Don Zenén

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

Si hay un sitio donde tan bien se está, es Matanzas. Matanzas es los amigos, el teatro, el puente sobre el San Juan,  la Plaza Vigía y sus vigías, Guanima y mis hijos, Albio y sus ratoneras, el camino a la playa de la infancia y a la casa de Joseíto, El Mirón, Mercedes, Pancho y su hermosa prole, Ulises, Pedro Vera y su amabilidad, el parque de La Libertad, la noche.

Imagen: La Jiribilla

Matanzas es las estaciones de Zenén y Rubén. No hay lugar en Cuba donde los homenajes, al menos en el teatro, se sientan verdaderos, auténticos, aun con las formalidades de rigor. El jubileo nace de manera natural, los invitados no nos enteramos de las dificultades de la bodega, que las hay. Se da fácilmente, con gracia y clase.

Hace unos días Zenén Calero cumplió 60 años. Mucho antes nos habíamos dado cuenta del calibre de este caballero, de su estirpe, cuyos ejemplares escasean en la familia de los humanos, para decirlo científicamente.  Mucho antes habíamos advertido ese linaje de hombre de bien combinado con talento, inteligencia, bondad, creatividad, cultura, encanto. No era un dato. Es un conocimiento tácito. Zenén es todo eso y las palabras no llegan a su altura, amén de que pueda sonar cursi, y está de más decir que no importa.

Sin embargo, el coloquio organizado en primerísimo lugar por Rubén Darío Salazar Taquechel, desde los corazones del teatro y de la vida, la Casa Editorial Tablas-Alarcos y la Casa de la Memoria Escénica en Matanzas, con los apoyos de otras instituciones, puso en relieve no lo que sobradamente sabemos de Zenén, sino lo que nos falta por conocer.

Abrió la mañana una muestra con fotografías de Julio César García donde el protagonista es Zenén. Momentos que capturan segundos de la vida cotidiana del diseñador, instantes atrapados en su lente que dibujan un perfil breve pero elocuente de quién es este Caballero Calero.

Admirado y un poco aturdido por tantos elogios, el agasajado ocupó su asiento en la primera fila, como la reciprocidad generosa exige en estos casos. Desde allí, se le notaba nervioso, asombrado de noticias sobre sí mismo, a veces impávido ante su propia obra. Así es Zenén. Consciente de su trabajo, de sus resultados, pero desorbitado por lo que otros han visto en él. Así estaba, al punto que dio explicaciones básicas, con naturalidad e ingenuidad, de su propia vida profesional, de por qué hago esto, y esto otro, cómo lo hago. “¿Entiendes?” Así me preguntaba Zenén y también se respondía a sí mismo. Y su grandeza se instalaba en la sala Estorino de la calle Milanés (y el sonido de esta oración es maravilloso).

Rubén supo, siempre lúcido, juguetón y certero, hacer bien las cosas. A la mesa del coloquio sentó a cercanos y estudiosos de la obra de Calero, al menos, de esa producción más visible. A cada uno le dio la tarea de iluminar aristas que conforman el todo Zenén, o una parte de ese todo nunca sondable completamente. Muchos bromeaban acerca de la espontaneidad con que Rubén les había encomendado los temas. Sí, no había sido del todo espontáneo, pero no hubiera sido efectivo para abrir los broches de esa inmensa obra dejarlo al deseo de cada cual. Porque, pensándolo bien, si así hubiera sido, estaríamos frente a un Zenén identificado con los espectáculos que durante más de 20 años Teatro de Las Estaciones ha dibujado en la pupila de miles de espectadores en Cuba y fuera de la Isla; o aquel Zenén maestro del diseño escénico junto a nombres como Jesús Ruiz, Raúl Oliva u Otto Chaviano o el Calero que estampa su firma en la esquina del cartel del Taller de Títeres de Matanzas, aquel niño que también es él con un papalote que nunca se va a bolina.

Imagen: La Jiribilla

No, el Zenén que Rubén quiso trazar de la mano de sus amigos fue aquel que establece una relación creativa con los clásicos y vuelve clásicos sus propios acercamientos, como dijo Norge Espinosa;  el que mira Yudd Favier con lupa para descubrir el detalle que hace la diferencia en los personajes de Zenén, es decir, en sus hijos; o el que aborda, desde su pulso fantasioso, la gráfica en carteles, programas de mano, postales, en la ilustración y diseño de libros y revistas, según una acuciosa aproximación de Blanca Felipe; aquel que ha revisitado y reconfigurado una iconografía a partir de la cosmovisión afrocubana, tema que quedó pendiente de la mano de Marilyn Garbey; el Calero que ha marcado época a través de la huella de su diseño para títeres haciendo que Armando Morales deje claro que el teatro de muñecos es el teatro del diseñador; o las sucesivas construcciones dramatúrgicas del espacio que advierte Ulises Rodríguez Febles en las piezas de este maestro.

Es notable. Sentados a la mesa, como si estuvieran sentados en la cocina de la casita frente al mar donde Silvia Taquechel es solícita y generosa como pocas, también madre de este otro hijo blanco, rubio, nórdico de Cárdenas, estaban los amigos. Obvio. Amigos que han seguido la impronta de Zenén, gente de teatro que se ha dedicado a compartir no solo experiencias de vida, sino también, del oficio, gente que ha construido con él su propio imaginario del teatro.

Sin embargo, como decía, muchas asignaturas quedaron pendientes: su labor en la danza, en la moda, en el magisterio, en las artes plásticas, etc.

Imagen: La Jiribilla

No hay que esperar a los 65 o a los 70 Rubén para armar otra mesa, quizá más cerca del mar, para hablar de todo lo que nos faltó. No, Rubén. Y Zenén me abre los ojos, un poco desconcertado. No es para tanto, seguramente pensó este hombre modesto, noble, inmenso.

Luego de una obligada pausa, la tarde se reanimó en el Jardín Pelusín del Monte (JPM), un montaje perfecto para conversar, compartir picaditos y bebidas, al amparo del viento, los cactus y los bonsáis de Zenén. Una iniciativa que Teatro de Las Estaciones ha aprovechado en sintonía con los tiempos de emprendimiento y gestión que corre