Notas del Reverso

¿Por qué no un cine por encargo?

Octavio Fraga Guerra • La Habana, Cuba

Me apetece iniciar este artículo con una cita tomada del libro, Cine de historia, cine de memoria. La representación y sus límites, de Vicente Sánchez-Biosca. Un texto de espesura intelectual, que en la introducción anticipa los mares de sus rutas y los puertos por donde se arrima. El ensayista construye una tesis, siempre discutida, sobre la relación entre la historia y el cine. “La Historia no son los hechos acontecidos en el pasado; es un discurso (en realidad, un conjunto casi infinito de discursos) que trata(n) de explicarlos, conectados inscribiéndolos en cadenas causales que les otorgan sentido”. [1]

Sobre los personajes y los hechos Karl Marx significa otra idea a manera de contraposición, o más bien de cierre, sintetizando el amplio abanico de aristas y conceptos que proliferan en torno a este dueto de nominales palabras. “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa”. [2] Obviamente el gran filósofo alemán interpreta el término farsa como ficción, como historia construida desde el imaginario, término recurrente en el andamiaje teórico del teatro que el autor de El capital jerarquiza cuando se trata de apostillar sobre la historia y sus derroteros, llevados creativamente al presente.

La labor del periodismo, definitivamente ligado al cine documental, nos exige tenerlo en cuenta. Sobre sus dones, sus acusadas técnicas y sus inviolables principios, Kapuscinsky trazó una meridiana esencia que entronca con la naturaleza de la no ficción. “Nuestra profesión nos lleva por un día por cinco horas, a un lugar que después de trabajar dejamos. Seguramente nosotros nunca regresaremos allí, pero la gente que nos ayudó se quedará, y sus vecinos leerán lo que hemos escrito sobre ellos” [3]. El también autor de Los cínicos no sirven para este oficio, suscribe en esta sentencia concepciones sobre el presente, sobre la inmediatez de un suceso narrado desde las herramientas del periodismo, que el tiempo, inexorablemente, lo ubica en las baldas de la memoria.

Siguiendo esta estela de notas, necesarias para armar un discreto mapa sobre la historia, los personajes y los hechos, cabe subrayar lo escrito por el historiador inglés Edward H. Carr. “… los hechos de la historia nunca nos llegan en estado «puro», ya que ni existen ni pueden existir en una forma pura: siempre hay una refracción al pasar por la mente de quién lo recoge. De ahí que cuando llega a nuestras manos un libro de historia, nuestro primer interés debe ir al historiador que lo escribió, y no a los datos que contiene”. [4] Desde la perspectiva del cine, Carr nos estaría hablando del punto de vista, de la personalísima mirada del autor cinematográfico que escribe letra fílmica con la imagen y el sonido.

De todas las tesis aquí reunidas, la más provocadora y cuestionable es la que  rubricó el también historiador Carl Becker. “… los hechos de la historia no existen para ningún historiador hasta que él los crea”. [5] Este juicio resulta un tanto reduccionista, obsoleto desde la mirada del presente. La evolución del pensamiento y los modos de contar se han diversificado, el gran salto ante esta inobjetable verdad lo han dado las “nuevas” tecnologías. Con ellas se ha socializado a escala global la información, el análisis de los temas o los hechos que los medios reproducen sin desconocer lo obvio: los enfoques editoriales o la manera en la que se ha construido lo noticioso.

Ante este tejido de ideas y su relación con el cine se impone rallar unas cuantas preguntas. ¿De qué vale esa excepcional biblioteca vestida de memoria si no la reconstruimos con renovado oficio? ¿Qué prácticas materializar para jerarquizar los significantes hechos pretéritos aún no abordados o los que amerita retomar, así como los personajes que hicieron historia? ¿Ante los nuevos receptores inmersos en las bondades de plurales escenarios comunicativos, qué le asiste hacer al cine ante la descollante historia que nos define?

El cine que aborda la historia ha de convivir en permanente diálogo, en dibujado equilibrio con el otro cine: el que escribe la realidad, subraya el presente, lo construye desde una crítica culta (medular en nuestras pantallas), cuyas producciones requieren presencias en cuanto a balances temáticos y corrientes estéticas de diversos acentos. Un arte cinematográfico enriquecedor, en declarada responsabilidad, sentido de la ética y compromiso con su tiempo, con el ahora y el futuro. Que se nos anticipa arropado de pronósticos, de variables, de rutas por tomar. Hablo de narraciones que se deben de apropiar de la cultura nacional, sin menospreciar las otras, las foráneas. La de casa está cimentada también desde la apropiación, el mestizaje, el aprender de sus lumbres o el significar lo que resulta válido del escenario global sin perder nuestras raíces, nuestras vigorosas raíces.

Las artes plásticas, la literatura, las variadas formas escénicas, el periodismo, las ciencias sociales —por citar unas pocas— son parte de esa biblioteca construida por la obra de la Revolución. Una sociedad humanista que no desconoce los valores educativos y culturales heredados de etapas anteriores. Ponderando las que resultan esenciales para un proyecto social siempre inconcluso, declaradamente imperfecto, referencial en toda la geografía planetaria cuando se trata de jerarquizar la educación, la cultura, el conocimiento.

El audiovisual, y el cine en particular, han de seguir tomando de esas fuentes, de esos bienes culturales construidos con sabia, haciendo arte desde una acusada renovación de los lenguajes, jerarquizando signos y estéticas, o aquellos valores más apegados a los principios fundacionales de la sociedad cubana. Fortaleciendo los que resultan paradigmáticos o los que aún no han calado en esos lectores de las “nuevas” tecnologías. Ávidos de textos fílmicos inteligentes, de desenmohecidas texturas, de símbolos, imágenes o dramaturgias que engarcen con las líneas y carrileras del discurso contemporáneo, construidos con las fortalezas de la verdad.

El tema exige un detenerse con la historia. La televisión y el cine cubano han producido memorables obras que son parte de la gran biblioteca de la Revolución. Centenares de pasajes, hechos y personajes están recogidos en esa memoria audiovisual donde no han faltado los más trascendentales acontecimientos del mundo. La copiosa obra de cine documental tras la gesta revolucionaria del 59 y el Noticiero ICAIC Latinoamericano, dirigido por el genio de Santiago Álvarez, son referenciales de lo hecho hasta hoy.

Esos valores atesorados durante más de cinco décadas no pueden ser olvidados. Se impone reciclarlos, socializar sus esencias con mirada historicista a la par de las nuevas producciones que escriben del presente. Personajes y hechos han de ser narrados con palabras fílmicas, con acento documental y escritura ficcionada. Ejemplares personajes —algunos ya tratados en el cine— ameritan ser retomados en las pantallas.

“El Mayor”, General del Ejercito Libertador Ignacio Agramonte; el cofundador del Partido Comunista de Cuba y de la Federación Estudiantil Universitaria, Julio Antonio Mella; el poeta y luchador revolucionario Rubén Martínez Villena; el líder estudiantil camagüeyano Rafael Guerra Vives, asesinado por los esbirros del criminal Esteban Ventura Novo o el joven revolucionario santiaguero Frank País, quién acompañó las acciones del Ejército Rebelde en los llanos de Cuba desde el Movimiento 26 de julio fundado por Fidel.

Estos son algunos de los tantos jóvenes paradigmas de la nación que amerita escribirse o reescribirse con letra audiovisual. Sus vidas son referenciales, genuinas, de singulares estaturas. Toca hacerlo con las herramientas del arte y el talento, con la experiencia y el ingenio de los creadores, vitales para el deseado resultado de un conjunto de piezas de obligada presencia en la vida de los cubanos.

Los jóvenes necesitan de brújulas, de signos, de referencias vitales. Los lectores de la era digital, ante el abanico comunicacional, carecen de un pensado cine de la historia, cine de hoy, para copar los espacios que dejamos y que otros intentarán ocupar. No es solo pensar la obra fílmica, es también trazar una estrategia, un balance de géneros y temas, sin menospreciar la voluntad del creador de hacer su relato, su acabado guion. Asumamos entonces el cine por encargo como parte de nuestra práctica.

Si de literatura se trata, en tiempos en los que Cuba vive un necesario proceso de laboratorio social, económico, educativo y cultural, urge apuntar en tono de ensayo documental sobre el magistral texto del Comandante Che Guevara, El socialismo y el hombre en Cuba. Para entender las bases de la radicalización del pensamiento anticolonialista de José Martí, sería coherente darle vida a El presidio político en Cuba, un texto desgarrador, de fuerza literaria, que el Héroe Nacional escribió casi adolescente.

La obra de ilustres pensadores cubanos como Félix Varela, Alejo Carpentier, Fernando Ortiz, Cintio Vitier, Ambrosio Fornet, Roberto Fernández Retamar, Graciela Pogolotti, por citar unos pocos, son parte de esa deuda salvable que debemos socializar, si se trata de hacerlo con las herramientas y los preceptos estéticos del arte.

El presente pone en aprietos al audiovisual cubano. La literatura reflexiva, crítica, sosegada y profunda que aborda medulares temas de la contemporaneidad no deja de aflorar. La lúcida obra de la Revolución se desborda ante lo sembrado, por las respuestas culturales del presente. Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad, de Zuleica Romay, o Las ideas y la batalla del Che, de Fernando Martínez Heredia, son tan solo dos propuestas en las que el arte cinematográfico debe desgranar, desde la memoria y el conocimiento tomando de sus propias fortalezas.

Estos y muchos otros sueños han de tener una expresión material desde el arte, un hacerlo realidad con patina de cine, de renovada televisión. No tengo dudas de que la voluntad política prima entre los decidores. En el país, las limitaciones de recursos materiales y financieros son parte de nuestra cotidiana realidad. Las decisiones perentorias de la economía, el destinar los limitados recursos al desarrollo, los cambios inusitados de la economía global, son algunas de las variables que pesan en la aritmética de la contabilidad nacional.

Sin embargo, el pensamiento economicista (pragmático para otros), tendrá que tener un lugar en el desarrollo del cine cubano y en la necesidad de favorecer la historia, los hechos y los personajes cuya presencia resulta improrrogable en la televisión, en las salas de cine, decididamente públicas. O en todo espacio social y cultural que lo permita, entendida esta afirmación desde la óptica de las condiciones materiales y humanas para su acertada puesta en pantalla.

Para potenciar estas ideas, le asiste también al cine cubano diseñar esquemas de coproducción que superen las ya tradicionales. Necesarios para fortalecer identidades, valores, principios y la rica historia de Cuba. El esquema de coproducción entre entidades audiovisuales, que comparten estas miradas y objetivos, se ha de dimensionar en otras esferas sociales como la científica y la económica, y en el propio escenario de la cultura, para hacer valer el arte audiovisual cubano más allá de sus propios predios. Reconociendo también, que la primera región hacia donde debemos llevar la cinematografía de la Isla es a Nuestra América. Y es que, como nunca, están dadas las condiciones políticas para reconducir ese sueño hacia esos escenarios de obligada presencia. Materializarlo nos exige fórmulas de comercialización y distribución más allá de los habituales festivales y espacios académicos.

Ninguna plaza por pequeña que parezca puede ser subestimada a la hora de presentar un filme cubano, una pieza documental o el más reciente animado producido en el país. Las premieres o debates han de tener un diseño, un guión que responda a las fortalezas y objetivos de cada obra cinematográfica.

Los receptores de las “nuevas” tecnologías son también lectores naturales del cine histórico, como lo son del que aborda la contemporaneidad. Un espectador permeado por los ritmos trepidantes del videoclip cubano y foráneo donde predomina la mímesis, el uso de la modelo sensual, muchas veces con apariciones sin ninguna justificación dramatúrgica. O peor aún, construidas con puestas en escenas insulsas y falta de sentido narrativo, algo tan elemental en cualquier obra audiovisual.

En Cuba, como en buena parte de la geografía mundial, los escenarios de lecturas asociados a las “nuevas” tecnologías han revolucionado los consumos, los tiempos, las maneras de relacionarse o comportarse en la sociedad. Desconocer esos hechos de cara al consumo cultural es quebrar cualquier estrategia para hacer llegar lo producido en casa. La legitimación de cualquier oferta de contenido cultural pasa por la vía de los portátiles, los teléfonos móviles, las tabletas.

Los diseños de estas invitaciones audiovisuales han de estar atemperadas a los códigos estéticos y los signos en los escenarios de ceros y unos, cada vez más habituales entre los jóvenes de casa. Ante las limitaciones de acceso a internet para un gran porciento de la población cubana, los soportes móviles constituyen la primera ventana de dialogo con lectores siempre cautivos. Obviamente no se trata de menospreciar las tradicionales y probadas rutas de la comunicación, se traduce en actualizar los modos de hacer comunicación y prensa.

Discrepo de los que defienden que para contrarrestar el famoso paquete, acerca del cual muchos coinciden (incluso los habituales consumidores) en su pésima calidad y mediocres contenidos, la fórmula es diseñar, proponer, socializar otro paquete. Esta pobre estrategia tan solo legitima la “importancia” de esa cosa banal, frívola, de escaso criterio editorial, de pedestre envoltura.

El reto es mucho más grande y a largo plazo. Si bien la diversidad de espacios y herramientas de consumo se han diversificado, la televisión sigue siendo el primer escenario que debemos abordar, fortalecer, rediseñar. Una televisión que en materia de cine también programa esa misma frivolidad de envoltura pedestre que convive, paradójicamente, con una variada y culta propuesta cinematográfica.

Vale significar, sin embargo, la calidad y el rigor del Noticiero Cultural de la Televisión Cubana, que combina frescura, creatividad y ritmo televisivo con la necesaria combinación entre lo informativo y lo analítico, la inmediatez con la pausa discursiva. ¿Podemos hacer buena televisión en favor de nuestra cultura? Este programa es la respuesta de que es posible.

 

Notas:
  1. Vicente Sánchez-Biosca. Cine de historia, cine de memoria. La representación y sus límites. Ediciones Cátedra, 2006, p. 13
  2. Ibídem, p. 9
  3. Ryszard Kapuscinsky, Los cinco sentidos del periodista (estar, ver, oír, compartir, pensar), Col. Nuevo Periodismo, Serie Libros del Taller, Fondo de Cultura Económica, Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano, México, 2003, p.17
  4. Edward H. Carr, ¿Qué es la historia? Editorial Planeta-De Agostini, S.A.(1993), p. 30
Atlantic Monthly, octubre 1910, p. 528

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