Sesenta años caminando dentro del color rojo

Derbys H. Domínguez Fragela • La Habana, Cuba
Fotos cortesía de: Rubén Darío Salazar

Para Zenén Calero Medina

 

Si la belleza fuese un objeto común, algo corriente, quiero decir, una constelación o una silla que se puede agarrar con las manos, y poner en el sitio que deseáramos, seguramente la boca no se llamaría boca, el agua que cae del cielo no fuera el agua, el silencio fuese palabra y esta ciudad de nombre sangriento en vez de llamarse Matanzas, alcanzaría su nombre en el horizonte, debajo de una piedra, en el río. Sin embargo, la belleza es una sensación, o una certeza, y ninguna de mis palabras será posible, sino un sueño, el sueño dentro del cual hay un hombre de 60 años que camina por la calle Ayuntamiento, abre la puerta 8313 a las siete de la mañana, y comienza, sin apuro, a dibujar flores de agua, mariposas de humo, cielos encrespados en sí mismos, retablos enrarecidos que arden con el fuego en las pupilas de Dios y el resto de los misterios; construyendo el resumen de un eco, o lo que podría ser el retablo infinito de las necesidades humanas, el resumen de un color.

Imagen: La Jiribilla

Supongamos que ese hombre es o se llama Zenén Calero, y hoy cumple solamente seis años de edad, o lo que es lo mismo, 60 años dentro del color, 60 años caminando dentro del color amarillo, 60 años durmiendo dentro del color rojo, despertando en la madrugada, agarrando el color gris y manchando el firmamento de un arco iris ciertamente apetecible; 60 años fuera de la razón, y del color blanco, porque una nube carmesí se robó la esperanza de su mirada, y en forma de múltiples gotas de agua que mojan el espacio infinito de los elementos que componen el mundo y a esta ciudad, dibuja el amanecer, el cariño de los grillos que habitan el renacimiento de la aurora, la silueta de las sombras, el silencio.

Imagen: La Jiribilla

Creo que hoy, especialmente hoy, alguna de sus manos, o su cuerpo completo, aunque me gustaría decir su alma, entrarán en el cielo, agarrarán el canto de aquella golondrina sobre la que Dora Alonso escribe una canción infinita para el futuro; Pelusín del Monte persigue a los pájaros, Bola de Nieve grita su melodía desesperada, o Federico García Lorca redacta el poema único del amor, mientras el Universo pestañea o estornuda, salpicando los mares que abren una Casa dentro de la cual hay una galería llamada El Retablo, solo para que allí, donde Zenén dibuja el río fraterno de las constelaciones amorosas, caiga una lluvia fina, de manera prolongada, como sucede, creo, desde el 15 de octubre de 1955, impregnando, cómo decirlo, de miles y miles de minúsculas gotas de belleza el aire, la esperanza, la corriente del mundo.

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