Filmar (en) el mundo con el corazón
en la boca

Juan Carlos Calahorra • La Habana, Cuba
Fotos: Archivo
Para la Señorita Abuela,
que un día me entregó su bella desnudez
 

En esa joya que es Santiago (2007), el documentalista brasileño Joao Moreira Salles revisita —a varios años de distancia— el registro que realizara del peculiar mayordomo de su familia. Asistimos así al (re)montaje de unas imágenes y sonidos ante los cuales el realizador (se) lo cuestiona todo; desde las preguntas que le hiciera a Santiago entonces y las “órdenes” dadas para que hiciera tal o cual cosa, hasta los sitios elegidos para emplazar la cámara. De este modo van emergiendo las marcas de un pecado medular: haber proyectado en Santiago sus límites de clase y el poder doblemente ejercido —como cineasta y señorito―sobre la imagen del fiel sirviente, sesgos que acaso dejaron “fuera de campo” a su más genuina persona.

Imagen: La Jiribilla

El evangelio según Ramiro, documental del autor
 

Adiós para siempre al cine de la seguridad

Quizá en ningún género como en el documental sea tan íntima la relación entre ética y estética. Contrariamente a lo que aún muchos creen, documentar no es calcar el fenómeno, hecho o sujeto inscritos en una Historia presuntamente objetiva; sino registrar la huella de esa inscripción en nuestra propia subjetividad, con nuestro modo único de entender el mundo, de verlo y oírlo, de emocionarnos ante él. Justo en esa huella se funda lo estético. Si la obra no atrapa una vivencia estética en uno como realizador/persona —y no la promueve en el espectador—, sencillamente no es cine documental.

Quizá en ningún género como en el documental sea tan íntima la relación entre ética y estética.

Por eso pienso que al reclamarle complejidad y vuelo estético a una película de no-ficción, de alguna manera encarnamos —mucho menos que a esa frívola institución llamada Arte— a los frágiles sujetos y realidades del mundo que salen a la luz muchas veces completamente desnudos, sin el “mínimo ropaje” de la forma artística.

Es en el terreno de la forma —del cómo— donde el sujeto (re)presentado gana su dignidad o la extravía sin remedio, algo que resumió una profesora inolvidable cuando llamaba a “superar el grado 0 de lo informativo; pues si el mundo ya está ahí, ¿qué va a aportar que lo filmemos?” Solo ese gesto ambivalente de acercamiento radical y toma de distancia para reelaborarlo, justifica la inmersión documental. A los sujetos y realidades que asumen el riesgo de aceptar nuestra maquinaria, debemos reciprocarles —al menos— arriesgándonos contra todo facilismo [1] a transfigurarlos audiovisualmente, aunque pudiéramos fallar en el intento.

La ética alcanza asimismo la propia construcción de un relato significativo, vital para que el sujeto devenga personaje. [2] Este relato podrá beber de la fría Historia de donde lo hemos “sacado”, pero nunca deberá ser asimilado por ella. Al construirlo —en la escaleta o guion, y en la edición como última reescritura— estaremos afinando, complejizando, completando la mirada que un paseante fugaz pudiera tender sobre nuestro sujeto, y ello supone implicarnos en la suerte que ha de correr ante los ojos del mundo.

Solo en el devenir de un relato, el sujeto/personaje podrá redimirse frente al espectador más inclemente o más hambriento de morbo, ya que luchará por obtener o conocer algo, tendrá tiempo y espacio para transformarse y mostrar los muchos matices de su conducta y pensamiento, para dar razón última de sus defectos y miserias de hoy; de modo que además —o antes— de ser juzgado, podrá ser comprendido.

A los sujetos y realidades que asumen el riesgo de aceptar nuestra maquinaria, debemos reciprocarles —al menos— arriesgándonos contra todo facilismo [1] a 
transfigurarlos audiovisualmente, aunque pudiéramos fallar en el intento.

Pienso que la representación documental encierra en su mismo núcleo una paradoja ética: suele hacer foco en sujetos y realidades del mundo histórico —tragedias que muchas veces parecieran justificar su publicación como denuncia—, pero está llamada a subordinarlos, en última instancia, a un tema de mayor alcance. No basta con hablar de un sujeto o hecho; habrá que hablar desde ellos —poniendo en solfa incluso la propia voz (3) —. Esto vale también para cuando asumimos una representación más “transparente”, confiada a la observación que evita intervenir demasiado, pues no hay nada del todo casual en un filme: ni su protagonista, ni los sucesos que acontecen en presencia del equipo, ni mucho menos el orden final que damos a los fragmentos registrados.

Si no hallamos la universalidad —es decir, el tema profundo, las problemáticas filosóficas, culturales, políticas o sociales que nuestros personajes portan—, estaremos reduciéndolos a una pura fenomenología sin levadura. Sabido es que toda obra de arte debe proponer varios niveles de lectura; pero muchas veces las películas quedan como encerradas en sí mismas cuando el tema primario no logra dialogar con el tema profundo —o sugerirlo siquiera, para que el espectador construya ese diálogo—, y aunque nos puedan interesar inicialmente, al acabarlas de ver “se nos acaban”. Es nuestra misión entonces, independientemente del modo de representación que elijamos, descubrir en lo concreto y cotidiano —que es solo nuestra materia— el rostro de algo que lo ensanche y engrandezca.

Para el documentalista no hay vacaciones ni ratos de ocio: la película esta rodeándolo todo el tiempo, reclamándole una actitud propicia para vislumbrarla.

Imagen: La Jiribilla

Desde que hago o pienso documentales me agoto más, vivo por tres y con el corazón en la boca —pero también en las manos—. Al temor de ser abucheado por el público, se ha sumado el terror de traicionar a mis personajes “reales” y la ansiedad de verlo y oírlo todo. Solo tengo una compensación: ahora soy más sensitivo, fraterno y útil.

De la cautela, la comodidad o la indiferencia ante el mundo, no podrá salir obra de arte alguna, menos cine documental. Y siempre habrá buenas razones, pretextos y aun falsos mitos que nos disuadan de hacerlo. Que se apoya y se exhibe menos. Que no me dieron permiso. Que el sujeto siente pena —o peor, y más común de lo que se piensa, miedo—. Que el tema es muy complejo, muy aburrido o no lo elegí yo. Que esta censurado. Que no quiero “marcarme”. Que lo real está agotado, sobrefilmado, mudo. Que casi todo es turístico, vulgar y sucio, fondo de vanos videoclips, tema de inocuos reportajes. Que los delirios y las luces son de la ficción.

En la urgida, seductora y confusa Cuba de hoy, el primer imperativo ético del documental es justamente ser, hacerse. (4) Bienvenido/a al grupo más pequeño.

 

Texto tomado del Bisiesto. Periódico de la Muestra Joven ICAIC. No.4, p.p. 8,  2014

 

Notas
1.-  Pienso que la apelación a ciertos moldes preestablecidos —empezando por la clásica entrevista frontal alternada con imágenes alusivas— denuncia en primer lugar pobreza de referentes sobre el género. Salir a buscarlos es también un asunto moral.
2.- La renuncia a priori a organizar una estructura lógica en pos de una incontinencia formal que agota los efectos de Photoshop, suele revelar —cuanto menos— una egolatría que al cabo rebaja al sujeto o hecho representados a una condición de meros pretextos.
3.- Los intensos dilemas éticos de la instancia enunciadora en el género han dado lugar a todo un modo de representación —el documental reflexivo, como el mismo Santiago de Moreira Salles— que toma como centro de indagación y cuestionamiento no el mundo, sino la posición del realizador frente a aquel en su intento por representarlo.
4.- Advierto tibieza en los realizadores jóvenes —me incluyo—: nuestra realidad, que se suponía lenta, parece ir más rápido que nuestro afán por representarla. Surgen nuevos escenarios y actores sociales por doquier, huracanes devastan ciudades —Santiago de Cuba de mi fe—, nacen cada vez más productoras que viven de la publicidad y los videoclips, y nos faltan documentales. No hablo de mímesis, sino de una urgencia que precisa ser estetizada y producir verdaderas obras de arte.

 

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