 15 cuadros, correspondientes a otras tantas composiciones del gran violinista italiano. Es la misma obra pero es diferente. Y se asegura puede ajustarse a muchos otros modos. La danza como eje central del juego, el disfrute es uno de los fuertes de la obra de la Viñals. Códigos chispeantes en el baile, códigos en el vestuario… y cada uno de ellos tramado en complicidad con los bailarines de DCC, por demás, muy bien adiestrados en este tipo de ejercitación.

Todos vestidos de blanco, cada bailarín porta un atuendo que lo tipifica. Puede remedar al de su compañero de fila o a su pareja, si es el caso, pero nunca es igual. Cada vestimenta es un acertijo cardinalmente individual.

Sobre las tablas danzan pequeños grupos, parejas, tríos, filas, entrelazadas en ciertos casos, grandes grupos; saltan, acometen las faenas del piso, hacen todo tipo de giros, cargadas, cabriolas y se canta. Son voces hermosas que se desatan hacia los finales de la creación.

Pero, por encima de todo, el espectáculo es un desafío por calibrar las potencialidades del cuerpo danzante para solucionar los retos que le plantea una música juguetona y exigente. Cada danzante soluciona el enigma musical con recursos propios, de modo tan individual como conciben el baile y el vestuario. Torsos, cabezas, manos, piernas, caras, todo el arsenal gestual y las voces en función del eje musical.

Agradable y desafiante la obra de Angels Margarit Viñals quien, como una niña se complace todo el tiempo en jugar a los escondidos.

Otra gran atracción fue el debut habanero de Rasta Thomas, el mítico bailarín norteamericano, que luego de apropiarse del Concurso Internacional de Ballet de Varna comenzara a tejer una cadena de acciones heréticas que lo llevarían al moderno-contemporáneo, a los espectáculos de Broadway y a la creación de lo que se ha denominado Pop ballet y Ballet del siglo XXI.

A su paso por el Mella, se nos mostró en dos piezas breves pero intensas: Bumble Bee, de Milton Myers y un divertimento basado en El vuelo del moscardón de Nicolai Rimski-Korsakov que forma parte del Alabama Shakes, espectáculo musical coreografiado por Brandon Rusell que le propiciaron dar unas muestras de gran bailarín que es y le trajo los más vigorosos aplausos del público.

Desde su aparición no hubo dudas de que teníamos delante a un artista de los grandes, de esos que llenan el escenario con su sola presencia: versátil, limpio, histriónico, de formidable preparación física, dueño de cada uno de los componentes de su cuerpo, muy bien armado técnicamente pero libre, rítmico, relampagueante y poseído de una extraordinario comprensión de la relación música-danza.

Reversible, la hermosa pieza de Annabel López Ochoa, sometida a la prueba, de ser enmarcada entre las dos actuaciones de Thomas, demostró que no es solo una indagación en los avatares del género sino aún más: una obra muy dúctil que se remodela entrega a entrega pues cada zona de sí misma goza de una dramaturgia autónoma. ¿Qué puede decir el sorprendido cronista, si aún nadie conoce las verdaderas honduras de esta creación que inicialmente se dejó ver como un juego de vestuarios? Sólo agradecerles a la coreógrafa y su asistente, a los técnicos y, por supuesto, a los excelentes bailarines de Danza Contemporánea.

El Cristal, de Julio César Iglesias, es un trabalenguas de significados, un verdadero pandemónium escénico repleto de irrupciones, a veces avasallantes: música, voces en escena, carreras, saltos, retozos con cargadas, torsos que juegan a ser desvestidos, interpretaciones desde lo dramático al grotesco. Y… con todo ello, otra vez la labor esforzadísima de los danzarines.

Matria etnocentria, de George Céspedes, una de las buenas obras recién incorporadas al repertorio de DCC, sufrió el rigor de la extensión de cada jornada y, para una pieza tan exigente, en su apogeo, público y bailarines llegaban en comunión a asumirla en ese momento en que el cansancio asoma. Sería conveniente una nueva mirada con la sala repleta como bien merece la obra del talentoso Céspedes.

Feliz, en general, la entrega de Danza Contemporánea, en su interminable búsqueda de crecimiento y la aportación de nuevas voces a las esencias de la danza escénica habanera.

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