Conversación con Augusto Enríquez

La música es buena o no es música

Narmys Cándano García • La Habana, Cuba

Amante y excelente cultor de los ritmos clásicos, populares o cuantas denominaciones abarque la buena música, Augusto Enríquez se suma a cada propuesta que tribute a la promoción y valorización del arte como medio para ofrecer bienestar social.

Imagen: La Jiribilla

Anteriormente el Festival Leo Brouwer de Música de Cámara, y ahora Les Voix Humaines (Las Voces Humanas), ofrecen el privilegio de una fusión exclusiva cada vez que este incansable artista acepta el reto de sorprender y cautivar con ritmos cubanos ya universalizados o viceversa. Contexto extraordinario que provoca al buen arte y lo entrega al disfrute.

Vía e-mail, Augusto valoró la importancia de un evento de este tipo y ofreció sus consideraciones sobre la necesidad de mantener al alcance del gran público propuestas artísticas de calidad.

¿Cómo diseñó su participación en el Festival?

En realidad fue una presentación de música popular dedicada a dos grandes cantantes populares. Su principal característica es que en ella se combinan dos géneros musicales afines pero, al mismo tiempo, diferentes. “Sinatra meets Moré” (Sinatra se encuentra con Moré) es el nombre que decidimos darle al concierto dividido en dos partes. En la primera interpretamos la obra del “Sonero mayor” y en la segunda aquella del crooner norteamericano Frank Sinatra.

Cantar a Benny Moré es siempre tarea delicada. Benny tenía un modo de expresión muy particular. De profunda raíz campesina y afrocubana, pero con una intuición citadina propia de su inigualable genio. El Bárbaro del ritmo “destiló” una forma única de arte contemporáneo cubano. Fue uno de los grandes aglutinadores de los géneros y estilos que hasta su desaparición física nuestra música popular había ido desarrollando, y precursor de su evolución hasta nuestros días. Su pensamiento musical procuró esencialmente elementos de una fusión eficiente, buscaba crear un modo propio de expresión artística usando como base los elementos rítmicos y melódicos de nuestra identidad musical para combinarlos con las armonías provenientes del swing que en los años 30 del pasado siglo habían inundado el mercado musical norteamericano y del mundo. Otros músicos cubanos ya lo habían intentado en La Habana, New York y Ciudad de México con éxito. Benny —a mi manera de verlo— tomó los ingredientes que estaban en el ambiente para cocinar su propio y sabroso ajiaco. De eso habla muy bien su discografía, grabada fundamentalmente con formato big band y arreglos increíbles para su época.

Interpretar a Frank Sinatra, para un cubano, es harina de otro costal. Él es uno de los íconos cimeros de la música popular norteamericana. Conocido como “La voz” fue un afamado cantante que desde la década de los 40 hasta su fallecimiento en 1998 cantó (y produjo) innumerables shows de un éxito casi quimérico. Su obra discográfica y cinematográfica es inmensa e igualmente exitosa. De manera que cantar su obra es exponerte a la crítica especializada conocedora de su labor, así como a la del público que muy bien lo conoce y adora.

Por otra parte, la forma en que se cantan los diferentes subgéneros y estilos cantables derivados del blues que convergen en el término jazz (Hot, Swing, Bebop, Slow Fox, etc.) obligan al intérprete a respetar ciertas reglas estilísticas que forman parte esencial de las raíces y desarrollo de la música popular norteamericana. De manera que, uniendo una big band canadiense que domina a la perfección el repertorio de Sinatra pero que, por razones obvias, ha tenido que ensayar y estudiar las formas musicales cubanas para acompañar las canciones del Benny, y a un cantante cubano —en este caso yo— que ha desarrollado su carrera cantando varios géneros cubanos e internacionales pero sin adentrarse anteriormente en el estilo de las canciones de Sinatra, se obtiene un resultado muy interesante de intercambio de información, diría que muy beneficioso para ambos, con el “saborcito” a peligro que inspira a estudiar y profundizar en ambas culturas. Por estas y otras razones quizá de menor grado, este proyecto ha sido un delicioso desafío para mí.

¿Cómo surgió la idea de colaborar con The Back Alley Big Band?

En Halifax NS Canadá viven algunos de los mejores músicos de ese país. Uno de ellos, Paul Barret, creó hace algunos años esta increíble big band con amigos para divertirse, pues casi todos eran integrantes de otras bandas y profesores en los programas de música de las universidades que esa región tiene.

Como cada vez que un proyecto nace con amor y vasta experiencia técnica previa, triunfa, la banda comenzó a ser contratada para amenizar eventos cada vez mayores en el ámbito corporativo y privado. Pronto surgieron las ofertas de presentaciones en auditorios públicos locales, llegando a alcanzar un alto nivel de demanda nacional.

Paul es mi amigo, y un día me invitó a experimentar con Back Alley y el repertorio de big band cubana, fruto de mi trabajo discográfico anterior con RCA Victor sobre esta música. Traje mis arreglos y después de algunos ensayos vimos que podía funcionar. De manera que fuimos invitados a abrir el prestigioso Festival de Jazz de Halifax en su versión de 2014, entre otros eventos relevantes. Después de esto hemos trabajado juntos en innumerables ocasiones.

Imagen: La Jiribilla

¿Qué papel juega actualmente The Back Alley Big Band dentro del panorama musical internacional?

Creo que su papel va en ascenso, ellos son muy famosos en el ámbito nacional, teniendo en cuenta que, prácticamente, las pocas big band que le dan la vuelta al mundo hoy son todas americanas. La crisis mundial le ha hecho mucho daño a las artes, y la posibilidad de que una banda de este tipo realice giras es más una cuestión financiera que un medidor efectivo de la calidad de la misma. Es un formato muy caro por su dimensión, pero, aun así, Back Alley Big Band se distingue por su papel en la evolución de esta música en Canadá.

¿Cuánto le aporta el formato de big band a su trabajo y a la música en general?

La big band es un formato muy eficiente. Puedes prácticamente asumir cualquier arreglo de un formato más grande, al tiempo que tienes posibilidades de —enriqueciendo las armonías y en múltiples combinaciones polirítmicas— hacerla sonar como una pequeña orquesta sinfónica. Siempre recuerdo que la famosa “Rhapsody in Blue” fue compuesta por George Gershwin en 1924 para piano solo y jazz band. Y así existió y se ejecutó hasta que Ferde Gofré le escribiera su versión para piano y orquesta sinfónica en el año 1946. Para mí fue un reto casi inabordable grabar tres discos y girar por el mundo más de 12 años con una big band cubana maravillosa. Lo hice y me siento muy feliz, creo que aprendí casi todo lo que sé interactuando con ella.

Hoy, por cuenta de la crisis económica imperante, los productores y managers musicales no las prefieren ya tanto. Pero creo que insistiré en su proposición en el futuro, cuando el tiempo me lo permita. Es un formato tremendamente cubano.

¿Qué importancia tiene un evento de la magnitud de Les Voix Humaines?

Es un festival que tiene, per se, una dimensión casi inalcanzable desde el punto de vista cultural. Es una alternativa de erudición para el pueblo y está hecho con un inmenso amor por parte de todos: organizadores y artistas. Su relevancia será, como ya ha sucedido con los festivales Leo Brouwer que lo preceden, una guía intelectual para los artistas en su desempeño social ulterior, al tiempo que un deleite para los amantes de la buena música. Es un espacio alternativo que provoca a las artes y, por ende, contribuye a su progreso.

¿Considera suficiente la promoción de la música de concierto y vocal en el país? ¿Qué otras estrategias se pudieran utilizar?

El arte, parte del paquete de avanzada en el desarrollo de la conciencia social, puede solo expresarse a través de ese mecanismo llamémosle filosófico, es decir, la interacción constante que necesita con la sociedad que lo crea. El caldo de cultivo que condiciona el desarrollo de cualquier arte es la necesidad de consumirlo por parte de una sociedad que lo conoce y aprecia. Quienes promocionan o critican el arte, son parte importante de este engranaje. Pero, para una buena publicidad o crítica, ellos también tienen que ser motivados por la avalancha de delectación que el arte puede provocar.

En Cuba, la música ilustrada de cualquier tipo, ha sido de algún modo echada a menos en las últimas dos décadas, y, aunque las instituciones culturales hayan hecho esfuerzos por mantener su nivel, siempre termina afectada por razones inherentes a lo que antes expliqué. La mayoría no se interesa, los promotores y críticos (algunos de ellos y cada vez más, ni siquiera la conocen suficientemente) se van quedando sin argumentos para proponer estas manifestaciones al no ser suficiente y objetivamente publicitadas o analizadas.

Siempre he dicho que, cada vez que ocurre algo que no vemos bien en cuanto al consumo de cierta manifestación artística que creamos de menor calidad, hay que ir a hurgar en el entorno social para explicar el fenómeno y trabajar en él, transformarlo. Esa evolución, más tarde o más temprano, incidirá en el desarrollo de un gusto estético acorde con los nuevos tiempos.

En cuanto al canto clásico sucede lo mismo, pocos irán a oír los lieder de Schubert si, desde la base, la propia sociedad no los promueve y consume previamente como parte de su bienestar, que es una de las funciones más importantes del arte. Y no es que crea que sea una cuestión simple, pero sí perfectamente factible en los tiempos venideros. Este fenómeno no sólo sucede con la música docta, lo vemos además con algunos de los géneros tradicionales de la música popular y folclórica cubanas.

Le Voix Humaines ayuda de modo especial a incidir en esa aproximación eventual al fenómeno necesario del cambio. Ya en ediciones anteriores he visto teatros llenos hasta el tope, para escuchar músicas muy difíciles, promocionadas en estos eventos por la oficina Leo Brouwer, como concepto primario de su función social.

Usted ha sido un fiel colaborador del antiguo Festival Leo Brouwer de Música de Cámara y ahora también forma parte del elenco de Les Voix Humaines. ¿Qué lo motiva a formar parte del equipo de trabajo?

Las motivaciones son varias, la primera es, sin duda, la admiración que siento por la obra de un genio. Porque eso es Leo, un genio. Pero no solo eso, también es un maestro en el sentido literal de la palabra, de modo que para mí el aprendizaje es perenne.

Cada propuesta artística que recibo del Festival es un doctorado, cuyo tutor es el Maestro Brouwer y mi oponente Isabelle Hernández. Pero quizá la más ardida motivación es, cuánto los quiero a ambos personalmente. Leo e Isabelle me han dado tanto de su amistad que han llegado a ser mis hermanos entrañables.

De acuerdo a su experiencia, ¿considera que se encuentra en un buen momento la promoción de la música cubana a nivel internacional? ¿Por qué? ¿Qué imagen se tiene de esta en otros escenarios?

Creo que ha sido siempre bien promovida por ella misma. Los valores de la verdadera música cubana no admiten su omisión en un mercado cada vez más necesitado de ella para evolucionar. Quizá si hablamos de lo que últimamente está sucediendo con la música popular y el mercado americano, es un fenómeno natural de coqueteo con nuestros valores muy acorde con los nuevos tiempos de intercambios culturales e intereses comerciales colindantes. Me parece muy positivo, creo que los nuevos tiempos ayudarán a la promoción y desarrollo de los diversos géneros que tenemos en Cuba, entre ellos los llamados de concierto, cuando se pueda conocer plenamente en esos mundos, la inmensa calidad de nuestros artistas.

Tendremos que ver, sin embargo, cómo algunos estilos musicales de mensaje más ligero estarán en sitios destacados. Pero eso sucede porque la música es un producto vendible, y por lo tanto, hay una mayoría de compradores que son parte de esa sociedad formada en ciertos valores, cuya interacción con el arte es afín a sus propios preceptos sociales y que, como antes dije, ha de ser orientada en tal modo que, paulatinamente,  pueda considerar también otras opciones musicales de mayor complejidad.

Siempre se ha dicho que no existe música popular o culta, sino buena o mala, aun así ¿cuáles son los retos que tiene fusionar o mezclar la reconocida por los públicos como popular y la culta?

La fusión ha sido motor del arte por varios siglos. En materia de música ha sido siempre vital. Además no creo que exista música culta y popular sino diversos objetivos socioculturales adonde ella va dirigida. Ni siquiera buena o mala. La música, como expresión de arte es buena….o no es música. Así que combinar géneros de modo ecléctico para conseguir un hecho artístico es lo más bello que puede sucederle. Cuando oímos el Concierto para Violín y Orquesta en Re Mayor de Erich Wolfgang Korngold, pieza llamada a ser del género culto contemporáneo, nos imaginamos su fabulosa composición para el filme hollywoodense Robin Hood (1938). Pedro y el lobo, extraordinario retablo de Serguei Prokofiev, es de compleja ejecutoria pero da en tierna diana al ser compuesta, en forma de fábula, para los niños. No consideraría popular muchas de las obras compuestas por Marta Valdés o César Portillo de la Luz, de no ser porque son vehículo de arte de masas, esenciales en nuestra música. Invito a escuchar la obra “Un día de Noviembre” del maestro Leo Brouwer entre muchas otras de su repertorio y llegaremos a la conclusión que él es un compositor popular, eso sí, de inaccesible altura.

¿Qué otros proyectos tiene próximamente?

Aunque tengo un proyecto semi dormido de grabar canciones de la trova tradicional con la sinfónica nacional —para el cual tendrán que solucionarse algunos problemas financieros por parte de mi productora— dedicaré mayor tiempo a la enseñanza. Hay un momento en que es un deber enseñar a otros lo que aprendiste y creo que me está llegando.

Claro, seguiré cumpliendo mis compromisos en Cuba y en el extranjero, como parte de esta vida itinerante a la que ya me he acostumbrado. Lo bello es que todavía tengo muchos sueños que, de una forma u otra, trataré de hacer realidad.

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