Y no había luz: Diez años encendiendo delirios

Norge Espinosa • La Habana, Cuba
Fotos: Archivo del grupo y cortesía del autor

Arribar a una primera década de vida es, para cualquier grupo teatral, una suerte de aventura. Lo ha sido también para los integrantes de Y no había luz, una de las agrupaciones puertorriqueñas que con sus puestas en escena, talleres, y trabajos audiovisuales, ha logrado llegar a esta nueva fase. Un momento de repaso a toda su trayectoria, que lejos de significar un cierre, habla más bien de una nueva apertura, del comienzo de un ciclo donde también se retarán a sí mismos, y al espectador que les ha mostrado fidelidad durante todo un decenio.

Celebrar tal acontecimiento con una exposición que permita admirar en un marco único toda la memorabilia de ese quehacer, es un doble privilegio. Y si, como es el caso, el sitio que se brinda para tal repaso es el más importante museo del país, pues se añaden al festejo muchos otros motivos de alegría.

Imagen: La Jiribilla

Es lo que ha sucedido ahora, cuando el Museo de Arte de Puerto Rico (MAPR) invitó a los integrantes de Y no había luz para cubrir con sus títeres, objetos, elementos teatrales y videos varias salas de dicha institución. La muestra se abrió el 17 de abril y siguió convocando al público hasta el pasado agosto, a petición popular, pese a haberse programado solo hasta el 28 de junio. Un conjunto de foros, funciones y encuentros con los artistas de la agrupación complementaron la muestra, que tuvo un cierre de lujo del cual pude ser testigo.

Francisco Iglesias, Yussef Soto, Nami Helfeld, Yari Helfeld, Carlos José “Gandul” Torres y Pedro Iván Bonilla son los teatreros de Y no había luz. Son egresados de la Universidad de Puerto Rico y poco a poco crearon ese espacio de confluencia titiritera que es la compañía. Aceptaron el reto de invadir gozosamente las salas del MAPR y descubrieron que ello los convertía en espectadores de una historia que han ido armando títere sobre títere y montaje sobre montaje. Amantes de la fusión de expresiones alrededor de la figura animada, los impulsa una concepción moderna y libre de un arte tan antiguo, que no pacta con una idea estrecha de lo que puede o debe hacer el actor en relación con el muñeco al que da vida. Las fábulas que narran apelan a cuestiones universales, y la imagen en movimiento es una clave de seducción que los caracteriza. Montajes como Cutendencia, Fin del sueño, De diván y temporal son algunos de sus títulos recientes, en los que demuestran ese afán que ya los identifica, como experimentadores que decidieron intervenir la galería del museo desde ese afán provocador, que los hizo concebir la muestra no como una exposición al uso, sino como una “apropiación”. Y el término es exacto, pues el logro mayor de este salto ha consistido en que la frialdad del museo, su aire académico y su atmósfera más reposada no acalló lo que dicen, por sí solos, estos títeres y objetos acerca de un periplo que es no solo la vida del grupo a lo largo de una década, sino la de cada uno de sus miembros, enlazados en esa utopía que insiste en hacer ver allí donde no había luz, aparentemente.

Imagen: La Jiribilla

El primer espacio de la exposición acumula muñecos y elementos de puestas diversas, unidos a muebles y objetos que provienen de la sede del grupo, ubicada en la Avenida Ponce de León. Son los títeres los que regentean ese recibimiento, dando al espectador la esencia de lo que luego se verá: un espacio de libre encantamiento donde coinciden colores, texturas, técnicas, dimensiones, en un caos que sin embargo genera un orden, conectando esos fragmentos con el carácter mismo de la compañía. El segundo espacio se abre a dimensiones mayores, y un árbol gigantesco de papier maché domina esa noche en la cual, además, una luna gigante se asoma a un mar de tela, que despierta de vez en vez, como para sacudir a los peces cercanos, que nadan en un oleaje de tul. Piezas surrealistas asoman en ese entorno, donde títeres corpóreos se unen a figuras del teatro de sombra, y dan paso al tercer punto de la exposición, en la que pueden verse tres cortometrajes, que hablan de la relación de algunos integrantes del grupo con la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños y donde el sentido lúdico que identifica a Y no había luz también consigue seducir al visitante.

El grupo está a la vanguardia de esta expresión en Puerto Rico, y es una pena que conozcamos poco acerca de ellos en Cuba. Una reciente entrega de la revista Conjunto, dedicada al teatro boricua, presenta una entrevista con sus miembros, realizada por Vivian Martínez Tabares. Entre sus maestros y colaboradores se encuentran Rosa Luisa Márquez y Deborah Hunt, ambas conocidas en nuestro país. Ellas estuvieron en el cierre de la exposición, junto a muchos otros teatristas, para acompañar a los de Y no había luz en esa procesión que enlazó a creadores, amigos y público en general. La idea feliz fue la de pedir a todos que ayudaran a la compañía a trasladar los títeres y objetos de la muestra hasta el cuartel de mando del grupo, y así fue: poco a poco, en un acto de diálogo pleno y confianza mutua, todo lo que aparecía en la exposición volvió a su casa, entre la algarabía que músicos, zanqueros y teatreros aportaron al acontecimiento a través de las calles de Santurce. Ello concluyó con el recibimiento en la sede, y una breve representación en la que actores, elementos titiriteros y música se fusionaron para dar un ejemplo claro del estilo y la entrega de Y no había luz.

Me alegra infinitamente que una institución como el MAPR se abra al teatro de la manera en que lo ha hecho ahora, y más, con el teatro de figuras, que suele ser tenido a menos por quienes creen que el teatro verdadero es solo cosa de actores. En Cuba, hasta la fecha, no recuerdo que ninguno de nuestros museos más célebres haya hecho lo mismo respecto a grupo alguno, demostrando que pese a la iniciativa de algunos curadores, seguimos moviendo conceptos anquilosados acerca de lo que debe aparecer o no en una galería, y sobre la relación que puede o no tener un sitio de esta índole con otras expresiones, más allá de las artes plásticas. En un mundo donde cada día más se mezclan fórmulas, y el arte mismo difumina sus fronteras, tiempo es ya de que nuestros museos despierten y convoquen no solo a teatristas, sino también a otros creadores que rompan con una línea que solo de cuando en cuando se quebranta, como si estuviéramos anclados en el siglo XIX. Por suerte la labor de galerías como El Retablo, en Matanzas, o la Raúl Oliva, en la capital, recuperan señales de nuestro patrimonio de diseño escénico que han ayudado a preservar mucho de la frágil materia con la cual se hace la escena, y a revitalizar el interés hacia colectivos y maestros indispensables.

Tres viajes a Puerto Rico me costó el llegar a Y no había luz. Cuando pasé por San Juan anteriormente, me faltaba el tiempo o los contactos precisos para dialogar con ellos. Ahora, por suerte, no fue así, y pude conversar con sus miembros, verlos en acción, y felicitarlos. Diez años no han traído adormecimiento a su aventura, sino todo lo contrario. Esta experiencia los ha revitalizado, y ha subido el nivel de sus propias exigencias hacia otros destinos. Un contacto entre ellos y grupos nuestros como Retablo, Teatro de Las Estaciones o Teatro Tuyo sería indudablemente muy fructífero, pues tienen no poco de sintonía con estas agrupaciones, integrantes de la primera línea de esta manifestación en la Isla. Y hora es de que puedan presentarse en un espacio como el Mayo Teatral o el Taller Internacional de Títeres de Matanzas. Obra y talento tienen para ello. Por lo pronto, alguien me asegura que estarán en Cuba en abril de 2016. Sirva esta nota que los saluda en su primera década para dejar encendida una señal de alerta, esperándolos ya. Y asegurándoles el aplauso del público cubano. 

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