Orgullo por “Himno del desterrado”.

Ana Cairo • La Habana, Cuba
¡ Heredia lo dijo! Profético un día
mirando las ondas hirvientes del mar
predijo que su patria libre sería,
y Cuba luchando con férrea energía
al  triunfo en la lucha logró conquistar.
[…]
¡Heredia fue el Genio! El Genio inspirado
que trajo del cielo la santa misión
de alzar con su aliento al pueblo postrado,
y el pueblo resuelto, valiente y osado,
en rudos combates venció la opresión.
[…] [1]
  Pedro Santacilia.
 

Cada año, la celebración de la jornada de la cultura cubana debería invitar al fomento de la creatividad y al realce de obras fundamentales como el poema “Himno del desterrado”, escrito por José María Heredia (1803-1839) en septiembre de 1825. Con orgullo debemos festejar  los 190 años de su  escritura y difusión.

Imagen: La Jiribilla

Contra la esclavitud

El  primero de nuestros bardos entre los ilustrados románticos también fue un buen político. En la adolescencia ya se esmeraba para validar la emocionalidad de dos sujetos coloniales que clamaban por la justicia, como se demuestra  “En la abolición del comercio de esclavos” (¿1818?).

La buena  noticia de que la monarquía española, regida por Fernando VII, había firmado un tratado con Inglaterra para eliminar progresivamente la trata negrera había entusiasmado al adolescente. Había querido testimoniar  su alegría con versos de poca calidad; lo cual no importaba porque sabía que se trataba de un tema tabú y que no se publicarían.

En el poema  se contrastan dos voces. La primera voz lírica, con gran ingenuidad, cree que los negreros  se transforman en fieras debido  a la codicia. La segunda voz sorprende más porque es el lamento de las víctimas, los africanos esclavizados:

Ya el hombre no obedece
al dulce y blando imperio de Natura.
De codicia  insalvable devorado
racional no parece.
¡Ay! A la humanidad, a la ternura,
de su alma empedernida ha desterrado,
del interés llevado,
y en fiera convertido,
de su tráfico objeto el hombre ha sido.

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Exponiendo su vida,
el europeo feroz en frágil nave,
a África dirige su camino.
Si no está embravecida
la mar, y logra viento que suave
empuje su gran fuerza el alto pino,
aporta a su destino,
a do lleva el espanto,
el dolor, la tristeza, el luto y llanto.

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Lisonjeando inhumanos
el vicio de los negros dominante,
compran a muchos de estos desdichados,
se venden los humanos;
el tierno joven y su dulce amante
se miran con horror ya separados.
Los padres arrancados
a su prole inocente…
¿Tanta crueldad el cielo la consiente?

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Mas ya de vuelta aferra
aquel buque, y los negros miserables
se llevan como bestias al mercado.
Lloran allí su tierra
con gritos y sollozos lamentables:
cada cual tiene precio señalado,
y cuando le han comprado,
al campo se le lleva,
do halla fatiga dura y siempre nueva

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Con tristísimas voces
lamenta en que está en África su suerte,
y así clama lloroso y afligido:
blancos, hombres feroces,
que nos hacéis apetecer la muerte,
ya todo por vosotros lo he perdido
quitarme habéis querido
mis hijos  y mi esposa,
que gimen en cadena lagrimosa.

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Acaso  por mí mismo
mañana volverán. Terrible Oceano
¿Por qué a sus naves de codicia henchidas,
en tu espantoso abismo
no procuras  hundir con fuerte mano?
¡Mírense con sus dueños sumergidos!
Perdiendo éstos las vidas.
En tu furia extremada,
la triste humanidad será  vengada.

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Aquí  una voz: ¡Oh  negros desdichados,
ya vuestros males término han tenido:
ya no seréis del África arrancados;
Fernando libertaros ha querido.[2]
 

En los inicios  de la década de 1820, cuando debía implementarse el fin de la trata negrera, ocurrió todo lo contrario porque se multiplicaron los viajes con ganancias mayores para los empresarios y para las autoridades coloniales y metropolitanas que cobraron al más alto precio los servicios de seguirla facilitando.

En 1819, la familia Heredia se trasladó a la ciudad de México, porque José Francisco, el padre, trabajaba como magistrado  en el sistema judicial del virreinato. José María estudiaba derecho en la universidad y se interesaba por el debate político independentista que había generado la insurrección del cura Miguel Hidalgo desde septiembre de 1811.

José Francisco falleció en octubre de 1820. La familia regresó a Cuba. José María permaneció en La Habana para continuar los estudios universitarios y viajaba con frecuencia a la ciudad de Matanzas, donde se establecieron bajo la protección del tío Ignacio, dueño de un cafetal.

El fin del virreinato mexicano y la proclamación de Agustín Iturbide como emperador (septiembre de 1921) fueron acontecimientos seguidos por José María. Escribió “Oda a los habitantes de Anahuac” (1822), en los que saludó la liquidación de la colonia y censuró la variante imperial.

Se afilió a la logia de los Caballero Racionales, una de las redes de la conspiración cubana de los Soles y Rayos de Bolívar. Creía en el independentismo republicano.

En octubre de 1823, las autoridades coloniales ordenaron el encarcelamiento de los conspiradores. Se desató una brutal represión. Lo escondieron hasta que a finales de noviembre pudo embarcarse. Es entonces cuando escribe  “La estrella de Cuba”, su primer texto en defensa del independentismo.

El 4 de diciembre llegó a EE.UU. Vivió en Boston. Filadelfia, Nueva York y Nueva Orleans. Aprendió con rapidez el inglés. Confiaba en las gestiones de familiares y amigos para que se derogara la orden de encarcelamiento. Preparó la edición de sus Poesías (1825) y organizó la distribución y la venta.

En 1824, Agustín Iturbide fue fusilado. Se liquidó el imperio y se proclamó la república mexicana. Guadalupe Victoria se convirtió en el primer presidente.

En mayo de 1825, el capitán general Dionisio Vives organizó la comisión militar ejecutiva  permanente. Era el aviso público de que la  máxima represión continuaría por tiempo indefinido.

Heredia no se adaptaba al frío intenso en Nueva York y ya sabía que no podía regresar a Cuba. Pensó en quedarse a vivir en Nueva Orleans, el punto más cercano de La Habana.

Por otra parte, le fascinaba  la idea de participar en la primera experiencia republicana en México. Contactó con Guadalupe Victoria, quien lo invitó a trabajar en su gobierno.

Pobre sí, pero libre

El 7 de septiembre de 1825, José María abandonó EE.UU. con destino al puerto de Veracruz. Después, haría el fabuloso recorrido hasta la capital mexicana. Allí, comenzó la asombrosa trayectoria del político al laborar en el propio Palacio Presidencial.

Fue uno  de los que favoreció la conspiración del Águila Negra para impulsar otra variante de expedición para independizar a Cuba. En 1829, se desencadenó la persecución de sus miembros en la isla. Fue incluido en el proceso judicial. En 1831, al dictarse la sentencia, apareció entre los condenados a muerte y a quienes se les confiscaría los bienes.

En septiembre de 1825, al divisar las costas de Cuba desde el barco, en particular el litoral norte de Matanzas, escribió el “Himno del desterrado”, el cual se difundió con notoria rapidez por las formas más insólitas de la tradición oral.

El poema comienza con una gradación  afectiva. El sujeto lírico identifica una geografía y de inmediato evoca a sus amigos, a un amor, a su familia y a su patria:

Reina el sol y las olas serenas
gira en torno la prora triunfante,
y hondo rastro de espuma triunfante
va dejando la nave en el mar.
“!Tierra!” claman: ansiosos miramos
al confín del sereno horizonte,
y a lo lejos descúbrese un monte…
le conozco… ¡Ojos tristes, llorad!

------

Es el Pan … en su falda respiran
el amigo más fino y constante,
mis amigas preciosas, mi amante…
¡Qué tesoro de amor tengo allí!
Y más lejos mis dulces hermanas,
y mi madre, mi madre adorada,
de silencio y dolores cercada
se consume gimiendo por mí.

------

Cuba, Cuba, que vida me diste,
dulce tierra de luz y hermosura,
¡Cuánto sueño de gloria y ventura
tengo unido a tu suelo feliz!
¡Y te vuelvo a mirar…! ¡Cuán severo
hoy me oprime el rigor de mi suerte!
La opresión me amenaza  con muerte
en los campos do al mundo nací!

Hasta aquí el poema continúa transitando por la emocionalidad política que ya había expresado en “La estrella de Cuba”, o en “A Emilia”. El salto cualitativo comienza cuando detalla elementos de la dominación colonial:

La doble esclavitud: la sufrida como explotación laboral por una mayoría de la población negra, africana o criolla; la sufrida como dominación política por todos los cubanos. Esta metáfora bifronte sobre la esclavitud sería reiterada por decenas de intelectuales hasta el 31 de diciembre de 1898.

La corrupción y enriquecimiento de las autoridades que contrastaba con la pobreza y dignidad de los cubanos  ya autoemancipados y autotransformados en nuevos sujetos políticos.

La libertad es un derecho natural y político de cada cubano. Es un acto de dignidad autoemancipativa, que suele ser previo a la acción colectiva de un pueblo ya con una conciencia de la categoría política de patria.

Heredia, como político ilustrado latinoamericano y admirador de Simón Bolívar, representó una modalidad del romanticismo en los que la pasión y la razón van unidas. Argumentó convincentemente, usando las antítesis, las diferencias con las que se podían  legitimar los anhelos de una ruptura anticolonialista:

Mas, ¿qué importa que truene el tirano?
Pobre sí, pero libre me encuentro:
solo el alma del alma es el centro
¿Qué es el oro sin gloria ni paz?
Aunque errante y proscripto me miro
y me oprime el destino severo:
por el cetro del déspota ibero
no quisiera mi suerte trocar.

(…)

De un tumulto de males cercado
el  patriota inmutable y seguro,
o medita en el tiempo futuro,
o contempla en el tiempo que fue.
Cual los Andes en luz inundados
a  las nubes superan serenos,
escuchando a los rayos y truenos
retumbar hondamente a su pie.

-------

¡Dulce Cuba! En tu seno se miran
en el grado más alto y profundo,
las bellezas del físico mundo
los horrores del mundo moral.
Te hizo el cielo la flor de la tierra;
mas tu fuerza y destinos ignoras,
y de España con el déspota adoras
al demonio sangriento del mal.

------------

¿Ya qué importa que al cielo te tiendas,
de verdura perenne vestida,
y la frente de palma ceñida
a los besos ofrezcas del mar.
Si el clamor del tirano insolente
del esclavo  el gemir lastimoso,
y el crujir del azote horroroso
se oye solo en sus campos sonar?

--------

Bajo el peso del vicio insolente
la virtud desfallece oprimida
y a los crímenes y oro vendida,
de las leyes la fuerza se ve.
Y mil necios, que grandes se juzgan
con honores al peso comprados’
al tirano idolatran, postrados
de su trono sacrílego al pie.

¿Por qué Heredia calificó a su poema como un himno?  Esta modalidad  había sido privilegiada  por los intelectuales de la Revolución Francesa  y se había impuesto como una opción política. Toda buena causa debía tener su poema de combate, o su canción. Se trataba de una herramienta patriótica con eficiencia demostrada. La tercera parte del texto era un llamado a la acción:

Al poder el aliento se oponga
y a la muerte contraste la muerte.
La constancia encadena suerte;
siempre vence quien sabe morir.
Enlacemos un nombre glorioso
de los siglos al rápido vuelo;
elevemos los ojos al cielo,
y a los años que están por venir.

------

Vale más a la espada enemiga
presentar el impávido pecho,
que yacer de dolor en un lecho
y mil muertes muriendo sufrir.
Que la gloria en las lides anima
el ardor del patriota constante,
y circunda  con halo brillante
de su muerte el momento feliz.

-----

¿A la muerte teméis…? En las lides
vale más derramarla a raudales,
que arrastrarla en sus torpes canales
entre vicios, angustias y horror.
¿Qué teméis?  Ni aun sepulcro seguro
en el suelo infelice cubano.
¿Nuestra sangre no sirve al tirano
para abono del suelo español?

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Si es verdad que los pueblos no pueden
existir sino en dura cadena,
y que el cielo feroz los condena
a ignominia y eterna opresión,
de verdad tan funesta mi pecho
el horror melancólico adjura
por seguir la sublime locura
de Washington y Bruto y Catón.

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¡Cuba! Al fin te verás libre y pura
como el aire de luz que respiras,
cual las ondas hirvientes que miras
de tus playas la arena besar.
Aunque viles y traidores le sirvan,
del tirano es inútil la saña,
que no en vano entre Cuba y España
tiende inmenso sus olas el mar.[3]

Las resonancias

En 1832, Heredia vivía en la ciudad de Toluca. Con la ayuda de Jacoba, su esposa, realizó la segunda edición (considerada definitiva) de sus Poesías.  Para que el libro pudiera circular en Cuba, excluyó los poemas patrióticos de los ejemplares enviados a su madre en Matanzas.

Por vías clandestinas, remitió el pliego con dichas poesías para que se completaran en el mayor silencio unos pocos ejemplares. Por supuesto, Domingo del Monte (1804-1853) tenía el suyo. En varias ocasiones, aludió al poema famoso e innombrable usando los versos  conocidos: “las bellezas del físico mundo” y “los horrores del mundo moral”.

La denuncia de la sentina colonial se convirtió en un motivo temático de nuestra literatura. José Antonio Saco lo hizo de manera indirecta en su ensayo “Memoria sobre la vagancia en  la isla de Cuba” (1832). Cirilo Villaverde rindió homenaje a Heredia y a Saco en su famosa novela  Cecilia Valdés (1882).

Los poetas Juan Clemente Zenea (1832-1871) y Pedro Santacilia (1826-1910), enemigos del colonialismo español y exiliados políticos en EE.UU., publicaron El laúd del desterrado (1858), primer repertorio de la poesía política cubana. Por supuesto, el “Himno…” abría la muestra.

No fue hasta la edición de 1875 hecha en New York por el polígrafo Néstor Ponce de León (1837- 1899), con la ayuda de su suegro Antonio Bachiller y Morales (1812-18889), biógrafo del poeta, que el “Himno del desterrado” pudo leerse  y valorarse como parte del corpus total herediano.

Al cumplirse el cincuentenario de su escritura, ya sorprendía cómo dichos versos habían sido memorizados por miles de cubanos partidarios del independentismo, quienes lo recitaban en los campamentos mambises, en las cárceles de Cuba y España, en los cadalsos, y en los actos patrióticos de las emigraciones en diversos países.

A partir de la Revolución de 1868, el único texto que lo rebasó en importancia fue el “Himno de Bayamo” de Perucho Figueredo.

Con motivo del centenario del natalicio de Heredia en diciembre de 1903, desde México, todavía  Pedro Santacilia recordaba la emoción patriótica que suscitaba “Himno del desterrado”. Sin embargo, dentro de la intelectualidad política republicana predominaba el criterio de que había que facilitar el olvido del profundo diferendo ideológico que había suscitado el colonialismo español. Crecía demográficamente la inmigración. Una parte de la burguesía tenía esa nacionalidad y clamaba por la desmemoria.

Por tal motivo, cuando se decidió que el “Himno de Bayamo” de Perucho Figueredo debía ser nuestro “Himno Nacional” se le suprimieron dos estrofas. Se prefirió recordar al bardo de  “Oda al Niágara” y dejar en las sombras al “Himno del desterrado”.

En octubre de 1959, en un memorable discurso, el comandante Camilo Cienfuegos recitó la estrofa final de “Mi bandera” (1899) del matancero Bonifacio Byrne, como un legítimo símbolo de patriotismo republicano antimperialista. Gracias al gesto de Camilo, los niños se lo aprenden en las escuelas.

Pienso que el ensayo “Patriotismo” (1824) de Félix Varela y el “Himno del desterrado” deberían también enseñarse porque son textos imprescindibles para entender los diálogos entre la pasión y la razón en el proceso de conformación del pensamiento independentista y de la nacionalidad cubana, como una identidad anticolonialista, como un ejercicio de la dignidad personal y colectiva, de la libertad autoemancipatoria, que nos ha definido como seres humanos y que nos debe enorgullecer, como pueblo y como nación soberana.

 

 


[1]  Pedro Santacilia: “Heredia”, revista El Fígaro, 10 de enero de 1904, p. 26.
[2] José María Heredia: "En la abolición del comercio de esclavos”. Obra poética, Editorial Letras Cubanas,, La Habana, 1993, pp. 316-317.
[3] José María Heredia. "Himno del desterrado”, Obra poética, ob.cit., pp. 140-142.

 

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