Rine Leal, el crítico teatral

Vivian Martínez Tabares • La Habana, Cuba

Cuando en los albores de 1976, el profesor y crítico teatral y cinematográfico Mario Rodríguez Alemán vislumbró la posibilidad cierta de fundar en Cuba la enseñanza superior para las artes, de inmediato pensó en Rine Leal para que lo ayudara a estructurar las carreras relacionadas con la escena, y en particular con el camino teórico que abriría la nueva especialidad de Teatrología, como una presencia inefable, un pensamiento y una voz indispensable para entrenar pensamientos y voces capaces de pensar y valorar el quehacer vivo de la escena y ponerlo a dialogar entre sí y con sus espectadores; para retomar los empeños aislados que, como los de otros muchos sobre las tablas, un grupo de amantes del teatro habían emprendido al pensar, para el presente y para el futuro, el trabajo creador que apreciaban en los escenarios. Rine venía de un ejercicio del criterio en torno a la escena por más de 20 años y la publicación en 1975 del primer tomo de La selva oscura, dedicado a rastrear la saga del arte teatral de la Isla desde sus orígenes hasta 1868, lo había consagrado como el historiador del teatro cubano.

Imagen: La Jiribilla

Obra magna del camino recorrido por el teatro nacional, La selva oscura culminaba largos años de investigación en archivos, bibliotecas y hemerotecas de la Isla —sin fax, internet, google ni correos electrónicos, pero con infinita paciencia, energía, y curiosidad creciente— en los cuales Rine ordenaba y recreaba con fluidez y amenidad datos factuales, notas tomadas de aquí y de allá, acumuladas en pequeñas fichas manoseadas dentro de cajas de zapatos, con las que aportaba valoraciones y análisis con la vocación del que busca apasionado el detalle perdido o la razón detrás de cada hecho. El segundo tomo, dedicado a la etapa que va de los bufos a la Neocolonia (1868-1902) vería la luz en 1982.

Rine viajaba de lo conocido a lo desconocido, y además era capaz de fabular maravillosamente y con absoluta responsabilidad, en función de llenar el hueco insondable en pasajes perdidos de la historia, desde el conocimiento profundo y el amor por la profesión teatral.

Rine viajaba de lo conocido a lo desconocido, y además era capaz de fabular maravillosamente y con absoluta responsabilidad, en función de llenar el hueco insondable en pasajes perdidos de la historia, desde el conocimiento profundo y el amor por la profesión teatral, que había conocido por dentro, desde que se aventurara como dramaturgo o actor fallido o cuando colaboró con algún grupo, como un simple iluminador que con sus manos metía en un cubo con agua dos cables para producir un oscurecimiento en la atmósfera de la escena. Pero, sobre todo, sentado durante infinitas noches en pequeñas plateas, apreciando el modo en que los artistas cubanos se apropiaban de seres y tensiones propias y ajenas, e iban alimentando un modo auténtico de expresión.

Más de una vez le escuché decir a Mario Rodríguez Alemán —cuya mejor experiencia, la de brillante y actualizado profesor, también tuve la suerte de disfrutar— que al llamar a Rine para darle la feliz noticia de que muy pronto se abriría una universidad para los estudios artísticos: el flamante Instituto Superior de Arte, en el no menos deslumbrante conjunto arquitectónico —diseñado por Porro, Garatti y Gottardi— para las escuelas nacionales de arte, Leal le preguntó cómo podía matricularse. Y el futuro rector debió aclararle que justamente lo necesitaba de inmediato para que asumiera responsabilidades concretas como organizador y docente imprescindible.

Rine había abandonado estudios de Derecho y se había formado académicamente en la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling, pero su aprendizaje más sólido y sistemático lo había adquirido en las salas, ensayos, estrenos y reposiciones, en un diálogo permanente con actores y actrices, dramaturgos, directores y en la necesaria polémica con ellos y con otros críticos. Y siempre hizo público su criterio, ya fuera en diarios, mensuarios, revistas culturales y especializadas. Publicó, entre otros, en Nueva Generación, Ciclón, Carteles, Bohemia, Lunes de Revolución, Casa de las Américas, Cuba, Conjunto, Islas, La Gaceta de Cuba, Unión, Santiago, Universidad de La Habana, Revolución y Cultura, Tablas, El Caimán Barbudo o en seminarios, charlas y conversatorios.

Para quienes nos formamos en el ISA, a lo largo de ya casi 40 años en el ejercicio de la crítica teatral, Rine sigue siendo un referente capital y, desde el punto de vista humano, entrañable. Pero también ha sido una guía fundamental para otros, graduados de Letras o de Periodismo, que con empeño y rigor han traspasado la labor de difusión y bebieron de su ejemplo. Lo recuerdo vivamente ante el aula, primero de Calzada y 8, en uno de los salones de la planta baja de la entonces joven Casa de Cultura de Plaza, luego en L y 19, en un espacio “robado” en las noches a la escuela vocacional de ballet —tal fue la saga de espacios que siguió mi grupo, fundador— y luego entre los ladrillos de la laberíntica Facultad de Artes Escénicas. Con sus gafas agarradas por la bisagra, aleteando al viento, su boquilla, y su ímpetu soñador, capaz de revivir para nosotros las batallas de Hernani, el repertorio del teatro Shangai en el corazón del Barrio Chino habanero, con su tarifa para cada tipo de desnudo; la vocación contracorriente de los artistas de las salitas; la dramaturgia norteamericana de la desintegración, tan frecuente en los repertorios de los años 50; o la impronta de Sergio Corrieri al frente de un grupo de artistas para revolucionar la escena al emprender la ruta hacia las montañas del Escambray. Y la dramaturgia de Virgilio Piñera, sumergida entonces en el silencio del que lo rescataríamos también con la ayuda de Rine una década y media más tarde. [1]

Tenía detrás, un contundente legado crítico, recogido en volúmenes como Viaje a la crítica (1962), una monografía dedicada a Eugene O’Neill (1963), En primera persona (1954-1966), de 1967;  El teatro (1968), y el manual de 1980 Breve historia del teatro cubano, además de sendas antologías de teatro bufo, dramaturgia del siglo XIX, comedias de la misma época y teatro mambí, prologados por él con enjundiosos estudios; Introduçao ao teatro cubano. La selva oscura, tomos I y II publicada en Lisboa, junto al teatrista Rogerio Paulo. Todo ellos reclaman completarse con tanto material ensayístico y valorativo disperso en revistas especializadas y culturales de dentro y fuera de Cuba, un empeño que Letras Cubanas ya emprende.

Su interés —pionero— por ampliar desde un punto de vista inclusivo y transterritorial la mirada analítica a la creación dramatúrgica nacional, [2] se concretó en otro volumen, la antología Teatro: 5 autores cubanos, publicada por Ollantay Press, en Nueva York, en 1995, que Leal prologó, y de aquel texto cito un fragmento que resume la fundamentación de su empeño:

“…a través de estas constantes —insularidad, resistencia, identidad, choteo, otredad, parodia, familia amenazada, realidad y apariencia— surge una dramaturgia común que se unifica y define en términos de conciencia histórica y diversidad expresiva, como un rostro múltiple que se contempla en su espejo […]. Es una dramaturgia vital, que entronca ambas orillas y que aspira a su unicidad orgánica. Lo que importa en definitiva es asumir ese ‘otro’ teatro y juzgarlo en función de su calidad estética más allá de coyunturas temporales que vencerán a la ausencia y el olvido.” [3]

Hoy, cuando muchas veces alguna “crítica” peca de epidérmica o de laudatoria a ultranza, o cuando más de un entusiasta periodista cultural se autotitula eufemísticamente crítico, y hace públicas festinadas impresiones, sin conocimiento teatral y por ende sin argumentación especializada, me parece ver a Rine con su mirada aguda y su fina ironía desbarrar contra la mediocridad y la improvisación, exigente como fue en su magisterio; insistir en la obligación de aprender, todos y cada uno de nuestros días, los secretos de la naturaleza del teatro, de los procedimientos y opciones de estilo que conforman una poética, de la trama oculta contenida en cada proceso de creación, como inefable instancia creativa. Él mismo, que se formó por la vía del autodidactismo, lo sabía bien, e insistía en el rigor del aprendizaje del teatro por dentro, de la dedicación de cada noche, a la vez que nos exaltaba, a los primeros teatrólogos bajo su tutela, como llamados a abrir una etapa nueva para nuestra escena.

Él mismo, que se formó por la vía del autodidactismo, lo sabía bien, e insistía en el rigor del aprendizaje del teatro por dentro, de la dedicación de cada noche, a la vez que nos exaltaba, a los primeros teatrólogos bajo su tutela, como llamados a abrir una etapa nueva para nuestra escena.

Él, que en un periodo de su vida profesional se había hastiado ante las expresiones reiteradas de un teatro pobre en ideas y creatividad, y gracias a ese mismo rigor se había ganado el calificativo de “la peor calamidad del teatro cubano”, supo optar por dedicarse al trabajo aislado del investigador, hurgar en las raíces, rearmarse de fundamentos del oficio, seguro de que la tormenta pasaría y él podría regresar y traer nuevas bases e ideas para seguir, con los otros, pensando el teatro cubano.

Por eso cuando disfruto los hallazgos de un discurso escénico y mi cuerpo y mi mente de espectadora especializada se dilatan exaltados ante ellos, o al percibir la presencia rotunda de un actor o actriz que saben qué se traen entre manos y nos tocan el corazón o el pensamiento, pienso en él, y en cuánto lo habría disfrutado con nosotros. Igualmente, cuando —más a menudo de lo que quisiera— me agobia una mala experiencia en medio de la platea oscura, o me impaciento frente a trayectorias torcidas o empantanadas en vacíos conceptuales, casi siempre lo invoco, y fabulo acerca de qué haría Rine, con qué boutade genial desharía de un plumazo verbal la farsa, envestido de la fe y el amor por el teatro que entendía la crítica como imprescindible en una verdadera escena profesional enraizada en su contexto, la misma fe y el mismo amor que con su ejemplo nos inculcó.

 

Notas:
1.   Cuando en 1988 publiqué, al frente de la edición de Tablas, en el n. 1 de ese año, Un arropamiento sartorial en la caverna platómica, fue Rine el encargado de escribir el acucioso estudio introductorio.
2.   Ver Rine Leal: “Asumir la totalidad del teatro cubano”, La Gaceta de Cuba, sept.-oct. 1992, p. 7.
3.   Rine Leal: “Ausencia no quiere decir olvido”, prólogo a Teatro: 5 autores cubanos, Ollantay Press, Jackson Heights, New York, 1995, pp. xviii-xix.

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