El “teatro de papel” caleriano, vida a la imagen

Blanca Felipe Rivero • La Habana, Cuba
Fotos cortesía de: Rubén Darío Salazar

Apoteosis del papalote

… ¿Y qué alza sobre las palmas y sobre las torres (¡allá, junto a las mismas nubes!) la frágil pompa del papalote, sino el buen humor de aquel que no vemos?
¡Sube entonces y gloríate, nonada, tú, despojo puro, victoria y regalo del viento!
Eliseo Diego

 

Teatro de papel” nombra Rubén Darío Salazar a la obra gráfica de Zenén Calero, y es que, sin duda, se trata de auténtica autoría, poética escénica que abarca coherentemente una labor creativa que entrelaza con alto aliento estético los diseños para la escena con los dibujos e ilustraciones para carteles, cubiertas y portadas de libros y revistas.

Obra de compromiso, trabajo, indagación y pasión por el universo titiritero, que proviene y se ha desarrollado en instituciones imprescindibles de la cultura cubana como Teatro Papalote, Ediciones Vigía, Teatro de Las Estaciones, la Galería El Retablo y el Centro Cultural Pelusín del Monte.

Imagen: La Jiribilla

Zenén narra, dice palabras con sus imágenes, es un parlante anunciador de eventos, personajes, atmósferas e historias. Logra una figuración desde el  referente artesanal titiritero que combina lo plástico y lo dramático. Con una mirada avisada de la escena precisa luces, organiza tramoyas, verifica la sombra detallada para el volumen, modela el espacio y hasta gobierna la dirección de la mirada de los personajes. Igual que visualiza la escena para diseñar, traslada los detalles del atrezo titiritero a los dibujos a través del uso de cenefas, puntadas, texturas; une el estampado con el espacio liso, junta la brillantez con la opacidad.

Lo distingue la alegría y el optimismo de sus imágenes, la exploración de materiales, y el conocimiento de su especialidad, pero sobre todo la cubanía.

Lo distingue la alegría y el optimismo de sus imágenes, la exploración de materiales, y el conocimiento de su especialidad, pero sobre todo la cubanía. Todo ello coloca a Calero como eslabón fundamental dentro del consumo cultural del teatro de títeres y para niños del país, al liar arte genuino con utilidad pública y promocional.

El Salón Nacional de Propaganda Gráfica 26 de julio, premia en 1993 como Mejor Plaquette sus ilustraciones para Los Ibeyis y el Diablo, de Ediciones Vigía, y en 1995 recibe Mención por el conjunto de libros, afiches y plaquettes realizados tanto en Vigía como en Teatro Papalote. Pero su labor es aún más grande y abarcadora.

El teatro de papel caleriano tiene, por ejemplo, una presencia significativa en los carteles de los talleres internacionales de títeres, en los eventos culturales o espectáculos de diferentes géneros, y particularmente en el vínculo creativo con los diseños y dibujos del desaparecido boletín titiritero La Mojiganga, acciones todas que acompañaron en los 90 buena parte de esa etapa fundamental en la reanimación del teatro de títeres cubano producido desde Matanzas, en las fronteras de dos siglos, y en especial mediante la tríada René Fernández [1], Rubén Darío Salazar [2] y Zenén Calero.

El personaje infantil con su papalote, creado por Calero, inunda las figuraciones de los carteles, las Mojigangas y las ilustraciones de libros y revistas. Ese pequeño curioso, de cara sonriente, ojos grandes y bien delineados, pudiera ser cualquier niño, el propio Zenén o nosotros mismos. El papalote es su objeto preferido, símbolo lúdico de niñez, libertad y compañía. Los carteles tienen los colores de Cuba, del Caribe, con la luz brillante y amarilla del sol, el campo, la tierra, la hierba, las palmas, las flores, en especial el girasol, los bohíos, el mar, la bahía de Matanzas, el cielo limpio o algunas nubes blancas, la presencia del globo terráqueo, todo indica la interacción, el enlace, el abrazo. Aparecen con frecuencia tablados de teatro, telones de boca, teatrinos, retablos, técnicas titiriteras como el guante, las marionetas y los rostrillos. El niño personaje da vida al mundo, a otro muñeco o a sí mismo, a títeres tradicionales de otros países que hacen la memoria de la especialidad. Todo está delineado en negro, con la preferencia del dibujo a plumilla. Son líneas ondulantes que denotan el pulso de la mano, el alma del creador, como también se debe llamar a un titiritero.

Imagen: La Jiribilla

Si solo ejemplificamos mediante los primeros cuatro carteles hasta la entrada del siglo XXI, advertiremos la crónica y el criterio cultural ejercido desde las imágenes. Hay una progresión que evidencia el propio desarrollo y presencia del certamen en el transcurrir de los años. En el cartel del I Taller Internacional de Títeres, de 1994, aparece una sábana amarrada a dos palmas que anuncia el evento en el medio del campo verde y florecido, mientras, un niño junto a su papalote, observa dos manos enguantadas que animan al planeta Tierra. Para el II, en 1996, el niño sonriente posa en primer plano junto a su papalote, con la bahía y la silueta de la ciudad de Matanzas detrás. En el tercer encuentro, de 1998, el anuncio del evento es el cielo y en el centro del cartel está el niño enguantando un títere que es una réplica de sí mismo y tiene como retablo su papalote. Está parado sobre un suelo de hierbas y el horizonte muestra —en  la curva del mundo— un sembrado de los mencionados girasoles. Dialoga: “Ya aprendí, yo me identifico con el títere, yo juego, yo me involucro”. Para el Taller del 2000 el mundo es un globo volador, el niño con su papalote montado en el aerostato saluda, hay un títere pequeño asomado a la canasta, todos están abrazados por un cielo azul intenso, lleno de estrellas.

Con ingeniosidad, se suceden variaciones al colocar números, palabras y siluetas donde el movimiento remite a las aristas típicas del universo titiritero. El siete es un telón de boca, el ocho un soporte para animar, el diez una escenografía. Las fabulaciones vuelan hasta proponer en el cartel de XI Taller y Consejo UNIMA, de 2014, la animación de la animación. Desde un posible telón nacen hilos que van hacia las articulaciones de un títere niño, que a su vez observa y anima la silueta de otro infante. Otros carteles, como el del I Encuentro Cuba-España de Teatro para Niños y Jóvenes, en 2010, descubren a una pequeña española y un chico cubano que tras la escena señalan al público infantil. Los telones de la tramoya son partes de las banderas de ambos países. En el centro del escenario, una estrella colgada por hilos refleja su sombra a través de la luz, como si aludiera a una bandera única. El del 28 Festival Internacional de Marionetas de Tolosa, o el de la 26 Feria Internacional Titiritera de Sevilla, muestran también el milagro de la animación como principal motivo.

Imagen: La Jiribilla

Los carteles realizados para Historia de burros, de Teatro Papalote, 1994; La calle de los títeres, proyecto comunitario, también de Papalote, 1996, y el ideado para Pelusín del Monte, del Teatro de Las Estaciones, en 1999, están entre los preferidos por el diseñador matancero. Exhiben la técnica de colores por capas, conocida también como silk screem. Sugestivo, sin duda, es el cartel del espectáculo Burundanga, igualmente de Las Estaciones, donde aparecen los perfiles de Lola Flores y Celia Cruz, cuya exactitud en el diseño de los personajes títeres impresiona.

Por su parte, los boletines La Mojiganga, nacen como ventana al mundo, son un puente de comunicación entre los titiriteros cubanos y el ámbito internacional. Desde sus cuartillas mecanografiadas se encuentran voces autorizadas del periodismo y el teatro nacional. Atesoran aperturas fundamentales como los acontecimientos de los propios talleres de títeres en medio del “período especial”, la recuperación definitiva del muñeco Pelusín del Monte y del teatro de los Hermanos Camejo y Pepe Carril.

Lo distingue la alegría y el optimismo de sus imágenes, la exploración de materiales, y el conocimiento de su especialidad, pero sobre todo la cubanía.

Exquisitos son todos los ejemplares, desde el número inicial que muestra el dibujo de la llamada mojiganga de las fiestas de reyes afrocubanas. Calero coloca en el danzante que cabalga a un niño negro. Desmonta así, en viñetas e ilustraciones, las diversas situaciones en que el niño se ve acompañado de algunos elementos identitarios del teatro de títeres. Destaco el boletín dedicado a los 40 años del Peluso Patatuso, junto a otros en los que se pueden leer sobre sucesos históricos, aconteceres de la actualidad circundante, pensamientos teóricos que arrojaron novedad por aquellos tiempos.

El diseño de Zenén para estas publicaciones artesanales, marcó terreno al interactuar con el resto de su quehacer. Crea cubiertas, contraportadas y dibujos interiores que podrían ser carteles y a su vez diseños para personajes títeres nacionales y foráneos. El niño contemporáneo con su papalote sigue apareciendo, es como un leitmotiv. Lo mismo mira su rostro en un cartel como parte del público que asiste a la función, que ayuda a recortar, pintar, se cuela en un camerino o sirve de utilero. Participa del cumpleaños de Pelusín, lee el teatro de Dora Alonso, anima títeres que son réplicas del campesinito o toca instrumentos musicales junto a él.

Imagen: La Jiribilla

La ilustración de libros, tiene del mismo modo una amplia presencia dentro del trabajo gráfico de Zenén. Se inicia en 1992, con La amistad es la paz, al que sigue una saga de textos cortos, clásicos en la dramaturgia titiritera de René Fernández. De esta forma se inaugura una producción con Ediciones Vigía que llega hasta la actualidad y que alcanza la cifra de 13 libros. Entre estos se destacan títulos como Pelusín del Monte, de Dora Alonso, 2000; La Cenicienta, de Carucha Camejo, 2008; La mágica y probable historia de un cuento que se durmió, de Norge Espinosa, 2006; y El titiritero Florencio, poemas y rondas de Salvador Lemis, 2014. Este último es uno de los volúmenes más hermosos de Vigía. De una delicadeza artesanal que asombra por la corporeidad que provoca mediante las habituales sorpresas y apariciones de las diferentes partes, la mixtura de los materiales, tan cerca de lo teatral y titiritero. La poesía convertida en figuración, discursa e interactúa como en los llamados “libros vivos”, esos que al abrirlos renacen ante nuestros ojos como juguetes.

Con Ediciones Papalote realiza tres hermosos textos: Romance del papalote que quería llegar a la luna y Reinas y leyendas, de 1996, más Okín…, 10 años, 1998. Cuatro títulos notables de dramaturgia teatral, entre otros, son los que elabora para Ediciones Matanzas: Tin Tin Pirulero, 2002, La última ascensión, 2005,  Los músicos volantes y otros amigos (2008), y Un retablo en el monte, con textos breves de Dora Alonso, 2010. Para la editorial Gente Nueva diseña De Maccus a Pelusín, 2001, volumen teórico esencial de Freddy Artiles, sobre la historia titeril mundial y nacional, junto a Divina titeretada, de Ulises Rodríguez Febles, 2012, Premio de Teatro La Edad de Oro.

Las coberturas de los libros parecen retablos o diseños para carteles. Tanto en ellas como en las ilustraciones se advierte el dominio del artista en la interpretación de textos disímiles, su capacidad para generar imágenes teatrales donde la voluntad plástica se suma a la comprensión del conflicto de cada una de las historias.

Como olvidar La calle de los fantasmas y otras obras de títeres, de Javier Villafañe, de 2009, con el departamento editorial de Casa de las Américas. Un libro aparentemente sencillo, más, de un acierto que se completa con las inteligentes y sugestivas ilustraciones de Calero.

Las coberturas de los libros parecen retablos o diseños para carteles. Tanto en ellas como en las ilustraciones se advierte el dominio del artista en la interpretación de textos disímiles, su capacidad para generar imágenes teatrales donde la voluntad plástica se suma a la comprensión del conflicto de cada una de las historias.

Aparecen personajes en situaciones dramáticas que son síntesis o alegorías de los entes a los que alude la fábula. Habituado al movimiento, sus ilustraciones tienen esa dinámica que propone cualidad de tensión. Muchas veces pudieran considerarse diseños teatrales para la escena, pues remiten a títeres o niños, generalmente ligados a objetos cuidadosamente seleccionados por su incidencia dramática. Otras veces parecen fotos donde los protagonistas dibujados posan en una actitud que informa sus dilemas, sus necesidades. Zenén es un animador de rostros que hablan desde sus estados anímicos y marcan una actitud básica para apuntar o sugerir sus problemáticas en el drama.

Otros más pudieran ser los datos por analizar cuando se habla de la labor gráfica de Zenén Calero, pudiéramos referirnos a los programas de los diferentes espectáculos y eventos en los que ha colaborado, entre otras presencias en publicaciones que aquí no mencionamos. Falta mucho aún por atesorar de sus elucubraciones gráficas, y es que este gran creador cubano tiene en su teatro de papel que da vida a la imagen, los caminos de ida y vuelta que denotan la existencia de un alma definitivamente titiritera.

 

Notas:
1. René Fernández Santana, dramaturgo, diseñador y director artístico y general del Teatro Papalote, de Matanzas. Posee el Premio Nacional de Teatro entre otros importantes galardones.
2. Rubén Darío Salazar, actor titiritero, director artístico e investigador. Fue actor de Teatro Papalote entre 1987 y 1999, desde 1994 dirige el Teatro de Las Estaciones.

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