Mis superhéroes

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba
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A propósito del  reciente encuentro de Teatro de Las Estaciones con Teatro SEA en Nueva York

 

I

Visitar el Teatro SEA (Sociedad Educativa de las Artes) en Nueva York, antiguamente Teatro SEA @ Los Kabayitos, era para mí, como titiritero cubano una especie de quimera inconclusa. Cuando estuve por primera vez en la llamada Big Aple, en el año 2000, con motivo de la participación de Teatro de Las Estaciones en el Festival Internacional de Títeres organizado por la Fundación Henson, conocí a su joven creador, un muchacho llamado Manuel Antonio Morán, originario de Puerto Rico, que además era actor, escritor, compositor, productor y director artístico. No pude acercarme en esos días a su nuevo local, más nunca olvidé su camisa blanca y el brillo en los ojos cuando hablaba de títeres. Para entonces y aún todavía, su espacio de representación, alojado desde 1999 en uno de los salones del Centro Cultural y Educacional Clemente Soto Vélez del bajo Manhattan, era el primer y único teatro latino estable dedicado al arte de los muñecos para niños y adultos en Nueva York, aunque ya SEA venía dando guerra desde 1985.

Pasaron diez largos años y quiso la vida que tanto él como yo siguiéramos empeñados en el universo de los retablos. Cuando nos reencontramos en Matanzas, Cuba, en 2010, ya Teatro SEA y el staff armado por Manuel, había conseguido un sólido prestigio en el medio escénico estadounidense, con intervenciones en su país de origen, República Dominicana, México, además de otros países. Morán se había doctorado en la universidad mediante un exhaustivo estudio sobre el teatro educacional y de títeres en Puerto Rico, y había alcanzado varios galardones de la crítica por su trabajo artístico, entre otros reconocimientos sociales y culturales.

Imagen: La Jiribilla

Adentrarse en el repertorio histórico de Teatro SEA, es viajar por espectáculos que desde el rescate de clásicos como La cucarachita Martina, La caperucita roja, Viva Pinocho!, La Cenicienta o Ricitos y Los tres ositos, por solo mencionar algunos títulos para niños, se ejerce una  valoración de lo latino y caribeño a nivel literario, plástico y musical. Asunto que se aborda directamente en montajes como El Encuentro de Juan Bobo y Pedro Animal, narración de origen puertorriqueño y dominicano, Las leyendas del cofre encantado, sobre cuentos autóctonos del cosmos antillano, musicales solo para actores como Romance (Homenaje a Rafael Hernández) o A 3 voces, un tributo a los grandes tríos latinos y sus melodías enamoradas.

Recientemente, el dramaturgo cubano Norge Espinosa, que tantas veces ha trabajado con Las Estaciones, escribió para Teatro SEA una sensual y divertida versión sobre la comedia Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare, bajo el título de Sueño, a golpe de bomba, plena y otros ritmos de la región. Ahora mismo Espinosa trabaja en el musical latino La Gloria, un encuentro celestial con estrellas como Myrta Silva, Daniel Santos, de origen puertorriqueño y la habanera Celia Cruz. Son estos los temas y obsesiones de Manuel Morán, además de una denodada labor en pro de la integración de los países caribeños a la Unión Internacional de la Marioneta (UNIMA), donde funge como vicepresidente de su comité ejecutivo central, siempre desde el respeto y la apreciación real de sus tradiciones y particulares estéticas, además de incursionar en la órbita audiovisual, gráfica e investigativa como soporte promocional de una manera diferente de ver y sentir el teatro que potencia las figuras y objetos, pero que no desdeña ninguna de las otras artes.

II

En nuestra más reciente estancia en Nueva York, acompañamos a Teatro SEA en una de sus funciones para la comunidad. Llegamos los de Las Estaciones a menos de media hora para el comienzo de la función, pero ya el equipo incansable de Morán estaba armando el tinglado desde horas tempranas. Cualquiera de ellos, D´Ambrossi, Marino, Padilla, en el aspecto técnico y funcional o las bellas Danielle Ennis o Indra Palomo en las oficinas, poseen un nivel de integración y pertenencia que permiten funcionar a la compañía como un perfecto mecanismo de relojería. A la hora en punto comenzó el montaje para niños y jóvenes de My superhero Roberto Clemente, con texto y dirección del propio Manuel.

Tres chicos y una chica deben elegir a su superhéroe favorito en un día que el colegio ha destinado especialmente para esta selección. Ya sabemos  cuántos superhéroes ha creado la cultura norteamericana desde las historietas, los filmes, los seriales de televisión y los juegos electrónicos. No es de extrañar que tres de ellos elijan a personajes femeninos y masculinos invencibles en el estilo de Batman, Superman y la Mujer Maravilla, pero uno de ellos ha elegido nada más y nada menos que al pelotero negro Roberto Clemente, nacido en 1934, en Carolina, Puerto Rico. Esta elección da pie al desarrollo de la puesta en escena. Cuatro actores muy jóvenes y cuatro atractivos títeres, nacidos de la imaginación de un imprescindible de Teatro SEA, el diseñador José López, arman un juego escénico dinámico a nivel dramático e interpretativo, que atrapa a pequeños y grandes durante casi una hora de representación. Cuatro también son las cajas escenográficas que van a armar y desarmar ante el público, creando tanto el ámbito del colegio donde se desarrolla la historia en tiempo real, como los lugares por donde transcurrió la vida del inigualable Bobby Clemente.

Imagen: La Jiribilla

Soluciones inteligentes, luces que aportan una atmósfera adecuada, más la utilización eficaz de proyecciones animadas en una pantalla de fondo, dotan a la producción de una condición que mucho le debe al music hall de Broadway, más son recursos que el director utiliza a conciencia, para llegar al destino añorado, la  asunción por los niños de la obra y de los que están en el patio de butacas, incluyendo a los adultos, de un superhéroe distinto, raigal, verdadero. Las coreografías juguetonas de Daniel Soto se enlazan con las orquestaciones vibrantes de Alejandro Zuleta sobre melodías del propio Morán. Las cajas escenográficas se vuelven mágicas, de ellas nacen lunas, aviones, teléfonos, todo lo necesario para demostrar por qué el número 21 de Los piratas de Pittsburgh, además de maravillar al universo beisbolero con su bateo excepcional y su fildeo fuera de serie, posee todos los dones para ser un superhéroe a la misma altura y más de los ya reconocidos.

Actuar, animar figuras, bailar y cantar, precisa de un entrenamiento que va siendo la marca de agua del Teatro SEA. Un actor total que nada tiene que envidiarle a los que se suben a escena en los grandes y millonarios musicales. Con mucha creatividad y pocos recursos materiales se alcanza el tempo y la gracia de la revista musical más aplaudida en la meca de este género y eso lo logran los jóvenes histriones del colectivo afincado en el Clemente Soto con una ejecución inspirada, que rebasa los señalamientos hechos por su propio director a ellos en cuanto a detalles de animación o desplazamiento de los trastes escenográficos. Poseer un cuerpo de espectáculos listos para llevar a las tablas en un año, con giras a otros estados norteamericanos y fuera de fronteras es tarea de gigantes, de personas aferradas a la utopía del teatro como Clemente vivía para dar hits y cuadrangulares. Al igual que el deportista de Carolina abogó por denunciar la discriminación, el racismo y realizó actos solidarios y humanitarios para niños y adultos de su propio país o de una hermana nación como Nicaragua, SEA acoge a un elenco multiétnico para contar historias ajenas o propias que tienen el sabor de lo auténtico, sin desconocer  las costumbres, lenguaje y características del país que los acoge, entre grandes edificios, anuncios alucinantes y sucesos mediáticos que al ocurrir allí parecen cambiar la historia del planeta.

Tres veces ha estado Manuel Morán, solo o con su tropa fabulosa, en nuestro verde caimán. Su teatro se le parece mucho, alegre, colorido, pícaro estremecedor y a veces ingenuo como los niños que se asombran de las maravillas  naturales. A 30 años del primer pálpito de Teatro SEA, aplaudir, sentado entre infantes latinos y norteamericanos, que iban de la mano de sus padres y madres, o de algún hermano, tío o abuela, la historia de un superhéroe de carne y hueso, orgullo de la raza hispanoparlante, un hombre de bien, como el mítico pelotero Roberto Clemente, ejemplo de los nacidos en nuestros verdes lares,  es también para mí vitorear, desde lo sencillo de su persona, a Manuel Morán, mi superhéroe titiritero.

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