The show must go on

Noel Bonilla-Chongo • La Habana, Cuba

Cuando el espectador entra a la sala seguramen­te ya ha acometido las faenas “actorales” y forma­les que, como actor-público, le son afines: saludar a los conocidos, examinar discrecionalmente todo lo que le envuelve, disfrutar el disimulo por la ex­pectación, el saberse bien recibido y elegido para participar en un rito para iniciados. Va a su luneta o se acomoda en el lugar que le proponen —tal vez un asiento movedizo porque asiste a una acción escénica “contemporánea”—; quizá comparta el mismo espacio de los performers.

En un escenario vacío uniformemente iluminado, espectadores y actores no hacen otra cosa que “mostrar su presencia”, como animales en ace­cho. Y es que, “…el teatro, no ha empezado toda­vía a existir…”, como dijera Antonin Artaud en El Teatro y su doble, ese manifiesto que registra su convicción de un “teatro total”.

Fundado en 1980, el Festival de Teatro de La Habana ahora, en esta su decimosexta edición no deja de ser derivación posible al indagar en el arte escénico del siglo XX y de estas primeras décadas del XXI. Aguardo sobre las concepcio­nes unívocas de la historia y sus axiomas de res­ponder siempre a intereses particulares o bien, a sus restrictas capacidades descriptivas. Historia como realidad compleja en la cual diferentes in­tereses, valores y privilegios se confrontan para ocupar el poder. Luchas que en la esfera creati­va de las prácticas y del pensamiento escénico, también han resultado inquebrantables. Artistas, movimientos, críticos, teatros, teorías, programa­dores, instituciones, voluntades y estrategias po­líticas, etc., no solo han defendido “su” modo de entender el teatro, lo teatral o lo escénico; sino también su perspectiva sobre la sociedad y la vida en general.

No obstante, cada propuesta artística y de pen­samiento, integra y despliega presupuestos diver­sos. Ah, bendición será cuando el pensamiento creativo nunca resulte esférico, sino que se pro­yecte en sus contradicciones, sus puntos de vista enfrentados y en sus formulaciones de análisis heterogéneas. De estas fisuras y divergencias de­pende, en gran medida, su interés, su permanen­cia e, incluso, sus rupturas contaminantes.

Hoy, cuando tramamos un festival sostenido en la pluralidad de vocabularios y gramáticas com­portamentales de la praxis escénica, resultaría poco productivo llevar a cabo una curaduría del arte de la dirección escénica desde una perspec­tiva lineal, como si existiese una historia única del teatro moderno, posmoderno y contemporáneo que pudiésemos recuperar. Por ello, esta dieciséis celebración se abre al mundo de la escena a par­tir de sus multivocales dinámicas y tendencias a lo largo del siglo XX y lo ya transcurrido del XXI. Valga que, en sus artificios, siga siendo la esce­na espacio amplificante, propositivo, intencionado y vívido de las preocupaciones de sus mujeres y hombres que, como aquel ciego proclamado por Brook, muestre el camino a otros ciegos.

El arte escénico del siglo XX se juzgó de acuer­do con el estado existente del medio; importaba el tipo de ruptura que hacía, los elementos for­males e inesperados que aportaba, la manera en que desplazaba las convenciones del género o la tradición. La recompensa al final del proceso de evaluación era un sentido distinto de lo que la teatralidad podía ser, un nuevo ámbito de posibili­dades para lo estético. Hoy todo eso ha cambiado definitivamente. El trasfondo frente al cual la es­cena se sitúa ahora, es un estado particular de la sociedad.

Como suerte de paráfrasis a Brian Holmes, lo que un performance, un karaoke escénico, un con­cepto o una imagen mediada pueden hacer con sus medios formales y semióticos es marcar un cambio posible o real respecto de las leyes, las costumbres, las medidas, las nociones de civili­dad, los dispositivos técnicos o los organizacio­nales que definen cómo debemos comportarnos y cómo debemos relacionarnos unos y otros en determinado tiempo y lugar.

Lo que hoy en día buscamos (en tanto lectores-espectadores socialmente convenidos) y lo que busca la escena (en tanto acumulación y tras­lación en su red de información, especulación y voyerismo impertérrito), es el entendimiento como nexo rizomático, como “puesta en abismo”. ¿Qué es la puesta en visión, en sensación, en abismo, sino el despliegue vociferado de las obsesiones temáticas, discursivas, formales, conviccionales, de sus creadores?

Entonces, señoras y señores, si procuramos ensembles una manera diferente de vivir, de po­nernos en relación, o sea, una oportunidad fértil de coexistencia; ahora, terminados los cuchicheos y salutaciones en la platea, (una voz indica): “por favor, dejen encendidos sus teléfonos móviles y si les llaman, contesten, mantengan la conversación que surja con total naturalidad. The show must go on: ¡seamos todos bienvenidos!”

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