Lo clásico en un clásico

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Todo parece indicar que su debut como diseñador para la escena de títeres ya vino con uno de esos cuentos que nos acompañan desde siempre. La caperucita roja, con su galería de personajes resabidos, fue la primera invitación a ser parte de los retablos, y desde aquel momento, que ocurriera a inicios de la década del 80, Zenén Calero no ha abandonado dicho ámbito. El hijo de Camarioca, que a la altura de estas fechas arriba a sus 60 años, nos ha regalado un conjunto de imágenes en las que cada vez más su sello se ha hecho inconfundible, y a la manera de los maestros verdaderos, ha conseguido que su trabajo se convierta en la medida a partir de la cual juzgamos el quehacer de los otros. Que lo haya hecho sin dejar el pincel, sin más orgullo que el de quien se sabe en un terreno propio y desde ahí sencillamente ilumina, dice más de su grandeza. Junto a nombres como Rubén Vigón, Eduardo Arrocha, Pepe Carril y Jesús Ruiz, entre algunos pocos, él puede mostrar sin falsa modestia el resultado de este tiempo, en el que, figura tras figura, ha hablado al espectador desde el buen gusto, la eficacia y la propuesta dinámica que un buen títere debe siempre regalarnos.

Imagen: La Jiribilla
Alicia en busca del conejo blanco. Foto: Jenny Sánchez 
 

Los cuentos clásicos han estado siempre a su favor. Poco después de entrar a Papalote, se enlaza de manera definitiva a la poética de René Fernández, y logra una fusión de técnicas y potencialidades plásticas con su dramaturgia que caracterizó todo un período de esplendor.

Los cuentos clásicos han estado siempre a su favor. Poco después de entrar a Papalote, se enlaza de manera definitiva a la poética de René Fernández, y logra una fusión de técnicas y potencialidades plásticas con su dramaturgia que caracterizó todo un período de esplendor. Las muñecas de trapo, la estatuaria africana, el brillo de nuestros orishas…, todo se confabuló en un reto constante, en el riesgo que los textos de René, de vuelta a la escena sin rencor y sí con muchas ganas de mostrar todo su imaginario, proponían incesantemente. La cucarachita Martina, y otra vez la Caperucita (un personaje recurrente en la trayectoria de Calero) se asomaron de vez en vez entre las fábulas míticas o modernas del director de Papalote, que iba de su tributo a Juan Ramón Jiménez y Platero, hasta el rejuego con la imagen deportiva en su Romance del papalote que quiso llegar a la luna. Fernández tuvo en su equipo respuestas luminosas y rotundas, y en 1988, cuando se estrena Okin eiye ayé, quedó claro que la tríada Fernández-Calero-Rubén Darío Salazar marcaba un antes y un después para el teatro de figuras en la Isla. Me niego a asumir únicamente como cuentos clásicos los que provienen del mundo occidental: en África y el Oriente no faltan hadas, brujos, reyes, reinas, príncipes o princesas de verdadera prestancia, y Zenén Calero ha sustentado tal idea diseñando con idéntico cuidado lo mismo un personaje de los hermanos Grimm que un ser proveniente de las loas o los patakíes. La obra de un artista se enlaza a la de los maestros de forma misteriosa, y cada vez que me enfrento a los títeres sobrevivientes de la saga afrocubana del Teatro Nacional de Guiñol, debidos a Pepe Camejo, no deja de asombrarme el aire de familia que convierte en herederos de esas imágenes a los que Zenén creó para El gran festín, Nokán y el maíz o El tambor de Ayapá. Y valga recordar que Calero y Camejo no cruzaron nunca palabras.

El punto de enlace es la mezcla de buen gusto, sello propio e investigación rigurosa, que beneficia al talento de modo innegable. Porque no basta con saber dibujar o modelar, se trata de poner todo ello en función de los anhelos de otros, si se trabaja en el espacio delirante del teatro, hasta hacer del títere un instrumento de alta expresividad, de vida propia, digna de complementarse y emular con la del actor vivo. En ese sentido, los retos asumidos por Zenén dentro y fuera de Papalote, hasta que se independiza como parte del naciente Teatro de las Estaciones, en 1994, confirman un crecimiento que le permite ir de una atmósfera a otra, de una narrativa convencional a una más atrevida, y de un proyecto cultural a los límites de su aparente contrario. Picasso es una influencia en La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón, y en La zapatera prodigiosa. La escuela impresionista es la base de su paleta en La caja de los juguetes, sobre el ballet de Debussy y Hellé. Picasso y el cubismo reaparecen en una nueva vuelta a La caperucita roja. El estallido de lo cubano salta en Pelusín del Monte, Pelusín y los pájaros, y se reacomoda conceptualmente en las maderas y los sepias de La virgencita de bronce. Federico de noche retoma el sueño lorquiano en un claustro nocturno que al mismo tiempo es firmamento, vientre maternal y prisión que solo el amanecer destruye: un amanecer imaginado por Salvador Dalí.

Lo extraordinario en Zenén Calero es que él sigue siendo fiel a sí mismo incluso cuando se impone ser espejo de otros. 

Lo extraordinario en Zenén Calero es que él sigue siendo fiel a sí mismo incluso cuando se impone ser espejo de otros. Su Pedro y el lobo, que tiene como punto de partida la estética acuñada por Alfredo Sosabravo es un ejemplo elocuente. Desde los recursos del pintor, el diseñador retoma esas claves para crear títeres planos que, sin embargo, rehúyen lo decorativo y a partir de las flechas, puntos, líneas, y figuraciones típicas del referente, las recombina en función del movimiento y el carácter de cada figura en el retablo. El concierto didáctico de Prokofiev deviene, entonces, ilustración viviente y recreación aguda que pone al niño no solo en contacto con la obra del compositor ruso, sino con la del artista criollo al que otro artista de la Isla reinterpreta, saliendo triunfante de empresa tan complicada. Es por ello que Zenén Calero es a su modo un clásico del diseño escénico en Cuba: puede hacer infinitas variaciones sobre el mismo tema, y nunca dejará de ser genuino y reconocible.

Prueba de ello es también su Pinocho, un cuento que siempre quiso trabajar. La versión que escribí para Teatro de Las Estaciones quiso alejar al colectivo de ambientes tan líricos como el de El patico feo, donde Zenén hace un empleo narrativo del color, a partir de las cuatro estaciones del año. Un Pinocho más crudo y contemporáneo se impuso, y Zenén quiso singularizar, en acuerdo con Rubén Darío Salazar, su condición extraña en un mundo de humanos, en el que impera el cinismo, el egoísmo, el valor del dinero que Pinocho no comprende, y hasta la crueldad. Pinocho/corazón madera, insiste en la línea que Calero ha desplegado en los montajes más recientes, donde se acerca a una idea minimal del diseño, librándose de aderezos y decorado, para ir a lo esencial, que es la fábula a la cual presta su mano. Escenario desnudo, elementos que entran y salen ágilmente del tablado, los actores como portadores de vestuarios que son, a la manera de la tradición oriental, también escenográficos. Y en el centro un niño de madera con ojos abiertos de tanta curiosidad. Cuando se trata de Alicia, apela a telones que le permiten el tributo al teatro de sombras, y en una escena como la del diálogo con el Gato de Cheschire, las escalas de la lógica se violentan, haciendo que el alocado minino crezca, disminuya, se volatilice en un empleo fabuloso de la luz negra y sus potencialidades, demostrando que aquella hermosa escena del invierno en El patico feo no había agotado en él sus ansias de investigación. Los clásicos son en sí mismos una fuente inagotable de imaginería, y Calero entra a ellos con la mirada limpia, y el anhelo de quien regresa para encontrar siempre un detalle no advertido sobre el que dibujar un nuevo paisaje.

Zenén Calero es a su modo un clásico del diseño escénico en Cuba: puede hacer infinitas variaciones sobre el mismo tema, y nunca dejará de ser genuino y reconocible.

Mi escena preferida entre todas las que ha dibujado para el retablo Zenén Calero es aquella de La caja de los juguetes en la cual, a manera de tributo a la alemana Lotte Reiniger, el soldado y la bailarina se van a una humilde casita para tener allí el idilio que se prometieron. Juego de sombras, la casa y las siluetas de los personajes están recortadas sobre fondo blanco, y cuando entran a la morada, salen de la chimenea flores y estrellas. La imagen está en el guion que propuse a Rubén Darío Salazar, pero la nitidez y eficacia con la cual se ve dicho momento, y se expone la metáfora de un amor feliz, es rotunda. Tiene ese aire de los cuentos europeos que vimos en la televisión durante la niñez, y el gozo moderno de quien trabaja sobre lo bello y lo sensible, en acuerdo perfecto con la música de Debussy. Escojo ese momento sobre muchos otros: el baile de almohadas y la madre como una Luna en Federico de noche, el tiburón que se rompe en Pinocho/corazón madera, las aves que de repente aparecen en la copa del árbol al que está amarrado el protagonista de Pelusín y los pájaros, o la fulgurante Torre Eiffel a la que ascienden Edith Piaff y Bola de Nieve en Por el monte carolé, o la salida, en coche imaginario, de los personajes de Los zapaticos de rosa en una atmósfera belle époque. Son tantas y tantas. En la galería de la memoria teatral todos esos momentos tienen la firma indeleble de un clásico nuestro. Me imagino una Cenicienta salida de su mano, una Reina de las Nieves, o una Bella Durmiente, que de seguro recrearía de modo muy distinto al que nos mostró cuando propuso su visión de El gato con botas, hace ya más de 20 años. Añado a eso lo mucho que le agradezco por dejarme sostener a la negrita Libélula, dicharachera y revoltosa, que Rubén Darío Salazar rescató del patrimonio casi perdido de Carril y los Camejo, y que Carucha, reina de ese universo, alzó en su mano derecha como si el tiempo y el olvido y el odio nunca hubieran pasado. Un títere es algo más que papel, madera y retazos de tela. Un títere es un alma dispuesta siempre a ser despertada. Y tiene su carácter, su biografía, su sentido del humor y del drama. Como cualquier ser humano. Eso lo aprendí con Zenén Calero. En el color y el ánima que insufla a sus personajes, desde el taller matancero donde reinventa paletas y texturas. Lo saludo ahora como quien vuelve a un clásico, porque en las páginas de su quehacer infinito me ha dejado releer otra vez esos cuentos. Y ya no puedo, lo confieso, ya no puedo imaginarlos sino es a través del modo en que él consiguió darles nueva vida.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato