Refundimiento y refundación de los discursos

Caridad Atencio • La Habana, Cuba

Hablar de un libro a veces es tarea fructuosa si se sabe leer sin traicionar los mensajes y reclamos abiertos de quien lo escribe. Este es el caso del presente volumen Martí, eros y mujer (revisitando el canon, otra vez). [1] de Mayra Beatriz Martínez. Ella nos alerta en un lugar crucial del mismo que su mirada es diferente. Y lo digo, trasvasando ya los umbrales de modestia que el que escribe proyecta sobre el receptor. Ella nos alerta que va a discrepar, para rápidamente suscribir que construye su reconocimiento sobre el reconocimiento de Martí, su constructo sobre el constructo de la figura, “y no sobre la aceptación tácita de criterios establecidos”.

Una voz generacional se despoja del fardo de una exegética que acumula más de un siglo de acercamientos, leyéndola entre líneas. De más está decir que dicha condición denota la objetividad, sinceridad y ética del crítico, y es el fundamento del fruto nuevo. El libro viene a contener y revocar, con afán de cientificidad, esa hemorragia de visiones idílicas sobre Martí a través de un aparato teórico amplio y multitemático que pone al clásico a beber las aguas de este tiempo con un poder de resistencia, es decir, inevitabilidad de corrosión, digna de los valores de la literatura universal.

La apariencia de oxímoron de la primera afirmación del libro nos desliza en él con la misma potencia o imán que las primeras líneas de una buena novela. Es a eso a lo que nos enfrentamos: a deslegitimar legitimando. Desmontar el retablo de una compleja hagiografía que ha proyectado la trascendencia y los límites de la figura es anhelo y, digo yo, fruto de la ensayista. Develar el ying y el yang, asunto tan natural ya hasta en los occidentales, reviste aquí la condición de verdad que queremos oír y ver fundamentada. Se constata la elevación y el punto de mira que permiten el desboque de las generalizaciones, los tejidos del ser martiano superpuestos por su deber ser. Y “revisita el legado como forma de recuperar lo real”.

Nos seducen los subtítulos del ensayo, a modo de sentencias, verdades allanadoras del camino, poseedores de la atracción, del gancho con que se titula un capítulo de novela, los matices sicológicos del acercamiento sin recargas sicoanalíticas y cómo la autora sintetiza el peso y la función del intelecto martiano. En tal sentido afirma: “Percibir sensorialmente, «autorreflexionar», y, aún más interpretar creativamente los espacios americanos aprehendidos fueron, sin dudas, algunas de las tareas fundamentales de su vida”. (p. 11)

Señalo pues la absoluta novedad del tema dentro de los estudios martianos, así como la madurez de las hipótesis y tesis vertidas en estas páginas, a tono con algunos de los fundamentos de los estudios culturales que le ofrecen amplia cobertura a la autora para el logro de sus propósitos, y no resulta un instrumento frío que se suma a la disección, sino que por el contrario parece el arma eficaz, la herramienta que hace posible el tránsito menos vedado hacia la verdad. Las interpretaciones y valoraciones desviadas de la figura prueban lo imprescindible de este acercamiento, y la acentuación de su perfil como necesidad objetiva. En otras palabras, hacia donde va el mundo va la teoría. Se profundiza en las raíces filosóficas e históricas del erotismo para el tiempo de Martí, y en apretado párrafo nos confiesa una de sus polémicas tesis: “Desde luego, la explosión literaria de los sentidos que sobrevendría no dejó de hacerse patente en Martí, justo uno de los iniciadores del movimiento (modernista): se manifestó a través de sus representaciones de los múltiples planos de la experiencia humana, aunque, esencialmente, supo mantener como fundamento una fuerte espiritualidad y una voluntad educativa de hacerla evidente, que lo llevó siempre a operar específicamente en la esfera de lo erótico de forma muy refrenada”. (p. 18)

Y el problema al que se enfrenta esta investigación: ”quien justo pretendía fijar las más audaces prescripciones a través de un proyecto cultural revolucionario en su sentido más amplio […] establece, al mismo tiempo, un discurso erótico que, para la época y en general, puede considerarse conservador —al menos de modo explícito”.

Luego de lo cual quedan develadas las estrategias del estudio: “Para tratar de explicar el por qué, pienso que se debería atender a dos cuestiones fundamentales: por un lado, se tendría que sopesar suficientemente los presupuestos contextuales específicos y contingentes que determinaron la vida y el pensamiento del Apóstol; por otro, habría que intentar establecer una línea de progresión —presumiblemente matizada por reiteradas intermitencias, según el carácter y propósito del documento de que se trate, el medio a utilizar para su divulgación, si tal fuera su intención, y las características de sus presuntos destinatarios— que evidentemente existen en el pensamiento martiano referido al amor de pareja y al ideal femenino. Los inicios de esa progresión podrían buscarse —como veremos— en la conocida misiva enviada a su madre desde presidio en 1869, y la culminación, a inicios de la década de los 90, en textos periodísticos, y ya en 1895, en cartas a María y a Carmen Mantilla, a Carmen Miyares, y a sus últimos diarios de campaña —pasando antes, desde luego, por imprescindibles momentos de la narrativa, el teatro y la poesía”. (p. 27)

Donde se contraponen hábilmente el discurso íntimo y el discurso publicado o representado. En esa línea de progresión que describe el “juego de la intermitencia” entre lo que se oculta y lo que asoma tras la máscara es recorrida la obra de Martí. La autora en su afán de verdad y por ende, de deslegitimación, polemiza con los grandes exegetas de Martí, por ejemplo Cintio Vitier, en cuanto al sufrimiento corporal del escritor y las primeras inscripciones en su literatura, considerando sus consecuencias más como asientos de vocación de pasión que como asientos de vocación de su voluntad.

El progreso, el comentario de esta idea en la obra martiana construyen el universo documentado y ameno de este libro. La novedad, la precisión conceptual y la capacidad de la autora para crear sus propias categorías son algunas de las virtudes del ensayo. Las categorías creadas por la ensayista en un marco estético —teórico adscrito a la postmodernidad a veces muestran huellas de un forcejeo, una violencia que habla de un refundimiento y una refundación de los discursos. Se descubren pulsiones y la oscilación de imágenes que subyacen en la proyección de su alma toda o de su corpus sicoliterario, por tanto para continuar reflejando mi discurso en la voz de la autora se asiste al “descubrimiento regocijado de no pocos matices cuestionadores de los patrones genéricos de su época y contexto, capaces, incluso, de contradecir aquellos que Martí se ocupa de comunicar explícitamente en los hasta ahora considerados los momentos más significativos y difundidos de su obra”.

¿El lugar de la comprensión ya no se junta con los lugares de la excitación? Bien pudiéramos preguntarnos para problematizar la sentencia de Michaux y proyectarlos contra la figura sometida a estudio y contra la propia ensayista. De momento solo podemos probar que en su libro se han combinado quizá armónicamente la razón y la imaginación. Para orientarnos recordemos los conceptos de razón e imaginación esbozados por Shelley: Para él la razón es “la contemplación por parte de la mente de las relaciones que se mantienen de un pensamiento a otro, independientemente de cómo se produzcan”. Y la imaginación “sería la mente actuando en tales pensamientos a fin de matizarlos con su propia luz, y componiendo a partir de ellos, cual si fueran elementos, otros pensamientos, cada uno conteniendo en sí mismo el principio de su integridad”. El concluye afirmando que “la razón respeta las diferencias en las cosas, y la imaginación, las similitudes entre ellas”.

Ante tales develamientos que se reproducen infinitamente, siempre que haya pulso y erudición, no queda otro remedio que el regocijo. Celebro el afán de sinceridad, el fin en sí mismo de este ensayo, que no pretende convencer a nadie de las excelentes dotes de su autora, ni conquistar un espacio académico preconcebido. Celebro su verdad y las astas potentes de trascendencia que la cercan, y el gesto humilde y valiente con que ha sabido ser hija de su tiempo.

Notas:

Mayra Beatriz Martínez. Martí, eros y mujer (revisitando el canon, otra vez). Editorial del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2015.

 

 

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