Mi credo teatral

Rine Leal • La Habana, Cuba

Creo que por una feliz asociación, en estos momentos acuden a mis labios los versos del amado poeta:

Retirado en la paz de estos desiertos
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos.
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Supongo que descubro, inconscientemente, algunas claves de mi vida y mis letras. Mi perpetua soledad, aun esa terrible soledad lopesca de dos en compañía; la pasión por los libros que me ha llevado a convertirme no precisamente en un escritor, sino en un autor de libros, un escriba, y ese diálogo permanente que toda investigación abre con el pasado, con esos muertos que de pronto irrumpen en nuestra actualidad y se hacen imprescindibles porque suplantan a los vivos. En mi caso los libros ajenos no han hecho otra cosa que enmendar los míos, se han mostrado siempre abiertos pero pocas veces entendidos, y han terminado por crear una segunda verdad en la que el sueño de la vida se transforma en la vida de un sueño. Tal vez sea por la naturaleza del teatro, de ese arte que Peter Brook decía que está escrito en el viento, y que posee su propia realidad no como mímesis sino como naturaleza propia. De ahí que para mí la verdadera realidad es la teatral, y que como los personajes de Pirandello o Woody Allen vivamos una como real y la otra como sueño vivido, sin poder deslindar en ocasiones las fronteras que delimitan y seccionan.

Imagen: La Jiribilla

En mi caso los libros ajenos no han hecho otra cosa que enmendar los míos, se han mostrado siempre abiertos pero pocas veces entendidos, y han terminado por crear una segunda verdad en la que el sueño de la vida se transforma en la vida de un sueño.

Desde hace más de 40 años vivo inserto en la cultura de mi país. Desde los días iniciales en que editábamos revistas, fundábamos el primer cine club del país, realizábamos la temporada popular de teatro en el Parque Central sin cobrar ni los espectadores ni, por supuesto, nosotros, hasta los momentos actuales en que las distinciones y los honores se acumulan de tal manera que me hacen pensar en la generosidad o en un prudente retiro, mi vida se ha deslizado, en forma nada plácida, entre libros, creadores, escenarios y polémicas. Ya en En primera persona, un libro que amo hasta el delirio, especie de confesión y testamento de una época, dije: “Porque somos los supervivientes, los que hemos visto nacer y ayudado a desarrollar el teatro cubano. Nosotros los supervivientes, los que hemos pasado de la anarquía personal a la planificación, de las pequeñas salas a los grandes teatros, de la función en precario a la obra diaria, tenemos un mérito: sabemos lo que hemos ganado y más aún, todo por lo que tenemos que luchar, que es bastante”.

Eso escribía en 1966, un año climático en nuestra escena. Veinticuatro años más tarde descubro que la batalla por un teatro mejor continúa, pero en ocasiones tengo la maldita impresión de que las trincheras apenas si se han movido.

Dado que ceremonias como estas mueven a la nostalgia o las confesiones, me inclinaré por lo segundo. Cuando triunfó la Revolución y los teatristas nos encontramos por primera vez en nuestra historia con las posibilidades abiertas para el sueño y la creación, todos pensamos que íbamos a cambiar el perfil definitivo de nuestra cultura, que en pocos años nuestro público caería en éxtasis ante un clásico, que rechazaría el melodrama, que olvidaría la imagen superficial de lo vernáculo, que abarrotaría los museos y galerías, gustaría sólo de filmes de arte, agotaría las ediciones de los libros fundamentales, y sobre todo; que su actitud ante los espectáculos sería de respeto y estímulo: Al igual que soñábamos con un horizonte de fábricas lo hacíamos con un paisaje de legítima creación.

Treinta años después me pregunto si no somos nosotros los derrotados, si no hemos entendido en realidad a nuestro pueblo, o probablemente que la batalla cultural está pavimentada de derrotas ocasionales y pequeños triunfos que van sedimentando una victoria final a la que contribuimos pero que no es fácil y está preñada de maniobras tácticas.

Nos lanzamos al asalto de la incultura sin más armas que la inexperiencia y el entusiasmo y hemos pagado bien caro, en ocasiones, las derrotas.

Nos lanzamos al asalto de la incultura sin más armas que la inexperiencia y el entusiasmo y hemos pagado bien caro, en ocasiones, las derrotas. No soy un pesimista, diría más bien que me encuentro en el grupo de los optimistas bien informados, pero les aclaro que a pesar de mis 60 años estoy dispuesto a comenzar de nuevo y si es necesario ser derrotado por segunda vez. En esta terca obstinación está en realidad la victoria final.

Recuerdo que en Moscú un colega me preguntó, no sin cierta picardía, por qué me dedicaba a estudiar el pasado y no el presente. Aunque creo ser el crítico que más ha escrito sobre sus contemporáneos a pesar del sabio consejo de T. S. Eliot, lo cierto es que mi mirada ha ido incontables veces sobre el pasado, sobre esos difuntos de que habla Quevedo. Le respondí en forma chistosa, en esa defensa que me hace transformar en risa lo que merece una respuesta meditada, esa especie de choteo que escuda y defiende mi intimidad: “es que escribir sobre el siglo XIX es la manera más segura de vivir en el siglo XX”. Mi colega soviético rió, pero me confesó que iba a hacer suya mi respuesta pues allí también era igual.

Hoy voy a ser sincero y decirles la verdad. Escribo incontables páginas sobre el pasado porque esta Isla hay que descubrirla todos los días y porque tuve esta revelación cuando viví largos meses fuera de mi patria, en medio de una cultura que admiraba pero que no lograba hacerla mía, pues no estaba en mis huesos y carne. Bien es verdad que Europa abrió mi pupila crítica, me hizo pasar de la precaria vida teatral habanera a los grandes escenarios, que me deslumbró la perfección del Berliner Ensemble, que gusté de Jean Vilar y Planchon, que me paseé por los teatros atenienses, esas nobles piedras que dialogan desde el pasado, que descubrí que el teatro no era un entretenimiento para el tiempo libre sino una poderosa expresión de la cultura nacional. Pero un buen día descubrí, afortunadamente, que no iba a enseñarles Shakespeare a los ingleses, Moliere a los franceses, o Lope a los españoles, y que cada viajero es como el caracol que se traslada con su casa a cuestas. Hice apresurado las maletas y regresé al teatro de mi país que me esperaba con los brazos abiertos.

La dialéctica teatral entre la vida de la escena y la escena de la vida se mantiene guiando mis mejores pasos, y prometo cerrar mi carrera de historiador transformado en personaje, viviendo la realidad de los libros, que para mí, al igual que para Balzac, es la realidad real; porque les advierto que no soy historiador sino un personaje de ficción que se desplaza por la historia.

Ya desde inicios de la década del 60 soñaba con historiar la escena nacional, investigar esos manuscritos llenos de polvo que ensucian las manos pero clarifican el alma, esos viejos periódicos que se hacen pedazos al abrirlos y tenemos que reconstruirlos como un rompecabezas, esos personajes que se toman elusivos y terminan por avecindarse en nuestra mente, como me sucedió con Covarrubias, esas hipótesis de las que nos enamoramos y tratamos de fundamentar contra viento y marea. Carlyle nos llamaba dryasdust, es decir, secos, estériles como el polvo, pero descubro en ese polvo, que será siempre polvo enamorado, cenizas que tendrán sentido, una poesía que se desliza entre folios y papeles amarillentos y me provoca un placer insospechado que me conduce hasta el vicio. La gran paradoja que me brinda este trabajo de investigación es que, contra todo presupuesto científico, en mi caso el investigador es parte de lo investigado y no puede evitar esa mirada cómplice, seductora, enmascaradora, que me hace ver lo que deseo ver y no lo que existe en realidad. Como se observa, la dialéctica teatral entre la vida de la escena y la escena de la vida se mantiene guiando mis mejores pasos, y prometo cerrar mi carrera de historiador transformado en personaje, viviendo la realidad de los libros, que para mí, al igual que para Balzac, es la realidad real; porque les advierto que no soy historiador sino un personaje de ficción que se desplaza por la historia.

Y junto con la investigación, o como corolario, vino la enseñanza. Desde 1957 he dedicado buena parte de mi tiempo a la docencia, y estos 33 años han sido un constante aprendizaje. Admito que a través de mis cursos, cursillos, seminarios y conferencias soy más deudor que acreedor, y que en la enseñanza mi trabajo ha recorrido como el Tenorio toda la escena, si no social, al menos pedagógica: Academia Municipal de Artes Dramáticas, Escuela Provincial de Teatro, Escuela de Instructores de Arte, Escuela Nacional de Arte, Brigada Covarrubias, Conjunto Dramático Nacional, y finalmente el Instituto Superior de Arte, desde su fundación.

A riesgo de destrozar cierta imagen profesoral, confesaré que adoro la docencia por la sencilla razón de que es una forma oblicua de actuación en la que por supuesto, prima el monólogo sobre el diálogo, y que me siento como el héroe protagónico que al mismo tiempo es el autor del libreto. Cuando cierro las puertas del aula me considero un Dios... aunque conduzca a mis alumnos al infierno. Si mis clases tienen realmente algún sentido es porque creo que en el fondo el profesor no enseña nada directamente, sino que socráticamente extrae de la cabeza de cada estudiante lo que en ella se esconde. Porque hay cosas en la creación que no se enseñan, como la anécdota del pobre Mozart a quien una madre le llevó su hijo de siete años para que le enseñara a escribir sinfonías. “Señora, exclamó Mozart, a esa edad no se escriben sinfonías”. “Pero usted las hacía", replicó sorprendida la madre. “Pero nadie me las enseñó”, fue la tajante respuesta de Mozart. O tal vez el problema de la enseñanza del arte radique en su difícil facilidad, como nos demuestra Miguel Ángel al indicarle a un alumno nada dotado que pretendía convertirse en escultor: "Es fácil, dijo el maestro, tome ese pedazo de mármol y quítele lo que le sobra". Y eso es la creación, despojar la realidad de todo lo  accesorio.

No diré como en los ridículos versos finiseculares que mi plumaje es de los que cruzan el pantano sin mancharse porque es totalmente falso, pero sí que después de haber viajado por los círculos del Infierno; me siento tan inocente como el cordero bíblico.

El Dr. Manuel Moreno Fraginals, a quien me une una larga amistad llena más de admiración y respeto que de palabras, y en cuya obra descubro felices coincidencias que me llenan de júbilo y fervor, ha realizado un elogio de mi persona que mucho agradezco, especialmente por lo hiperbólico de algunos de sus juicios, dictados más por el entusiasmo del momento que por la verdad científica. Porque a fuerza de ser sincero debo añadir que como crítico he sido injusto en ocasiones, me he equivocado multitud de veces, he jugado el rol del enfant terrible, y hasta practicado mi pequeña dosis de terrorismo cultural. Como historiador he dado por supuesto hipótesis nada comprobadas, o acumulado detalles innecesarios, o subvalorado figuras por la sencilla razón de que me disgustan. Como profesor he olvidado a veces el necesario rigor y la disciplina sin los cuales este magisterio es imposible. En mi vida cultural he sido cobarde en ocasiones, realizado el papel de avestruz, cedido muchas veces a la amistad antes que al deber; e incluso la cabeza cuando necesitaba levantarla aun a riesgo de la cuchilla del verdugo: Nada humano me es ajeno, y por supuesto tampoco los defectos humanos. Pero creo salvarme si puedo arribar a esta edad y recibir el alto grado científico que generosamente se me confiere esta noche, con la tranquilidad de que honradamente hice lo que pude, y en contados casos más de lo esperado. No diré como en los ridículos versos finiseculares que mi plumaje es de los que cruzan el pantano sin mancharse porque es totalmente falso, pero sí que después de haber viajado por los círculos del Infierno; me siento tan inocente como el cordero bíblico.

Si algo dejo como herencia, más que mis libros, es la intención con que los escribí, más que mi magisterio es la devoción a los estudiantes, más que mis investigaciones es el plantear interrogantes para que otros las respondan. Prometo que si tienen la paciencia de esperar otros 60 años enmendaré en lo posible mis errores que no son más que frutos de una cosecha desigual.

Pero a pesar de todo, mi fe en el teatro subsiste como el primer día. Terminaré pues con mi Credo en la escena nacional: “Creo en nuestros intérpretes y directores, vapuleados, irregulares, caprichosos, en ocasiones cacatúas entrenadas como las llamé un día, deliciosos manojos de nervios, centro siempre de atención y sospechas, pero también siempre insustituibles.

“Creo en los dramaturgos que por una oscura razón escriben teatro sin saber cuándo verán su obra en la escena, leídos entre líneas, aplaudidos con reservas, temerosos de ingresar inesperadamente en un Index nada deseable.

“Creo en nuestros diseñadores, técnicos y personal escénico que por absurda terquedad se empeñan en soñar a pesar de las pesadillas y el apresurado despertar.

“Creo en los críticos que nadie lee y menos aún siguen sus consejos, y a pesar de eso acuden religiosamente a los estrenos y reclaman inútilmente un espacio en nuestra prensa.

“Creo en los jóvenes y los estudiantes, a quienes debemos dejar libre el camino, no por paternalismo sino porque en caso contrario nos aplastan.

“Creo en los funcionarios, que comienzan por fin a descubrir que el teatro es algo tan importante que debe ser dirigido por teatristas desde la escena y no desde un buró.

“Creo en la necesidad social del teatro, aunque advierto que para enviar mensajes está el Ministerio de Comunicaciones y no la escena.

“Creo en el público que soporta estoicamente representaciones y aplaude al final puesto de pie, cuando debiera haber abandonado la sala a mitad del espectáculo.

“Creo en nuestro movimiento teatral, aunque lo haya calificado en ocasiones de muchedumbre, porque a pesar de normas, evaluaciones, parametraciones, errores administrativos y demagogia cultural, sus integrantes tienen el coraje o la santa locura de no renunciar al oficio.

“Y hasta creo en mí mismo, aunque cada día acudo menos el teatro, y sin embargo, a pesar del aburrimiento y/o enojo me emociono todavía ante una representación lograda, y vuelvo a soñar, y a empezar de nuevo, y amo la escena con la misma ingenuidad con que contemplé mis primeros espectáculos hace más de 40 años.

“Y creo en todo eso, porque cuando escucho los ataques al teatro pienso que no es justo echarle la culpa al termómetro de la fiebre del paciente”.

Porque lo admito sin rubor alguno, cambiaría la mejor de mis páginas, mi más brillante juicio, mi descubrimiento más importante, por un spot sabiamente colocado, un maquillaje ennoblecedor, y la ovación cerrada de una sala repleta. ¿Pero qué puedo decir si dentro de mí llevo escondido un actor, si a la muerte del cisne antepongo el fuego del fénix, y si para mí la vida no es sino la realidad de una obra espléndidamente concebida?  

Ustedes me conceden esta noche el clímax de este argumento y lo agradeceré eternamente por inmerecido y generoso. Les prometo en cambio un desenlace digno de ustedes como espectadores.

 

Notas: Palabras leídas en el otorgamiento del grado científico de Doctor en Arte Teatral por el Instituto Superior de Arte de La Habana, el 21 de mayo de 1990. Tomado de Conjunto n. 84, 1990, pp. 20-24.

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