Selección de poemas

Sheyla Valladares • La Habana, Cuba

El polvo

Viene el polvo
en oleadas transparentes,
con su capa dorada,
de pequeños pedazos de luces.
Le gusta apacentar a la sombra,
masticar despacio el silencio,
mientras le da forma a lo que estuvo,
a lo que no se toca,
a lo que se nos olvida por un rato.

De lejos viene el polvo.
Nadie puede adivinar
los caminos que anduvo,
la forma que tomará,
de que tamaño será
el abandono que vendrá a mostrarnos,
las marcas del tiempo
sobre la piel de las muñecas,
las barajas,
los libros que leíamos antes de dormir.

El polvo es como un reloj de sombra,
y es el único que nos ayuda
a recordar los juegos y las cosas
que ayer fueron importantes,
a descubrir las huellas
de las criaturas que vagan de noche
por las habitaciones.

 

La oscuridad

Cerrar los ojos en la oscuridad
es como oscurecernos por dentro,
apagar nuestras luces,
quedarnos quietos.
No ver,
solo adivinar lo que hay
fuera de esa zona protegida
por nuestros párpados.

Jugar a adivinar el lugar
de las cosas que vemos todos los días,
pero que por pereza no memorizamos.
Volver a aprender los objetos
por la forma que tienen cuando los tocamos,
la piel y la temperatura
que estrenan,
cada vez que con los ojos cerrados
comenzamos, otra vez, a reconocerlos.

No se siente igual mi conejo de peluche
que la superficie de las teclas del piano,
la piel arrugada de la naranja,
que la madera del sillón,
pulida por el tiempo
y las manos de mi abuela. 

 

Mi mano izquierda

Mi mano izquierda es la sabia.
Sabe hacer todas las cosas,
las importantes,
como escribir.

Mi mano izquierda es la fuerte,
la que mejor aprieta la mano de mi padre
en el camino de la escuela.
La que más me gusta.

Mi mano izquierda me hace distinta,
me aleja del grupo,
me diferencia.

Mi mano izquierda
es como mi corazón,
palpita gozosa
cuando escribe.
Se tiñe de grafito,
los dedos duelen
por la carrera,
por apretar el lápiz
que quiere salirse
cuando inventa un mundo
más grande que yo
y me lo pone delante de los ojos. 

 

Necrópolis

Cada vez que voy al campo,
al lugar que es más campo
que mi barrio,
en el borde del pueblo,
lugar de despedidas o bienvenidas,
según la dirección del viaje.

En el camino al campo
hay insectos zumbando
en medio de la carretera,
alborotados por el calor
y la lluvia de la noche.
Se organizan en nubes movedizas
de animalitos viajeros,
que te dejan sin ver por un instante.
También hay cerdos
pintados de tierra,
exploradores ansiosos de cuanto habita
en su pedacito de mundo.
Allí la tierra tiene otro espesor,
dura más tiempo en los pies,
se pega roja, persistente,
y dibuja caminos colorados en las uñas.

Pero cada vez que voy al campo
a sudar la tranquilidad del pueblo,
paso por ese lugar
que tiene un nombre raro
y no sé lo que significa: Necrópolis.
El letrero de la entrada,
está escrito en letras grandes y grises,
que marcan un territorio silencioso y casi siempre solo.
Pensé un tiempo en llamar así a algún muñeco
pero ninguno se parecía a ese nombre.
Allí nadie va alegre.
Todo es cerrado y oscuro
donde duermen los muertos,
como si la hora del juego hubiera acabado.

 

Abuela

Abuela es medio sorda
medio vieja
medio maga.
Abuela se teje las trenzas cuando va a dormir
a la luz de su lámpara amarilla
que da mucho calor
y se parece a un sol de noche.
Reza bajito plegarias viejas.
Me besa en la frente
cuando la acompaño
y sus sueños se mezclan con los míos
cuando soñamos juntas
en la misma cama.

Abuela es medio maga
medio vieja
medio sorda
pero entiende el encaje de palabras
que le dibujo con mis manos
delante de los ojos.
Me mira mucho y por largo tiempo,
me sabe de memoria.
Pone un nombre tierno
sobre mi nombre verdadero
para bautizarme con su cariño
y protegerme para siempre.

 

La suerte de los peces

Nunca fui a pescar a los ríos
que quedaban cerca de la casa
en la que viví antes de llegar a la ciudad.
En la familia no había pescadores  con caña.
A la abuela le gustaba pescar recuerdos
con el taburete recostado contra la pared
mientras el día se iba lento y silencioso.
En la ciudad no hay ríos cercanos,
los ríos son de gente,
indetenibles y fieros.
En el asfalto no encuentras criaturas marinas,
en las fachadas de los edificios,
ni siquiera en los azules,
se dibujan ballenas
o estrellas de mar.

Y no he ido a pescar al océano,
ni siquiera he tentado la suerte en algún charquito.  
No sé nada de hilos,
anzuelos, carnadas;
menos de esperar los frutos de la suerte,
el mal día del pez
o la generosidad de las mareas.  
Estoy buscando la pared más fuerte de mi casa
para recostar mi taburete.

 

 

Todos los poemas pertenecen al libro Lo que se me olvida
Ficha: Sheyla Valladares Quevedo (Unión de Reyes, 1982) Licenciada en Periodismo. Poeta y Narradora. Egresada del XII Curso del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Mención en el concurso César Galeano de cuentos, 2010. Finalista en el concurso de minicuentos El dinosaurio, 2013. Premio Pinos Nuevos con el libro Lo que se me olvida (Gente Nueva, 2014). También ha publicado el poemario La intensidad de las cosas cotidianas (Sed de Belleza Ediciones, 2014). Participa en la antología de cuentos Superflacas (Ediciones Cubanas, 2015) y en las de poesía Otro canto (La Pereza Ediciones) y Dice el musgo que brota, en preparación por Ediciones La Luz.

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