Voces muy altas (y en Esterio) contra la pared del silencio

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba

Hombre de su tiempo, cronista de la época, adeudo de su generación; todos y otros clichés más o menos pintorescos pudieran aplicarse con toda la razón del mundo al artista visual cubano José Esterio Segura Mora, cuya obra ha sido —temprana, aunque no prematuramente— antologada en la exposición Alta voz contra la pared, acogida por el Edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, como parte del programa general del Festival Las voces humanas.

Imagen: La Jiribilla

Atrapado fue su crecimiento físico, espiritual y artístico en la barahúnda sociopolítica de los años 90 (de hecho, su paso por el ISA se efectúa entre 1989 y 1994). Su obra se acrisola en una época de lancinante deconstrucción y brusco redimensionamiento de la realidad tal como los cubanos la conocían, quebraduras preceptuales y económicas, decisivas hasta hoy para el devenir de la nación. Semejante reacomodo experimentaron los enmadejados sistemas de relaciones entre los artistas e intelectuales con y respecto al poder, de su compromiso con el país, con su consecuencia.

A resultas, Segura es un artista nada dado al extrañamiento misantrópico y al existencial abstraccionismo, sino en constante y frenético diálogo con su contexto, con su pueblo, con su sociedad. Tal como se le venía pidiendo al “artista revolucionario” desde tres décadas atrás… pero, como los mejores y más audaces de su generación, no detentó un discurso precisamente optimista, triunfal y épico, sino crítico, impregnado de ironías y contrastes iconográficos.  

Entre las obsesiones más evidentes a lo largo de su obra está la migración, fase superior y espinosa del viaje; como complemento e inevitable inherencia de la insularidad que nos marca y nos ha demarcado como sociedad en el último medio siglo, y nos obsesiona casi voluptuosamente. Nuestro fruto prohibido por antonomasia. Así, el periplo —migratorio por obligación— aparece en su obra transversalizando otras axialidades vitales del cubano como las relaciones parentales y amatorias, quebradas o restructuradas (en el mejor de los casos) por la maldita circunstancia del viaje por todas partes.   

Imagen: La Jiribilla

En sus esculturas, instalaciones y grafitis (¡que levante la mano Basquiat!) se amontonan, aunque sin acusar tautologías, hibridaciones ingenieriles de nítidas semiosis, donde el avión, el automóvil estadounidense de los 50 (vaya, el “almendrón”), el barco, el submarino y hasta la bicicleta, se mixturan en máquinas fantásticas, soñadas por un Da Vinci tercermundista del siglo XX. Y es que la época de Esterio no deja de ser para Cuba menos que un Renacimiento, con agudos dolores de cesárea. De una rápida mirada, estos artilugios son verdaderas alegorías a la inventiva del cubano catalizada por la desesperación; superadas por una realidad donde efectivamente los almendrones navegaron. Desafortunado el Da Vinci italiano que pocos de sus proyectos vio aplicados…  

Desafiante de la ortodoxa tridimensionalidad que se le reclama a la escultura, el artista santiaguero la proyecta contra las paredes, sin desmerecer el efecto perceptivo que provoca la grandilocuencia objetual. La escultura se desmaterializa, se vuelve algo impresionante pero frágil e inasible, menos domeñable en tanto no se le puede circundar en una danza de poder. Los submarinos, aviones y autos “bocetados” en varias de las piezas no aparecen “apresados” en los tres ejes dimensionales de nuestro cosmos; sino que parecen figuraciones semipresentes en esta dimensión espaciotemporal, donde apenas se adivinan aristas de sus esquemas mucho más complejos.       

Imagen: La Jiribilla   

La fe cristiana de sesgo católico, con todas sus connotaciones de sacrificio, inmolación, penitencia y suplicio, es otro de los nichos discursivos de Segura, donde no deja de conjugar y sentar a la mesa del diálogo, varias iconografías incompatibles por principios, pero no por métodos y propósitos básicos. Sus santos y cristos martirizados con machetes y hoces, o atormentados sus brazos con chimeneas humeantes, sorteando las preocupaciones por una composición bella y mucho menos una factura virtuosa, son gestos urgentes, declaraciones, provocaciones, que readecuan y revalidan las morfologías del kitsch eclesial.

Más que “ilustrar” las contradicciones ideológicas entre política y religión que fueron insalvables durante no pocos años de apego a ultranza al ateísmo científico, las obras de Esterio parecen discursar acerca de las mucho más numerosas coincidencias entre ambas plataformas eidéticas y políticas (¿quién duda que la religión no es más que otra encarnación de la política? ¿Quién le pone el cascabel a un gato tan resbaloso?).

La escabrosa historia de amor entre Cuba y la Unión Soviética, otro de los signos de la época de Segura, no deja de hacer acto de presencia en su creación y en el muestrario de marras. Una hierática y desproporcionada koljosiana arrea un trineo de pequeños lagartos verdes (¿quizá de la especie Rombipher?).

Inquietantes, acres y provocadoras resultan las apropiaciones de la disneyana representación de Pinocho que el artista hace en varias de las piezas expuestas, indistintamente relacionadas con el viaje (siempre el viaje) y el analfabetismo funcional; antípoda este último del ingenuo triunfalismo que se refocila en el mero acto de identificar mecánicamente caracteres alfabéticos y numéricos, como signo de emancipación. La apropiación creativa de estos códigos básicos es harina de otro costal…

Alta es sin duda la voz de Esterio Segura, consecuente y obsesivamente fiel a una época, a un tiempo tan cataclísmico como el suyo. Pero no busca derrumbar la pared a puro impacto sónico como las trompetas de Jericó, sino fundirse con ella, integrársele en sus esencias más prístinas y recónditas, para luego emerger al otro lado de la murada. No en balde representa el altoparlante, conducto y símbolo directo de la alocución, con un etéreo tejido, engañosamente frágil…  

Imagen: La Jiribilla

      

 

   

 

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