Aquí podría acabar la historia… pero no

Ha regresado Pinocho a los teatros cubanos. Y cómo no hacerlo, si la historia que escribiera Carlo Collodi a finales del siglo XIX (1881-1883) tiene tanto para ofrecer. La aventura de crecimiento de un niño de madera tan peculiar, irreverente, tan llena de peripecias, de amor y de confianza es un material infinito para crear nuevas versiones, con los más sorprendentes finales.

Pinocho, del grupo Ultramarinos de Lucas, que ha llegado de España a esta 16 edición del Festival Internacional de Teatro de La Habana (FITH), es un montaje que se solaza concienzudamente en aparentar un respeto fidedigno hacia la historia original, para luego asombrarnos.

Aparecen recreados en esta adaptación muchos acontecimientos de los que tantas otras han prescindido. Primero la aparición propia del maese Cereza —lo que en esta puesta legitima la presencia de los dos actores en una escena muy simpática en que los ancianos se golpean y abrazan alternativamente creando un gran absurdo—. También está la escena de la conversión de un trozo de madera parlante en un muñeco, dónde se aprovecha al máximo las posibilidades titiriteras y se mantiene en la fisonomía del héroe, del niño-muñeco, su carácter originario de cruda madera, con nudos y una nariz que parece una rama. Está —¡y qué bueno!— el golpe que le asesta Pinocho a su conciencia (Grillo) —matándolo— como en el cuento…quien luego aparece como un grillo “fantasmagórico” dando más de sus consejos. Está la escena de los pies quemados de Pinocho, su hambre sin saciar, su incapacidad para moverse cuando su padre regresa de la cárcel donde ha dormido por perseguirlo… todo esto ocurre en escena. Así como se enfatizan las salidas de Gepetto al exterior, mientras el propio actor que lo interpreta riega aserrín sobre sí mismo creando la ilusión de la nieve, con ventisca, cayendo. Acción que enfatiza la relevancia, el acto de amor y sacrificio que constituye para el anciano vender su raída chaqueta para comprar una cartilla que luego será cambiada por una entrada al teatro. Una imagen hermosa, una de las tantas que logra su director.

La obra dibuja con una fidelidad acuciosa la maldad y el egoísmo sin tapujos con que nace un muñeco de madera, que no un niño incólume y virtuoso. Un infante cuyo anhelo no es convertirse en uno real que va a la escuela, sino en uno que quiere tener las mejores aventuras. Esto también es muy ilustrativo del carácter particular de esta versión.

En Cuba en el teatro con títeres padecemos —por mayoría, no por totalidad— de un arte básicamente figurativo, las construcciones previas de máscaras y títeres siempre determinan de forma muy evidente al personaje. Ciertamente hemos experimentado poco o con retraso con un teatro de analogías, dónde los objetos se conviertan en la síntesis de un todo, en este caso del personaje. Grotesco le oí decir a otro espectador para clasificar el diseño de los títeres… y difiero del término porque más bien hay un énfasis en estilizar figuras desde materiales rústicos que parten de la escenografía primigenia instalada en una carpintería-trastero: serruchos, martillos, un tocón de madera, rastrillos, bayetas, estacas, escobas, sacudidores, escaleras… todos ellos se van constituyendo en accesorios útiles para crear ambientaciones o a los propios personajes. Las figuras diseñadas desde la analogía y/o del mimetismo (entre tantas la más precisa y efectiva que puedo ilustrar es la boca del tiburón a partir del serrucho doblado) constituyen un excelente ejercicio creativo,  uno de otra índole, uno que convoca a una investigación más intensa sobre el objeto y exige una precisión mayor a la ejecución de quién lo anima. No es la misma labor la de animar a una muñeca pre-construida para encarnar a un personaje como el Hada Azul, que convencer al auditorio de que su sola presencia se anuncia tras una banda de tela.

Me decía en esa insoportable costumbre que tengo de establecer estructuras: “el prólogo se extiende ya a 38 minutos. ¿Cuándo empiezan las aventuras de Pinocho?…”  Pero luego tuve otra reflexión: estaba esperando las socorridas versiones que enfatizaban sobre ese camino de crecimiento del héroe y en particularizar a los personajes de siempre, buscaba en el espectáculo los otros Pinochos que le precedían en mi memoria, no estaba dejándome llevar por este. Todo ese prólogo —que igual me pareció de cierto ralenti y susceptible por tanto de edición cierra consecuentemente con la tesis propuesta por su autor: es una historia del amor filial, el niño que huye es luego el que retorna y salva a su padre anciano… y cuida de él. 

Del mismo modo es una historia que asume sus múltiples lecturas y posibles finales porque ironiza desde la interactiva muletilla de sus actores que repiten y juegan con el público: “Aquí podría acabar la historia… pero no”. Ambigüedad que se refuerza en un final que otorga al mismo tiempo un cierre conducido y es, a su vez, sugerentemente cambiante.

Jorge Padín, su director, no es un desconocido para Cuba. Todo lo contrario,    hace cinco años estuvo en escuelas cubanas y con profesionales trabajando en temas tabúes, y sin saberlo prendió en importantes investigadores y dramaturgos nuevas obsesiones que un quinquenio después se devuelven en nuevos textos y representaciones teatrales. Sin proponérselo ha dejado su huella desde su oficio en recientes producciones cubanas. Le conocimos como intelectual, como maestro y hoy nos ofrece su trabajo quizá más visceral. Hoy se expone desde otro de sus quehaceres: el teatro mismo. Entonces por Pinocho.  Por la prolijidad de los actores en escena, por su dinamismo calmado y consciente al pasar de un personaje a otro. Por diseños desde el objeto: precisos, creativos y significantes. Por un tiempo diferente al que estamos acostumbrados en estas tierras. Por un nuevo Pinocho. Gracias.

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