Jorge Drexler en La Habana:

Un brevísimo lapso de estado de gracia

Fidel Díaz Castro • La Habana, Cuba

Uno siempre teme que un cantor con resonancia internacional asuma un distanciamiento casi imprescindible ante las cumbres de los grandes mercados de la palabra, dado que esa misma mecánica está diseñada en los grandes circuitos para que los músicos, en la medida en que se tornen populares, se vayan arropando con cierto glamour, que puede llegar a límites en extremo ridículos.

Claro que Jorge Drexler no fue el caso, aunque se trata de un cantautor internacionalizado especialmente a partir de haber obtenido el premio Oscar, como es sabido, por la pieza “Al otro lado del río”, para la película Diarios de motocicleta, sobre el primer viaje por Suramérica de Ernesto Guevara como su amigo García Granados.   

Clavo mi remo en el agua,
llevo tu remo en el mío.
Creo que he visto una luz
al otro lado del río.

Desde que llegó a la sala del Hotel Capri para la conferencia de prensa del evento Voces Populares al que vino invitado, tuvimos delante a un ser humano extraordinariamente sencillo, de esos que saben que la vida es aprender, y que un cantor no es más que un escribano de la sabiduría popular, un recopilador de las almas, los dolores y los sueños de un pueblo (sea el del pequeño terruño, o el humano) para devolverlo poetizado, y hacerlo así útil para más personas.  

Esto que estás oyendo
ya no soy yo,
es el eco, del eco, del eco
de un sentimiento;
su luz fugaz
alumbrando desde otro tiempo,
una hoja lejana que lleva y que trae el viento.

Yo, sin embargo,
siento que estás aquí,
desafiando las leyes del tiempo
y de la distancia.
Sutil, quizás,
tan real como una fragancia:
un brevísimo lapso de estado de gracia.

En la conferencia de prensa le mencioné un momento fundacional de la canción del sur, el día de 1911 en que El Morocho y El Oriental, Carlos Gardel y José Razano, respectivamente, se encontraron en un café de Buenos Aires, en un duelo de payadores pactado por amigos comunes. Payando surgió el dúo de Gardel-Razano, aquel abrazo inicial de ambos lados del río, entre el joven cantor de Buenos Aires y el de Montevideo. Y es que a Drexler ese arte de payar que le llega por tradición y ahora se le abría mediante la versión cubana del payador, el repentista, y la décima cubana. Ya sabía de su amistad con Alexis Díaz Pimienta, y su admiración por ese arte campesino cubano, de tan alto vuelo poético. 

Eco, eco
ocupando de a poco el espacio

de mi abrazo hueco…..

Esto que canto ahora,
continuará
derivando latente en el éter,
eternamente….
inerte, así,
a la espera de aquel oyente
que despierte a su eco de siglos de bella durmiente..

Al terminar la conferencia nos cedió Jorge Drexler una entrevista que pronto transcribiré para el espacio jiribillero de Cantores. Como adelanto, nos habló de la herencia musical suramericana, de la admiración por los decimistas, del uso de la tecnología en la música, de Bailar en la cueva, su más reciente disco y su sabor latinoamericano, con intenciones bailables, pues no hay que quitarse la cabeza ni el alma para danzar, a pesar de las claras intenciones de una seudocultura globalizada; el baile es poesía, sueño, amor, y tiempo de ser fantasmas que llegan en la música auténtica, como nos han enseñado la historia de los pueblos. “Bailar”, por tener una sonoridad más movida, y “en la cueva”, que viene desde el hueco de su guitarra, el rincón desde el que brota la energía poética del movimiento.     

La idea es eternamente nueva:
cae la noche y nos seguimos juntando a
bailar en la cueva.

Bailar, bailar, bailar, bailar!
Bailar, bailar, bailar, bailar!

Ir en el ritmo como una nube va en el viento.
No esperar en, sino ser, el movimiento.
Cerrar el juicio, cerrar los ojos.
Oír el clac con el que se rompen los cerrojos.

Y bailar, bailar, bailar, bailar
me guías o yo te guío
mi cuerpo al tuyo y el tuyo al mío.

Tras la entrevista, gracias a la gentileza de Jorge Drexler y de Alexis Díaz Pimienta, compartirnos un recorrido por La Habana, el primero del cantor uruguayo por nuestras calles, a las que confesó haber soñado durante mucho tiempo; el viaje derivó en el Palacio de la Rumba, por su interés en conocer las expresiones populares cubanas en vivo, por lo que terminó bailando en otra cueva.

Los dos bebiendo
de un mismo aire.
El pulso latiendo
y el muslo aprendiendo a leer en Braille.

Bailar,
como creencia, como herencia, como juego.
Las sombras en el muro de la cueva,
girando alrededor del fuego.

La música bajo los árboles
y nos siguió por las llanuras.
La música enseña, sueña, duele, cura:
Ya hacíamos música muchísimo antes de

conocer la agricultura.

Cae la noche y nos seguimos juntando a
bailar en la cueva.
Bailar, bailar, bailar, bailar…

Lo más hermoso de Drexler es que fue igualmente natural, curioso, hondo y tierno en su concierto. Desde que salió a escena, guitarra en mano, lo hizo sin afeite alguno, sinceramente conmovido, pues el público que repletó la sala Avellaneda del Teatro Nacional, — y aunque pudiera dármelas de viejo lobo mediático nunca imaginé lo que pasó— se sabía todas las canciones, y por momentos el cantor parecía un invitado a su propio concierto.

Quiero acotar que el momento en que Drexler  propuso una paya en duelo hermanado con el repentista Alexis Díaz Pimienta: delirante, un acto poético irrepetible, de una carga humana y del más depurado arte efímero, —como para leyenda—, y el público sabía que vivía un momento único.

Si quisiera describir el espíritu del concierto, fue como si un ser enamorado llegara a su casa, abriera la puerta, entrara con ansias, encendiera las luces y conversara con su amada que le esperaba. Así entró con su guitarra y pareció que cantaba para cada uno de los miles presentes.

Se dio el lujo de entonar a veces casi en susurro, incluso salir del micrófono acercarse al lunetario y cantar o callar y dejar que la gente siguiera por él. Como algo pactado de antemano, el coro parecía saber cuándo tocaba decir o cuándo poner toda la energía en escuchar, para que la voz del cantor pudiese ser ínfima y llegar a todos, como quien le habla al oído a otro ser.  

Estás conmigo,
estamos cantando a la sombra de nuestra parra 
una canción que dice que uno sólo conserva lo que no amarra.
Y sin tenerte, te tengo a vos y tengo a mi guitarra.

Hay tantas cosas
yo sólo preciso dos:
mi guitarra y vos
mi guitarra y vos
.

La comunicación fue de grado supremo, silencios colosales cuando su canción lo requería, ovaciones interminables, coros, claves y silbidos a petición del cantor, en perfecta armonía y afinación; aplausos cuando una frase impactante para este tiempo lo requería, como en la pieza “Milonga del moro judío”, sin duda, una de las más hermosas canciones de Drexler.  

El mismo suelo que piso
seguirá, yo me habré ido;
rumbo también del olvido
no hay doctrina que no vaya,
y no hay pueblo que no se haya
creído el pueblo elegido.

Yo soy un moro judío
que vive con los cristianos,
no sé qué Dios es el mío
ni cuáles son mis hermanos.

Si bien cantó piezas de toda su discografía la segunda parte del concierto se centró en Bailar en la cueva, con un piquete de excelentes músicos de todas partes del mundo. Por supuesto que hubo baile y canto con todos. 

Ya volveré sobre este y otros cantores; quiero celebrar este encuentro de Jorge Drexler con La Habana y su gente, con la canción que más me estremeció —lo cual no es poco decir— de esa intensa noche.

 

Milonga del moro judío

Autor: Jorge Drexler

Por cada muro un lamento 
en Jerusalén la dorada 
y mil vidas malgastadas 
por cada mandamiento. 
Yo soy polvo de tu viento 
y aunque sangro de tu herida, 
y cada piedra querida 
guarda mi amor más profundo, 
no hay una piedra en el mundo 
que valga lo que una vida. 

Yo soy un moro judío 
que vive con los cristianos, 
no sé qué Dios es el mío 
ni cuáles son mis hermanos. 

No hay muerto que no me duela, 
no hay un bando ganador, 
no hay nada más que dolor 
y otra vida que se vuela. 
La guerra es muy mala escuela 
no importa el disfraz que viste, 
perdonen que no me aliste 
bajo ninguna bandera, 
vale más cualquier quimera 
que un trozo de tela triste. 

Y a nadie le di permiso 
para matar en mi nombre, 
un hombre no es más que un hombre 
y si hay Dios, así lo quiso. 
El mismo suelo que piso 
seguirá, yo me habré ido; 
rumbo también del olvido 
no hay doctrina que no vaya, 
y no hay pueblo que no se haya 
creído el pueblo elegido. 

 

Yo soy un moro judío 
que vive con los cristianos, 
no sé qué Dios es el mío 
ni cuáles son mis hermanos.

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