Maestro de juventudes teatrales

Marilyn Garbey • La Habana, Cuba

En el número 176 de Conjunto, revista de teatro latinoamericano, encontré un texto de Griselda Gambaro, dramaturga argentina, quien expresa algunas inquietudes sobre el rumbo del teatro hoy que comparto. La Gambaro cuestiona a quienes no se resisten a “los dictados de la época: esfuerzos inmediatos para resultados inmediatos” y alerta sobre los peligros que semejante actitud provocaría en la escena.

La lectura de “Sobre argucias y procedimientos” coincide con las horas en que debo dedicar unas páginas a la memoria de Rine Leal, mi profesor de Historia del Teatro Cubano en el Instituto Superior de Arte. Por ahí comenzará mi evocación,  porque fue en los duros asientos del castillo Elsinor donde más cerca estuve de Rine.

Tan solo su nombre obligaba el respeto de los estudiantes, adentrarse en La selva oscura como lector no era tarea fácil, y eso hacía suponer las dificultades que debió afrontar el investigador para buscar respuestas a sus preguntas entre grandes legajos de papel, sin la ayuda del buscador de Google, sin la posibilidad de enviar un mensaje electrónico a quien pudiera atesorar alguna información sabiendo que la respuesta llegaría con inmediatez.

También sabíamos que había sido parte del equipo de Lunes de Revolución, que había endilgado duros adjetivos a grandes actores, que había sido amigo de Cabrera Infante. Entonces aquel hombre que fumaba en pipa, de respuesta ágil y contundente, poseedor de innumerables datos historiográficos, se convertía en un ser extraordinario, al que pocos se atrevían a abordar más allá de las aulas. Pero Rine fue el profesor que nos develó la grandeza del teatro cubano. Recuerdo con gratitud las clases dedicadas a estudiar la dramaturgia de Virgilio Piñera, que concluyeron con la visita al ISA de Luisa, la hermana del autor de Aire frío, musa inspiradora de Luz Marina Romaguera, la inolvidable protagonista.

Años después supimos algunos detalles de su vida personal, a través de los inevitables cotilleos del mundillo teatral, y desde entonces, inevitablemente, pienso en él con tristeza al imaginar los últimos días de su existencia. Lo sabíamos polémico en sus criterios, supimos de actitudes con las cuales no concordábamos, le exigimos posiciones diferentes a las que había adoptado, pero creo  fue una suerte el haber sido su discípula. Él es, junto a la doctora Graziella Pogolotti, referente para algunos de los que dedicamos nuestro tiempo de vida al teatro, a pensarlo y a dejar testimonio como espectadores de primera fila. Su constancia de estudioso, el rigor en la búsqueda de los datos, la belleza de su escritura, la rotundez de sus juicios, su manera de asumirse como hombre de teatro y de la cultura cubana, quedan como paradigmas. Al releer su obra volví a encontrar textos cuya lectura recomiendo a los teatristas e investigadores de esta hora.

Diario del Escambray, en Conjunto, No. 28, 1976

Aquí Rine narra sus vivencias de una visita a los predios del Teatro Escambray, a fines de 1976. El investigador se sumó a la vida cotidiana del grupo y subió a un camión para llegar a San Pedro, un pueblito en transformación gracias a la obra revolucionaria, en el cual los teatristas comenzaban una indagación de carácter socio-cultural, con el objetivo de llevar a escena los conflictos de los habitantes. Aquí está el relato de los sucesos vividos, del 19 de noviembre al 13 de diciembre, y el análisis teatrológico de los montajes que vio, impelido por la avidez de comprobar cómo recepcionaría el público del lomerío ante las obras de teatro. No hay el menor rasgo de condescendencia en el examen de puestas en escena realizadas y representadas en condiciones bien diferentes a las de las ciudades, pero el crítico es capaz de comprender esa realidad, tanto es así que se suma al equipo de luces y, a partir de ahí, aplica los conocimientos de semiología teatral para acercarse a la labor del Teatro Escambray y dejar claras evidencias de los debates que se producían entre los actores y el público.

Habrá siempre que agradecerle a Rine Leal la decisión de adentrarse en la selva oscura del teatro cubano, tarea que desgraciadamente no continuó —anhelaba llegar hasta el período de la Revolución— pero abrió el camino para otras investigaciones.Los dos tomos de La selva oscura

Habrá siempre que agradecerle a Rine Leal la decisión de adentrarse en la selva oscura del teatro cubano, tarea que desgraciadamente no continuó —anhelaba llegar hasta el período de la Revolución— pero abrió el camino para otras investigaciones. A esas páginas que el tiempo tornó amarillentas hay que volver con frecuencia en busca de nombres y datos, pero sobre todo para imbuirse de un espíritu indagatorio inteligente y desprejuiciado, inclusivo, abierto al conocimiento para generar preguntas.

 

Confesó Rine que en esa misión quería “… mirar a la escena y sus creadores (dentro y fuera del teatro) como un acto vivo más que como fatigado desfile de un mundo historizado, es decir, polvoriento. Por eso no hablo solo de dramaturgos sino también de actores y sus compañías, escenarios y tablados, precios y salarios, modas, rencillas, censura, escenógrafos y maquinistas, derechos de autor y legislación sobre la materia, críticas y repertorio, arquitectura, temporadas y sus crisis,  política y hasta rumores indiscretos del ambiente”.

 

Sobre El círculo de tiza caucasiano

En el 2001, en su número 4, la revista Tablas reprodujo la crítica de Rine a El círculo de tiza caucasiano, el texto de Brecht en montaje de Hugo Ulive, estrenado en el Teatro Mella en 1961. Ya en el primer párrafo el autor resaltó la importancia del estreno y también su inconformidad con los resultados. En lo adelante se detuvo en cada uno de los elementos de la puesta en escena de tres horas y media de duración, con duros criterios para figuras que hoy son veneradas por nuestro movimiento teatral, y expresó su opinión sobre una cuestión ya superada, pero muy discutida por aquellos días, sobre el distanciamiento brechtiano: “Francamente, me importa un comino, estimo que si una pieza brechtiana se presenta dignamente y gusta al público, ya están cumplidos los deseos de su autor. Es por esa razón que me gusta la puesta en escena de Ugo Ulive y el trabajo de los actores que lograron un nivel medio de buena actuación haciendo que aun los peores de ese conjunto, de cuyos nombres no quiero acordarme, lucieran por lo menos, aceptables”.

Creo en los críticos que nadie lee y menos aún sigue sus consejos, y a pesar de eso acuden religiosamente a los estrenos y reclaman inútilmente un espacio en nuestra prensa.Credo teatral, en Conjunto No. 84, 1990

Faltaría a la verdad si dijera que recuerdo los detalles del día en que Rine recibió el título de Profesor de Mérito del ISA, sí recuerdo que decía no le gustaba la denominación de la distinción con la cual la casa de altos estudios le agradecía su gestión pedagógica. Pero asistí al solemne acto, y hoy me estremezco cuando vuelvo a leer su credo teatral:

-Creo en nuestros intérpretes y directores, vapuleados, Irregulares, caprichosos, en ocasiones cacatúas entrenadas como  las llamé un día, deliciosos manojos de nervios, centro siempre de atención y sospechas, pero también siempre insustituibles.

-Creo en los dramaturgos que por una oscura razón escriben teatro sin saber cuándo verán su obra en la escena, leídos entre líneas, aplaudidos con reservas, temerosos de ingresar inesperadamente en un Index nada deseable.

-Creo en   nuestros diseñadores, técnicos y personal escénico que por absurda terquedad se empeñan en soñar a pesar de las pesadillas y el apresurado despertar.

-Creo en los críticos que nadie lee y menos aún sigue sus consejos, y a pesar de eso acuden religiosamente a los estrenos y reclaman inútilmente un espacio en nuestra prensa.

-Creo en los jóvenes y estudiantes a quienes debemos dejar libre el camino, no por paternalismo sino porque en caso contrario nos aplastan.

-Creo en los funcionarios, que comienzan por fin a descubrir que el teatro es algo tan importante que debe ser dirigido por teatristas desde la escena y no desde un buró.

-Creo en la necesidad social del teatro, aunque advierto que para enviar mensajes está el Ministerio de Comunicaciones.

-Creo en el público que soporta estoicamente las representaciones teatrales y aplaude al final, puesto de pie, cuando debiera haber abandonado la sala a mitad del espectáculo.

- Creo en nuestro movimiento teatral, aunque lo haya calificado en ocasiones de muchedumbre, porque a pesar de normas, evaluaciones, parametraciones, errores administrativos y demagogia cultural, sus integrantes tienen el coraje o la santa locura de no renunciar al oficio.

Pareciera que Rine lo escribió ayer y han pasado 25 años. Y ahora que intentan imponerse aceleradamente la tendencia señalada por la Gambaro —“esfuerzos inmediatos para resultados inmediatos”— y la corriente que quiere convertir la cultura y la vida en puro cálculo económico, la obra de Rine se alza como valioso instrumento para las batallas por venir. Intento corresponderle registrando los pasajes del panorama teatral que me conmueven, atesorando la fe de vida de los teatristas. Espero obtener en su examen la máxima calificación.

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