La otra voz de Jaramar

Susana Berjaga • La Habana, Cuba

El nacimiento de Alma aconteció dos semanas antes de lo esperado. Como premio a sus ansias de conocer el mundo, su padre trajo desde la serranía huichola un nombre indígena para la recién nacida: Jaramar, que en lengua nativa significa “Nuestra madre el mar”.

Imagen: La Jiribilla

La cantante mexicana Alma Jaramar Soto eligió la música como el camino más auténtico para extender las alas propias, esas que no quería heredar de sus padres —artistas ligados a las artes visuales y escenográficas— en la búsqueda de una identidad individual.

No obstante, la influencia de su padre museógrafo y su madre bailarina, la acompañarían siempre por los senderos del arte. Es así que su actividad profesional ha estado compartida entre su trabajo como cantante y compositora (con al menos 12 producciones discográficas) y el diseño, el dibujo y la escultura.

“Yo comencé a estudiar danza y también pintaba, cuando me di cuenta apenas a los 17 años de que mi futuro no estaba allí, porque yo necesitaba encontrar algo realmente mío.

“Ya de chica, mi abuela paterna, cantante de formación y excelente maestra, consideró que mi voz valía la pena ser educada y empezó a darme clases de canto de una manera muy sistemática. Todos los domingos cuando la visitaba ella se sentaba al piano, vocalizábamos y así, sin yo darme cuenta, me fue educando la voz. Por lo que, cuando a los 17 años dejé de bailar, le pedí a mi papá una guitarra, como una necesidad muy mía. Seguía dibujando y realmente me interesaba la pintura, pero al tener la guitarra descubrí un mundo maravilloso.

“El problema es que a pesar de haber estudiado canto, yo no tenía conciencia de mi propia voz. Esa era la época del boom de la música latinoamericana, de la Nueva Música Mexicana y en ese contexto me voy a estudiar diseño a Europa. Creo que ese fue el momento determinante para la música en mi vida, porque me fui con mi guitarra y más que nada me dediqué a cantar”.

A partir de ese momento, Jaramar comenzó a cantar donde podía, de manera informal junto a amigos suyos. Primero se fue un año a Roma y luego otros dos a París para continuar con su carrera de diseño. “Ya era la época en que Europa estaba llena de exiliados suramericanos, la presencia de la música latinoamericana era muy fuerte y yo tenía amigos artistas, heredados de mis padres, que me adentraron en el mundo de la cultura y me conectaron con gente que estaba haciendo música, de vanguardia, digamos; y empecé a cantar y hasta a grabar. Entonces cuando regresé a México a los 22 años, ya ese era un camino clarísimo para mí”.

A pesar de no tener certeza sobre un repertorio para sus inquietudes, ella sabía que su música debía responder a una identidad propia. Era importante cantar cosas relacionadas con su mundo interior: un universo lleno de historias y tradiciones mexicanas, aprendidas de horas y horas de ferviente lectura. Este camino la llevó también a valorar “la palabra” dentro de la canción.

“Yo venía con estas ideas y al llegar a México comencé a ser parte de proyectos diversos, pero este tipo de música, así tradicional, llegó bastante pronto, y también de manera casual, como han sucedido casi todas las cosas en mi vida.

“Resulta que un amigo de mi padre, director de teatro, estaba montando una obra de Valle Inclán, de teatro clásico español; y él me comenta su idea de presentar un pequeño repertorio de canciones antiguas españolas, como calentamiento antes de la obra. ¡La verdad es que yo ni idea! No conocía nada sobre eso, pero me arriesgué. Por suerte él tenía mucha música de esta y yo empecé de una manera muy intuitiva a escoger canciones, con el gusto como único criterio. Sin intentar hacer un trabajo musicológico, empecé a montarlas de una manera muy personal y eso marcó la forma en la que a partir de entonces comencé a abordar esta música. En este proceso no solo descubrí un nuevo universo, sino que para mi enorme sorpresa, este repertorio quedaba perfecto para mi voz. Descubrí otra voz mía que surgía con esas canciones.

“La reacción de quienes me conocían de otras interpretaciones fue inmediata. Curiosamente, muchas eran personas sin conocimiento previo de tales melodías, era solo un impulso ante el sentimiento. Ahí me enamoré. Me dije que seguiría con mis proyectos, pero que no iba a dejar de cantar este tipo de música”.

Imagen: La Jiribilla

La primera incursión profesional de Jaramar fue con un proyecto de nueva canción mexicana llamado Escalón, junto a otros dos músicos. Con este trabajo, la artista consiguió grabar un disco y ganar un festival a nivel nacional. Fue esta su llegada al verdadero compromiso profesional con la música. Sin embargo, lo tradicional continuaba siendo una inquietud manifiesta y en su persistencia consiguió ser descubierta por grupos de música antigua, medieval y renacentista.

“Comenzaron a invitarme a festivales, a los que yo llegaba con mis versiones sui géneris, con sintetizadores, guitarra, teclado, de un contexto en que las interpretaciones eran muy ortodoxas. Luego, desafortunadamente, Escalón se desintegró porque uno se fue a estudiar a EE.UU. y más tarde el otro se fue a un grupo de rock, de  los tres integrantes quedé  solo yo, pretendiendo continuar con lo que era naturalmente mi espacio.

“Un poco más tarde me convertí en la voz de una agrupación que se llama Ars Antiqua y estuve con ellos durante diez años. Pero la idea de crear un proyecto mío seguía allí. Necesitaba un espacio donde yo pudiera marcar el rumbo y cumpliera con mis necesidades expresivas y personales.

“Después de buscar rumbo algún tiempo me di cuenta de que debía partir de esas canciones que me hicieron descubrir colores diferentes en mi voz. Así inicié el proyecto Entre la pena y el gozo, un disco que salió a la venta a finales de 1993 y marcó un punto importante en la música independiente de México porque no había nada con una sonoridad siquiera similar.

“Lo que hice fue tomar esas canciones antiguas y traerlas a un universo mío, contemporáneo. Con instrumentos como la guitarra eléctrica mezclada con zampoñas y flautas de pico y laúd. La idea era usar lo que teníamos en ese momento, porque a ciencia cierta nadie sabe cómo se interpretaban esas canciones en la antigüedad. Tomamos la melodía, el texto y dijimos lo que queríamos decir, buscando un lenguaje propio que comenzó a desarrollarse poco a poco.

“Me centré en esa música transmitida fundamentalmente mediante la oralidad, sobre todo el canto sefardí, una lírica heredada casi siempre por línea materna. Los judíos llevaron estas canciones durante el exilio y más tarde llegaron a América, se fusionaron y se pueden ver como base lírica de la Nueva canción mexicana, pero de otras expresiones tradicionales también en Colombia o Venezuela. Ahí supe que mi amor por esta música se debía a la conexión tan fuerte con mis raíces personales y con mis pensamientos e ideas”.

A Cuba, la cantante mexicana trajo una “revisitación” de ese primer disco que cumple ya poco más de 20 años. En su primera vez en la Isla, como invitada al Festival Las Voces Humanas de la Oficina Leo Brouwer. Jaramar regaló a los nacionales una recopilación de ese repertorio, pero no de manera reproductiva, sino una reinterpretación de las canciones, lo cual responde a una nueva etapa de su vida.

“Ahora son integrantes diferentes en el grupo, la sonoridad también es otra porque se trata de una instrumentación distinta, entonces se trataba de ver en una nueva perspectiva.

“Además, ahora tengo otras influencias: he comenzado a componer, he recogido otros temas de la música tradicional mexicana e incluso inicié un camino alternativo con otro grupo de jazz, porque quería ver qué podía hacer yo con esta música que me fascina. Gracias a esta necesidad nació el trío Caída libre, ¡riesgo absoluto!, que lleva contrabajo, guitarra y voz, nada más.

“Sin embargo, el camino de Jaramar como proyecto artístico sigue vinculado a lo tradicional fusionado con elementos contemporáneos para crear un lenguaje que refleje todo lo que yo soy: alguien que ha heredado una lírica de mis ancestros, de mis raíces; alguien que ahora necesita traer a un espacio sonoro canciones que me definan.

“Esta es mi primera vez en Cuba. He viajado por el mundo con este repertorio, con giras extrañas, como hace un par de años en la India; y otras emocionantes como en Alemania, donde apenas nadie en el público entiende las letras, pero eso te permite entender que la música es un lenguaje capaz de traspasar barreras de idioma, de géneros, de épocas, y tocar el corazón”.

El calor de los aplausos rebotando en las paredes del Teatro Mella, este martes 12 de octubre, reveló para Jaramar que también en los cubanos radica esa raíz profunda que nos conecta con la música latinoamericana.

“Mi deseo siempre es que el público, sea conocedor o no, se conmueva; que la música se quede con ellos. Porque mi intento es que sea real. Quiero que mi música sea lo más honesta y lo más vinculada a lo que soy yo, porque si es real logrará tocar algo real también en los demás”.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato