Los hijos de Zenén: raros niños de cuatro dedos

Yudd Favier • La Habana, Cuba

Fotos: Cortesía de Rubén Darío Salazar

Existe una hora mágica en la institución que acoge a la galería El Retablo, el Jardín de Pelusín del Monte y la sala Pepe Camejo, esa en que las máquinas han dejado su ruido de costuras, los utileros han acabado de mover trastos teatrales, los actores se han marchado del ensayo y Rubén deja su computadora para subir por la enorme escalera de caracol que lleva hasta el taller de Zenén. Es una hora en que parece que todo se detiene.  Todo menos la mano que corta, boceta, pinta, pega y a esa hora mágica también tiene “hambre de té”. Son las cinco de la tarde.  Cuando los bulevares de las provincias se desuelan como en el viejo oeste  y en la planta alta de la céntrica calle matancera, allí en la cocina, se mezclan bolsas múltiples para crear nuevos mejunjes. Entonces, nosotros, los intrusos, asistimos a esa hora —la del  sosiego de muchos— al momento en que más labora Zenén.

Imagen: La Jiribilla

 

Un día hablábamos del tráfico diario de personas que hay en el lugar, de las múltiples puertas que se intercomunican y suelen estar abiertas para comodidad del personal —cosa rara en un país donde todas las puertas están con candados porque es más fácil—. Hablábamos de mis sospechas de que se perdieran objetos, títeres, o vestuarios en medio de tanto pulular y ahí surgió la historia de una pérdida, una que dolía en especial. Era  Federico, el muñeco que junto a sus creadores había llegado hasta la propia casa de Lorca, ese, se lo habían llevado. En su narración nunca mencionó la molestia física de duplicar una pieza minuciosa, sólo hablaba de él desde su valor sentimental, sobre el personaje, sobre el pequeño niño que este Geppetto había perdido.  Incluso comentó sus acciones para recuperarlo, gestiones que incluían enfrentar al sospechoso y proponerle que se lo vendiera a él,  su legítimo dueño. Una osada empresa que sólo puede ser motivada por el verdadero sentido de pertenencia.

¿Ama a sus personajes Zenén como si fueran parte de sí mismo? Estoy segura que sí.

Jamás le he preguntado a Zenén si siente a sus personajes, sus creaciones, como si fueran sus hijos. Es una pregunta que en su propio enunciado parece ridícula, aunque muchos reconocemos como legítima. ¿Ama a sus personajes Zenén como si fueran parte de sí mismo? Estoy segura que sí.

Hay otro dato evidente que prueba mi hipótesis. Hoy sé —tras seis años de aprender sobre la difícil conservación y restauración de títeres— sobre materiales que se despigmentan, se decoloran, se “crackelan”;  telas que se manchan,  se pudren o  se rasgan, metales que se oxidan, también sé sobre insectos desesperados que cambian sus hábitos alimenticios dentro de una caja y perforan materiales que no les tocaba digerir. Hoy tengo más conciencia de lo complicado que resulta mantener “en forma” a un títere y los de Zenén, incluso los del repertorio activo, están expuestos en su galería: siempre limpios, desparasitados y orgullosos de quienes son. Eso sólo puede lograrse porque existe un ojo y una mano atenta que vela por tan escrupuloso mantenimiento. Es un riesgo asumido por quien sabe tomar previsiones al respecto. Otra forma de evidenciar el amor hacia sus muñecos.

Imagen: La Jiribilla

El gorro color de cielo. Foto: Juan José Palma
 

Al estar frente a una creación  de Zenén siempre estás frente a una bella puesta en imágenes, donde  cada elemento lleva tras sí una profunda investigación en líneas, colores y sentido. Él sabe incorporar a ese plano de belleza un significado que, a su vez, asigna un rol exacto al personaje y una ubicación claramente determinada al espacio y el ambiente recreado. Tras más de 30 años de caracterizar a dos grupos emblemáticos del país, primero Papalote y toda la trayectoria de Teatro de las Estaciones, así como las casi 20 ediciones del Taller de Títeres de Matanzas (TITIM),  ha reconstituido la figura del diseñador como lo que es: responsable de todo-cuanto-se-ve en la escena.

El inconveniente con Zenén es que no puedes definirlo según un único calificativo porque sus búsquedas obedecen a las particularidades de cada disciplina o de cada obra.  Sus trabajos abarcan un muy grande espectro referencial, desde un arte que es también figurativo.

Sabemos que lo bello es una categoría estética y que la identificamos cuando tenemos una relación hedonista con respecto al objeto observado. Sabemos que algo es bello desde la contemplación y el placer que este “mirar” nos provoca. Pero de vuelta al muñeco, ser bello per se no lo hace funcional.  El inconveniente con Zenén es que no puedes definirlo según un único calificativo porque sus búsquedas obedecen a las particularidades de cada disciplina o de cada obra.  Sus trabajos abarcan un muy grande espectro referencial, desde un arte que es también figurativo.

En cuanto a las técnicas, ha explorado todas las posibilidades y las ha puesto a confluir en un mismo espectáculo: títeres volumétricos, planos, sombras, proyecciones, títeres que se van componiendo en escena. En su tránsito por un repertorio tan plural  ha individualizado a través del traje, el maquillaje y el peinado a disímiles personajes.

Con el uso del color también es multifacético: podemos encontrar una puesta pletórica en colores primarios y otra que abarca en grises con elementos rojos para crear énfasis (Por el Monte Carulé); obras en azul (El gorro color del cielo, Federico de noche); en colores ocres y telúricos (La virgencita de bronce); retablos sepias en contraste con títeres multicoloridos (El Guiñol de los Matamoros) o incólumes  aforados blancos (Los zapaticos de rosa).  Con los espacios tampoco ha tenido restricciones: de la misma manera se instala en pequeños y ajustados teatrinos,  que en  grandes retablos permanentes y tradicionales,  o va componiendo  escenografías al sumar elementos,  fijos o móviles; puede utilizar  cortinas ya sea para crear  sensación de inmovilidad y perdurabilidad  (los zapaticos guardados en un rosal)  o para la ilusión de caer por un agujero (Alicia cayendo). Su investigación profunda del traje ha aprisionado a sus actrices entre corsés y miriñaques dieciochescos que ¡nunca vio el espectador!, sus títeres llevan  sus estructuras y rellenos revestidos por calzones, sayuelas y vuelos, no pensados para la escena, sino pensados para construir la “verdad” del personaje. De igual modo la selección de las telas tiene un carácter muy específico, que tampoco puedes encerrar en una nomenclatura genérica,  en sus texturas subyace un concienzudo estudio de época. El afán por el detalle es un camino difícil de seguir, ese camino perfeccionista determina el estilo de este artista. 

Su investigación profunda del traje ha aprisionado a sus actrices entre corsés y miriñaques dieciochescos que ¡nunca vio el espectador!, sus títeres llevan  sus estructuras y rellenos revestidos por calzones, sayuelas y vuelos, no pensados para la escena, sino pensados para construir la “verdad” del personaje.

Ésta va a hacer una tarea ardua, difícil y preveo que no saldré airosa de ella porque me he puesto como deber hablar de algunos de los niños de Zenén. Pero,  ¿qué sentido puede tener hablar de imágenes que tienen autonomía propia?; ¿qué interés puede existir en el ejercicio de describir un personaje que se presenta fácil de identificar por lo que es en sí mismo? Ninguno. Los personajes monovalentes no precisan traducción. Frente a la nitidez,  las descripciones son redundantes. Por suerte siempre nos queda la posibilidad de la especulación.

Del títere se ha dicho: analogía, metáfora, síntesis o en las palabras magistrales de Armando Morales: “lo que no es, pero parece ser (…) el objeto animado está expresado más hacia una aproximación crítica que a la imitación de lo representado.[1] ¿Cómo puede aplicarse todo eso a un rostro antropomorfo en esencia, que además tiene el rol, por su carácter protagónico,  de lograr una empatía con el auditorio? ¿Cómo ser simpático y a la vez tener rasgos, lo suficientemente neutrales, para permitirse transitar por diferentes estados de ánimo según la fábula? Es aquí donde son necesarias las consideraciones y tocará puntualizar.

Comencemos por Juancito y María, los protagonistas de El gorro color del cielo, unos niños que “coquetean” todo el tiempo mientras María toca los músculos de Juancito y este le arregla constantemente el cabello. Juancito es rubio de ojos redondos que parecen atentos, alertas, y al mismo tiempo, por la separación de sus cejas, parecen  asustados.  Lleva una camisa de rombos —cual arlequín— y tiembla mientras dice “¿Cuándo ha tenido miedo Juancito?” o “Mira qué músculos”… Todo un risible galán que se matiza a través de los detalles del traje. María es una seductora y es  pelirroja, su cabello siempre le está cubriendo la cara. ¿Puede haber una selección más precisa que dos motonetas altas compuestas por tirillas, para proporcionar que, el mínimo movimiento de este títere de guante, conduzca naturalmente a que cubran e incomoden para propiciar el uso de la clásica  frase “el cabello María, el cabello”. No se me ocurre un peinado más oportuno. Y asimismo  están hechos a una distancia que permite ver  bien el rostro cuando reposa. Un pelo rojo vino, sus cejas insinuantes y un vestido de porosos vuelos que enfatizan su caída cada vez que se desmaya, distinguen a María.

Imagen: La Jiribilla

Federico de noche. Foto: Xavier Carvajal
 

Federico (de Federico de Noche) anda en camisón, atraviesa la noche, se topa con sus sueños pero también con sus pesadillas, y busca a su madre. Tiene abundante cabello, que parece real, despeinado porque ha salido de la cama, pero lacio para permitir ver todo el rostro. Los trazos de sus cejas hacia abajo y los ojos muy grandes, resultan muy útiles para un argumento en el que el protagonista es un espectador de sus propios sueños, un niño que busca angustiado a través de la noche. Es un rostro  mofletudo pero triste, sobre todo triste, acorde con alguien que dice: “Si uno pudiera soñar, soñar y soñar y no despertar nunca”.

Están los niños que juegan en Una niña con alas… Niños que se constituyen sobre todo gracias a la interpretación de los actores, pero cuya credibilidad  se refuerza en las guayaberas cortas, los shorts, las líneas que aligeran el vestuario de un verde campo, las sandalias finas de cuero y también en los peinados, todos en función de infantilizar a los actores adultos y  estilizar sus figuras.

Alicia (de Alicia en busca del conejo blanco) llega de la escuela,  debe hacer los deberes mientras su madre se desgañita dándole órdenes. Es otra niña curiosa que emprende un viaje de conocimiento, por eso viste una pieza “analógica” del uniforme escolar cubano: con tirantes que se abotonan, con la cuadratura de la saya de primaria. Pero es una niña más grande que usa tiras de colores en su pelo, se hace estrambóticas geometrías en su peinado y usa medias rayadas con tenis altos. Ésta Alicia no es una niña chica y está a la moda, y es rebelde y su  rebeldía se desborda, se simula poco, desde los encajes de su pomposa sayuela y los colores contrastantes con  su casi sobrio vestido azul.

Imagen: La Jiribilla

Cuento de amor en un barrio barroco. Foto Sonia Almaguer.

 

Por último Wilo (Cuento de amor en un barrio barroco), un niño folk que pertenece a un barrio de pregoneros y una ciudad de mar. Wilo tiene trenzas, lleva chaqueta con remiendos, sandalias de cuero y pantalones abombados. Hay en él  una mezcla entre  lo contemporáneo y un tiempo más añejo. A  su vez, sin ser idéntico, se emparenta muchísimo con la figura del cantante  humano. Y estos detalles de su vestuario y figura revelan una fábula que no se hace explícita hasta el final de la obra: es una historia retrospectiva y autobiográfica del cantautor y protagonista, es el niño que fue William Vivanco, sugerencia contundente que subyace a partir de la imagen exacta de un Wilo muñeco.

Zenén imprime particular carácter a sus figuras: tiene niños curiosos, seductores, tristes y felices, de madera y de trapo; tiene niños títeres y  niños humanos y adultos a los que transformar. Y presiento que a cada uno lo ama cual si fuera un hijo, por el cuidado con que los compone, por el esmero con que los mantiene. Hijos que él ama intensamente aunque sean raros niños de sólo cuatro dedos.

 


Notas: 
1. MORALES, Armando. El títere: el superactor. Ediciones La mueca. 1998. pp-63

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