Un crítico en el espejo de Piñera

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

A pesar del fervor con el cual suscribió esa profecía, Rine Leal no llegó a escribir nunca el tomo dedicado íntegramente a la dramaturgia de Virgilio Piñera que anunciara en 1964. Le quedaban por delante 30 años más de vida, muchos espectáculos por ver y avatares de la más diversa categoría. Volvió una y otra vez al teatro de su amigo, pero salvo prólogos, compilaciones y notas, no nos legó ese volumen en el que, como testigo doblemente interesado y cómplice, se organizara su visión alrededor del autor más discutido y admirable de nuestra tradición teatral moderna. Es también una lástima por partida doble: nos negó esas páginas que hoy servirían de guía a muchos de los que se adentran en el universo piñeriano, y nos arrebató también las muchas anécdotas sabrosas que de seguro Rine hubiera dispersado a lo largo de esos párrafos.

Imagen: La Jiribilla

Rine Leal es el primer crítico en el cual se piensa cuando se habla del teatro de Piñera. Lo acompañó como espectador, como exégeta y polemista, lo aplaudió y le reclamó más, creó una manera de leer la historia de la escena en la Isla que no puede explicarse sin el antes y el después que él nos dijo es Virgilio Piñera. 

A la manera de un imán, un gran autor conecta y devora referentes que le rodean para incorporarlos a su visión particular: crea esos enlaces inmediatos que nos hacen pensar en la manera en que ese creador los reacuñó, los reinventó, se apoderó de esos símbolos, metáforas y nombres para que no podamos sino tenerlo presente cuando se menciona alguna de esas cosas. Rine Leal es el primer crítico en el cual se piensa cuando se habla del teatro de Piñera. Lo acompañó como espectador, como exégeta y polemista, lo aplaudió y le reclamó más, creó una manera de leer la historia de la escena en la Isla que no puede explicarse sin el antes y el después que él nos dijo es Virgilio Piñera. Aunque haya dedicado tomos y reseñas a otras formas escénicas y dramaturgos, siempre está ahí, como una suerte de sombra acompañante a la de Virgilio, cuando pensamos en la frutabomba de Electra Garrigó, en el ventilador que hace delirar a Luz Marina, o en el sillón de barbería de Jesús: ese sillón que el propio Rine, asistente de dirección del estreno mundial de esa obra en 1950, tuvo que conseguir para que Francisco Morín pudiera anunciar finalmente la premier.

El único fragmento de video que poseo de Rine Leal son los breves minutos en los que el ya reconocido crítico, investigador y profesor presenta al público televisivo una puesta de Electra Garrigó. Transmitida el 19 de octubre de 1989, a diez años y un día de la muerte de su autor, estaba dirigida por Carlos Piñeiro, con actuaciones de Lilliam Rentería en el rol titular, acompañada por su hermano Mauricio Rentería en el papel de Orestes, y la madre de ambos, la gran actriz Lilliam Llerena, junto a Eduardo Vergara y otros intérpretes. Logré localizar lo que se ha salvado de esa grabación en los impenetrables archivos del ICRT tras no pocas angustias, pero al fin está ahí ese conjunto de actores, y el propio Rine, levantando sus cejas oscuras y reinventando para el espectador la célebre anécdota de aquel director que, en el estreno mundial de esta obra insólita, gritó en aquella noche de 1948: “¡Esto es un escupitajo al Olimpo!”. Ya no creo demasiado en las casualidades, a esta altura de mi vida, y pienso que no es por azar que Rine sobrevive, con su decir y sus fabulaciones, en esa secuencia, para dar fe de su admiración por Virgilio. Ojalá no demore más la aparición de la multimedia Todos los Piñera, preparada a raíz del centenario de este creador tremendo, en la cual podrá verse ese fragmento, y muchas otras cosas que sólo la tardanza de Ediciones Cubarte y nuestra incapacidad para manifestar respeto hacia artistas que importan no sólo en las fechas redondas, retarda para los interesados.

Piñera viene a ser la confirmación de que podíamos tener algo más que comedia costumbrista, que realismo fotográfico y acomodado en sus propios márgenes, y sobre todo, libretos valiosos también como literatura, y aun sin mencionarlo, a ratos sentimos que es por ello que el crítico establece una escala de valores en la que, evidentemente, Piñera ocupa el sitio más alto.

En ese libro que viene a ser, más que una compilación de reseñas y crónicas, la gran novela de la crítica teatral cubana, y que Rine tituló En primera persona, Virgilio Piñera es uno de los personajes centrales. No sólo por los textos que comentan sus estrenos y reposiciones (Falsa alarma en 1957, el revival de Electra… en 1958, La boda en ese mismo año, El flaco y el gordo en 1959 y Aire frío en 1962), sino porque su presencia recorre como una fuerza retadora muchas de esas páginas: es a través de él que Rine sopesa y reclama mucho más a la escena nacional. Piñera viene a ser la confirmación de que podíamos tener algo más que comedia costumbrista, que realismo fotográfico y acomodado en sus propios márgenes, y sobre todo, libretos valiosos también como literatura, y aun sin mencionarlo, a ratos sentimos que es por ello que el crítico establece una escala de valores en la que, evidentemente, Piñera ocupa el sitio más alto. Tendrá que llegar La noche de los asesinos, de Pepe Triana, estrenada en 1966, para que esa pieza salte sobre Electra Garrigó y Aire frío en la admiración del crítico. Ya sabemos cómo respondió Piñera a semejante provocación: enviando al concurso de la Casa de las Américas, donde Triana ganó con dicha obra, Dos viejos pánicos. Como juego de espejos, también así ripostaba a Rine Leal. Aunque el golpe de dados que fue esta respuesta demoraría casi 20 años en llegar a nuestros escenarios.

No hay que olvidar que Virgilio tenía la costumbre de dialogar con los más jóvenes de tú a tú, rechazando la postura de maestro, y recordando constantemente a los recién llegados su condición de adelantado. Rine comenta el programa doble en el que se estrena Falsa alarma, acompañada por El caso se investiga, de Antón Arrufat, y dicha apreciación aparece impresa en la revista Ciclón, que el propio Virgilio anima junto a José Rodríguez Feo con la intención de superar a Orígenes. Esa reseña, donde Piñera es alabado y Arrufat recibe una suerte de paliza que hoy él recuerda con ironía, fue su carta de presentación ante el autor de Las furias. La reseña de Electra Garrigó, en su retorno a las tablas tras diez años de censura impuesta por la Agrupación de Redactores Teatrales y Cinematográficos, confirmó el diálogo, y ya a partir de ahí se enhebra una serie de artículos en los que Rine va conformando un concepto crítico alrededor de Piñera, alzándolo como modelo y objeto de estudio, que con el tiempo le hará hablar de una estética de la negación, y que contrapone a Virgilio a Rolando Ferrer y Carlos Felipe, al tiempo que los ubica como dramaturgos de transición en el período republicano. La trayectoria de Piñera le iba a hacer sobrepasar ese membrete, y es por ello que, a partir de ese análisis, cuando firma en 1989 el prólogo a su Teatro Completo, Rine desecha la imagen de un Piñera que consolida su quehacer entre 1948 y 1962, y otro que avanza hasta la fecha de su muerte dedicado a la escritura de piezas más experimentales, complejas y menos reconocidas por los estudiosos. No, dice Rine, hay un solo Piñera. Un autor que nos obliga a entenderlo en una dimensión mucho menos previsible, y que nos reta a asumirlo en su grandeza, en sus triunfos, y también en sus ejercicios, sus esbozos y sus fracasos.

Es por eso que no duda en recoger todo el teatro de este dramaturgo que lo obsesiona. Hay una sabrosa entrevista en Lunes de Revolución, publicada en el número 25, del 7 de septiembre de 1959, que nos daría una idea de cómo hablaban entre sí Piñera y Rine. En ese diálogo, que también incluye a Julio Matas, se promociona el estreno de El flaco y el gordo, que Lunes… edita en esa entrega, y hay ya una discusión puntual acerca del valor de lo teatral y su impacto social. Rine pincha y provoca a Virgilio para hacerle hablar del escaso valor de algunas obras llevadas a las tablas en los primeros meses revolucionarios, donde abunda la prédica y escasea el valor estético. Piñera ha elegido el modelo que El flaco y el gordo, con todo y reconocerlo solo como un divertissement, contrapone a esas obras de propaganda: una metáfora que se muerde la cola, y que justamente no agradará a los ideólogos del nuevo momento porque nos dice algo que Virgilio siempre repetirá: el hombre vuelve constantemente a sus errores, como si no aprendiera nunca de los golpes recibidos. Porque a Piñera le interesa esa obstinación en el error, no la superación del mismo de manera triunfal; cosa que Rine advertirá ante el corpus casi íntegro que recopila en el Teatro completo. Esa es una de las claves de su estética de la negación.

Durante la frialdad silenciosa que embargó a Piñera en los 70, el diálogo entre ambos no fue ajeno a esa gelidez que se impuso desde una idea estrecha de la política cultural o de la cultura política.

Es una pena doble que Rine Leal no haya conseguido ver editado el Teatro completo que preparó y cuyo prólogo dio por terminado en febrero de 1989. El grueso volumen no se publicaría hasta el 2002, algunos años después de su fallecimiento en Caracas. Algo de piñeriano hubo en su muerte, en la anécdota amarga que es su desaparición y el trabajoso periplo de sus cenizas hasta La Habana. Durante la frialdad silenciosa que embargó a Piñera en los 70, el diálogo entre ambos no fue ajeno a esa gelidez que se impuso desde una idea estrecha de la política cultural o de la cultura política. Rine se refugió entre legajos y periódicos para redactar los tomos de La selva oscura (su magna obra inacabada), y Piñera se levantaba rigurosamente a las seis de la mañana para seguir escribiendo, le publicaran o no, lo rehabilitaran o no, con la esperanza tal vez de que algún día se rompería ese conjuro siniestro, y algún lector, algún director, algún crítico, rescataría esas páginas.

No le tocó en suerte ser rehabilitado en vida, lo que demuestra la fuerza con la que se le quiso acallar. Su resurrección ha sido lo suficientemente poderosa como para dar varias bofetadas en los rostros vivos y muertos de esos enemigos cuyo nombre ya solo se recuerda con indiferencia. En ese regreso a la vida, Rine Leal quiso hacer su aporte.

En 1989, también, aparece una formidable entrevista en Revolución y Cultura, en el número 7 de ese año. Wilfredo Cancio Isla dialoga con Rine Leal, que aparece en la portada de dicha entrega, y esa conversación, presentada como “Privilegios de la memoria” es una puerta que reconecta al teatro cubano de esos días con temas y personalidades silenciadas por mucho tiempo, entre las cuales, junto a Carucha Camejo y otras, se encuentra Piñera, por supuesto. Es ahí que se cuenta cómo Virgilio ayudó en la concepción de En primera persona, aconsejando a su autor sobre los textos a incluir. Y esa entrevista da una idea precisa acerca del ánimo de Rine en esos días, cercanos a la fecha en que terminaba la introducción al Teatro Completo.

Es una lástima, insisto, en que tal empeño no haya ocurrido en su tiempo de vida. Hubiéramos podido admirar y discutir su parecer sobre Piñera, preguntar sobre la no inclusión en dicho tomo de obras como Clamor en el penal, Los siervos, y En esa helada zona. Lo hubiéramos impulsado a entender el enlace entre las obras de los novísimos autores de ese final de década con los rejuegos y modelos lúdicos del Virgilio que firmaba El trac, Las escapatorias de Laura y Oscar y Ejercicio de estilo. No ocurrió así, pero al menos sí pudo darse el gusto de cerrar, aparentemente, su entrega a la obra piñeriana con un volumen tan insólito como ese creador: el Teatro inconcluso, que prologó y se editó en 1990. Se trata de un libro que aún sigue siendo único en nuestro panorama editorial, y donde el crítico apuesta por ese Piñera que aún en los esbozos, en las escenas sueltas, en las notas por desarrollar, demuestra su teatralidad inacallable, su fuerza procreadora, su voluntad literaria de fundador y renovador desafiante.

El 21 de marzo de 1990 el Instituto Superior de Arte concede el grado de Doctor en Arte Teatral a Rine, y en sus palabras de agradecimiento hay un algo ya de despedida. Confiesa pasiones (dice de En primera persona que es “un libro que amo con delirio”) y retrata sus miedos y retraimientos (“Confieso que he sido cobarde en ocasiones, realizado el papel del avestruz, e inclinado la cabeza cuando se necesitaba levantarla aun a riesgo del verdugo…”). Tal vez aluda a esos años 70, a su alejamiento de algunos que, como Piñera, fueron en ese tiempo reducidos a poco menos que una opaca molestia. Lo cierto es que Virgilio lo ocupó casi hasta el final de su vida.

Lo cierto es que Virgilio lo ocupó casi hasta el final de su vida.

En la propia Conjunto, un año después, en el número 87 de 1991, se edita el último ensayo largo que, hasta donde sé, dedicó al autor de Falsa alarma. En “Piñera-Genet: la transgresión del espejo”, realiza una lectura a manera de vida paralela entre el autor francés y el cubano, señalando puntos en común y también separándolos según el alcance de sus estilos y retos. Los identifica como excluidos sociales, que por su homosexualidad y sus desacatos literarios debieron enfrentar censuras, olvidos, y molestias de diverso grado. Habla del Piñera de Los siervos y de sus piezas inacabadas: es el Rine Leal que ya unifica en un mismo análisis toda esa cosmovisión en pos de una imagen que pretendía legarnos como reto: la de un Virgilio mucho más intenso y provocador, la de un artista que sienta sus propios precedentes, y obliga a un replanteo del canon artístico y literario cubano a fin de que se le asimile, sobre todo desde la incomodidad que le es inherente.

Nos quedaría recoger esos textos dispersos de Rine acerca de Piñera: hacerlos coincidir en esa suerte de evocación al libro que no le dedicó, y en el que, también entrarían otros fragmentos, como su presentación en la revista Tablas a Un arropamiento sartorial en la caverna platómica, en 1988: un gesto que anunciaría el estallido de la Década Piñera que arranca justo en los 90, y en la cual Roberto Blanco, Carlos Díaz y Raúl Martín, entre otros, abren los escenarios para un dramaturgo que se nos reveló listo para nuevas batallas. Carlos Espinosa, siempre atareado en rescates imprescindibles, anuncia un volumen con las críticas que Rine no incluyó en su libro más amado. Sospecho que Piñera, de un modo u otro, también será protagonista en ese tomo por llegar, y que espero ya ansiosamente.

“Cuando un autor no solo abre una vía de creación, sino que construye toda una nueva sensibilidad y se mantiene siempre a la cabeza de ella, la discusión sobre su calidad cae en el plano de lo inútil”. Eso dijo en 1964 Rine Leal acerca de Virgilio Piñera. Sus palabras siguen impulsándonos a ver en ese escritor algo menos obvio, a entenderlo como un problema cuya discusión no ha terminado. Leal no fue nunca mi maestro, al menos no