Crítica de la razón crítica

Rine Leal • La Habana, Cuba
Foto cortesía de: Vivian Martínez Tabares

Entre las muchas y muy variadas definiciones del homo criticus hay una que siempre ha conquistado mi prefe­rencia: el crítico es un espectador especializado. Creo entrever en esas palabras la clave fundamental de la razón crítica. Nada de doctas definiciones ni un estado especial de la inteligencia, simplemente una condición profesional, una asidua asistencia a los espectáculos y por supuesto, una paciencia jacobina. El crítico pues, no nace espontá­neamente sino que se forma en los fórceps de la especialización. ¿Que cualquiera puede transformarse en crítico teatral? Desde luego, y la historia, tanto universal como cubana, así lo prueba, de la misma manera que cualquiera puede ser actor si se lo propone firmemente... y posee condiciones.

El crítico pues, no nace espontá­neamente sino que se forma en los fórceps de la especialización.

¿Qué distingue entonces a un espectador común de un espectador crítico? En la falta de ingenuidad que su tra­bajo supone, en ese segundo ojo (the mind's eye de que habla Hamlet) que nos hace ver más allá de las apariencias escénicas, y en conceptuar el teatro como un estado de la cul­tura y no un entretenimiento ni un negocio, aunque tenga de ambas cosas. El resto, bueno, el resto es conocimiento del teatro, habilidad literaria, inteligencia, sensibilidad y lectores.

Imagen: La Jiribilla

Como espectador especializado, el crítico forma parte del proceso de creación artística. En el caso hipotético de que alguien me pidiera definir el teatro, respondería que “es una historia representada por actores en vivo delante de un público”. Es este último factor del trípode el que le brinda al teatro su carácter de fenómeno estético, lo sitúa como un hecho social y le concede su perenne vita­lidad. El espectador cierra el proceso de creación que comienza en la soledad del dramaturgo, y el crítico, público público, es su representante ideal. Por la misma razón que una obra de teatro no existe sin su público, tampoco podrá existir sin su crítico.

Ahora bien, cada espectador es un juez en ciernes, una potencia a considerar, una inteligencia operando sobre el escenario. Cada vez que he escuchado elogios (en mucha menor escala de la deseada, lo confieso sin malicia) he oído la misma frase repetida hasta el cansancio: “tu crítica es excelente. Dices lo mismo que yo pensaba”. Cada es­pectador juzga en la medida de sus ideas y cada crítica será evaluada en la exacta medida en que coincida con sus juicios. Nadie que yo sepa acepta como bueno un criterio que contradice el propio, por la sencilla razón de que todos somos críticos. El mundo en realidad se me aparece como una esfera rodeada de críticos por todas partes, menos por una que se llama ignorancia.

Cada es­pectador juzga en la medida de sus ideas y cada crítica será evaluada en la exacta medida en que coincida con sus juicios.

¿Pretende lo anterior establecer la primacía del crítico por encima del dramaturgo o el actor? Goethe hablaba de que “verde es el árbol de la creación y gris el de la crítica”, olvidando por supuesto las críticas que él había hecho. No infiero de lo anterior conclusión alguna. La crítica es parte del proceso de creación pero no hay que confundirla con todo el proceso. No sé si lo anterior parte del hecho, la­mentable o no, de mi profesión, y tal vez si fuera drama­turgo, director o actor, pensase y escribiese todo lo con­trario. Eso no hace sino probar que en el arte, como en la vida, cada hombre es la medida de las cosas, cada artista el ombligo del mundo, cada escritor el centro del universo.

¿Subjetivismo? Es probable, pero soy de los que cree, mientras no se me demuestre lo contrario, que todo juicio es personal, emana de una individualidad y no debe a los otros más que la copia servil de opiniones ajenas y tan personales, subjetivas, como la primera. Se oye hablar mu­cho (en realidad demasiado) de crítica “objetiva” y “cons­tructiva”, empleados esos términos como la solución ideal para formar un crítico ejemplar. Los rechazo ambos por una cuestión de términos, de anfibología. En vez de “objetiva” prefiero “imparcial”, “correcta”, “cabal”, “profesional”, “competente”, “inteligente”, “suficiente”, y para sustituir a “constructiva” propongo “equitativa”, “recta”, “razona­ble”, “justa”, “honesta”, “sincera”, “capacitada”, “exacta”, “fiel”, “apta”, “idónea”, “hábil” o cualquiera de los sinó­nimos castellanos que nos sugiere Grates. Toda opinión es un acto de fe personal, donde entran en juego elementos tan disímiles como la formación intelectual y moral, la extrac­ción social, sensibilidad, inteligencia y, por supuesto, intere­ses clasistas y políticos. Nadie critica con cabeza de otro, y el crítico —testigo voluntario de su época— es una brú­jula que marca el pensamiento de su tiempo.

Una crítica será una crítica (es decir, un análisis creador del arte) o no lo será.

 

Nota: El texto es el fragmento inicial de su prólogo a En primer persona.

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