Su dramaturgia del espacio

Ulises Rodríguez Febles • La Habana, Cuba
Fotos cortesía de: Rubén Darío Salazar

Zenén Calero es un poeta de la imagen. Más que leer, reinventa. Más que ser fiel a una propuesta, la dinamita y la hace posible. Siembra así esperanza en los autores, confianza en el director y placer en los espectadores. Leyendo los textos originales, uno se da cuenta hasta donde él se hace dueño del sueño de otros, para crear universos visuales, conjugación de todos los elementos que definen al teatro de títeres y que precisan su poética en el contexto insular.

Imagen: La Jiribilla

La niña que riega la albahaca (1996) 

 

Quiero detenerme en tres unipersonales, estrenados en diferentes instantes de su carrera y que muestran  estéticas muy particulares, según las propuestas de Teatro Papalote o Teatro de Las Estaciones: Okin, pájaro que no vive en jaulaHistoria de burros y La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón.  

Calero Medina, sabe desplegar todas las estrategias posibles de su sensibilidad, para recrear conceptualmente espacios y tiempos, partiendo de las potencialidades del actor y las propuestas escriturales del dramaturgo.

En espectáculos como estos Calero Medina, sabe desplegar todas las estrategias posibles de su sensibilidad, para recrear conceptualmente espacios y tiempos, partiendo de las potencialidades del actor y las propuestas escriturales del dramaturgo.

En Okin…, las acotaciones, la mayoría técnicas de un dramaturgo-director, nos crean una metáfora sobre el espacio Isla, que se transforma ante nuestros ojos de espectadores, multiplicados en visiones de esa realidad en que se mueve el negro, como la jaula de la que se libera para huir, con otras connotaciones simbólicas que permiten el transcurrir del tiempo y las intensas mutaciones de la historia.

Es así como nace la noche, el matorral, la lluvia, el rayo, el río,  reflejan en  esencia los signos del tiempo y el espacio, a diferencia de Elegguá, el majá u Okín.

Todos son objetos inanimados, que adquieren vida. Humanizados, recreados con diferentes técnicas, significan un nuevo suceso, el paso del tiempo, la transición hacia otro espacio en la huida del negro, en la búsqueda de su libertad.    

Este es un espectáculo, donde el cuerpo del actor se convierte en el primer centro creativo, porque entrenado y semidesnudo,  es un espacio metafórico, por representar el  legado de la memoria del continente africano, originalmente en su transformación de pájaro, que simboliza la realeza, para luego, ser esclavo  y cimarrón. Esas metamorfosis, constituyen la creación de espacios, que se  logran por la eficacia del diseñador: África, luego la isla, con el espacio de castigo (sea finca, cañaveral) y posteriormente el monte, en el que  se desarrolla la historia.

Imagen: La Jiribilla

Okin Eiye Aye
 

Los objetos creados por Calero, contribuyen con síntesis a la atmósfera, al simbolismo de cada escena, a darle vida a elementos diversos que van desde los inanimados, zoomorfos, a las divinidades o los árboles.

Son esas cualidades, las que nos muestran a un Calero imaginativo, que sabe potenciar signos, desde el instante en que selecciona materiales y recursos eficaces para resolver esa visión de espacio y tiempo, poetizando lo visual, convirtiéndolo en dramático. 

Cada uno de ellos denota el transcurrir temporal que se patenta, en la vida que propicia la mano o el cuerpo del actor titiritero. Son esos recursos los que favorecen el fluir de la acción dramática y dan vida a las acotaciones y a la existencia de la cosmogonía africana.

Las luces contribuyen a reforzar o hacer contrastar, desde  lo poético y lo dramático el mundo imaginativo, que parece nacer de la carne del negro. Lo tecnológico se funde con materiales, nacidos de la naturaleza o de la inventiva humana, para hacer  crecer la belleza deslumbrante del espectáculo. Okín es lo que marca la diferencia  dentro de sus aportes a lo africano.

Historia de burros, juega con la tradición del romance de ciegos, para contarnos una historia de amor. Aquí, como luego sucederá en La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón,  desarrolla desde la síntesis del retablillo, la recreación de un espacio y de personajes, que nacen de la propia vocación de animar objetos del titiritero.

Imagen: La Jiribilla

Historia de burros
 

Es Zenén Calero, quien demuestra las esencias de un teatro de títeres, que se poetiza desde la sencillez. Como un juego, que se reinventa, emergen ante nuestros ojos, personajes y situaciones. Él lo concentra todo en ese retablillo, que a la vez es el propio cuerpo del titiritero, sus vestuarios y aditamentos, redimensionados en función del espectáculo. 

En él, están Campoamor, un hermoso prado, divido por un muro, un personaje más. Así todo lo que puede ocurrir dentro y fuera, en diferentes perspectivas,  planos y dimensiones, que permiten una dinamitación muy particular de los espacios dramáticos. Las técnicas y recursos utilizados, muestran la belleza de los artificios desde la inventiva creativa.

Zenén Calero es un mago, como algunos lo han llamado, no solo por las esencias de su poética, sino por la manera en que resuelve situaciones que surgen de la propuesta dramatúrgica; sus virtudes se encuentran en propiciarle organicidad y belleza a los artilugios que requieren de su creación.

Zenén Calero es un mago, como algunos lo han llamado, no solo por las esencias de su poética, sino por la manera en que resuelve situaciones que surgen de la propuesta dramatúrgica; sus virtudes se encuentran en propiciarle organicidad y belleza a los artilugios que requieren de su creación.

La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón es un minucioso estudio de una tradición, de la vida y los aportes de Federico García Lorca. Aquí desarrolla Calero una visualidad que bebe de las iconografías lorquianas y del esplendor visual del trópico, con las escenas neoyorkinas. Nos entrega su primer Lorca títere, convertido en personaje tras un estudio minucioso de época, y que dialoga con el titiritero-marinero.

Es Zenén Calero quien nos lleva con recursos sintéticos, a espacios y tiempos diferentes en una puesta que lo necesita. Vertiginosos, como un travelling cinematográfico, pasamos de Nueva York a Santiago de Cuba y viceversa. Vemos un barco que avanza en un plano general, en primeros y segundos planos aparecen otros espacios más íntimos. Un paso fugaz por las visiones de la gente. Un puerto. Una maleta. Como el enfoque de una cámara, sin serlo.

Con sus diseños y concreción en la escena  permite ubicarnos en los afuera y adentro del palacio, en otros, pequeños, conceptualizados. Tres espectáculos que denotan caminos diferentes, pero que se mezclan, haciéndolo crecer.

Imaginativo, sensorial, orgánico, su talento está relacionado con el dominio perfeccionista de las técnicas aprendidas, que prueba y redimensiona en cada espectáculo, sorprendiendo desde la novedad con los mecanismos, con sus creaciones ingeniosas, con los innumerables artefactos, que complejiza en cada puesta. Calero  aprendió a convertir en funcional, lo que parece imposible. 

Su creación es tan infinita como el vuelo y las metamorfosis incesantes de Okín, el pájaro, que él hizo volar y mutar en cada aparición, como los sitios donde ocurre el amor de Plata y Perla, y los lugares en que creció  la pasión de El príncipe y La Niña. Todos como expresión artística que ejemplifican  su madurez, crecimiento y libertad.

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